CAN 2025: la geoestrategia del deporte como sello distintivo de Marruecos

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El príncipe heredero de Marruecos, Moulay El Hassan, antes del partido - PHOTO/ REUTERS 
  1. Rabat, escenario simbólico de la soberanía organizada
  2. La CAN como demostración de un modo reforzado de ejercer la soberanía
  3. Validación silenciosa y continuidad estratégica
  4. De la CAN al Mundial 2030: un ciclo estratégico coherente

La organización de la Copa Africana de Naciones 2025 por parte del Reino de Marruecos no puede interpretarse como un simple evento más del calendario deportivo continental. A un nivel más profundo, constituye un hecho estratégico total, revelador de una transformación contemporánea de los instrumentos de poder. Como tal, no se trata ni de una ceremonia deportiva clásica ni de un uso superficial del soft power de los eventos. Se inscribe en una lógica de ejercicio reforzado de la soberanía, en la que el deporte se convierte en un vector de ordenamiento geopolítico, capaz de producir simultáneamente sentido, desarrollo y una capacidad reconocida de acción internacional.

En otras palabras, el fútbol se impone ahora, en el siglo XXI, como una de las principales palancas del poder blando global, ya no solo por su capacidad para seducir o unir imaginarios, sino por su aptitud para estructurar relaciones de confianza, legitimar trayectorias estatales y revelar la calidad de las instituciones que lo sustentan. En esta configuración, el evento deportivo deja de ser un simple espectáculo y se convierte en un espacio de prueba del poder, donde se miden la coherencia estratégica, el dominio organizativo y la fiabilidad política de los Estados.

En un sistema internacional marcado por la disipación de las normas, la fragmentación de la seguridad y la creciente politización de los grandes encuentros mundiales, la organización de la CAN 2025 aparece, desde este punto de vista, como una operación de legitimación estratégica. Materializa la capacidad del Estado marroquí para controlar los flujos humanos, simbólicos y mediáticos, y para transformar un evento deportivo en un dispositivo que contribuye a regular la incertidumbre internacional. A partir de entonces, el deporte deja de ser un espacio neutral y se convierte en una herramienta de gobernanza indirecta, reveladora de la solidez institucional y la profundidad estratégica de un Estado.

Sin embargo, esta lectura estatal se enriquece con su traducción social, ya que la CAN 2025 se basa también en la movilización hospitalaria de la sociedad marroquí. La soberanía asumida, lejos de ejercerse de forma dominante, se basa aquí en un pacto de confianza entre el Estado y los ciudadanos, fundado en la adhesión, la participación y la apertura. A través del compromiso popular, el fervor colectivo y la tradición de acogida profundamente arraigada, la CAN se convierte en un momento de apropiación compartida, en el que el orgullo nacional se combina naturalmente con el espíritu africano.

La creación de zonas para aficionados en todas las ciudades marroquíes forma parte integrante de esta dinámica. Transforma el torneo en una experiencia nacional descentralizada, accesible, inclusiva y federadora. Estos espacios de reunión popular no se limitan a la retransmisión deportiva, sino que se convierten en lugares de mezcla cultural africana, favoreciendo el encuentro de imaginarios, músicas, lenguas y expresiones del continente. En este sentido, la CAN 2025 contribuye a una mayor visibilidad de la cultura marroquí en su plena africanidad, no mediante la dilución de la identidad nacional, sino mediante su enriquecimiento, al arraigar a Marruecos en una africanidad vivida, compartida y naturalmente integrada. Es precisamente en esta convergencia entre el rendimiento estatal, la hospitalidad social y la apertura cultural donde se refuerza, de forma duradera, la sostenibilidad estratégica de la geoestrategia marroquí en materia de deporte.

