La soberanía narrativa y el poder de los Estados
Lo que hemos observado en los últimos años es un cambio cualitativo en las relaciones de poder del sistema internacional. Los resultados materiales ya no bastan por sí solos para generar influencia. Lo que cuenta ahora es el dominio del significado. Porque son los relatos los que dan valor a los logros económicos, políticos o institucionales, y los que determinan la forma en que se perciben en la escena internacional
Los éxitos solo tienen un impacto duradero si se inscriben en un marco narrativo capaz de orientar su interpretación. Esto es precisamente lo que recoge el concepto de soberanía narrativa: la capacidad de un Estado para controlar la narrativa a través de la cual el mundo interpreta sus decisiones, sus políticas y sus transformaciones. No se trata de comunicación ni de propaganda, sino de una facultad estratégica: definir los conceptos, fijar el vocabulario, imponer los términos del debate, incluso a sus adversarios. Quien formula la pregunta, a menudo define la respuesta.
Estados Unidos ha construido su hegemonía no solo mediante el poder material, sino también gracias a una notable coherencia narrativa entre la cultura, la tecnología, la universidad y la diplomacia. Incluso los fracasos se integran en el relato global, en lugar de ser negados o borrados. La lección es sencilla: estructurar el marco mental es más importante que convencer a todo el mundo.
China, por su parte, ha adoptado una estrategia narrativa ofensiva, repetitiva y disciplinada, articulada en torno a una secuencia clara: humillación, renacimiento, poder responsable. No responde a las críticas, sino que cambia la agenda. Una vez más, la disciplina narrativa es la clave de la eficacia.
Japón y Ruanda, a pesar de sus trayectorias muy diferentes, también ofrecen ejemplos de dominio de la narrativa. El primero encarna un poder silencioso basado en la credibilidad, la calidad, la estética y una modernidad disciplinada. El segundo ha logrado pasar de una narrativa de genocidio a la de un Estado eficaz, vinculando estrechamente la gobernanza, la estabilidad y la proyección hacia el futuro, al tiempo que controla con precisión la forma en que se evoca el pasado.
Estos Estados tienen en común algunas constantes: un discurso central claro, que puede formularse en una sola frase; una pluralidad de canales de difusión; una capacidad para anticiparse a los conflictos narrativos en lugar de reaccionar ante ellos; una acción a largo plazo, no sujeta a las emociones del momento.
Marruecos y los países del Golfo han logrado avances notables gracias a su estabilidad institucional y a las visiones estratégicas impulsadas por las monarquías. Los símbolos son poderosos: África, el Atlántico y el deporte para Marruecos; la ciudad global, la tecnología y el liderazgo regional para el Golfo. El problema no es la ausencia de un relato, sino su incapacidad para convertirse en un marco dominante. El reto consiste en pasar de ser países con buenos resultados a países que imponen su propia definición de éxito, incluso en temas delicados como los derechos humanos, el medio ambiente o el lugar de la mujer, integrando estos debates en un marco narrativo soberano.
Para Marruecos, la cuestión narrativa se plantea hoy con especial intensidad: ¿qué narrativa queremos para 2030? Coexisten varias lógicas. Una narrativa defensiva, impulsada por la movilización de las élites y la opinión pública. Una fuerza silenciosa, encarnada por instituciones creíbles que hablan a través de los hechos. Estas dos dimensiones son necesarias, pero insuficientes si no se inscriben en una estrategia consciente de soberanía narrativa.
No se trata de inventar una nueva narrativa, sino de transformar la narrativa existente en un marco de referencia mental: un lenguaje de lectura de Marruecos, tanto para el interior como para el exterior. Una narrativa que no se contente con defender, sino que estructure el debate, plantee las preguntas e imponga el ritmo.
En este sentido, 2030 no es solo una prueba organizativa o logística. Es una prueba narrativa importante. En un mundo en el que se disputa primero el significado antes que los hechos, quien no impone su lenguaje es leído en el lenguaje de los demás; quien no se define es definido desde fuera.
La soberanía narrativa no es un lujo retórico ni una postura nacionalista. Es una de las condiciones del poder contemporáneo: poder de influencia, poder de persuasión, poder de presencia en un mundo gobernado tanto por los relatos como por los hechos.
Artículo publicado en el diario Aawsat.
