Lavrov, entre la memoria de la Guerra Fría y el realismo de la autonomía: cuando Moscú reordena sus mapas en el Sáhara

<p>Ministros de Asuntos Exteriores de Marruecos y Rusia, Nasser Bourita y Sergei Lavrov, estrechan la mano e intercambian documentos firmados, en la Mansión de Zinaida Morozova en Moscú, Rusia, el jueves 16 de octubre de 2025 - Pavel Bednyakov vía REUTERS</p>
Ministros de Asuntos Exteriores de Marruecos y Rusia, Nasser Bourita y Sergei Lavrov, estrechan la mano e intercambian documentos firmados, en la Mansión de Zinaida Morozova en Moscú, Rusia, el jueves 16 de octubre de 2025 - Pavel Bednyakov vía REUTERS
La declaración de Serguéi Lavrov no fue un simple episodio diplomático, sino un momento de revelación profunda en la conciencia política de Rusia, cuando decidió despojarse del manto de la neutralidad fría para adentrarse en el tiempo de los intereses cálidos, el tiempo del posideologismo

Cuando el ministro de Asuntos Exteriores de Moscú afirmó que “la propuesta marroquí de autonomía puede formar parte de la solución”, pareció abrirse una grieta en un muro de hielo que durante décadas había oscurecido la visión, como si la historia misma decidiera revisar su propio mapa trazado en la era de la Guerra Fría.

Rusia, que durante años alimentó la narrativa de la “descolonización” en su discurso africano, se encuentra ahora ante una nueva lógica: en el Sáhara no hay colonialismo, sino estabilidad; no hay separación en el sur, sino un proyecto nacional que se consolida dentro de la unidad del Estado marroquí.

El cambio ruso no fue casual, sino fruto de la tormenta ucraniana que alteró el equilibrio mundial y empujó a Moscú a buscar nuevos puntos de apoyo más allá del ruido occidental, particularmente en África, donde Marruecos actúa como una potencia serena, con brújula propia, capaz de armonizar lo geopolítico con lo económico.

Los ministros de Asuntos Exteriores de Marruecos y Rusia, Nasser Bourita y Sergei Lavrov, posan con los MoU firmados tras su reunión en Moscú, Rusia el 16 de octubre de 2025 - PHOTO/X/@MarocDiplomatie
Los ministros de Asuntos Exteriores de Marruecos y Rusia, Nasser Bourita y Sergei Lavrov, posan con los MoU firmados tras su reunión en Moscú, Rusia el 16 de octubre de 2025 - PHOTO/X/@MarocDiplomatie

Desde esta perspectiva, las palabras de Lavrov constituyen un reconocimiento implícito del fin de la era de los eslóganes separatistas que Argelia sostuvo durante medio siglo, y la extinción del mito de la “autodeterminación” entendida como desmembramiento, un concepto consumido hasta la petrificación.

Argelia, que aún no comprende que el mundo ha cambiado, sigue prisionera del lenguaje de las trincheras, hablando de “colonialismo” en la era de los satélites, celebrando la inmovilidad como si fuera una victoria. Es el laberinto de un régimen militar que vive de la memoria de la revolución y de la renta del gas, mientras Rabat avanza con la lógica del Estado moderno, que dialoga con el mundo en el idioma del desarrollo y no en la retórica del antagonismo.

Los medios argelinos, desorientados ante la posición rusa, reaccionaron como quien pierde de pronto su sombra: intentaron justificar, negar, reinterpretar, pero al final se enfrentaron a una verdad que no se maneja con consignas. Moscú ya no considera al Polisario una causa de principios, sino una carta perdida en el tablero de los intereses globales. El Kremlin ha dejado de apostar por las consignas y prefiere a quienes construyen estabilidad, y Marruecos la construye con hechos, no con ruido.

Desde 2007, cuando el Reino presentó su iniciativa de autonomía, el equilibrio del discurso internacional cambió. La propuesta marroquí se transformó en un referente sólido dentro de las resoluciones del Consejo de Seguridad, y hoy es vista como la única vía seria y realista. El mundo ya no habla de referendos, sino de consensos; no de rupturas, sino de modelos democráticos que permiten a los habitantes del Sáhara gestionar sus asuntos dentro de la soberanía marroquí, en una arquitectura política avanzada donde la gobernanza local se integra en la unidad nacional.

<p>El ministro de Asuntos Exteriores ruso, Sergei Lavrov - PHOTO/X/@MarocDiplomatie</p>
El ministro de Asuntos Exteriores ruso, Sergei Lavrov - PHOTO/X/@MarocDiplomatie

Argelia, en cambio, ha optado por retirarse de la mesa del diálogo cada vez que la verdad se le acerca, escondiéndose detrás del título de “parte observadora”, cuando en realidad es el actor que genera la crisis y luego se disfraza de víctima. Argelia ya no es el abogado del conflicto, sino su principal obstáculo.

Mientras tanto, Marruecos continúa edificando su legitimidad sobre el terreno: puertos que se abren al Atlántico, carreteras que enlazan el norte con el sur, proyectos de energía solar y eólica, inversiones internacionales en El Aaiún y Dajla, y consulados que se elevan como banderas soberanas en el corazón del sur, testimonio de que la diplomacia se mide no por discursos, sino por los símbolos que el mundo decide compartir contigo.

Rusia, consciente de que el tiempo de las consignas ha terminado, ha optado por alinearse con lo posible, no con lo estéril. Es la pragmática del mundo posterior a la guerra: aquella que entiende que quien posee la estabilidad posee también el futuro. Desde esta lógica, Marruecos se convierte en un soció natural dentro de la nueva ecuación del equilibrio global, no en un adversario de un orden viejo que muere lentamente.

Hoy, el mundo ya no busca un “derecho de autodeterminación”, sino un “derecho a la estabilidad”, y Marruecos lo encarna en su proyecto de autonomía: una síntesis de soberanía, dignidad y desarrollo. La declaración de Lavrov no es, en el fondo, solo una postura rusa, sino un signo simbólico de que el planeta comienza a despertar de su letargo ideológico, y que el mapa de la conciencia internacional se desplaza silenciosamente hacia lo que Marruecos siempre había comprendido: que el Sáhara no es un problema geográfico, sino una prueba de madurez política; y que la solución no reside en la separación, sino en la unidad edificada sobre la justicia y el realismo.

Así, la autonomía deja de ser una simple propuesta marroquí para convertirse en la filosofía de un Estado que cree que el futuro no se gobierna con consignas, sino con la razón que transforma la geografía en un proyecto de vida.

Abdelhay Korret, periodista y escritor marroquí