Opinión

Escenario muy complicado en Ucrania

photo_camera Bombardeo Kiev

En la madrugada del pasado día 24, lo que para muchos analistas no era más que una evidencia pendiente de materializarse se hizo realidad.

Las tropas rusas que durante meses habían estado tomando posiciones a lo largo de la frontera dentro del territorio de Rusia y Bielorrusia cruzaron esta tras un duro ataque previo con misiles de crucero, misiles balísticos y medios aéreos que golpeo objetivos estratégicos a lo largo y ancho de todo el suelo ucraniano.

Tras dos semanas de guerra sería conveniente analizar algunos hechos y tratar de esbozar algunos escenarios, pues, aunque gran parte de lo que ha sucedido, a pesar del “asombro” de muchos entra dentro de los parámetros normales de un conflicto bélico, hay otros aspectos que han causado si no sorpresa, si cierta extrañeza. Y algunos otros se han salido por completo del guion.

En primer lugar, y para tratar de ofrecer un análisis lo más comprensible posible, habría que determinar cuál es el objeto de esta acción militar: cuales son los objetivos estratégicos marcados por el Kremlin. Aquí nos encontramos con el primer objeto de controversia, pues a menudo se están confundiendo los objetivos propiamente militares con los estratégicos.

Rusia, y en particular Putin y su núcleo dirigente, dentro de su visión del mundo, se sienten agredidos y amenazados por Occidente. Esto, que desde nuestro lado de la Historia es algo incomprensible, no lo es a sus ojos. Y su sentimiento es que a pesar de que el régimen comunista cayo, con la pérdida de poder y prestigio que ello supuso para lo que hasta entonces era una superpotencia, en ningún momento el bloque occidental les ha tratado como un igual, más por el contrario no ha cejado en su empeño de controlar y subyugar a su país. Este sentimiento, real y cierto a su entender, choca frontalmente con la convicción de que Rusia no ha dejado de ser la gran nación que un día fue un imperio, que colaboro en liberar a Europa del nazismo y que durante más de 40 años lidero uno de los dos bloques en que quedó dividido el mundo.

Y una parte principal de ese sentimiento de afrenta y amenaza lo representa la OTAN y más concretamente su expansión hacia el Este. La OTAN no es vista desde Rusia como la organización defensiva que es, sino como una alianza de poderes cuyo fin fundamental es mantener el control sobre Rusia y evitar a toda costa su resurgimiento. Por ello, el hecho de que varios países que formaron parte la Unión Soviética y que comparten frontera con Rusia sean parte de la Alianza es una realidad que causa consternación en el Kremlin.

De ahí que la simple posibilidad de que Ucrania siguiera ese mismo camino hiciera saltar todas las alarmas en Moscú y pusiera en marcha la maquinaria que ha derivado en los acontecimientos que ahora vivimos.

El conflicto iniciado en 2014 en el Donbass y seguido de la ocupación de Crimea no fue sino la primera fase de un plan perfectamente preparado para evitar por todos los medios el acercamiento de Ucrania a la OTAN.

Por ello, en esta fase actual, el objetivo estratégico mencionado anteriormente no es otro que la “liberación” de las dos autoproclamadas repúblicas de Donestk y Lugansk en toda su extensión, es decir, marcando como frontera oeste el rio Dniéper, el establecimiento de un corredor terrestre que una Crimea con el territorio ruso y prolongar este hasta la región de Transnitria, uniendo de ese modo todas las regiones que Moscú considera rusas de naturaleza y de derecho.

Y para lograr ese objetivo estratégico, necesita atacar el centro de gravedad, y este no es otro que Kiev, pero no entendiendo la capital ucraniana como un ente físico, sino como el símbolo de lo que hasta ahora conocemos como Ucrania, eliminando de un modo u otro (físicamente si es necesario) al Gobierno o al menos a su cabeza visible y forzando la elección de un Ejecutivo afín o al menos condescendiente con los intereses rusos. En este plano Kiev es el centro neurálgico de la resistencia y de la Ucrania actual, y su claudicación tiene mucho de golpe psicológico. Tan es así que se ha confirmado la presencia desde hace semanas de elementos de la conocida PMC (Private Military Company) Wagner en Kiev con la misión de localizar y eliminar al presidente Zelenski.