En este sentido, la elección de Marruecos como país anfitrión de esta CAN 2025 no es una decisión oportunista. Refleja un reconocimiento implícito de un modelo estatal capaz de combinar seguridad operativa, hospitalidad política, control logístico y continuidad institucional en un entorno regional complejo. Desde este punto de vista, la CAN se convierte en un escenario pacificado para la recomposición del liderazgo africano, donde la competición deportiva sustituye, simbólicamente, a las rivalidades políticas clásicas. Marruecos no aparece aquí como un simple organizador, sino como un ecosistema organizado, capaz de ofrecer al continente un centro de gravedad estable y creíble.

Esta postura se inscribe, desde el punto de vista africano, en una dinámica de estructuración asumida del juego continental. No se basa en una lógica hegemónica ni en un simple retorno simbólico, sino en la voluntad marroquí de contribuir a la organización de un espacio africano más legible, más predecible y más cooperativo. Así, la CAN 2025 pone de manifiesto la ambición marroquí de proponer un liderazgo equilibrado, basado en la inclusión, la colaboración y la coproducción, más que en la imposición o la dominación.

En esta dinámica, la apertura de esta copa africana revela un ascenso estratégico plenamente asumido. El fútbol ya no se entiende como un instrumento periférico de influencia blanda, sino como una palanca estructurante de proyección de poder, integrada en una arquitectura más amplia que combina diplomacia, seguridad, economía y narrativa estratégica. Se trata menos de seducir que de tranquilizar, menos de comunicar que de demostrar. El crédito institucional internacional del Reino se construye aquí mediante la prueba operativa, no mediante la invocación.

Esta demostración simbólica también forma parte de una dinámica material más profunda. La CAN 2025 actúa como un acelerador de las inversiones en infraestructuras, estadios, transportes, hostelería y servicios urbanos, consolidando la capacidad de acogida del Reino a medio y largo plazo, especialmente con vistas a la Copa del Mundo de 2030. Esta articulación entre seguridad, simbología e infraestructuras refuerza la posición de Marruecos como plataforma regional sostenible.

A título indicativo, esta cita continental de 2025 moviliza y cataliza un esfuerzo de inversión estimado en más de 5000 millones de dólares, orientado principalmente a infraestructuras deportivas, transporte, hostelería y servicios urbanos, lo que sitúa el evento en una lógica de poder sostenible más que de rentabilidad inmediata.

Así, la apertura y, más allá de ella, la organización global de la CAN 2025 se imponen como un momento de la verdad geopolítico-deportivo, en el que Marruecos afirma que el poder, en el mundo contemporáneo, ya no se reduce a la acumulación de capacidades coercitivas o económicas. También reside en la capacidad de un Estado para organizar la complejidad, generar confianza sistémica, estabilizar espacios simbólicos duraderos y transformar el deporte en una infraestructura política de paz, continuidad y credibilidad, tanto a escala africana como internacional.

Rabat, escenario simbólico de la soberanía organizada

Además, la inauguración de este momento geo-deportivo 2025 en Rabat no es una elección logística ni una cuestión de conveniencia protocolaria. Rabat, capital política e institucional del Reino, encarna la continuidad del Estado. Al celebrar allí la inauguración del torneo, Marruecos afirma que el deporte no queda relegado a la periferia del entretenimiento, sino que se apoya en el corazón de la arquitectura estatal. Además, la escenografía, marcada por una sobriedad controlada y una precisión coreográfica asumida, privilegia la legibilidad frente a la exuberancia y traduce una capacidad central del poder marroquí: producir legibilidad sin exhibirla, tranquilizar sin demostraciones excesivas e inscribir el evento en la larga historia del Estado.

Esta puesta en escena también propone una lectura africana inclusiva. África se representa como un espacio plural pero estructurado, reunido en torno a un centro estable sin jerarquías visuales ni folclore. La ausencia de discursos ideológicos explícitos, junto con una seguridad deliberadamente invisible, transforma el silencio en lenguaje político. Así, la legitimidad no se proclama, sino que se encarna. Con esta apertura, Marruecos muestra un Estado capaz de transformar el fútbol en una infraestructura simbólica de paz, confianza y continuidad, y de inscribir un evento deportivo en una gramática geopolítica legible, tanto a escala africana como internacional.

