Italia: la legislatura afronta su fase final con un buen número de incógnitas sin resolver

La primera ministra de Italia, Giorgia Meloni, llega al segundo día de la Cumbre de Líderes del G20 en el Nasrec Expo Centre de Johannesburgo el 23 de noviembre de 2025 - PHOTO/ MARCO LONGARI via REUTERS
La primera ministra de Italia, Giorgia Meloni, llega al segundo día de la Cumbre de Líderes del G20 en el Nasrec Expo Centre de Johannesburgo el 23 de noviembre de 2025 - PHOTO/ MARCO LONGARI via REUTERS
Italia enfrenta una legislatura llena de incógnitas tras varias elecciones regionales clave ¿continuará la centroderecha o sorprende la centroizquierda con un giro inesperado en 2027?
  1. Feudos electorales en un país dividido
  2. La erosión económica del Ejecutivo
  3. Un modelo económico que pierde competitividad

La celebración de hasta siete elecciones al Gobierno de diferentes regiones (Valle de Aosta y Veneto en la zona septentrional, Toscana y Las Marcas en la zona entre centro-norte y centro-sur, y Calabria y Puglia en el parte más meridional) no ha dado la posibilidad de clarificar hacia dónde se encamina la legislatura: ¿repetirá victoria la centroderecha? ¿Será capaz la centroizquierda de acabar ganando, aunque fuera por la mínima? ¿O la centroderecha perderá un sustancial número de parlamentarios, pero seguirá gobernando una nueva legislatura, rompiendo con la tradicional alternancia entre centroderecha y centroizquierda vivida desde 1994? 

En realidad, lo que estas elecciones en su conjunto han confirmado es que existen auténticos feudos que se mantienen fieles a su arco ideológico: tan quimera es para la centroizquierda ganar en Lombardía o Veneto, como para la centroderecha hacerlo en Campania o Puglia. Si el candidato de la centroderecha ha barrido al de centroizquierda en Veneto, en Puglia la centroizquierda ha hecho lo mismo con quien lideraba el centro derecha (70 % de los votos se ha llevado Antonio Decaro, del PD). 

El expresidente del Banco Central Europeo (BCE), Mario Draghi - REUTERS/ YVES HERMAN
El expresidente del Banco Central Europeo (BCE), Mario Draghi - REUTERS/ YVES HERMAN

Feudos electorales en un país dividido

Cada una de las coaliciones ha de afrontar sus dilemas. En el caso de Ely Schlein, en principio “cabeza de cartel” de cara a las elecciones de 2027, tiene que ver encuesta tras encuesta que su rival Meloni tiene un 50 % más de apoyo que la jurista y política boloñesa. Pero Meloni también tiene que afrontar sus propios dilemas: ha llevado a cabo la reforma de la Justicia y, cómo le sucedió a su tan poco querido Matteo Renzi, ha de someterse al veredicto de las urnas en la primavera de 2026. 

Meloni sabe que seguramente la reforma de la Justicia tendrá más votos favorables que contrarios, pero puede sucederle que no logre alcanzar el “quorum” necesario (50 % de participación), con lo que el “referéndum” quedaría invalidado y la figura de Meloni, debilitada.  

Y es que resulta particularmente difícil lograr alcanzar ese “quorum” cuando la centroizquierda hará todo lo posible por no ir a votar y cuando lo que se ofrece en esa reforma, en esencia, es separar la carrera judicial de la fiscal, algo que no afecta siquiera al 1 % de los miembros de la carrera judicial. En un momento donde se constata que cada vez hay menos participación en las elecciones que se convoquen, ¿de qué manera va a lograrla primera ministra Meloni que más del 50 % de sus conciudadanos vayan a votar una reforma de tan poco calado? 

Además de que, como sucedió en diciembre de 2016 con Renzi (que poseía una amplia mayoría parlamentaria), los demás partidos ven estas convocatorias plebiscitarias una ocasión única para quitar de en medio a quien está gobernando (Renzi no tuvo más remedio que presentar la dimisión a pesar de que a la legislatura le quedaba aún año y medio de vida). 

La líder del Partido Democrático italiano, Elly Schlein - REUTERS/ REMO CASALLI
La líder del Partido Democrático italiano, Elly Schlein - REUTERS/ REMO CASALLI

En el caso de la centroizquierda, han aprendido de su error de septiembre de 2022, en el sentido de que, con una ley (la “Rosattellum bis”), que favorecía a las coaliciones frente a los partidos que se presentaban en solitario: en su caso, una centroizquierda sin líder concurrió a los comicios con PD y AVS, por un lado; con el Movimiento Cinco Estrellas, por otro; y, finalmente, con el “Terzo Polo” (la suma de la Italia Viva de Renzi más la Azione de Calenda).  

Frente a ellos, una coalición de centroderecha perfectamente ensamblada con Forza Italia, Hermanos de Italia y Liga (con el pequeño añadido de “Noi moderati”, un partido que ni siquiera pidió un ministro en el nuevo Ejecutivo). Consecuencia: en el Senado, 120 escaños para la centroderecha por 80 para la centroizquierda. 