Y es en este punto donde procede entrar a hablar de los objetivos militares. A pesar de que la aspiración territorial se circunscribe a una zona muy concreta, desde este punto de vista tiene todo el sentido que en las primeras fases de la ocupación se atacaran objetivos en todo el país. La intención no era otra más que degradar al máximo las capacidades de las fuerzas armadas ucranianas atacando sus puestos de mando, centros de transmisiones, bases aéreas, centros logísticos e infraestructura crítica. La finalidad de estos ataques era doble. Por un lado facilitar la entrada de las fuerzas terrestres evitando la capacidad de reacción de Ucrania y por otro reducir al máximo las capacidades militares del país de tal modo que por un lado este no suponga una amenaza para Rusia (vista la reacción, determinación y preparación de las fuerzas armadas ucranianas puede sostenerse que de haberse retrasado la invasión unos dos años esta habría sido inviable desde el punto de vista militar), y por otro lanzar un mensaje claro a todos los países fronterizos a los que Rusia considera en la misma situación que Ucrania.

Es en esta primera fase en la que se debe resaltar un punto importante que habrá de tener influencia necesariamente en el posterior desarrollo del conflicto. Para el Kremlin un factor fundamental en esta “operación especial” utilizando su propia denominación, era la rapidez.

Las fuerzas armadas rusas, si bien son temibles, no dejan de tener grandes problemas y carencias. Y eso es algo que también ha quedado demostrado. Es necesidad de una operación rápida se sustentaba en varios factores: en primer lugar, el económico. Sostener una operación de esta envergadura supone un coste muy alto, y Rusia no está precisamente en su mejor momento tras los dos años de pandemia y los factores endémicos que atenazan a la economía rusa. Por ello rapidez equivalía a minimizar coste. Por otro lado, la campaña de lo que se conoce como STRATCOM, es decir, la campaña de información que acompaña a toda operación militar para “vender” lo que se está haciendo tanto al mundo como a tu propia población. En el caso de Rusia principalmente a esta. Cuanto más se alargue el conflicto más opciones hay de que el pueblo ruso tenga oportunidades de conocer la realidad, de enfrentarse a la verdad: que su nación ha iniciado una guerra invadiendo un país soberano sin mediar agresión previa alguna. Y esto es importante porque Moscú contaba con que la reacción occidental sería principalmente una partida de sanciones, sanciones que las sufriría como no la población. Por lo tanto, cuanto más tiempo se alargue el conflicto y más se endurezcan las sanciones y por ende sus consecuencias mas sufrirá el pueblo ruso. Y si ello se une a un conocimiento más aproximado a la realidad de lo que está sucediendo la combinación puede ser explosiva.

La pérdida de crédito frente a la comunidad internacional es algo que el Kremlin ya había descontado de la ecuación, pues una campaña rápida permitiría que cualquier otro acontecimiento de la suficiente importancia enviara la invasión de Ucrania a un segundo plano.

Esta rapidez también era importante, desde el punto de vista táctico, por un motivo que como se verá está íntimamente relacionado con el anterior. Los ataques iniciales se llevaron a cabo con lo que en terminología militar se conoce como “PGM” (Precision Guided Ammunition), munición guiada de precisión. Con estos ingenios se pretendió eliminar la mayor parte de los centros de mando y control, puestos de mando, nodos de transmisiones, depósitos de munición, bases aéreas, etc. causando el menor número de daños colaterales posible. Pero Rusia tiene un grave problema. Su stock de munición de este tipo es limitado, y además su sistema de guiado no es tan preciso como el de sus homólogos occidentales, por lo que la efectividad de estos ataques puede considerarse como limitada. Este hecho a influido de manera notoria en el discurrir de los acontecimientos, pues día tras día las fuerzas de invasión se ven obligadas a emplear de un modo mucho más restringido este tipo de munición, reservándola para objetivos muy concretos y de alto valor, al mismo tiempo que el mayor uso de municiones no guiadas aumenta los daños colaterales, lo cual, de un modo exponencial reduce la pretendida imagen de “operación limitada” que aún le quedaba no sólo de cara a la comunidad internacional, sino ante su propia opinión pública. Y como añadidura, este empleo de municiones más convencionales cuando se trata de la fuerza aérea obliga a los aparatos a adoptar perfiles de vuelo que los hacen más vulnerables a la defensa aérea, especialmente a los cientos de MANPAD (Misiles antiaéreos portátiles) que la comunidad occidental les está suministrando. Prueba de ello es el creciente número de derribos que están sufriendo.

