Un futuro probable para Europa

Los bomberos apagan un incendio mientras los expertos de la policía buscan fragmentos de misil en un cráter en una zona industrial de la capital ucraniana de Kiev, después de un ataque masivo con misiles durante la noche a Ucrania el 21 de septiembre - AFP/SERGEI SUPINSKY
Los bomberos apagan un incendio mientras los expertos de la policía buscan fragmentos de misil en un cráter en una zona industrial de la capital ucraniana de Kiev, después de un ataque masivo con misiles durante la noche a Ucrania el 21 de septiembre - AFP/SERGEI SUPINSKY

El fin del periodo denominado Guerra Fría, consecuencia del fracaso del comunismo en la URSS, activó una efímera configuración estratégica unipolar. Bajo una frágil “Pax Americana”, se dio suelta a la imaginación geopolítica generando “atrevimientos” intelectuales que conformaron políticas universales de rasgos utópicos que constituyeron los pilares de la democracia liberal, estableciendo, tendencialmente, un orden basado en reglas, libertad de mercados y la concepción ética de Occidente, con los derechos humanos, como el evangelio que se implantaría a escala global. 

  1. Efectos de la guerra en Europa oriental

Sin embargo, la pertinaz dinámica histórica se encargó de engullir el sueño. Si hubiese vivido E. H. Carr, es probable que publicara la segunda versión de la  “Crisis de los veinte años”, donde destacaría factores situacionales como el caos, anarquía, incertidumbre, guerras y formas poco ortodoxas de conflicto. Varias regiones y Estados se han visto envueltos por los efectos de la globalización, ya que la agitación resultante y la compleja interdependencia han alimentado la proliferación de nuevas amenazas y riesgos relacionados con las perspectivas de coerción, perturbación, subordinación y conquista. 

En este sentido habrá que admitir, que el actual enfrentamiento Rusia – Estados Unidos en suelo europeo forma parte de esa pugna en cuanto a la definición de los objetivos estratégicos y las consiguientes decisiones a nivel operacional, como se pone de manifiesto en Ucrania. A todo ello hay que añadir que tanto la enésima guerra con Gaza como campo de batalla, la alteración de las cadenas de abastecimiento por las acciones de interdicción marítima de los hutíes, los ataques de hostigamiento auspiciados por Teherán, junto con la crónica amenaza de Taiwán conforman un ambiente de confrontación internacional, que afecta a la situación de Europa.  

La guerra de Ucrania sigue su curso, o lo que es lo mismo: en Europa oriental se desarrolla una guerra de alta intensidad. Las operaciones parecen estar restringidas a combates locales en la línea del frente y a la adopción de la postura defensiva ucraniana, hay que añadir acciones de hostigamiento en territorio ruso, siendo la apreciación más asumida que la libertad de acción relativa reside en Moscú. Tras dos años de guerra, la percepción de la situación en Europa, basada en la narrativa desinformativa, ha pasado de un cierto triunfalismo supremacista, a un pesimismo repentino, muestra de ello son las comparecencias públicas, en las últimas semanas, de una serie de políticos y militares de alto nivel, para advertir sobre una posible guerra con Rusia en términos fundamentalmente diferentes a los previstos hasta ahora. Todo ello, al ir acompañado de debates sobre la necesaria restauración de diversas formas de reclutamiento en los países europeos, no tiene precedentes. 

Efectos de la guerra en Europa oriental

La pregunta surge espontáneamente. A qué viene el cambio repentino de percepción europea de amenaza de guerra cuando hace unos meses se aseguraba que la “contraofensiva ucraniana” iba a derrotar a las fuerzas rusas y recuperar Crimea. La respuesta puede encontrarse en que la guerra mediante proxy tiene sus inconvenientes, entre otros que no es un modelo para aplicarlo “sine die” dada su dificultad de valorar resultados. Los efectos de la guerra en Europa oriental son más complejos de los que pudieran deducirse mediante la información periodística. 

Para la concepción estratégica estadounidense, a principios de 2022, la invasión de Ucrania presentaba una oportunidad de debilitar la capacidad militar rusa sin la necesidad de un enfrentamiento directo con fuerzas occidentales. En dos años de guerra, Rusia ha logrado imponer la iniciativa a nivel operacional con acciones militares de desgaste, a la vez que a encauzar el impacto de las sanciones económicas. La modalidad proxy, la de apoyar desde Occidente a Kiev como instrumento para vencer a Moscú, tiene el límite de la escalada, o lo que es lo mismo, no actuar militarmente en el nivel estratégico, pues la escalada sería incontrolable. El absurdo está servido. 

El efecto ha sido como si un ataque de ansiedad hubiese impactado en los estamentos de Defensa europeos en contemplar un futuro en el que el “escéptico” aliancista Trump sería el próximo presidente de Estados Unidos, a la vez que Rusia no sería expulsada ni derrotada en Ucrania. En este estado de ánimo se han producido valoraciones y advertencias ante la posibilidad de que Europa podría verse involucrada en una guerra con Rusia. 

La duda surge cuando se intenta identificar el alcance del conflicto. Si se alude a Rusia, se identifica un actor con una economía de guerra, cuando se alude a Europa se entra en la ambigüedad. Manfred Weber, líder del Partido Popular Europeo en el Parlamento Europeo, presentó la idea de que la UE debería reemplazar a la OTAN en la defensa del continente, proponiendo “un pilar de defensa europeo” que debería incluir un paraguas nuclear, proporcionado por Francia, el único Estado con armas nucleares en la UE. “Cuando miro el presente año como político europeo, lo primero que se me pasa por la mente es Trump”. La declaración de Weber es indicativa del desconcierto europeo.

Por otra parte, el general Sir Patrick Sanders, jefe del Ejército británico, expuso que el Ejército profesional del Reino Unido era pequeño para aguantar una guerra total con Rusia y que se necesitaría un “ejército ciudadano”, insinuando un regreso al servicio militar obligatorio en una emergencia total. Aunque desde Downing St se rechazó tal hipótesis, otros países europeos como Letonia y Suecia han estado reviviendo formas de servicio militar. El ministro alemán Pistorius declaró en diciembre que estaba “considerando todas las opciones”.

Algunos políticos europeos hablan de la necesidad de crear un Comisionado de Defensa de la UE, pero la realidad es que la OTAN y la UE son dos entidades esencialmente diferentes. Prepararse para la guerra no es una actividad para 2030, ni que hoy hay autonomía estratégica y mañana carácter geopolítico. La actuación de Weber es todo un exponente de la inadecuación de Maastricht a los tiempos que corren.  A su vez, los ministros de Asuntos Exteriores del “Triángulo de Weimar”, franco-alemán-polaco, se reunieron en las afueras de París para una “reunión de trabajo” con líderes militares que advierten sobre la amenaza de Rusia a la OTAN que se cierne en el fondo y los riesgos de la reelección de Trump en noviembre.

Tiempos curiosos por la proa. 

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