Trump y el destino manifiesto en Davos
Uno de los más grandes presidentes de los EE. UU. del siglo XIX, pues fue el mandatario que mejor interpretó la naturaleza política y geopolítica del denominado Destino Manifiesto, doctrina fundamental para comprender a este país y a su pueblo, y que se refirió a la “grandeza americana” que menciono entre comillas porque se trata de la más grande aspiración nacional, a partir de la unidad que había sido amenazada por la Guerra de Secesión (1861-1865) que le tocó afrontar a Lincoln, y que estaba circunscrita a la construcción del imaginario estadounidense como nación compacta, más allá de su propia adversidad coyuntural, que es precisamente a la que se ha referido Trump y de lo que poco o nada se está entendiendo, o se está evadiendo para comprender el movimiento de fichas en la dinámica del orden mundial contemporáneo, sobre todo cuando habla de Groenlandia, de las bondades económicas alcanzadas al dar la vuelta el primer año de su segundo mandato, y del enorme poder militar que ostenta.
El idealismo político de Lincoln sirvió para preservar a la Unión como la base política del país, que por esos años se hallaba ensangrentado por la referida guerra civil, y ha sido traído al siglo XXI en el formato del puro realismo político por Trump. El actual mandatario se aparta del idealismo histórico que, incluso se vio con John F. Kennedy, también asesinado (1963) como Lincoln.
Trump se vale, magistralmente, del Destino Manifiesto como fuente de inspiración para la denominada grandeza americana de hoy, que ha vuelto a referir en Davos, y que se traduce en la irrenunciable actitud del país para no dejar que nadie se asome a su poder planetario. Hoy, el reto para los Estados Unidos de Trump, en medio de la competencia, es conservar su condición de superpotencia y mover sus fichas según su incuestionable virtud disuasiva, mirando a las guerras que con tanto orgullo acaba de referir ganándolas o controlándolas (Gaza, Irán, Venezuela, etc.,).
Trump no ha dejado de referir que la supremacía militar estadounidense es la garantía de la paz planetaria, recordándole a las naciones del mundo, principalmente a las europeas, que su destino está atado al de EE. UU. Esto último es el mayor imperativo trazado como meta por el presidente republicano y no debería ser difícil darnos cuenta de su objetivo, más allá de los métodos irreverentes a los que refiere irritando a todo el mundo. Trump sabe muy bien que el poder es cíclico y, además, que no es perpetuo, y por eso está corriendo para no ceder a las grandes verdades de la teoría del poder que los profesores estamos obligados a explicar en clase para entender lo que pasa en el mundo.
Miguel Ángel Rodríguez Mackay, excanciller de Perú
Artículo publicado en el Diario Expreso de Perú
