Del orientalismo periodístico: cuando Le Monde reinventa Marruecos
- Exotismo y fidelidad a la realidad
- Observaciones directas y precisión
- Reproducción del discurso orientalista
- Orientalismo mediático
La primera es la del Sultán Mulay Abderrahmán, salido orgulloso de su palacio, montado en su caballo, vestido con un traje dorado y blanco, rodeado de su guardia y de sus principales oficiales, tal como fue inmortalizada por el pincel de Eugène Delacroix. La segunda imagen se refiere al Sultán Mulay Hassan I, según lo relata el periodista británico Walter Harris en su obra El Marruecos desaparecido, cuando escribe:
“Fue en 1887 cuando entré por primera vez en la corte marroquí, solo unos meses después de mi llegada a Marruecos, tras una invitación del difunto sir William Kirby Green para participar en su embajada ante el sultán. Mulay Hassan se encontraba entonces en la cúspide de su poder. Era un soberano fuerte, a veces cruel y sin duda capaz. Su energía nunca flaqueaba; mantenía el orden entre las tribus rebeldes y reprimía constantemente los levantamientos, viajando incansablemente por el país, siempre acompañado por la multitud de sus harkas”.
Estas dos imágenes, cargadas de rigor y precisión, que presentan a los dos poderosos Comendadores de los creyentes y jefes de Estado en toda su majestad, contrastan vivamente con el retrato difuso, fantasioso y engañoso que el periódico Le Monde intenta mostrar en su llamada investigación. Dos representaciones del poder monárquico en Marruecos, que divergen profundamente, parecen reflejar la brecha existente entre dos sensibilidades orientalistas: una, clásica, ilustrada y fundada en una preocupación sincera y auténtica por la realidad; la otra, moderna, errónea y marcada por una deriva mediática carente de todo escrúpulo hacia la verdad.
Eugène Delacroix representó al sultán Mulay Abderrahmán de Marruecos en un famoso cuadro realizado en 1845 titulado “Mulay Abderrahmán, sultán de Marruecos”. Esta obra muestra al sultán saliendo de su palacio en Meknes, en una postura majestuosa e imponente, encarnando tanto el poder como la dignidad del sultán. Delacroix captura un momento fascinante de una ceremonia impresionante, donde el soberano es mostrado en una escenificación solemne, como una figura icónica del poder monárquico en Marruecos. Esta imagen, aunque impregnada de un estilo artístico inscrito en la tradición del orientalismo clásico, destaca a la vez la autoridad directa del sultán y su arraigo en una tradición antigua. Este cuadro, conservado en el Museo de los Agustinos en Toulouse, está históricamente vinculado a una misión diplomática francesa dirigida por el Conde de Mornay, en la que Delacroix acompañó a la delegación como pintor y testigo.
Exotismo y fidelidad a la realidad
En esta representación, el sultán aparece a caballo, una regla entre los sultanes alauitas para dar audiencias, proyectando una mirada hacia el horizonte, símbolo de su autoridad y vigilancia sobre su reino. Los detalles del entorno y de las figuras clave del Majzén refuerzan la impresión de un poder bien establecido y respetado. Delacroix mezcla en esta obra la precisión documental adquirida durante su viaje con una visión romántica y orientalista de la grandeza del soberano marroquí, haciendo de este retrato una referencia principal del orientalismo pictórico.
Es justo decir que el orientalismo pictórico, a pesar de su marcado exotismo y su tendencia a transmitir una visión esencialista de Oriente, tenía también el mérito de presentar cierta fidelidad a la realidad y una capacidad de comprensión etnográfica, cualidades que faltan terriblemente en cierto orientalismo periodístico actual. De hecho, a partir de mediados del siglo XIX, algunos pintores orientalistas se convirtieron en verdaderos viajeros y observadores minuciosos, llevando cuadernos de bocetos, reuniendo colecciones de objetos e inscribiendo sus obras en un enfoque estético a menudo fiel a lo que habían visto sobre el terreno. Esta fidelidad formal a la realidad material y cultural se expresa en la representación detallada de los trajes, los paisajes, las arquitecturas, así como los usos sociales y políticos.
No obstante, esta exactitud visual suele ir acompañada de una interpretación adaptada, moldeada para responder a las expectativas occidentales, insistiendo en fantasías de ocio y sensualidad, lo que produce una imagen soñada y en ocasiones estereotipada de Oriente. Sin embargo, la actitud de ciertos artistas, a finales del siglo XIX, se orienta hacia un “realismo etnográfico” donde la representación de Oriente se vuelve más científica y documentada, con la voluntad de testimoniar la vida real y las costumbres orientales. Así, el orientalismo pictórico oscila entre el exotismo y los intentos de objetividad, contribuyendo tanto a la construcción de un imaginario occidental como al enriquecimiento de una mirada más documentada sobre Oriente.
