La “premier” Meloni comienza (a la fuerza) a entender el funcionamiento interno de la UE

<p>La primera ministra italiana, Giorgia Meloni - AFP/NICK GAMMON&nbsp;</p>
La primera ministra italiana, Giorgia Meloni - AFP/NICK GAMMON 
Celebradas las pasadas elecciones al Parlamento Europeo, ha llegado el momento de renovar los principales puestos de mando de la Unión Europea, con la excepción del Banco Central Europeo (BCE), donde la francesa Christine Lagarde tiene mandato hasta el año 2027. 

Llegaba así la primera ocasión para que la romana Meloni, presidenta del Consejo de Ministros transalpino desde el 22 de octubre de 2022, pudiera afrontar la negociación con los principales líderes europeos. Y puede decirse que, al menos hasta el momento, la aún joven política romana ha demostrado un extraordinario nivel de “bisoñez”: tantos años en las filas del “euroescepticismo” le han dejado fuera del juego de poder comunitario, y, cuando se ha puesto a negociar, se ha enterado de cuánto pesa en las instituciones europeas. A juzgar por su reacción, bastante menos de lo que ello pensaba. En realidad, su forma de actuar, marcada por un evidente desaire, es puro “postureo”, ya que tiene en su Ejecutivo a dos personas, el viceprimer ministro Tajani y el ministro Fitto, que conocen a la perfección el funcionamiento de estas negociaciones, con lo que no ha querido ver lo que sus más cercanos colaboradores le han ido haciendo saber en las semanas previas a la cumbre europea.

Y es que la primera vez en que se ella se sintió desairada por los líderes europeos tuvo lugar hace dos semanas, cuando hubo una “reunión a seis” entre representantes de las familias europeas: dos por los conservadores; dos por los socialistas, y dos por los liberales. Participaron en ellas el canciller alemán, el jefe de Estado francés y el jefe de Gobierno español, e incluso estuvo el antiguo primer ministro holandés (Mark Rutte, uno de los dos líderes liberales junto con Macron), pero no se dejó a Meloni estar en esta primera reunión. ¿Razón? Muy clara: del pacto entre conservadores (hablamos del Partido Popular europeo), socialistas y liberales saldrá la mayoría con la que se gobernará durante un quinquenio (2024-29) la Unión Europea. Y Meloni, que no está en ninguna de las tres, sino en la euroescéptica Reformistas y Conservadores, quedó excluida. Una reunión donde por cierto se pactó que Von der Leyen repetiría como presidenta de la Comisión, que el portugués Costa sería el nuevo presidente del Consejo Europeo y que la estonia Kallas sería la nueva encargada de dirigir la diplomacia comunitaria.

Al no contar con ella para este pacto, Meloni se marchó de la cumbre europea con el mayor de los enfados posibles, a pesar de que lo pactado no era definitivo. Y dio cuenta de ello en el Parlamento, primero en la Cámara Baja y luego en la Alta, afirmando que los líderes europeos “estaban contra Italia”. Algo sencillamente insostenible, porque la Unión Europea no puede dejar marginada de la toma de decisiones a la tercera economía de la eurozona, y menos aún a un país que ostenta la categoría de “país fundador”. Ni Tajani ni Salvini le iban a replicar, porque ambos forman parte de la coalición, y tampoco podía decir mucho Ely Schlein, quien, aunque europarlamentaria entre 2014 y 2019, no sabe lo que es una negociación de los puestos europeos.

Así que la respuesta se la tuvo que dar, paradójicamente, el vapuleado por las urnas Matteo Renzi, y lo hizo en el Senado, donde tiene su escaño. Renzi, que había sido candidato a estas europeas con la coalición “con Emma Bonino por los Estados Unidos de Europa” (básicamente, la suma de Italia Viva y Piu Europa), no logró ni un solo escaño en comicios del pasado 9 de junio: con un “sbarramento” situado en el 4%, el 3,8% de apoyo en las urnas que obtuvo no le dio derecho a tener ni un solo eurodiputado. Pero eso no quiere decir que Renzi no conozca a la perfección cómo funcionan las negociaciones comunitarias: él mismo tuvo que negociar en representación de su país el reparto de puestos que tuvo lugar en julio-agosto de 2014, ya que era el “premier” desde febrero de ese año. Además de que, en las negociaciones de 2019, también tuvo cierta capacidad de intervención: estaba, igualmente, en la coalición de Gobierno cuando se decidió que el también ex primer ministro Paolo Gentiloni asumiera la Comisaría de Asuntos Económicos.

En una intervención muy contundente, no falta de fina ironía, Renzi le acusó a Meloni de “falta de honestidad intelectual”, una forma elegante de decirle que estaba faltando a la verdad al contar lo sucedido en la cumbre europea. Y le dijo, con datos en la mano, que no era de ninguna manera cierto que los líderes europeos estuvieran contra Italia, porque no lo habían estado en ninguna ocasión en los últimos repartos de puestos: en 2011 se les concedió la presidencia del Banco Central Europeo (BCE) en la persona de Mario Draghi; en 2014, la diplomacia comunitaria, que pasó a estar a cargo de la que era titular de Asuntos Exteriores del Gobierno Renzi (Federica Mogherini); en 2017, se les había concedido la presidencia del Parlamento Europeo, que fue a parar a manos de Antonio Tajani; y en 2019 se les había dado tanto una nueva presidencia de la Eurocámara (en la persona del socialista Davide Sassoli, fallecido en diciembre de 2021) como la citada comisaría de Asuntos Económicos (a cargo del mencionado Gentiloni). Y todo ello gobernando el centroderecha, el centroizquierda o el populismo de Cinco Estrellas coaligado con el Partido Democrático (PD). Así que, en palabras de Renzi, ¿por qué no se iba a tener en cuenta a Italia en estas nuevas negociaciones, viendo lo sucedido en el pasado reciente?

