Moralidad y cortesía: la arquitectura invisible y el ritual perdido

moralidad y cortesia

 A menudo analizamos los problemas de nuestras sociedades contemporáneas desde la economía o la política, pero rara vez nos detenemos en la erosión de nuestros cimientos más básicos: la moralidad y la cortesía

Aunque solemos tratarlas como conceptos intercambiables, es vital distinguirlas para entender la magnitud de nuestra crisis. La moralidad es el fondo, la "arquitectura invisible" de una sociedad; es esa brújula interna que distingue el bien del mal, el deber y la justicia. La cortesía, en cambio, es la forma; es el ritual social, la "lubricación" necesaria para evitar el roce en las interacciones diarias. Es, en esencia, la manifestación externa del respeto y de una calidad humana superior.

Sin embargo, hoy vivimos una ruptura preocupante. La cortesía ha comenzado a verse como una hipocresía —formas sin fondo— o, peor aún, se ha vuelto irrelevante. Esta decadencia no es casual; surge porque la falta de moralidad ha despojado de importancia al "otro". 

Estamos ante una inflación desmedida de los egos: una creencia infundada de superioridad, acompañada de arrogancia y una búsqueda constante de reconocimiento. En este ecosistema del "Yo", pedir disculpas se percibe como debilidad y la empatía como una pérdida de tiempo.

Como bien señalaba José Ingenieros en El hombre mediocre, cuando la sociedad premia el éxito rápido y la apariencia por encima del mérito y la dignidad, la moralidad se convierte en un estorbo para el ascenso social.Hemos llegado a un punto donde la "picardía" se valora más que la honestidad. Vivimos en una época hiperconsciente de los derechos individuales, pero amnésica respecto a los deberes colectivos.

El impacto de este cambio se siente en nuestros espacios públicos. Calles, plazas, escuelas y cafeterías, que antes eran escenarios de convivencia regulada, hoy son meros espacios de tránsito rápido. Al no sentirnos parte de una comunidad, desaparece la obligación de ser corteses con el extraño. 

Y aquí reside el mayor peligro: si no existe una brújula moral interna que exija respetar la dignidad ajena, y tampoco existen normas sociales que obliguen al buen trato, impera la ley del más fuerte.

La sociedad se vuelve hostil, desconfiada y cínica. Entramos en lo que los sociólogos llaman "anomia", una descomposición interna por falta de normas compartidas.

Ante este panorama, quizás el desafío más grande de nuestros tiempos sea demostrar que la cortesía no es un adorno burgués, sino la primera línea de pertenencia a una comunidad; y que la moralidad no es una restricción a la libertad, sino la condición necesaria para que esa libertad sea sostenible.

En un mundo dominado por el ruido y la agresividad, ser amable, escuchar atentamente y actuar con integridad se han convertido en verdaderos "actos de rebeldía" que restauran el tejido social. La palabra reflexiva —esa que habita en la poesía o el ensayo— debe volver a invitarnos a la pausa y al reconocimiento del otro, frenando la exaltación del ego. 

No olvidemos que, desde una perspectiva educativa, la instrucción académica sin una sólida base moral crea, en el mejor de los casos, "bárbaros competentes". Recuperar el fondo y la forma es, hoy más que nunca, una urgencia civilizatoria.

Dr. Mounim Aoulad Abdelkrim, hispanista