El mito de los líderes fuertes
Vivimos en un mundo desconfigurado e incierto que bien podría ser definido por el título de la famosa saga de películas de acción “Fast and furious”, en el que parece imponerse la idea de la necesidad de contar con líderes fuertes. Esto es, la creencia extendida de que ante una situación política, económica y socialmente compleja y ante la desconfianza creciente en las instituciones, necesitamos líderes carismáticos que actúen con decisión e incluso puño de hierro si hace falta. Una narrativa altamente atractiva en momentos de incertidumbre. Los seres humanos necesitamos respuestas y contar con una sensación de seguridad ante tanta complejidad, por eso nos atraen figuras que tomen decisiones rápidas, firmes y pongan orden.
Según los datos del Edelman Trust Barometer en su edición de 2025, el 61 % de la población a nivel global expresa un sentimiento de descontento moderado o alto tanto ante las organizaciones tanto públicas como privadas. Entre quienes sienten un alto nivel de descontento, desconfían tanto de las cuatro instituciones principales (empresas, gobiernos, medios de comunicación y ONGs), como de los directivos y la inteligencia artificial. Y cuando las instituciones no son de fiar, el descontento se intensifica, y la visión del futuro se oscurece. Es ahí donde se generan los espacios políticos y emocionales para la emergencia de liderazgos personalistas, populistas o autocráticos.
Algunos podrán considerar que los líderes fuertes no tienen por qué ser mala cosa. La cuestión no radica tanto en su fortaleza, sino en su praxis. A lo largo de la historia contemporánea está sobradamente demostrado los problemas que generan los líderes incontestables, incluso en regímenes muy consolidados democráticamente. Por un lado, la dinámica de la concentración de poder en una sola persona debilita nuestro sistema colectivo de toma decisiones y debilita las organizaciones. A medio plazo las instituciones y las organizaciones suelen entrar en una crisis profunda porque ni los procesos, ni la participación colectiva es sólida, ya que todo dependía de la voluntad del líder.
Los líderes fuertes parecen resolver rápido las cosas, pero a menudo pasan por encima de los procedimientos democráticos, los derechos o de la diversidad de ideas
Por otro lado, cuando todas las grandes decisiones dependen de la decisión de una persona, suele ir asociado a una falsa eficiencia. Los líderes fuertes parecen resolver rápido las cosas, pero a menudo pasan por encima de los procedimientos democráticos, los derechos o de la diversidad de ideas. El resultado es la falta de matices y de contrastes en el seno de las organizaciones e instituciones, perdiendo eficiencia.
La antítesis del líder fuerte son los liderazgos sólidos y colaborativos. Lo paradójico de nuestras instituciones de hoy es que existe la tentación de sustituir los liderazgos colectivos basados en instituciones fuertes, con reglas claras y métodos de cooperación y control, por la búsqueda del héroe (normalmente hombre) que nos pueda salvar de nuestras propias incapacidades colectivas. El caso más evidente y claro es el de Donald Trump, que muestra cómo ninguna democracia, por consolidada que esté, es ajena al peligro del populismo y del autoritarismo o la autocracia en el ejercicio del poder.
Trump es el paradigma del líder fuerte que emana en las sociedades democráticas de occidente. Cuenta con un propósito claro y altamente emocional: Make America Great Again. Ha llegado a la Casa Blanca en dos ocasiones tras unas elecciones libres, aunque aupado en masivas y sofisticadas campañas de comunicación basada en desinformación y las noticias falsas. Pero una vez instalado en el poder, es una máquina de erosionar el propio sistema democrático que le ha permitido llegar a gobernar, mostrando las debilidades y limitaciones de un sistema institucional y político. A pesar de la larga tradición y solidez de la separación de poderes en la democracia americana, se está disolviendo como un azucarillo en un café ante uno de esos llamados líderes fuertes.