La erosión económica del Ejecutivo

Y una Meloni a la que no se le discutía acceder a la presidencia del Consejo de ministros porque, mientras ella había obtenido el 24 % de los votos, tanto Forza Italia como Liga, en ambos casos, ni siquiera llegaban al 9 % de los sufragios. Además, con el paso del tiempo, Meloni, primera mujer en presidir el Consejo de ministros en los ya 79 años de vida de la República italiana ha ido ganando apoyo hasta situarse en el entorno del 29-30 % de electores a nivel nacional. 

Claro que tanto centroizquierda como centroderecha tienen problemas importantes que afrontar. Los datos macroeconómicos del Gobierno Meloni son muy pobres: en el caso de PIB, Mario Draghi dejó la presidencia del Consejo de ministros (en la que le sucedió la romana Meloni el 22 de octubre de 2022) con un crecimiento del 4.8 %. Al año siguiente, el primero completo de Meloni como “premier”, ya se pasó a tan sólo un crecimiento del 1 % del PIB; en 2024, la cifra fue aún peor, quedándose en un 0.7 %. 

Y 2025 ha sido aún peor: tras un +0.3 % en el primer trimestre, en el segundo se pasó a un -0.1 %; y en el tercer trimestre, a su vez, el crecimiento ha sido un 0 %. Lo que quiere decir, en otras palabras, que por una sola décima (la negativa que ha faltado en el tercer trimestre), el Gobierno Meloni no ha entrado técnicamente en recesión, que es cuando se encadenan dos trimestres consecutivos en negativo.  

El viceprimer ministro italiano y líder del partido Liga, Matteo Salvini, habla en el escenario durante el mitin anual del partido Liga en Pontida, Italia, el 21 de septiembre de 2025 - REUTERS/ REMO CASALLI
El viceprimer ministro italiano y líder del partido Liga, Matteo Salvini, habla en el escenario durante el mitin anual del partido Liga en Pontida, Italia, el 21 de septiembre de 2025 - REUTERS/ REMO CASALLI

A su vez, la deuda se incrementó: si en el apoyo en que Draghi dejó de ser “premier” cada italiano, deba casi 47.000 euros, la cifra ahora asciende a más de 52.000 euros. Y, a todas estas, el país sigue envejeciendo y perdiendo talento, ya que cada año lo abandonan unas 180.000 para irse a otros países a trabajar, países donde obtendrán mejor remuneración en conjunto. 

En realidad, el problema que tiene Meloni es el mismo que tienen Merz, Macron o Sánchez. Se prioriza el gasto en pensiones y en personal público sobre la inversión en nuevas industrias: con ello el Gobierno se garantiza un número muy elevado de votos, pero lo cierto es que la economía respectiva resulta cada vez menos competitiva. 

Un modelo económico que pierde competitividad

El actual Ejecutivo ha logrado colocar la prima de riesgo en una cifra no vista en décadas, que es 70-75 puntos básicos, pero eso no quiere decir que la actividad económica esté pujante: lo que realmente viene a decir este dato es que el Ejecutivo tiene las cuentas públicas completamente controladas (en la línea de la mayor ortodoxia posible de la Comisión Europea), pero eso supone no invertir en futuro. Tan sólo lo que hace es asegurar la fiabilidad de los pagos que debe desembolsar el Estado. 

Y en un mundo cada vez más global, con numerosas economías emergentes y muy pujantes, la realidad es que Italia corre el riesgo de acabar saliendo del G-7 (los siete países más industrializados del mundo) para pasar al G-20 (en el que, por cierto, sí está España) en cuestión de pocos años. 

En todo caso, Meloni sigue contando la ventaja de no tener rival en la centroizquierda: Schlein no tiene ningún tirón, y así lo dicen las encuestas. Claro que, si la centroizquierda quiere plantar cara a Meloni, tiene un candidato de primer orden: Antonio Decaro, antiguo alcalde de Bari, parlamentario nacional y europarlamentario, y recién elegido gobernador de la región de Puglia. Pero para ello en el PD tendría que hacerse lo que sí se hizo de cara a las elecciones de 2013 y 2018 y, en cambio, no se llevó a cabo para los comicios de 2022: convocar primarias para designar al candidato que debe liderar la centroizquierda. 

Antonio Decaro - REUTERS/ ALESSANDRO GAROFALO
Antonio Decaro - REUTERS/ ALESSANDRO GAROFALO

Porque una cuestión es ser secretario general y otro ser cabeza de cartel en unas elecciones: eso fue lo que hizo Bersani, por ejemplo, en 2009 (elegido secretario general del PD) y en 2012 (ser designado candidato del PD para las elecciones generales o “políticas”). O Renzi en 2017 para las elecciones de 2028, aunque, en su caso, se consideró ser secretario general razón suficiente para ser “cabeza de cartel” en las elecciones. 

Queda aún tiempo para saber qué sucede (seguramente las elecciones tengan lugar en marzo o abril de 2027, antes de las presidenciales francesas), pero la realidad es que estas elecciones que ha habido en los últimos meses apenas han clarificado el futuro. Meloni sigue siendo la líder más valorada en el país y Schlein sigue en un porcentaje insuficiente. ¿Se atreverá alguien en la centroizquierda a dar un golpe de mano? Hoy en día, no lo parece, pero puede haberlo.