Sáhara: el colapso de la ilusión sueca frente a la propuesta de autonomía

<p>La ministra&nbsp;de Exteriores sueco Maria Malmer Stenergard - PHOTO/ TT News Agency/Caisa Rasmussen/via REUTERS&nbsp;</p>
La ministra de Exteriores sueco Maria Malmer Stenergard - PHOTO/ TT News Agency/Caisa Rasmussen/via REUTERS
Ya fuese por la ración cotidiana de delirios árticos —o de cualquier clase— de Trump, por los sucesos ferroviarios acaecidos en nuestro país, o porque los habituales altavoces pro-Polisario en España lo han escondido debajo de la alfombra, lo cierto es que hace escasos días pasó desapercibida una noticia que normalmente debería haber tenido mayor alcance, debido al país que la protagoniza y su historial de proximidad con la autoproclamada RASD

El pasado lunes 19 de enero de 2026, el Ministerio de Asuntos Exteriores sueco anunció su respaldo formal al plan de autonomía marroquí para el Sáhara Occidental. No fue un simple cambio de postura, fue la inevitable culminación de un reposicionamiento europeo que se ha venido produciendo durante los últimos años, a través de un país que tradicionalmente había sido especialmente cercano a los postulados del Polisario. 

La historia de una expectativa fallida

Suecia no fue pionera en este giro. Fue la última pieza de un dominó que ya estaba en movimiento cuando otros miembros de la Unión Europea fueron adoptando posiciones sucesivas de respaldo al proyecto de autonomía marroquí. Con la adhesión sueca, una amplia mayoría de miembros de la Unión Europea respaldan ahora el proyecto autonómico marroquí como "base seria y creíble" para resolver una disputa que se prolonga innecesariamente. 

Pero Suecia, la Suecia socialdemócrata de Olof Palme, había sido durante décadas paladín europeo de la autodeterminación africana. Lo de Palme no era retórica vana: financió movimientos de liberación, criticó el apartheid sudafricano con ferocidad moral, y situó a Suecia en el bando de quienes creían que la historia se hacía desde las barricadas de la justicia. En ese contexto —ese mundo de movilización de principios— el Sáhara Occidental no era un conflicto lejano para ellos, era el símbolo de la última batalla descolonizadora en un continente que creían saqueado. 

<p>El político y Primer ministro sueco Olof Palme fotografiado el 12 de diciembre de 1983 - PHOTO/ Agencia de Noticias TT / Anders Holmstrom a través DE REUTERS</p>
El político y Primer ministro sueco Olof Palme fotografiado el 12 de diciembre de 1983 - PHOTO/ Agencia de Noticias TT / Anders Holmstrom a través DE REUTERS

Por ello, es necesario desandar el camino de las esperanzas que el Frente Polisario había depositado con respecto a Estocolmo. Durante décadas, Suecia fue percibida como potencial bastión de apoyo al independentismo saharaui. No porque formalizara reconocimiento alguno —nunca lo hizo— sino porque mantenía una postura crítica con Marruecos que ningún otro país europeo de peso se permitía. 

Así, llegamos a 2012, cuando el parlamento sueco aprobó una moción que instaba al gobierno a reconocer la RASD "cuanto antes", algo inédito en Europa. La izquierda lo promovió y la extrema derecha lo apoyó por razones distintas, siendo decisivo con sus votos. Ese momento de 2012 fue probablemente el pico de esa consistencia histórica nórdica. 

Entre 2015 y 2016, la realidad comercial se impuso con contundencia. Cuando Marruecos vetó la expansión de IKEA en su territorio en respuesta a la postura sueca pro-Polisario, y Estocolmo entendió que los principios tenían un precio que no estaban dispuestos a pagar. La ministra de Exteriores Margot Wallström justificó entonces el abandono de cualquier reconocimiento argumentando que la RASD carecía de los atributos de un Estado consolidado según derecho internacional. En eso estuvo técnicamente impecable. 

El Polisario pecó de pardillo al confiar en que esos apoyos políticos de Suecia se traducirían en acción institucional. Entre 2012 y 2016, cuando gobiernos de izquierda sueca llegaban al poder, la expectativa fue que Estocolmo sería el primer país europeo en reconocer formalmente la RASD. Nunca sucedió, el realismo político hizo que Suecia eligiera pragmatismo sobre principios. 

