Cuando la geopolítica se sienta a la mesa de las fábricas
Si se observa el mapa con serenidad se
comprende que los centros de producción ya no se eligen solamente por costes o incentivos fiscales. Hoy pesan los pasillos diplomáticos, los canales bloqueados, las sanciones cruzadas y los aranceles que cambian de la noche a la mañana.
En este escenario movedizo, Marruecos se ha convertido en un territorio interesante para las empresas extranjeras que fabrican cerca de Europa sin estar dentro de ella.
El país ofrece algo que se valora más cada año: estabilidad razonable, buena conectividad marítima y una política industrial que, con sus altibajos, intenta atraer manufactura seria. Las zonas de aceleración industrial, los acuerdos comerciales y el empuje de sectores como el automotriz, el aeroespacial o el energético han dado forma a un ecosistema productivo que no existía hace dos décadas. Pero no es un refugio sin aristas.
Desde la orilla sur del Estrecho se percibe cómo los grandes movimientos globales repercuten en la industria local: retrasos portuarios, tensiones en el precio del gas y del transporte, cadenas de suministro que deben redibujarse en cada crisis. El conflicto en Gaza, el bloqueo parcial del Mar Rojo y los aranceles estadounidenses o europeos actúan como recordatorio de que la producción internacional es hoy una partida jugada sobre un tablero sin casillas fijas.
Marruecos, pese a su aparente distancia, no escapa de esa partida. Sus fábricas importan materias primas, resinas, aceros o componentes que cruzan medio mundo antes de llegar a los talleres de Tánger, Kenitra o Nador. Una decisión política en Washington, Pekín o Bruselas puede alterar el coste de producción marroquí tanto como un cambio de salario mínimo o de fiscalidad local.
Aun así, hay ventajas que resisten las tormentas. Producir a unas horas de barco de Europa reduce riesgos logísticos y permite reaccionar con rapidez ante los sobresaltos del comercio internacional.Las normas de origen preferenciales abren la puerta a exportaciones competitivas si se logra incorporar suficiente contenido local. Y la diversificación hacia África occidental o el Mediterráneo oriental permite no depender de un único mercado cuando los vientos cambian de dirección.
La cuestión, sin embargo, no es sólo de distancia ni de impuestos. Se trata de construir resiliencia industrial, palabra que suele decirse deprisa pero que en Marruecos adquiere forma concreta: doble ruta logística, proveedores locales entrenados, contratos con coberturas, planes de contingencia y una vigilancia constante del entorno político. Las empresas que fabrican desde aquí aprenden pronto que el calendario de producción puede verse alterado por decisiones tomadas a miles de kilómetros.
Es pragmatismo. Es el tiempo que toca vivir. La globalización que prometía certidumbre ha envejecido, y su reemplazo es una economía de equilibrios, donde la cercanía y la prudencia pesan más que la velocidad. Marruecos, con su mezcla de tradición comercial y ambición moderna, encaja en ese nuevo orden con cierta naturalidad.
Para los empresarios, directivos y profesionales que piensan en establecer operaciones industriales en el Reino, la conclusión es sencilla: ya no basta con calcular costes. Hay que leer los periódicos, seguir los cables diplomáticos y entender que una planta de producción no flota en el vacío. Está sujeta al mismo oleaje que los buques que cruzan el Estrecho.
Y en ese mar, quien sepa ajustar velas a tiempo seguirá navegando. Los demás, como siempre, se limitarán a mirar cómo cambia la marea.
Juan Antonio Vidal. Plant Manager InCom Composites Morocco SARL
