De la calculadora a la IA: ¿por qué tememos lo que nos ahorra tiempo?
No es ningún secreto que cualquier nueva tecnología suele ser recibida con cierto recelo, si no con un rechazo absoluto, especialmente entre aquellos que han dejado atrás, en mayor o menor medida, su juventud. El cambio, por muy prometedor que sea, altera el ritmo familiar de la vida y hace que uno sienta que el suelo que pisa ya no es tan sólido como antes.
Desde tiempos inmemoriales, cada nuevo invento ha requerido tiempo para que la gente se familiarizara con él, se acostumbrara a su presencia y, en última instancia, llegara a un punto en el que no pudiera imaginar la vida sin él. Pensemos, por ejemplo, en la rápida evolución de la inteligencia artificial en la actualidad: no llama suavemente a nuestra puerta, sino que irrumpe de golpe en nuestros lugares de trabajo, en la educación, en los medios de comunicación e incluso en los detalles más insignificantes de nuestra vida cotidiana.
Recuerdo mis días de colegio, cuando utilicé por primera vez una calculadora primitiva, limitada a funciones básicas como la suma, la resta, la multiplicación y la división. En aquella época, solía preguntarme con una mezcla de inocencia y enfado: ¿por qué nuestros profesores de primaria eran tan estrictos y nos obligaban a memorizar las tablas de multiplicar? Entonces creía que se estaba perdiendo el tiempo inútilmente y que la calculadora era más que capaz de hacerlo todo. Sin embargo, con el paso de los años, descubrí una simple verdad: si no hubiera dominado los fundamentos de la aritmética, nunca habría podido utilizar una calculadora avanzada más adelante, ni habría destacado en matemáticas ni habría completado mi carrera de ingeniería. La herramienta no sustituyó al conocimiento, sino que se basó en él.
Esta breve anécdota resume la esencia del debate actual sobre la inteligencia artificial en la educación. Cuando apareció la calculadora, ahorró tiempo y esfuerzo, pero nunca sustituyó a la verdadera comprensión. Lo mismo se aplica a las herramientas de IA: si no se utilizan con inteligencia y precisión, no darán respuestas correctas ni soluciones inteligentes. La herramienta por sí sola no crea una mente, simplemente amplía su potencial.
En el mundo árabe, las autoridades educativas mantienen una postura cautelosa hacia la IA, una cautela que a menudo se justifica por la preocupación por la falta de honestidad académica, la erosión de las habilidades de pensamiento crítico y la dependencia excesiva de soluciones prefabricadas. Sin embargo, estas preocupaciones, por importantes que sean, no pueden abordarse mediante la prohibición. En cambio, requieren un replanteamiento fundamental de nuestros métodos de enseñanza y evaluación. Cuando damos prioridad a la comprensión sobre la memorización y formamos a los estudiantes en el análisis en lugar del aprendizaje mecánico, la integración de la IA se convierte en un activo para el proceso educativo en lugar de una amenaza. Esta transición es vital en todos los niveles, desde la educación primaria y secundaria hasta la educación superior, la investigación científica y la formación profesional.
El verdadero reto no radica en la existencia de la IA en sí misma, sino en cómo la integramos de forma ética. Para ello es necesario fomentar la alfabetización digital y establecer políticas y normativas académicas claras que garanticen un uso seguro y equitativo, al tiempo que se preserva la esencia del proceso educativo.
En este contexto, destaca el reciente anuncio de los Emiratos Árabes Unidos con un mensaje inequívoco: la IA ya no es una opción, es una necesidad. En un informe publicado por la Oficina de Medios de Comunicación del Gobierno de los EAU, Sarah bint Yousif Al Amiri, ministra de Educación, afirmó durante una mesa redonda en el Foro Económico Mundial de Davos que la educación es una de las herramientas más importantes para el desarrollo integral. Destacó que invertir en educación es la verdadera garantía para la competitividad de las generaciones futuras.
El mensaje de los EAU fue muy claro: la preparación para el futuro comienza en las aulas. No es ningún secreto que cualquier nueva tecnología suele ser recibida con cierto recelo, si no con un rechazo absoluto, especialmente entre las personas de edad avanzada. El cambio, por muy prometedor que sea, altera el ritmo familiar de la vida y hace que las personas sientan que el suelo que pisan ya no es sólido.
Este enfoque refleja un profundo conocimiento de los cambios que se están produciendo en el mercado laboral mundial, donde las profesiones del futuro ya no siguen los caminos tradicionales, sino que están siendo remodeladas por la inteligencia artificial.
Por lo tanto, dotar a los estudiantes de estas herramientas y desarrollar habilidades como el pensamiento crítico, el trabajo en equipo y la resolución de problemas se ha convertido en un requisito previo para integrarse en la economía futura con eficiencia y responsabilidad.
El papel del profesor no es menos importante en esta ecuación. La tecnología, por muy avanzada que sea, sigue siendo una herramienta sin alma si los seres humanos no la utilizan de forma eficaz. Por lo tanto, es necesario invertir en el desarrollo de las capacidades de los profesores y en el fomento de su confianza en el uso de la IA para diseñar lecciones, adaptarlas a las necesidades de los estudiantes y aumentar la productividad educativa, todo ello manteniendo un equilibrio entre las dimensiones pedagógicas y técnicas.
Al final, quizás lo más bonito de la inteligencia artificial es que nos ha proporcionado un «amigo inteligente»: receptivo, que nunca se cansa de responder a nuestras preguntas y dispuesto a ayudarnos a tomar decisiones cruciales en diversos ámbitos de la vida en cualquier momento. Un amigo que nos entiende, o al menos lo intenta. El único problema, y quizás lo más gracioso, es que se trata de un amigo electrónico; no podemos sentarnos a tomar un café con él, ni disfrutar de su compañía fuera de una pantalla. Sin embargo, parece que, al igual que en su día aceptamos la calculadora, nos reconciliaremos con la IA... solo para descubrir más tarde que ya no podemos prescindir de ella.