Vivir en guerra

Los bomberos apagan un incendio mientras los expertos de la policía buscan fragmentos de misil en un cráter en una zona industrial de la capital ucraniana de Kiev, después de un ataque masivo con misiles durante la noche a Ucrania el 21 de septiembre - AFP/SERGEI SUPINSKY
AFP/SERGEI SUPINSKY - Los bomberos apagan un incendio mientras los expertos de la policía buscan fragmentos de misil en un cráter en una zona industrial de la capital ucraniana de Kiev, después de un ataque masivo con misiles durante la noche a Ucrania el 21 de septiembre

La triste realidad es que las guerras, como el resto de los males, nunca vienen solas: los instintos de matar se contagian como las pandemias. Echando la vista al pasado, la triste realidad es que la humanidad nunca consiguió convivir en paz. La historia del mundo está fundamentada sobre bases bélicas. Lo estamos viviendo. La era de las más avanzadas tecnologías no está evitando conflictos armados graves. La inquietud que despierta la Inteligencia Artificial se cobra a diario decenas de víctimas de la violencia armada.

Estamos viviendo dos graves contiendas, la ucraniano-rusa y la israelí-Hamás, cuyas imágenes y cifras nos estremecen. ¿Cuándo acabará esto? Nos preguntamos. Y la respuesta no es alentadora. 

Mientras se divaga sin muchas prisas sobre la forma de ponerlas ya en el horizonte, empiezan a vislumbrarse alertas sobre viejos conflictos inacabados y otros latentes entre los que sin duda son de mayor gravedad las reivindicaciones chinas sobre Taiwán, entre las dos mayores potencias atómicas enfrentadas. El enfrentamiento entre militares amigos de Sudán, que empezó hace ocho meses y quedó eclipsado por la agresión rusa contra Ucrania, continúa cobrándose vidas diarias en Jartum y demás ciudades.

Muchos analistas internacionales tienen en cuenta la situación en Myanmar, antes Birmania, donde la dictadura militar que gobierna está a punto de convertirse en una verdadera guerra civil entre el centenar de grupos étnicos en que se dividen los sesenta millones de habitantes con que cuenta el país, prácticamente todos ellos enfrentados con las armas entre sí y en su conjunto contra la represión oficial que ya no controla la violencia global que se ha adueñado de la mayor parte del territorio. Los fracasos del endeble intento democrático de la luchadora Aung San Suu Kyi, ahora en prisión, y los gobiernos dictatoriales que se han sucedido no son la solución. El Gobierno clandestino de Unidad Nacional que engloba la alternativa política no consigue aglutinar tan variada oposición.

La guerra civil se vislumbra inevitable, aunque no se intuye quienes se enfrentarán entre tantos beligerantes como se están preparando. En Asia también se observan situaciones muy tensas en Cachemira, la región en disputa entre India y Pakistán, en la propia India ante la rebelión creciente de los sikh, con sus quinientos años y más de cuarenta millones enfrentados a hindúes y musulmanes. La guerra entre Armenia y Azerbaiyán en disputa por el enclave de Nagorno-Karabaj ya ha estallado. Muy cerca, los nepalíes están desencadenando un movimiento de reivindicación monárquica, tras el caos generado por su disolución hace trece años, cuando el último Rey fue derrocado por los rebeldes trotskistas que no han conseguido hacerse con el control pleno del poder.

En Latinoamérica, tampoco faltan amenazas para la paz. Nicolás Maduro, no conforme con haber llevado a Venezuela a la ruina, intenta ahora distraer a sus compatriotas con un referéndum de anexión de la región de Esequiba, en poder de Guayana desde hace 180 años, que ganó este fin de semana sin garantía alguna y provocando una fuerte tensión en la zona.    
         

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