La CAN como demostración de un modo reforzado de ejercer la soberanía

Desde esta perspectiva, acoger la CAN 2025 no es simplemente organizar un torneo continental. Se trata de un acto de soberanía geosportiva, en el que el control del evento equivale a una demostración de la capacidad del Estado. La ceremonia de apertura se convierte en un dispositivo estratégico, que revela la capacidad del Reino para garantizar la seguridad de multitudes masivas, coordinar a múltiples actores y proyectar una imagen de orden en un entorno internacional saturado de desorden.

En términos fácticos, esta inauguración se inscribe plenamente en el espacio público mundial. La movilización de cientos de medios de comunicación internacionales, la difusión en todas las grandes zonas geográficas y una audiencia acumulada de cientos de millones de telespectadores transforman el estadio en una arena global de visibilidad estratégica. El recinto deportivo deja de ser un espacio cerrado y se convierte en un foro de credibilidad internacional, donde se dan cita la diplomacia informal, la narración identitaria y la demostración de control de la seguridad. La capacidad de generar orden sin sobrevalorar su significado constituye aquí uno de los indicadores más decisivos del poder estatal creíble.

Así, la inauguración y la organización de la CAN 2025 se inscriben en un espacio público mundial, con una audiencia acumulada estimada en más de 500 millones de telespectadores, lo que confirma que el evento trasciende ampliamente el marco africano para convertirse en un indicador de visibilidad estratégica internacional.

Validación silenciosa y continuidad estratégica

En la prolongación de esta demostración, la presencia de la FIFA, encarnada en su más alto nivel, actúa como una validación silenciosa pero estructurante. No se trata de una cuestión de protocolo ni de simple reconocimiento deportivo. Consagra a Marruecos como un espacio de confianza sistémica, es decir, como un Estado capaz de garantizar, simultáneamente, la seguridad de los actores, la neutralidad del evento y la continuidad organizativa en un entorno internacional marcado por el aumento de los riesgos, las polarizaciones y las vulnerabilidades eventuales. En el fondo, esta elección también subraya la escasez estratégica de Estados africanos capaces de asumir una cita de este tipo sin riesgos importantes, revelando así las asimetrías de estabilidad y capacidad estatal que atraviesa hoy el continente.

A esta base de autoridad simbólica se añade una dimensión institucional determinante. La presencia del príncipe heredero Moulay El Hassan confiere al evento una densidad política silenciosa, pero profundamente estructurante. Inscribe este momento importante del fútbol africano en la larga historia del Estado marroquí, afirmando que el deporte, al igual que la diplomacia o la seguridad, forma ahora parte de una estrategia transgeneracional plenamente asumida. Este gesto simbólico no se limita a la representación, sino que actúa como acto de continuidad del Estado, institucionalización del deporte como palanca de poder y proyección africana de la futura élite dirigente. Significa que la geoestrategia del deporte no es una política circunstancial, sino una elección estructurante, integrada en la trayectoria histórica y prospectiva del Reino.

De la CAN al Mundial 2030: un ciclo estratégico coherente

En esta lógica global, la apertura y la organización completa de este evento panafricano actúan como un ensayo estratégico en condiciones reales de cara a los próximos acontecimientos importantes, entre los que destaca la Copa del Mundo de 2030. Revelan la capacidad del Reino para integrar de forma sostenible el deporte, la diplomacia, la seguridad y la economía en una arquitectura coherente de proyección de influencia, pensada y controlada a escala estatal.

Lejos de ser un simple evento, la organización de este hito africano en la trayectoria hacia la Copa del Mundo de 2030 constituye una declaración de intenciones geopolíticas. Afirma que, en un mundo fragmentado, la paz y la resiliencia también se construyen mediante el control de los espacios simbólicos, cuando el deporte está impulsado por un Estado estratega, una visión clara y una continuidad institucional asumida. De hecho, Marruecos no se limita a jugar al fútbol. Estructura el juego, marca el ritmo y rediseña, con método y constancia, las nuevas reglas de la influencia africana a través de una geoestrategia deportiva plenamente asumida.