Opinión

Los millennials y la generación Z votan extremos

Imagen de votación – PHOTO/JENS BUTTNER/DPA/dpa Picture-Alliance vía AFP
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No solo hay un cambio generacional que se aprecia en el predominio de la tecnología en la Era de la Información; una transformación en los patrones de consumo y en la forma en cómo se interrelaciona cierto estrato amplio de la sociedad. Desde luego hay una ideología que va abriéndose camino y empieza a pasar factura política en las elecciones. 

  1. A colación

La generación de los Baby Boomers sigue acudiendo a las urnas para votar (a pesar de su avanzada edad) y no solo en las calles, sino fundamentalmente en las elecciones, en su momento hicieron valer su voto para impulsar los cambios que su generación demandaba. 

Luego llegó la generación X a la que yo pertenezco. Esta es la generación del desencanto político, cada vez que falla la economía y empeoran las expectativas muchas personas de esta generación se han quedado en casa cuando hay votaciones. Muestran su desafección política, absteniéndose. 

Las personas de esta generación trabajan el doble que sus padres y viven peor que sus abuelos; sin embargo, han tratado con terciopelo a los millennials, casi no exigiéndoles nada y dándoles mucho en su proceso de crianza. 

Y encima los han empoderado con la tecnología. Recientemente leí un artículo que decía que serán los millennials la generación más rica de la historia: heredarán todos los bienes de sus abuelos, los Baby Boomers y todo lo que hayan acumulado en activos sus padres de la generación X. 

Los milénicos no han estado exentos de críticas en muchos países sobre todo por su capacidad de dejar un empleo y mudarse a otro sin chistar; por esa enorme movilidad y porque, quieren dinero fácil. Esto es con mucho menos esfuerzo que sus abuelos y sus padres. 

Sin embargo, esta cohorte se ha convertido en un gran impulsor de cambios sociales; muchas de las más avanzadas legislaciones de nuestro tiempo son producto precisamente de la enorme presión social (y política) que representan los millennials. Ellos, a diferencia de sus padres, sí quieren ir a votar. 

Como sucede con la generación Z, con esos jóvenes primerizos que han alcanzado en años recientes la mayoría de edad, y están ávidos de ir a votar; de dejar caer la papeleta en la urna con un nivel de responsabilidad importante. 

Pero los gustos electorales de milénicos y de la generación Z distan mucho del centro y de esa órbita que durante décadas ha funcionado en la democracia de varios países en los que el bipartidismo viene siendo el eje fundacional. 

Por eso estamos viendo cómo, a medida que pasa el tiempo y los Baby Boomers van muriendo y empiezan a desaparecer; y en la generación X, cada vez más gente no va a votar, los milénicos y la generación Z toman su papel dinamizador en las democracias. Y lo están haciendo para escorarse hacia los extremos. 

Observo un lapsus que quizá sea culpa de una deficiente educación en Historia fruto de tanto manoseo que hay (en todos los países) en los libros de texto y de su contenido. Ya poco se profundiza en los valores democráticos; en el desastre de las dictaduras; en los riesgos del nacionalsocialismo; de los populismos… en los riesgos de sentirse identificado y seducido más por una figura que por un partido político y su ideología. 

A colación

Los extremos van abriéndose paso político y eso tendría que llevarnos a reflexionar como sociedad, el futuro que les aguarda a las generaciones que están propulsando estos cambios y que terminarán siendo las dominantes; sobre todo la de los milénicos porque las demás generaciones están sufriendo la caída de la natalidad. 

En Europa, en cada proceso político, la ultraderecha va ganando cada vez más espacio y no es precisamente para saltar de alegría. Los jóvenes creen que buena parte de los problemas actuales vienen importados: los traen los migrantes y la apertura económica y comercial y tampoco se distancian de esta noción los votantes de la ultraizquierda.

Al final, los polos opuestos siempre terminan atrayéndose en diversos campos; ya hay quien habla de la ultraderecha edulcorada, con menos símbolos y menos estrafalaria y con un contenido disfrazado de piel de cordero, aunque al final siempre lleva al mismo sendero:  la política del odio. La pérdida de la centralidad definitivamente no beneficia a la salud de las democracias en el siglo XXI.