Walter Harris desarrolla en “El Marruecos desaparecido” una visión de Marruecos a finales del siglo XIX y principios del XX, que es a la vez histórica y teñida de orientalismo colonial. Su obra relata una época pasada de Marruecos antes y durante los tiempos agitados del protectorado francés, poniendo en evidencia las tensiones políticas, las luchas de poder y las relaciones complejas entre el majzén, las tribus, los chorfas y las cofradías religiosas. Su perspectiva muestra un Marruecos en profunda transformación, donde las estructuras tradicionales se desvanecen lentamente en un contexto de declive de un orden antiguo mezclado con el ascenso de la dominación europea. Así, Harris pinta una especie de retrato nostálgico y crítico de un “El Marruecos desaparecido” entregado a las mutaciones y convulsiones de su tiempo.
Observaciones directas y precisión
Walter Harris, al igual que Eugène Delacroix, demuestra en sus escritos una marcada preocupación por la precisión y la observación directa del terreno. Como periodista y corresponsal británico, Harris vivió varios años en Marruecos y tuvo un acceso privilegiado a la corte marroquí, lo que le permitió ofrecer descripciones precisas y detalladas de las realidades políticas y sociales del país. A diferencia de algunos periodistas atrapados en un orientalismo tanto ignorante como arrogante, Harris adoptaba una postura de observador atento y a menudo crítico, buscando describir el poder del Sultán Mulay Hassan con una mezcla de admiración por su energía y lucidez frente a su crueldad. Destaca su papel en el mantenimiento del orden en un contexto marcado por anarquías y constantes rebeliones, describiendo minuciosamente los desplazamientos del sultán y su cohorte militar.
Este enfoque da testimonio de una voluntad de reflejar fielmente la complejidad del Marruecos de la época, mediante observaciones directas y concretas, comparable al método pictórico de precisión etnográfica de Delacroix en su retrato del Sultán Mulay Abderrahmán. Así, Harris combina rigurosidad periodística y sentido del detalle sobre el terreno, lo que refuerza el valor histórico y documental de su obra.
A pesar de una cierta inspiración orientalista típica de su tiempo, Walter Harris no se deja encerrar en estereotipos esencialistas ni en un simple gusto por el exotismo, prefiriendo una mirada basada en la experiencia vivida, las observaciones directas y un agudo sentido de la complejidad política. Su obra “El Marruecos desaparecido” forma ciertamente parte de la literatura colonial y orientalista, pero ofrece descripciones detalladas, precisas y documentadas de las realidades marroquíes.
Reproducción del discurso orientalista
El discurso orientalista como ideología esencialista nunca ha desaparecido realmente de la escena política y de los grandes medios occidentales; se reproduce constantemente bajo diversas formas y con una intensidad variable según los períodos. A través de los medios de información y entretenimiento contemporáneos, los clichés orientalistas sobre el mundo árabe perpetúan una imagen distorsionada del “Otro”, reforzada por representaciones culturales erróneas y sustancialistas.
Este orientalismo moderno ya no responde solo a una curiosidad o a un interés artístico, científico o mediático, sino que, como señaló Edward Said, teórico fundador de los estudios poscoloniales, es una herramienta ideológica que sirve para justificar relaciones de poder y mantener una dominación cultural y política occidental. Así, estas representaciones mediáticas con frecuencia contribuyen a la deshumanización, la marginación o la caricaturización de los pueblos afectados, ocultando sus complejas realidades sociales, políticas y culturales.
Es en esta continuidad del discurso orientalista que un cierto número de periodistas occidentales escriben hoy sobre el Norte de África y Oriente a partir de clichés y estereotipos sin ningún respeto por la deontología profesional, lo que se corresponde con lo que puede llamarse el “orientalismo mediático”, un fenómeno caracterizado por una reproducción simplificadora, esencialista y a menudo sesgada de las sociedades de estas regiones, perpetuando representaciones fijas y negativas heredadas del discurso colonial e imperialista.
Orientalismo mediático
Si no fue esta visión negativa y sustancialista, saturada de noticias falsas, juicios simplificadores y calumnias, la que presidió la supuesta investigación del periódico Le Monde sobre el reinado de Mohammed VI, ¿cómo se explica entonces que este medio de gran audiencia haya podido alejarse tanto de toda rigurosidad periodística y ética?
En la perspectiva de un orientalismo periodístico, como sistema de representación y pensamiento, que sigue modelando la percepción occidental del Otro (Oriente y el Norte de África) mediante una visión a menudo desdeñosa y sin el menor cuestionamiento, el diario Le Monde representa un ejemplo tipológico que, a través de una serie de artículos sensacionalistas y polémicos, escritos en detrimento de la tradición del periodismo de investigación riguroso, ilustra cómo un medio de prensa influyente puede perpetuar una visión orientalista, que transmite estereotipos estigmatizantes y despreciativos sobre el Otro. Así, el principal periódico de Francia contribuye a mantener vivo un imaginario orientalista, construido alrededor de un gran país del Norte de África, mientras alimenta una fabricación de percepciones reductoras y erróneas sobre la monarquía marroquí.