Hay que generar nuevas plataformas y coaliciones que desbordan a los partidos y las instituciones para construir nuevas coherencias
Lo verdaderamente preocupante es que el estilo Trump crea escuela y aprendices a lo largo y ancho del mundo, también en Europa. Una buena parte de la sociedad americana —y global— empieza a justificar prácticas autoritarias ante las incapacidades de las democracias liberales. El citado barómetro de confianza de Edelman refleja que el llamado activismo hostil se percibe como una herramienta legítima para el cambio. Cuatro de cada diez personas aprueban alguna de las siguientes formas: atacar a personas en internet, difundir desinformación de manera intencionada, amenazar o ejercer violencia, o dañar bienes públicos o privados. Un sentimiento que crece entre los encuestados de entre 18 y 34 años (hasta un 53%). Unas señales que deberían despertar a todos los demócratas sean progresistas, liberales o conservadores, ante un cáncer autoritario que se extiende por todas nuestras sociedades.
Ante esta realidad hay que generar nuevas plataformas y coaliciones que desbordan a los partidos y las instituciones para construir nuevas coherencias. La evidente pérdida de centralidad y poder real de las instituciones democráticas exige nuevas formas de gobernanza basada en la sociedad-red en el que todos formemos parte de la decisión y de la solución. El tradicional proceso top-down ya no sirve, ha quedado desbordado y desarbolado por la magnitud y velocidad de los nuevos problemas que vienen a sumarse los viejos problemas que tenemos que afrontar.
Ante la creciente desconfianza global, la confianza se construye desde lo próximo y lo local
El reto colectivo reside, así, en diseñar organizaciones e instituciones verdaderamente resilientes capaces de reaccionar y gestionar crisis sistémicas colaborando todos con todos. El mundo de hoy requiere respuestas nuevas, ágiles, eficientes y solidarias entre los diferentes actores de la sociedad, y las respuestas y formas del viejo mundo ya no sirven. Los rituales institucionales de nuestras democracias y nuestros líderes actuales han quedado viejunas. Necesitamos una nueva cultura del management público y privado que no estén basada en la jerarquía del mando y control, sino en la colaboración de una multiplicidad de relaciones y actores para articular una inteligencia colectiva distribuida que permita desplegar todo el músculo económico, institucional y social de forma coherente y eficiente.
Se trata, en definitiva, de una nueva misión colectiva a través de una reingeniería de procesos tanto hacia el interior como hacia el exterior de las instituciones con energías y métodos renovados para reconfigurar los centros de poder en redes de colaboración para afrontar mejor la gestión de la nueva complejidad. Una cultura de la gestión y del liderazgo que desborda las capacidades y los límites de la mayoría de los liderazgos actuales, tanto en la política como en las instituciones. Gobernar y dirigir hoy exige una cultura del liderazgo y de la gestión que va mucho más allá de la dialéctica de los líderes. El protagonismo o poder de cada uno de los actores no es lo relevante, sino la eficiencia, la empatía, la proximidad y las respuestas colectivas que somos capaces de ofrecer a la comunidad y la sociedad, especialmente a nivel local. Y es que, ante la creciente desconfianza global, la confianza se construye desde lo próximo y lo local.
La cultura de la innovación social tiene que llegar y contaminar los centros de poder político. Lejos de constituir un debilitamiento de las instituciones o de los liderazgos políticos, los enriquece, los refuerza y los legitima. Se trata de abrir espacios de interacción y cocreación con nuevos actores económicos y sociales, así como con sus respectivos ecosistemas y cadenas de valor. Solo el talento distribuido y colaborativo y la fuerza de los vínculos débiles en torno a los grandes retos y causas compartidas puede mejorar nuestras organizaciones e instituciones. Frente al mito de los líderes fuertes, son la colaboración, la toma decisiones democráticas compartidas y la participación los elementos indispensables para la pervivencia y sostenibilidad en esta nueva era incierta y convulsa.
Pau Solanilla Franco es Socio de Sector Público en la Consultora Harmon y experto en diplomacia corporativa, reputación y gobernanza
Artículo publicado anteriormente en el diario TheNewBarcelonaPost