Opinión

De aquellos polvos estos lodos

El presidente ruso Vladimir Putin asiste a una cumbre de líderes de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) a través de una videoconferencia en el Kremlin en Moscú, Rusia, el 4 de julio de 2023 - SPUPTNIK/ALEXANDER KAZAKOV
photo_camera El presidente ruso Vladimir Putin asiste a una cumbre de líderes de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) a través de una videoconferencia en el Kremlin en Moscú, Rusia, el 4 de julio de 2023 - SPUPTNIK/ALEXANDER KAZAKOV

Vladimir Putin ascendió a primer ministro en agosto de 1999 gracias a que el entonces presidente Boris Yeltsin lo nombró en el cargo y, en un tiempo meteórico, cuatro meses, ya estaba ocupando la Presidencia rusa de forma interina, tras la renuncia intempestiva de Yeltsin. 

Desde entonces, a la fecha, la aldea global no ha hecho más que empeorar. Y ahora se quedará seis años más, hasta 2030, y la propia Constitución le permite otro período hasta 2036. 

Este año cumplirá 73 años y se me eriza la piel de pensar que podría llegar a los 85 años controlando el destino de Rusia; el estalinismo duró de 1924 a 1953 hasta que la muerte desapegó a Iósif Stalin del poder tras veintinueve años de dictadura. 

Putin este año hará su aniversario de plata y, si llega vivo a 2030, habrá gobernado más tiempo que Stalin y ya no se diga respecto del zar Nicolás II que duró veintitrés años como emperador. 

No puede hacernos feliz que un dictador tan amenazante, tan endiosado de sí mismo y tan capaz de eliminar a sus enemigos en frente de nuestras narices siga al frente de Rusia. 

Para los europeos, es una pesadilla en tiempos marciales en los que ya nadie esconde, ni disimula, que estamos involucrados en una guerra; se nos va a borrar la sonrisa cuando empiecen a llamar a los jóvenes a filas porque el servicio militar volverá a ser obligatorio como ya lo estudian en Alemania y en otros países. 

La pregunta es cómo, llegados a este punto, ninguno de los gobernantes de la pequeña gran aldea global vio al lobo con piel de oveja y lo dejó campar a sus anchas y, peor todavía, le permitió invadir Crimea. Y Estados Unidos y la Unión Europea (UE) se quedaron cruzados de brazos en 2014, solo respondieron con indignación a través de unas tibias sanciones y de congelar a Rusia en el G7. 

El entonces presidente de Estados Unidos, Barack Obama, es, en parte, bastante responsable del actual desastre que se tiene con Ucrania y de que los europeos estén destinando más y más dinero de su presupuesto no para educación, sino para comprar armas, para producir más municiones y equipar más a sus respectivos Ejércitos.

Nunca se debió dejar sola a Ucrania. El egoísmo europeo se puso de perfil y simplemente dijo: “Esto es problema de Ucrania”. Y como Obama llevaba detrás el peso del Premio Nobel de la Paz, él decidió ignorar a Putin e ignorar la situación de los ucranianos.

Diez años después, los ucranianos están muriendo por defender su soberanía y su existencia como nación; y lo hacen para tratar de liberar a los territorios ocupados por el Ejército ruso. 

Si en 2014 se hubiese apoyado a Ucrania esto no estaría pasando. Putin, que es un exagente de la KGB y que luego ocupó el puesto de  director del Servicio Federal de Seguridad (SFS) y secretario del Consejo de Seguridad, se conoce bien los perfiles y la personalidad de sus contrincantes. Es hábil y calculador. 

A lo largo de sus años en el poder ha ido acumulando decisiones, midiendo bien a bien la respuesta de Estados Unidos y de sus aliados a sus movimientos estratégicos. 

Además, ha pasado de ser un político con una clara ambición de reposicionar a Rusia como contrapeso al poder norteamericano (lo perdió tras el desmembramiento de la URSS en 1991 y el final de la Guerra Fría) a posicionarse a él mismo como tótem de un nuevo imperio.

Es de los políticos que manda investigar a sus enemigos; que chantajea con información comprometedora y con revelar información confidencial; es de los que se venga y no tiene escrúpulos. 

Me llega a la mente la imagen de Putin, el domingo pasado, rodeado de millennials y de jóvenes de la generación Z; el nuevo zar coreaba su triunfo en medio de unas elecciones “fake” mientras los jóvenes seleccionados aplaudían como robots, sin gesticular, sin pestañear… sin sonreír. Le tienen un miedo apabullante, nacieron y ya estaba Putin en el poder; no puede ser que la maldita dialéctica nos traiga ciclos en la historia en los que un sátrapa imperialista destruya el porvenir, no solo de sus gobernados, sino el de otros países.