Entre el estado de la memoria y el poder del complejo: las raíces de la hostilidad argelina hacia Marruecos
Cuando estos pilares se debilitan, la confrontación se convierte en una herramienta de supervivencia, y la hostilidad pasa a ser una identidad sustituta. Desde esta lógica se puede entender la relación que el régimen argelino ha impuesto a Marruecos durante décadas: una relación basada en la negación, no en la cooperación; en la confrontación, no en la construcción.
El sistema político argelino no se configuró como la prolongación de un Estado histórico con memoria institucional sólida, sino como una estructura funcional heredera de la administración colonial.
Tras la independencia, cambió la bandera, pero no el método: un poder sin memoria estratégica, una gestión sin proyecto nacional y un discurso político sustentado en la confrontación permanente.
Este régimen solo logra definirse a través de la negación del otro. Sus fracasos internos se justifican mediante la creación de un enemigo constante. Marruecos, por su estabilidad histórica y su peso regional, se convirtió en ese “otro necesario” dentro del relato oficial argelino. No porque Marruecos haya cambiado, sino porque el sistema argelino no puede sostenerse sin una confrontación externa que oculte sus propias carencias.
La paradoja es evidente: Marruecos fue uno de los primeros países en apoyar la revolución argelina, tanto política como moralmente, asumiendo incluso costes estratégicos. De aquella etapa emergió con un Estado dotado de continuidad, legitimidad histórica e instituciones consolidadas. Argelia, en cambio, construyó un sistema dominado por la lógica militar, donde la fuerza sustituyó a la legitimidad democrática y la ideología reemplazó al proyecto nacional.
Aquí se manifiesta la diferencia estructural entre ambos modelos.
Marruecos apostó por un Estado con memoria; Argelia edificó un poder marcado por complejos históricos.
Marruecos invirtió en estabilidad; Argelia invirtió en confrontación.
Marruecos eligió la historia como referencia; Argelia recurrió a la ideología como sustituto de una visión estratégica.
El discurso oficial de la “hermandad” entre ambos pueblos carece de contenido político real. La fraternidad no se mide por consignas, sino por hechos. Los verdaderos hermanos no financian movimientos separatistas, no cuestionan la integridad territorial de sus vecinos ni basan su política exterior en debilitar a los Estados de la región. Cuando la hermandad se reduce a un eslogan, pierde su valor político y moral.
El problema no reside en el pueblo argelino, que mantiene profundos vínculos históricos y humanos con Marruecos, sino en un sistema que ha educado a la opinión pública en el miedo en lugar del pensamiento crítico, en la propaganda en lugar del análisis. Cuando la narrativa oficial sustituye a la verdad, creerla deja de ser una elección racional y pasa a ser un mecanismo de supervivencia psicológica.
El régimen argelino no defiende una causa, sino su propia permanencia.
No lucha por principios, sino por una legitimidad desgastada.
No hostiga a Marruecos por una amenaza real, sino porque Marruecos actúa como un espejo que refleja sus propias debilidades internas.
Marruecos, por su parte, no necesita fabricar enemigos para justificar su existencia. Pero tampoco renunciará a su integridad territorial, ni a su historia, ni a su proyección regional para satisfacer a un sistema atrapado en la lógica del “enemigo externo”.
En definitiva, lo que separa hoy a ambos países no es una guerra, sino una visión.
No es un conflicto de fronteras, sino un choque de modelos: el modelo del Estado frente al modelo del cuartel.
Abdelhay Korret, periodista y escritor marroquí

