¿Está entrando el orden internacional en una era de tensiones permanentes?
La guerra en Ucrania, con más de 500 000 víctimas militares y civiles según estimaciones occidentales, ha reintroducido en suelo europeo la brutal lógica de la guerra de alta intensidad que se creía superada desde el siglo XX. Al mismo tiempo, en Gaza, los enfrentamientos desencadenados en 2023, que ya han causado más de 40 000 muertos, hacen planear la amenaza de un conflicto regional que podría implicar a otros actores decididos a cambiar las reglas del juego en Oriente Medio.
Más al este, se intensifica el pulso entre China y Estados Unidos en torno a Taiwán. Así, Pekín ha aumentado su presupuesto militar a casi 230 000 millones de dólares (+16 % en 2024), mientras que Washington mantiene un colosal esfuerzo de defensa de 886 000 millones de dólares, lo que cristaliza una rivalidad naval, tecnológica y estratégica que ya está rediseñando el Indo-Pacífico. Pero más allá de estos focos visibles, otras regiones también están experimentando tensiones crecientes.
En América Latina, el aumento de las protestas sociales, el debilitamiento de las democracias y la competencia entre China y Estados Unidos por el control de los recursos estratégicos, desde el litio hasta la Amazonia, dejan entrever nuevas fracturas. En África, los conflictos están alcanzando proporciones preocupantes. Además del terrorismo, que se está intensificando en el Sahel y en el golfo de Guinea, con más de 7800 muertos relacionados con la violencia yihadista en 2023 según el Africa Center for Strategic Studies, la región está sufriendo una sucesión de golpes de Estado que han afectado a Mali, Burkina Faso, Níger y Gabón en menos de tres años.
A esto se suma el creciente impacto del cambio climático, que amenaza directamente la seguridad alimentaria. En este sentido, más de 130 millones de africanos se encuentran actualmente en una situación de grave inseguridad alimentaria, y cerca de 20 millones de personas se han visto desplazadas dentro del continente como consecuencia de las guerras y la inestabilidad, especialmente en el Cuerno de África, Sudán y la República Democrática del Congo.
Al mismo tiempo, se multiplican las luchas de influencia entre potencias externas, como Rusia, China, Estados Unidos, la Unión Europea y Turquía, mientras que la militarización de las rivalidades en torno a los corredores energéticos, mineros y marítimos (Golfo de Guinea, Mar Rojo, Canal de Mozambique) ilustra la entrada del continente en un conflicto cada vez más globalizado.
Estos focos de crisis no son aislados. Se entrelazan en una competencia sistémica entre potencias establecidas y revisionistas, lo que debilita el orden liberal internacional tal y como se impuso tras la Guerra Fría. Samuel Huntington anticipó en The Clash of Civilizations (1996) que los conflictos del siglo XXI se estructurarían en torno a líneas de fractura culturales y civilizacionales.
Sin embargo, lo que observamos hoy en día es aún más complejo. Las interdependencias económicas, energéticas y tecnológicas se transforman en instrumentos de coacción y rivalidad. Francis Fukuyama, en The End of History and the Last Man (1992), proclamaba la victoria definitiva del modelo liberal. La historia actual demuestra, por el contrario, su progresiva erosión. John Mearsheimer, con su teoría del realismo ofensivo, aclara mejor la dinámica contemporánea al mostrar que cada gran potencia busca establecer su hegemonía regional, Moscú en su «extranjero cercano», Pekín en el mar de China meridional, Washington en el Atlántico, en detrimento de toda estabilidad global.
Sin embargo, una interpretación puramente realista, por muy esclarecedora que sea, no puede captar toda la complejidad de la época. El paradigma constructivista recuerda que las rivalidades no se reducen a relaciones de fuerza materiales. También se alimentan de factores inmateriales: el auge del nacionalismo civilizacional en Rusia y China, el discurso de la «desoccidentalización» impulsado por el Sur global y la batalla de valores entre democracias liberales y autocracias, que moldean las percepciones y radicalizan las posiciones.
En este contexto, es sorprendente observar que las instituciones del orden liberal, aunque erosionadas, siguen resistiendo. La Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA) sigue siendo un actor clave en el dossier nuclear iraní, mientras que los acuerdos de París sobre el clima siguen ofreciendo un foro de cooperación, lo que crea una tensión permanente entre la lógica del poder y las exigencias del bien común.
Evidentemente, esta rivalidad global no queda sin consecuencias. El impacto económico de los enfrentamientos es igualmente determinante. Según el FMI, la inflación mundial, que alcanzó el 8,8 % en 2022, sigue siendo elevada en muchas economías emergentes. La deuda pública mundial supera ahora el 97 % del PIB mundial, frente al 84 % en 2019. Este deterioro se ve acentuado por la financiarización de los conflictos: las sanciones económicas, utilizadas como arma geoeconómica contra Rusia o Irán, provocan reorganizaciones financieras y empujan a la creación de sistemas de pago paralelos, fragmentando el espacio económico global.
Al mismo tiempo, la competencia estratégica acelera la «desriesgación» y el «friend-shoring» de las cadenas de suministro, especialmente en los sectores de los semiconductores y la transición energética, lo que encarece los costes y alimenta las tensiones inflacionistas. Las finanzas públicas también se ven acaparadas por la militarización. Rusia dedica más del 7 % de su PIB al esfuerzo bélico, mientras que el gasto militar mundial superó los 2,4 billones de dólares en 2023 (SIPRI). Estos desequilibrios presupuestarios alimentan importantes tensiones sociales.