<p>El líder del Frente Polisario, Brahim Ghali - REUTERS/ BORJA SUAREZ </p>
El líder del Frente Polisario, Brahim Ghali - REUTERS/ BORJA SUAREZ 

El colapso del consenso que funca fue

A partir de entonces, durante una década, Estocolmo mantuvo una cómoda ambigüedad: criticaba desde la distancia, pero no se comprometía. Fue la postura de quien desea tener principios sin asumir sus costos. A medida que otros gobiernos europeos fueron alineándose gradualmente con la propuesta marroquí, la ambigüedad sueca se hizo cada vez más insostenible. Fue capitulación ante lo inevitable. 

Entre 2024 y 2025 ocurrió algo que tiempo atrás parecía imposible. El "bloque nórdico" defensivo que el Polisario esperaba fuera su fortaleza ya no existía. Cuando países como Finlandia y Dinamarca anunciaron sucesivamente su alineamiento con la autonomía marroquí, quedaba claro que la estructura que parecía sólida era un castillo de naipes. 

Suecia ha sido la última pieza nórdica en caer. Es la victoria abrumadora de la realidad contra la utopía y las falsas esperanzas de aquellos que quieren perpetuar un demencial estatus quo a través de un infinito viaje a ninguna parte del que solo sale mal parada la población condenada en vida en los campamentos de Tinduf

Campamento de refugiados saharauis de Smara, en Tinduf, Argelia - REUTERS/BORJA SUAREZ
Campamento de refugiados saharauis de Smara, en Tinduf, Argelia - REUTERS/BORJA SUAREZ

La resolución como acelerador, no como catalizador

En octubre de 2025, el Consejo de Seguridad adoptó la Resolución 2797, describiendo el plan autonómico como "la solución más viable". Esa resolución no creó el consenso, lo cristalizó. Permitió que gobiernos que habían titubeado se sintiesen más cómodos, encontrando una mayor legitimidad internacional para formalizar posturas que ya eran más que obvias. 

Suecia llegó a enero de 2026 en un contexto donde la resistencia se había desmoronado completamente. Los gobiernos europeos habían reconfigurado sus posiciones a lo largo de varios años. La clásica táctica del Polisario de apostar por gobiernos de izquierda se había agotado. No había bloque nórdico. No había alternativa europea. Había, simplemente, geometría de poder. El peso combinado de la estabilidad norteafricana, el interés de gobiernos europeos recalibrando estrategias, y una Europa que optaba por coherencia y estabilidad en lugar de fragmentación en un mundo cada día más convulso. 

El significado que trasciende a Suecia

El reconocimiento sueco importa menos por lo que representa a efectos numéricos —en eso es un país más, suma y sigue—, que por lo que simboliza respecto a la desaparición de uno de los últimos e históricos apoyos internacionales de cierto rango que el Polisario albergaba mantener. 

Cuando tantos miembros de la Unión Europea —y por supuesto fuera de ella— reconocen el marco propuesto por Rabat, la solución deja de ser "controvertida" para convertirse en consensuada. No hay lugar para la expresión volantazo, quedó obsoleta. Y los Estados que aun resisten inamovibles en su posición son excepciones que confirman la regla, no alternativas viables. Será cuestión de tiempo que eso cambie. El Polisario no tiene contra quién jugar, ni alianzas que construir. 

Simultáneamente, en el Consejo de Seguridad, los parámetros para una solución han cambiado definitivamente. No es casualidad que múltiples potencias alineadas converjan hacia el reconocimiento del plan marroquí como viable. Es el reconocimiento de que cincuenta años de conflicto ya son más que suficientes y que no producirán una alternativa mejor para la población. 

La decisión sueca viene a confirmar el cierre de un paréntesis abierto en 1975, cuando la Marcha Verde transformó las coordenadas políticas de un rincón del planeta. Cincuenta años después, la comunidad internacional ha optado por resolver lo que las armas y el obstruccionismo argelino no pudieron resolver: la integración del Sáhara Occidental bajo un marco que preserva derechos e identidades bajo la soberanía marroquí. 

Marcha Verde - PHOTO/ARCHIVO
Marcha Verde - PHOTO/ARCHIVO

Conclusión: cuando el círculo se cierra

Suecia llegó tarde a esta realidad. Pero que haya llegado es confirmación de que la arquitectura internacional ha reconfigurado sus piezas fundamentales. La narrativa de la última colonia africana ha cedido ante la pragmática de la solución más viable

Para el Polisario, el mensaje es claro: no hay ilusiones que cultivar, no hay aliados que recuperar, no hay estrategia que revierta esa arquitectura internacional que ha decidido converger. El espejismo nórdico ha desaparecido. 

Y eso hace el giro sueco significativo