Rusia se aleja

El presidente ruso Vladimir Putin - AFP/GAVRIIL GRIGOROV
AFP/GAVRIIL GRIGOROV - El presidente ruso Vladimir Putin

La guerra provocada por la invasión rusa de Ucrania va a tener consecuencias mucho más allá de su duración o de los cambios que finalmente produzca en términos de mapas y fronteras, porque es una guerra que aleja a Rusia de Europa y viceversa dejando una herida que no va a sanar pronto, incluso en el caso de un cambio de rumbo en el Kremlin, una hipótesis que la revuelta de Prigozhin y su Grupo Wagner ha devuelto a la actualidad al mostrar mayores debilidades internas que las que se suponían y que crecen con cada día que pasa.

Un estudio reciente -pero anterior a esa “asonada”- del Centro Levada de Moscú, de lo más creíble que hay por allí, constataba que solo uno de cada cuatro rusos sigue con interés lo que pasa en Ucrania, esa “operación militar especial” como la llama Putin para evitar el alarmismo de la palabra “guerra”, y porque, además, inicialmente pensaba que iba a ser cuestión de un par de semanas. El dato es interesante porque revela que a la mayoría de los rusos lo que ocurre no les afecta en su día a día, que no se ha visto afectado por las sanciones occidentales ya que el comercio ha aumentado con otros países como China, la India, Turquía (miembro de la OTAN) y muchos otros del Sur Global (73% de la población del planeta) que se han negado a imponer sanciones y a dejar de comerciar con un país que tradicionalmente ha gozado entre ellos de buena imagen por su apoyo en las luchas anticoloniales del pasado siglo. Incluso artículos de lujo europeos llegan a través de terceros países con mayores ganancias para los intermediarios. Al ruso de la calle le tiene sin cuidado que el gas o el petróleo ya no vayan a Europa porque encuentran otros compradores en India o China (aunque sea a precios más bajos), y no saben que faltan inversiones que garanticen la producción futura o piezas de recambio para los aviones, que al parecer ya se canibalizan. Esa información no llega a la calle, que se nutre de lo que cuentan los medios dominados por el Kremlin, aunque sospecho que después de esta revuelta militar los rusos prestarán más atención a Ucrania.

Los medios de comunicación rusos dan una imagen de Occidente que cala en una opinión pública predispuesta a ello. Según el Concepto Ruso de Política Exterior, adoptado este mismo año 2023 por el Kremlin, Rusia es “un país-civilización... cuya misión histórica única se dirige a construir un sistema internacional multipolar”, o, en palabras del propio Putin, a luchar “una batalla por la autodeterminación y por el derecho a ser uno mismo” en un mundo que domina Occidente desde 1945, que le quiere imponer sus reglas y que le impide ocupar el espacio que le corresponde por su historia, su cultura, su tamaño y su peso político y militar. Esas ideas, respaldadas por la poderosa Iglesia Ortodoxa del patriarca Cirilo y otros ideólogos de la misma cuerda nacionalista, entroncan con un sentimiento ruso ancestral que con excepción de las épocas de Pedro el Grande (curiosidad por Europa, modernización), de Catalina II (entrada en el gran juego de los imperios europeos mientras buscaba una salida a los mares cálidos del sur por Crimea), y de Alejandro I (participación constructiva en el Congreso de Viena tras la derrota de Napoleón), ha tendido a ignorar y despreciar cuanto ocurría más allá de sus fronteras. Rusia es muy grande, se extiende sobre once husos horarios, es el único país europeo que aún no ha descolonizado y por ahora parece que se lo puede permitir (Moscú colonizó Siberia y el Cáucaso cuando los europeos colonizaban África).

A la inversa, desde la “civilizada” Europa se veían como bárbaros los usos de una Corte que mantenía a la mitad del país, los campesinos, en un régimen de esclavitud, sin que la percepción mejorara tras la revolución bolchevique y el Telón de Acero, hasta que hubo un breve intervalo tras la implosión soviética en el que las cosas podrían haber cambiado si Putin hubiera seguido la confusa estela de Gorbachov y Yeltsin, cuando incluso se llegó a escuchar una petición rusa para entrar en la OTAN, aunque no se le diera seguimiento alguno. Pero Putin cerró esa puerta cuando prefirió anexionar Crimea y luego invadir Ucrania.

Ahora, desde el Kremlin insinúan que Occidente podría estar detrás de la revuelta de Prigozhin, cosa que ha obligado a Joe Biden a decir que desde Washington seguían con atención lo que era “un asunto interno” ruso en el que no han tenido nada que ver. Y el mismo distanciamiento han mostrado la Unión Europea y la OTAN. Para que no haya dudas. Pero el ministro de Exteriores ruso Lavrov sigue insistiendo en que ese es un asunto para investigar... porque les interesa sembrar dudas desde el punto de vista de la política interna.
 
Rusia es muy grande, un Estado-civilización, como también le gusta definirse a China. Eso, el orgullo cada vez más herido, una concepción autoritaria de la política, y el mutuo convencimiento de lo que ambos perciben como acoso de Estados Unidos y de Europa, llevan a Pekín y a Moscú a acercarse, por incómodos que a veces parezcan estar, mientras ambos se distancian de Occidente. No es deseable, pero no es fácil cambiar esa tendencia en ese ambiente de eterna suspicacia y, mientras, la guerra ruge en el corazón de Europa. Sin descartar tampoco que ese acercamiento pueda acabar siendo un marrón en los brazos de China. Pero esa es otra historia.

Jorge Dezcallar, embajador de España
 

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