Meloni no ha querido ver que son los tres elementos fundamentales que determinan la obtención de puestos de mando la Unión Europea; en primer lugar, el volumen de la economía; en segundo lugar, el estado de esa misma economía; y, finalmente, la pertenencia a una determinada familia europea. Y de esos tres elementos, Meloni cumplía únicamente el primero (solo Alemania y Francia poseen un Producto Interior Bruto superior). En el caso del segundo, Meloni se presentó en la cumbre no sólo con el tradicional incumplimiento de la deuda (¿de qué se queja la lideresa romana cuando la deuda de su país está en el 137% sobre PIB mientras el Pacto de Estabilidad y Crecimiento marca un máximo de 60%?), sino con la reciente apertura de un expediente por infracción del déficit: tenía que haber cerrado las cuentas de 2023 con un déficit del 3%, pero se lo ha llevado a nada más y nada menos que el 7,4%. Pasando por alto, además, que la Francia de Macron también ha sido expedientada (en su caso el déficit se fue el 5,4%) y que España estuvo también a punto de recibir esa misma apertura de expediente, pero el 3,6% que sus cuentas públicas han presentado indican que su dinámica es de acercamiento al 3% exigido, de ahí que el Gobierno presidido por Pedro Sánchez no fuera finalmente expedientado.

Y quedaba aún lo más relevante: Meloni ha obtenido el 29% de los votos en las elecciones europeas, pero sus eurodiputados solo han servido para engordar las filas del euroescepticismo, con menos peso que nunca tras la marcha de la Unión del Reino Unido (Acuerdo de Retirada de diciembre de 2020). Si David Cameron, en 2014, se negó a que Jean-Claude Juncker fuera el presidente de la Comisión, con un Reino Unido que en ese momento representaba la segunda economía europea solo detrás de la alemana, y su negativa fue completamente ignorada, ¿por qué razón se iba a tener ahora más en cuenta a Meloni?

Las negociaciones para el reparto de puestos de mando aún no han finalizado. El Consejo Europeo ha aprobado que Von der Leyen repita en la Comisión, que Costa sea el nuevo presidente del Consejo y que Kallas dirija la diplomacia comunitaria. Pero la votación clave tendrá lugar el 18 de julio, cuando se vea si Von der Leyen logra la mayoría necesaria. Dado que el voto es secreto y que no faltan los “francotiradores” (parlamentarios que votan en contra de lo que ordena su jefe/a de filas), Von der Leyen sabe que tiene que presentarse con una mayoría más amplia. Dos posibilidades existen: o aceptar el voto de los “verdes” (que ya lo han ofrecido), o incorporar a Meloni y sus más de 70 votos de los euroescépticos de reformistas y conservadores. 

Los “verdes” no resultan muy fiables, ya que tienen demasiada tendencia a faltar a la disciplina de voto: la única ventaja es que están muy bien vistos por los socialistas. Mientras, reformistas y conservadores son un voto mucho más seguro, pero supondría escorar hacia la derecha la mayoría parlamentaria. En el caso de que conservadores, socialistas y liberales se inclinaran por Meloni y los suyos, entonces llegará el momento de negociar con “anchura de miras”: una vicepresidencia de primer nivel con una comisaría (en principio, Competencia o Energía, ya que Asuntos Económicos debe rotar hacia otros) de las más destacadas. Y con un candidato claro: el pugliese Fitto, que ya ha sido europarlamentario y que en el actual Ejecutivo gestiona los 209.000 millones del “Recovery Fund” destinados en julio de 2020 a su país. 

Y es que Meloni no debe olvidar algo fundamental: no sólo que por tener una amplia “maggioranza” para gobernar, eso se traduce automáticamente en mucho poder en las instituciones comunitarias, sino que parte fundamental de esa “maggioranza” la lidera uno de los políticos más detestados por los mandatarios europeos (Matteo Salvini, viceprimer ministro, titular de Infraestracturas y líder de la Liga). Y es que Meloni parte con un “pecado de origen”: Italia fue el único país, de los 27 que actualmente integran, que se negó a ratificar el “Mecanismo salva-Estados” o MES, un instrumento clave en la Unión Bancaria y Monetaria que, casualidades de la vida, puso en su momento en funcionamiento el también italiano Mario Draghi cuando presidía el Banco Central Europeo (BCE). Y estos deslices tienen un coste, que llega ahora en forma de marginación temporal.

La realidad es que a la “euroescéptica” Meloni unos cuantos líderes europeos la estaban “esperando”; y que la Unión Europea se reforma desde dentro y no con críticas desde fuera, que es lo que la política romana ha hecho durante años. Así que más le valdría escuchar más a Tajani y a Fitto y tirar menos de demagogia populista, algo que cada vez se compra menos entre unos cada vez más hastiados votantes transalpinos.

Pablo Martín de Santa Olalla Saludes es profesor en la Facultad de Comunicación y Humanidades de la Universidad Camilo José Cela (UCJC) y autor del libro “Italia, 2018-2023. De la esperanza a la desafección” (Liber Factory, 2023).