Opinión

Primeras esperanzas de paz para los dos grandes conflictos

REUTERS/IBRAHEEM ABU MUSTAFA - Palestinos protestan pidiendo el fin de las divisiones internas y resolviendo la crisis de poder de larga data, en Khan Younis, en el sur de la Franja de Gaza, el 30 de julio de 2023
photo_camera REUTERS/IBRAHEEM ABU MUSTAFA - Palestinos protestan pidiendo el fin de las divisiones internas y resolviendo la crisis de poder de larga data, en Khan Younis, en el sur de la Franja de Gaza, el 30 de julio de 2023

Todavía es pronto para echar las campanas al vuelo, pero se crea esperanza en que la paz acabe imponiéndose en los dos grandes conflictos armados que actualmente alteran el mundo. 

El primer acuerdo logrado entre israelíes y palestinos para intercambiar prisioneros y rehenes a cambio de mantener una tregua de cuatro días en los enfrentamientos en la Franja de Gaza es de momento el que ofrece resultados concretos. Durante este tiempo, los gazatíes que no están implicados en las actividades terroristas de Hamás van a poder dormir más tranquilos e intentar rehacer en la medida de lo posible – que será poca – sus vidas.

Cuatro días sin tener que mirar al cielo con miedo a que aparezcan los bombarderos en el horizonte no es mucho. Cuesta imaginarse cómo se sentirán los amenazados al tercer día sin escuchar disparos, cuando vuelvan a sentir el temor que les recordará la reanudación de la guerra dentro de unas horas. Porque es evidente que Israel no va a darse por satisfecho mientras tenga al lado una organización terrorista lanzando cohetes sobre sus ciudades y preparando nuevas iniciativas para atacarles desde la traición.

Con todo, es evidente que por algo se empieza y un proceso de paz es quizás uno de los mejores ejemplos a seguir. La paciencia y la perseverancia en la búsqueda de soluciones lleva a acuerdos para retomar la normalidad incluso en las situaciones más difíciles. No es sencillo ni rápido, pero es la forma en que a lo largo de la historia terminaron más conflictos armados. En el caso de Israel y Gaza es prometedor que Israel, cuya capacidad militar es la que lleva las de ganar, ofrece prolongar la tregua un día más por cada número de rehenes que sean devueltos. 

Respecto a la otra guerra, la que enfrenta a Ucrania y Rusia desde hace dos años, las perspectivas inmediatas son un recrudecimiento de la gravedad que amenaza tanto a militares como civiles con la llegada del invierno, el frío y los cortes de electricidad que limitan las capacidades defensivas en el frente y la vida cotidiana en las ciudades destruidas. Respecto a las perspectivas de una solución armada, está visto que, mientras Ucrania cuente con el apoyo de la OTAN y Rusia se empeñe en mantener la agresión, la solución armada se pronostica casi imposible igual que el necesario acuerdo de paz.

La falta de negociaciones y de perspectivas de iniciarlas para promoverlas no permite el optimismo. Quizás esto pueda empezar a cambiar estos días prenavideños que siempre invitan a olvidarse de la gravedad de los problemas. Fue el miércoles cuando por vez primera se encendió una luz ante esa posibilidad. El frío y calculador presidente Vladimir Putin dejó caer, sin darle mayor énfasis a su apreciación, refiriéndose a la guerra, claro, que “hay que pensar en cómo parar esta tragedia”.

Lo dijo en la cumbre virtual del G20 y la frase no pasó desapercibida. Ucrania continúa siendo la gran víctima de la guerra, la que está poniendo y exponiendo más vidas y sufriendo mayores daños. Pero Rusia también está empezando a sentir las consecuencias de una aventura de conquista territorial que se le ha vuelto muy difícil y conflictiva dentro de sus propias fronteras. El descontento popular está aumentando, los daños en la economía cada día que pasa resultan más evidentes y la imagen de Putin pasa a ser más cuestionada. Quizás Putin no quiera reconocer su error, pero sí parece que empieza a desear enmendarlo.