Marcharse para seguir viviendo: la huida que salva a las civilizaciones

<p>Palestinos inspeccionan el lugar de los ataques israelíes contra viviendas en el campo de refugiados de Shati (Playa), en medio de una operación militar israelí, en la ciudad de Gaza, el 26 de septiembre de 2025 - REUTERS/ Ebrahim Hajjaj</p>
Palestinos inspeccionan el lugar de los ataques israelíes contra viviendas en el campo de refugiados de Shati (Playa), en medio de una operación militar israelí, en la ciudad de Gaza, el 26 de septiembre de 2025 - REUTERS/ Ebrahim Hajjaj
Cuando el pingüino decidió marcharse, no estaba declarando una ruptura con el hielo, sino leyendo la transformación del entorno: de espacio vital a territorio de asfixia

Su partida no fue un gesto de debilidad, sino el reconocimiento de que la permanencia, cuando pierde su sentido, se convierte en una forma refinada de ceguera. Hay seres que no necesitan gritar para comprender que los lugares que no se renuevan terminan devorando lentamente a quienes los habitan.

En la realidad civilizatoria árabe, esta decisión se asemeja mucho a ese instante en el que insistimos en permanecer dentro de sistemas que han perdido su capacidad de producir significado, y aun así los sacralizamos en nombre de la lealtad a la historia.

No es que hayamos perdido la capacidad de movernos, sino que nos hemos convencido de que la inmovilidad es una virtud, y de que persistir en estructuras corroídas es una prueba de sabiduría, cuando en realidad no es más que un miedo disfrazado a lo desconocido. El pingüino, en su simbolismo, no fue más valiente que nosotros; simplemente fue más honesto con las condiciones de la vida.

El problema de nuestra conciencia civilizatoria no reside en la herencia, sino en haberla convertido en un clima cerrado, incapaz de permitir la respiración. Así como el hielo, cuando se derrite, deja de ser un suelo habitable, las ideas, cuando se congelan fuera de su tiempo, se transforman en una carga para la razón.

Sin embargo, insistimos en aferrarnos a ellas, no porque sigan siendo válidas, sino porque nos resultan familiares. Y es precisamente aquí donde la partida intelectual deja de ser una traición para convertirse en una necesidad, y donde la pregunta se vuelve ética antes que cognitiva: ¿permanecemos porque creemos o porque tememos?

Las civilizaciones no mueren cuando se equivocan, sino cuando pierden la capacidad de reconocer el error. Lo que define los momentos de resurgimiento histórico no es la proliferación de consignas, sino el coraje de reposicionarse y la valentía de abandonar los modos de pensamiento que ya han agotado su función.

El pingüino no buscó un hielo más duro, sino un espacio que le permitiera vivir. Del mismo modo, una civilización no necesita más rigidez, sino una flexibilidad inteligente que proteja su esencia sin momificarla. En el núcleo de la crisis árabe actual, el peligro no reside tanto en las tormentas externas como en la obstinación por permanecer dentro de un escenario incapaz de producir futuro.

La partida, en este sentido, no es geográfica, sino mental: abandonar los patrones de pensamiento que nos han llevado a confundir la paciencia con la resignación, y la firmeza con la impotencia. Solo entonces la decisión de partir se convierte en un acto civilizatorio y no en una huida, exactamente como hizo el pingüino: se marchó para seguir vivo, no para desaparecer.

Abdelhay Korret, periodista y escritor marroquí