La perversa disciplina del Polisario con sus muertos
Una vez más, el Frente Polisario nos proporciona una lección ejemplar de lo que significa proclamarse “único y legítimo representante de todos los saharauis”. Eso sí, una representación selectiva, válida únicamente para los saharauis obedientes. Quienes piensan por sí mismos quedan automáticamente fuera del rebaño.
La última joya en su corona de absurdos morales es la negativa a financiar el traslado, desde España, del cadáver de un excombatiente y herido de guerra, Slama Mohamed Saïd, para que fuera enterrado en la “tierra” por la que, supuestamente, luchó. La razón esgrimida no podría ser más inmoral: los hermanos del difunto cometieron el imperdonable pecado de adherirse al Movimiento Saharaui por la Paz. Es decir, optaron por la herejía de buscar una solución pacífica, desviándose del dogma oficial.
El planteamiento es digno de manual: llorar ante la ONU por el derecho a la autodeterminación, mientras se prohíbe la autodeterminación ideológica en los propios campamentos. Para el liderazgo del viejo movimiento, la disidencia no es un debate: es traición; el pensamiento crítico no es un derecho: es deslealtad. El Polisario funciona como una secta que reparte carnés de pureza, divide a las familias y clasifica a los saharauis entre santos y apóstatas. Todo sea por mantener el monopolio de la verdad.
El caso del diplomático Ahmed Bujari es otro ejemplo de esta alquimia política. En vida, fue considerado por la prensa internacional el alma de la diplomacia saharaui; al morir en 2018, fue elevado a mártir oficial y bautizó con su nombre el XV Congreso. Sin embargo, en el cónclave posterior, el XVI, apareció degradado a la condición de “malogrado”. Los portavoces hablaron de un simple “error de imprenta”, pero en el fondo se trataba de un lapsus freudiano con firma y sello. En realidad, lo que no se le perdonaba, tras fallecer, era tener un hermano que salió del redil y apoyó al Movimiento Saharaui por la Paz. Ni muerto escapó del ajuste de cuentas ideológico.
Al final, todo se resume en la fórmula de siempre: el combatiente, el militante, no es un hombre, ni un héroe como Slama, ni un símbolo humano, sino un activo político susceptible de degradarse por circunstancias ajenas. Por tener un hermano “indócil” se deprecia ideológicamente, se le niega hasta el derecho al recuerdo. Castigo ejemplar, incluso más allá de la tumba.
En su triste y dolorosa trayectoria, el Polisario ha convertido el odio en método, la división en estrategia y la mezquindad en virtud. Negar la paz a un muerto porque sus familiares creen en la paz. La coherencia perfecta: la de un movimiento que, para tener siempre razón, necesita que los demás —incluso los difuntos— estén equivocados, aunque sea por el “pecado” de sus próximos.