2026, el cambio y la oportunidad
En las relaciones internacionales, el orden mundial que ha vivido un proceso de transformación durante más de una década parece cambiar, ahora, a una etapa de estabilización. Para las principales potencias y actores estratégicos, la oportunidad de aprovechar este cambio no pasa por adaptarse a los procesos de transformación, sino por tener la oportunidad de tomar partido en esa fase de estabilización. No se trata de que el mundo se quede tal y como está (conflictos, crimen organizado, polarización, desequilibrios, inestabilidad). Sino de que se ha iniciado un periodo para reconfigurarlo y definir cómo va a ser (seguridad, libertades, tecnología, recursos, convivencia).
En 2026 se cumplen 40 años de la entrada de España en las Comunidades Europeas. La España constitucional entraba 1986 en el espacio geoeconómico que nos ha permitido no solo crecer como una sociedad democrática, sino también contribuir a la construcción de un espacio geopolítico de naciones independientes, unidas en un mercado regulado y en un proyecto de convivencia libre y solidario.
El proceso de transformación del orden mundial ha relegado a Europa a un lugar de menor relevancia internacional y a España a un asiento de segunda fila en ese entramado que hoy necesita la energía y la visión de las empresas y las instituciones de nuestro país para revitalizar la Unión Europea.
En 2026, se cumplen 44 años del refrendo de la sociedad español al compromiso de una seguridad euroatlántica compartida con las principales democracias del hemisferio occidental, y en colaboración con otras potencias democráticas para reforzar la seguridad global.
La OTAN sigue siendo el marco de una defensa garantizada por la fiabilidad de nuestras fuerzas armadas y por el compromiso común de nuestros aliados. El proceso de transformación del orden mundial exige ahora un esfuerzo mayor para garantizar un modo de vida basado en el progreso económico y educativo, y en unos valores basados en el estado de derecho y las libertades, que nos han permitido avanzar en todos los ámbitos sociales y culturales.
A pesar de su debilitamiento político e institucional, Europa sigue teniendo peso en un mundo que ha desbordado el propio proyecto existencial europeo. Y lo tiene, gracias a que se ha mantenido unida en su mercado y en su seguridad euroatlántica. España tiene que encontrar la manera de seguir contribuyendo a ese progreso y de convertir ese marco geopolítico en un modelo para otras regiones con distintos niveles de desarrollo político y social. Despolarizar las democracias euroatlánticas es un desafío esencial para fortalecer la cohesión interna y construir una estrategia nacional y europea coherente y adaptada a los riesgos de los próximos años.
Este año se cumplen los 40 años del establecimiento de las relaciones entre España e Israel. Unas relaciones prósperas y de mutuo entendimiento histórico y cultural entre dos estados democráticos que comparten valores y visiones, contrarios a la barbarie y el terrorismo, y comunes en la idea de convivir de acuerdo con el respeto por las minorías y dentro del orden internacional.
Esa visión compartida movió a la política exterior y diplomática española a promover la Cumbre de Madrid en 1991 que acogió a los principales líderes de Oriente Medio y abrió la puerta a los Acuerdos de Oslo, donde se reconoció a la Autoridad Nacional Palestina. España en 2026 no puede renunciar, por motivos ideológicos, a promover el acercamiento entre representantes de un pueblo palestino sumido en la desesperación, que sean contrarios al uso de la violencia, y los del estado de Israel, legítimamente elegidos por una sociedad libre y plural como es la israelí, asolada por la presión de fuerzas asesinas y maleantes.
La oportunidad de asumir el papel de un actor estratégico y de una potencia sitúa a España y a Europa en el centro de un nuevo orden donde la geoeconomía, la tecnología y el dinamismo empresarial serán instrumentos de estabilización y progreso y no necesariamente de confrontación y rivalidad.
La gestión del orden de potencias en un mundo abierto y diverso necesita un pilar europeo y la Unión Europea del presente necesita un pilar español en su seguridad euroatlántica, mediterránea y en el Atlántico Sur. Firme en sus convicciones, abierta a un mundo multipolar con distintos actores e intereses, y también multilateral y diplomáticamente eficiente en la proyección de sus valores. Con una política exterior realista y también, por qué no, transaccional. Que sirva de puente entre culturas y nunca de muro frente a alguna de ellas. Y, en todo caso, consciente de sus compromisos con sus socios y aliados.
