Opinión

Un pueblo sin derechos: vida y drama de los rohingyas

El pueblo rohingya es sin duda el más desamparado del mundo, empezando por su país, Myanmar (antes Birmania), del que ocupan la región occidental donde se les mantiene en una situación cercana al genocidio: amenazados por la prisión y la muerte, no pueden poseer la propiedad de las tierras que cultivan, único medio de vida, ni siquiera pueden casarse sin el permiso oficial requerido también para otras muchas actividades privadas.

La religión musulmana, en un país oficialmente budista, le somete a un apartheid, una verdadera segregación racial, que les mantiene aislados del resto de las naciones y jurídicamente reprimidos en todos los derechos. Su única posibilidad de liberarse de su drama es huir a Bangladesh, el país vecino con el que comparten pobreza, hospitalidad forzada, pero refugio penoso y sin alternativas En su territorio está el campo de concentración más grande del mundo, el de Kutupalong, en el que permanece alrededor de un millón de refugiados rohingyas sumidos en la miseria.

La corresponsal en la zona del Washington Post Rebecca Tan logró superar todas las dificultades y medidas de aislamiento a las que está sometido el recinto y convivir durante dos semanas con aquel conglomerado humano donde cuesta moverse entre la multitud de desgraciados que padecen todas las necesidades imaginarias y la carencia de perspectivas de alguna posibilidad de mejorar su futuro. Los bangladesíes les prestan la escasa ayuda que sus medios y economía les permiten y continúan proporcionando alojamiento a los nuevos refugiados que continúan llegando de forma clandestina.

Dentro del campamento lo único que está en aumento es la violencia. Los enfrentamientos entre grupos diferentes son cotidianos y con víctimas frecuentes. La Policía, que mantiene el campo cerrado ante las fugas y visitas de extraños, como ocurre con los periodistas y miembros de organizaciones humanitarias, se muestra incapaz de mantener el control y la paz interior. Es fácil imaginarse la convivencia entre un millón de personas desesperadas y hambrientas. 

Los rohingyas son un pueblo con identidad étnica, con escasa capacidad de integración, cultura subdesarrollada, religión musulmana con matices propios y originarios de un territorio sin Estado que les obliga a compartir la autoridad con otro diferente que lejos de propiciar la convivencia actúa contra ellos como opresor. ACNUR, la representación de la ONU responsable del respeto a los derechos humanos, ha denunciado reiteradamente esta situación y presionado inútilmente para encontrarle una solución. Para el Gobierno de Bangladés es insostenible y los dictadores birmanos se niegan a aceptar el regreso a sus lugares de origen y a mejorar las condiciones de los habitantes que permanecen en su territorio sometidos a la marginación, quizás la más dura del mundo.

Algunas opiniones de personalidades han coincido estos días en llamar la atención de una sociedad que lleva meses volcándose en ayudas políticas, militares y económicas a Ucrania en su guerra con Rusia y que mantiene en el olvido un drama en el que una dictadura somete a centenares de miles de sus conciudadanos porque no comparten su identidad diferente. Los rohingyas son actualmente lo seres humanos más desgraciados tanto por su presente como por su futuro.