El Banco Mundial estima que 70 millones de personas más han caído en la pobreza extrema desde 2020, lo que debilita los pactos sociales y acentúa los riesgos de inestabilidad política. George Kennan ya señaló durante la Guerra Fría que la solidez estratégica de un Estado se basa tanto en su cohesión interna como en su capacidad militar. La época actual lo demuestra de forma contundente.
A esta conflictividad clásica se suma una nueva dinámica. Esta se materializa en la constitución de alianzas que, hasta hace poco, parecían inconcebibles. Arabia Saudí, al tiempo que mantiene su asociación en materia de seguridad con Washington, estrecha sus lazos militares y potencialmente nucleares con Pakistán, lo que supone una diversificación estratégica sin precedentes. Los Emiratos Árabes Unidos y Qatar, que hasta hace poco estaban enfrascados en una rivalidad casi existencial, exploran ahora formas de cooperación económica y de seguridad dictadas por la necesidad de estabilizar su entorno inmediato. En términos más generales, las monarquías del Golfo, enfrentadas a la incertidumbre regional, podrían recurrir a estrategias de coacción energética, financiera o de seguridad para reforzar su autonomía y proteger sus fronteras. Estos reajustes son testimonio de un mundo en el que las alianzas se han vuelto fluidas, transaccionales y oportunistas, rompiendo con la rigidez de los bloques de la Guerra Fría.
Pero esta reconfiguración de las alianzas ya no se limita únicamente a los Estados. La aparición de actores no estatales con un poder estratégico comparable complica aún más las cosas. Las empresas tecnológicas, depositarias de datos críticos y dueñas de las infraestructuras digitales (cables submarinos, nube), se convierten en cuestiones de soberanía y objetivos prioritarios. Al mismo tiempo, las organizaciones criminales transnacionales explotan las fallas de la gobernanza mundial para prosperar, mientras que las diásporas y los movimientos sociales, amplificados por las redes digitales, influyen a su vez en la agenda diplomática de las naciones. La movilización internacional en torno al conflicto de Gaza ofrece un ejemplo llamativo de ello.
Así, esta fluidez de las coaliciones transforma el frágil orden en un orden generador de tensiones. Allana el camino para alianzas improbables, como un eje táctico entre Turquía y Rusia en ciertos asuntos africanos, una convergencia entre la India y el Golfo en los corredores energéticos, o incluso cooperaciones circunstanciales entre potencias rivales frente a amenazas comunes como la piratería marítima, los ciberataques o la delincuencia transnacional. Sin embargo, esta flexibilidad genera tantos puntos de fricción como de estabilización, lo que multiplica los riesgos de errores de cálculo y malentendidos estratégicos. Paul Kennedy demostró, en relación con 1914, que «las guerras nacen menos de voluntades decididas que de engranajes mal controlados». La historia actual parece repetir este patrón, con un peligro multiplicado por la velocidad de los flujos financieros, tecnológicos e informativos.
En el trasfondo de esta conflictividad geopolítica, los retos estructurales transnacionales actúan como multiplicadores de amenazas, haciendo que el sistema sea aún más ingobernable. La crisis climática, al provocar fenómenos migratorios a gran escala y exacerbar la competencia por los recursos hídricos y las tierras cultivables, se convierte en un factor directo de inestabilidad. Del mismo modo, la ausencia de un marco normativo para la ciberseguridad y la inteligencia artificial militar abre la puerta a una carrera armamentística en un ámbito en el que la distinción entre paz y guerra es cada vez más difusa. Estos retos globales crean una paradoja insuperable, ya que imponen una cooperación internacional cuyos mecanismos se están desmoronando precisamente en estos momentos.
En este contexto, se perfilan tres escenarios prospectivos.
El primero es el de una escalada incontrolada, en la que el entrecruzamiento de alianzas oportunistas desemboca en un conflicto regional, en Oriente Medio o en el mar de China Meridional, que se propagaría rápidamente a escala mundial. El segundo es el de una fragmentación duradera en zonas de influencia rivales, marcadas por alianzas volátiles, una competencia económica permanente y choques financieros recurrentes, lo que generaría un estado de cuasi guerra fría mundial. El tercero es el de un reequilibrio pragmático, en el que los Estados, obligados por el coste exorbitante de los conflictos, reconstruyen un multipolarismo funcional basado en cooperaciones temáticas específicas en los ámbitos del clima, la ciberseguridad, la energía o la inteligencia artificial.
Como recordaba Henry Kissinger, « el orden mundial nunca es un hecho, debe construirse constantemente ». Por lo tanto, el futuro dependerá de la capacidad de las potencias para transformar la fluidez actual en una arquitectura regulada, en lugar de un caos permanente.
Por ello, parece probable que el futuro del mundo se escriba en la encrucijada de dos tendencias opuestas: la aceleración de las rivalidades o la urgencia de una gobernanza compartida. Si el presente está dominado por los conflictos y la erosión de las certezas, el futuro podría ver surgir una nueva era de «interregno», en la que la inestabilidad se convertiría en la norma y la paz en una frágil excepción. La cuestión central ya no es saber si el mundo volverá a un equilibrio estable, sino si será capaz de inventar una forma inédita de coexistencia, basada en alianzas fluidas, regulaciones sectoriales y adaptaciones constantes.
Desde esta perspectiva, el siglo XXI no será el del «fin de la historia», como creía Fukuyama, sino el de una historia acelerada en la que las civilizaciones, los Estados y las sociedades tendrán que volver a aprender a navegar en la incertidumbre permanente. En definitiva, la humanidad, en el umbral de un nuevo orden generador de tensiones, se enfrenta a la elección de transformar el desorden en gobernanza o dejar que el futuro se escriba bajo el signo del caos.