Del mismo modo, la manera de proceder de las fuerzas terrestres causó cierta sorpresa en medios militares, pues su forma de progresión distaba de lo que marca su doctrina de empleo, no haciendo un uso previo y masivo de fuegos de artillería (seguramente pretendiendo causar el menor número de bajas civiles y daños a las infraestructuras de un territorio que pretenden controlar). La progresión de las unidades en columna, a caballo principalmente de las vías de comunicación las convirtió en blanco fácil de las emboscadas y del sistema defensivo ucraniano, la gran necesidad de apoyo logístico que necesita una fuerza de ese tamaño, y especialmente cuando se trata de medios acorazados y mecanizados al ir alargándose estas líneas se ha convertido en una pesadilla y una sangría para las fuerzas rusas.

Los ucranianos parecen haber planteado su defensa de un modo muy inteligente, apoyándola en puntos concretos que han impedido por ahora a Moscú ir enlazando los principales ejes de progresión que pretendían embolsar a las fuerzas ucranianas e ir haciéndose con el territorio pretendido.

En este punto ha de hacerse mención especial a las ciudades. El ejército ruso ha pretendido evitar adentrarse y combatir en núcleos urbanos densamente poblados. El motivo no es otro que el altísimo coste en medios y vidas que puede suponer enfangarse en un combate en zonas urbanizadas donde los medios acorazados son muy vulnerables, el defensor tiene siempre la iniciativa y el número de tropas necesarios para controlar una ciudad haría insostenible una ya de por sí difícil campaña. Y esta lección la aprendió Rusia muy dolorosamente en Grozni durante la primera guerra de Chechenia.

Ese es el motivo por el que en el caso de Kiev se ha optado por tratar de rodearla, algo que a día de hoy no han logrado aún y sitiarla privándola de los suministros y servicios básicos hasta quebrar la voluntad de lucha de su Gobierno. Las acciones que se han llevado a cabo en su interior han sido operaciones puntuales bien a manos de miembros de la mencionada PMC Wagner infiltrados previamente o bien a cargo de equipos de operaciones especiales. Estas operaciones han tenido como blanco objetivos de alto valor, y por supuesto tratar de localizar y eliminar al presidente Zelenski, en la esperanza de que un golpe de ese calibre hiciera capitular al país.

Hasta el momento los bombardeos sobre la capital distan mucho de lo que ha sucedido con ciudades como Járkov o Mariúpol. En estas la situación es muy diferente. Ambas se encuentran dentro de la zona que el Kremlin pretende mantener bajo su control, y por lo tanto deben de ocuparlas sin remedio. Y la forma de minimizar el número de bajas propias y facilitar la progresión por sus calles no es otro que acompañar el sitio con ataques permanentes de artillería y aviación para reducir la resistencia, sin importar en este caso los daños que se causen o las bajas que se provoquen. Un sistema tan efectivo como brutal.

Esta diferente forma de actuar en las citadas poblaciones nos indica también dos datos muy importantes: Rusia no tiene la más mínima intención de ocupar Kiev, y en cambio la resistencia encontrada en dos ciudades de la zona que a priori se consideraba afín a Moscú, ha sido de una ferocidad totalmente inesperada.

El resultado de todo lo anterior es, como ya se ha mencionado, el retraso en conseguir los objetivos marcados y la prolongación de una guerra que Rusia pretendía ganar en menos de quince días.

En este punto, las duras sanciones, además del efecto boomerang que inevitablemente tienen en la economía de quien las impone, pueden retroalimentar la retórica de Putin ante su población, pues en un entorno donde su control donde la información es total indudablemente utilizará los efectos de las sanciones para “vender” la justificación de su intervención ante un occidente que agrede al pueblo ruso.

Por todo lo anterior cabe plantearse cuales son los escenarios posibles a los que podemos enfrentarnos:

  • Una guerra de corta duración: Este ya se ha visto superado tras catorce días de guerra y unas pérdidas muy superiores a las imaginadas.
  • Una guerra de larga duración: El conflicto en su nivel actual de intensidad no es probable que se prolongue. Rusia no puede permitirse ni económica ni socialmente sostener una guerra como esta enquistada. El actual gobierno ruso no tardaría en tener que hacer frente a cada vez más protestas tanto en la calle como de puertas hacia dentro, y ello no es factible. En el otro lado, por el contrario, un país que lucha por su territorio si que tiene mucho más poder de aguante y resiliencia.
  • Un conflicto de media intensidad de larga duración: Los efectos para Moscú serian prácticamente los mismos que los anteriormente descritos. Estaríamos hablando de una ocupación de parte de un territorio completamente hostil y haciendo frente a una insurgencia cada vez más preparada, organizada y apoyada por la comunidad internacional.
  • Una extensión del conflicto involucrando a la OTAN: Putin a estas alturas es consciente de que su vida como dirigente internacional ha terminado. Cualquiera que sea su futuro no podrá a volver a sentarse en ningún foro internacional. Por ello y ante la perspectiva de no alcanzar tampoco los objetivos que se marcó y además hizo públicos una huida hacia delante es una opción factible, forzando la involucración de la OTAN, pues sin duda jugaría esa baza justificando ante el pueblo ruso la necesidad de esta guerra contra un bloque europeo y una organización que permanentemente agreden de un modo u otro a Rusia. Es en este escenario donde también entra la carta nuclear. En términos de guerra convencional Rusia ha demostrado que poco podría hacer contra una Alianza Atlántica que la supera en medios, tecnología y preparación. Pero del mismo modo es consciente que el miedo a un empleo limitado de ingenios nucleares existe por parte de la OTAN, y es algo ademas totalmente fundamentado. Es más aun en el caso de que Rusia diera ese paso, salvo que se tratara de un ataque indiscriminado y de largo alcance contra algún aliado, seguramente habría muchas reticencias a responder del mismo modo desencadenando el tan temido holocausto nuclear. En esta opción Rusia juega con el miedo y los frenos morales de occidente. Sólo hay que recordar la reacción de pavor cuando ordenó elevar el nivel de alerta de sus “Fuerzas de Disuasión Estratégica”, olvidando que las mismas incluyen elementos convencionales aparte de los nucleares.
  • Una solución diplomática: Si Rusia consigue alcanzar algunos de sus objetivos marcados y bazas para poder negociar sin que tanto esfuerzo, dolor y caos le haya sido infructuoso es posible que la presión que sienta Moscú desde la calle por los efectos de las sanciones, y el conocimiento de la realidad del conflicto con los datos de bajas reales hechos públicos más la presión interna que seguramente esté sufriendo Putin dentro de su propio entorno, con la intervención de los mediadores adecuados tal vez una solución negociada sea posible.
  • Vladímir Putin fuera de la ecuación: Es cada vez más evidente que no todo son parabienes alrededor del dirigente ruso. Se ha sabido de algunas disensiones, especialmente en el temido FSB, con la destitución de su jefe y algún otro alto cargo. Un levantamiento popular es altamente improbable dado el efectivo control informativo que existe en Rusia y la presión sobre cualquier líder o movimiento opositor. Pero que algún movimiento interno dentro del Kremlin ante una deriva de los acontecimientos que hagan insostenible a ojos de algunos altos cargos bien la marcha de la guerra bien las decisiones que se pretendan tomar, provoquen los particulares “Idus de Marzo” de Vladimir Putin no es algo que debamos descartar.

Lo que es innegable es que esta vez la comunidad internacional y especialmente la Unión Europea no pueden fallar. Es la oportunidad de demostrar la unión y unidad de criterio de la que tanta gala se hace. Y eso pasa por apoyar sin fisuras al gobierno legítimo ucraniano, por más dudas o deficiencias que muestre su sistema político. Y es esa ayuda y esa presión la que nos llevan a plantear, de entre las opciones señaladas la cuarta y la quinta como las dos más probables. Es una apuesta arriesgada, y una de ellas terrible, pero el dirigente ruso ha cruzado una línea y no es de los que dan marcha atrás. No asumiría un fracaso absoluto, no entra en sus esquemas. Necesita obtener algo que a su modo de ver le otorgue la razón y algo que ofrecer a Rusia y satisfaga su particular ego.

Sea como sea la incógnita no tardará mucho en despejarse.