Cómo se produce la sucesión al Trono en el Reino de Marruecos

PHOTO/ARCHIVO - Mohamed VI

Desde hace un tiempo, una serie de “especialistas”, “alauitólogos”, “marrocólogos” y otros nigromantes que invocan los espíritus de misteriosos ancestros monárquicos por doquier, llenan páginas de periódicos españoles, franceses o británicos, con pronósticos cada vez más histriónicos y alarmistas sobre “la sucesión al Trono en Marruecos”, según ellos “inminente”, “sorpresiva”, “cuestionada”, cuando no “comprometida” o “fracasada”.

Con estas líneas no pretendo entrar en polémica con nadie, porque no servirá de nada. Únicamente, como periodista, analista político y seguidor de la evolución histórica del Magreb – esencialmente de Argelia y Marruecos – durante medio siglo, quiero puntualizar ciertos principios y esquemas que ayuden a los lectores de ATALAYAR y en general a la opinión pública española, a entender la cuestión sucesoria de la que tratamos.

En primer lugar, decir que limitar la sucesión en el Trono de Marruecos, a los moldes de la línea hereditaria que se produce en la mayoría de las casas reales del mundo (España, Reino Unido, Mónaco, Noruega, Dinamarca, y muchas otras), e incluso del mundo árabe e islámico de países miembros de la Organización de la Cooperación Islámica (OCI), como Jordania, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Catar, Malasia o Tailandia, es un error.

Siendo el tema sucesorio muy particular en el Reino de Arabia Saudita, país que tiene como Constitución el libro sagrado de los musulmanes, El Alcorán, y donde prevalece una mezcla ponderada y normalizada de conceptos religiosos y vínculos familiares, el caso de Marruecos es el más atípico de todos.

Para entender cómo, cuándo y de qué manera se produce la sucesión al Trono alauita en Marruecos, es necesario tener en cuenta qué funciones tiene el monarca; que son esencialmente dos: Jefe del Estado y Emir de los creyentes. El soberano marroquí posee las dos prerrogativas, la de dirigir el Estado y la de comandar la comunidad de los creyentes. Su designación primero como Príncipe Heredero y su sucesión posterior al Trono, debe corresponderse con las normas y reglas que rigen ambas funciones.

En el Marruecos vecino el hijo primogénito del rey Mohamed VI, es el Príncipe Heredero incontestable, tal como estipula la nueva Constitución aprobada por referendo y en vigor desde 2011. Este año 2023 el Príncipe Heredero Mulay el Hassan cumple los veinte años y está en condiciones de acceder al trono en caso de necesidad. Su mayor o menor preparación para afrontar los problemas de nuestro tiempo, guerras, epidemias, crisis socio-económicas, no suponen para nada un hándicap; tendrá que seguir formándose, como lo hicieron antes su bisabuelo Mohamed V, a quien incumbió poner en marcha el Marruecos independiente, su abuelo Hassan II, constructor de un nuevo Estado, y su padre Mohamed VI, pionero de la democratización de sus estructuras y de la modernidad. Ninguno de los ancestros de Mulay el Hassan estaba “preparado al cien por cien” para asumir el Trono, y sin embargo lo hicieron.

Que el futuro Rey se rodee de nuevos consejeros, de un nuevo y quizás joven equipo de expertos en todas las materias, dejando a un lado, o no, al viejo equipo de consejeros reales de su padre, como éste hizo con los de Hassan II en su mayoría, dependerá únicamente de él. Su forma de gobernar podrá cambiar, al igual que el ejercicio ejecutivo de la Jefatura del Estado dirigiendo en persona las reuniones del Gobierno, o bien continuando la separación existente hoy entre las reuniones ejecutivas que preside el Rey y las meramente de gestión que preside el jefe de gobierno; e incluso podría delegar más funciones y alejarse del día a día de la función ejecutiva gubernamental. Todo esto es posible, pero solo se hará cuando el Príncipe Heredero acceda al Trono y decida cual es el camino a seguir. Nada está escrito. Especular otra cosa es un vacuo ejercicio tertuliano.

El segundo aspecto a tener en cuenta, que en el caso de Marruecos es imperativo y trascendental, es la función religiosa del Rey. Comendador de los Creyentes, lo es tanto para la inmensa mayoría de la población que es musulmana de obediencia sunita y rito malaquita, como para cualquier otra minoría de confesión musulmana que pueda existir, chiita o jariyita. Pero, además, el rey en tanto que Emir lo es también del resto de los marroquíes, cristianos y judíos, y de todos los creyentes en las religiones del Libro que residen en Marruecos.

Este concepto del Emirato es en realidad el que otorga cohesión y solidez a la población de Marruecos y al país. El lema nacional de “Dios, Patria y Rey”, es una jerarquía de valores y poderes, donde por encima de todo se encuentra la religión, sometida a ella la Patria, y en el último escalón el Soberano que debe velar y proteger a ambas.

Traducido en el esquema sucesorio, el futuro Emir de los creyentes deberá igualmente responder a las normas impuestas por la Constitución canónica, que es la que impera en el entramado religioso del país y que dicta el funcionamiento de la practica islámica y religiosa en general. Constitucionalmente, siguiendo las dos Leyes que conforman la estructura ideológica del país, el Rey no puede designar por capricho o por preferencia personal, a su heredero. La sucesión obedece a normas, y hasta ahora, desde que Marruecos se independizó en la década de los 50 del siglo pasado, así ha sido.

Si se puede considerar que la línea sucesoria en la Jefatura del Estado no presenta problemas, la del Emirato de los creyentes necesita un equilibrio particular entre los diferentes componentes del poder religioso en Marruecos. Además del aparato religioso oficial, que lo constituyen las decenas de miles de mezquitas, los miles de imanes, predicadoras y predicadores, los Centros, Institutos y Universidades de formación religiosa, juega también un papel importante el universo ideológico musulmán donde los Ulemas elaboran la doctrina, discuten las leyes y hacen el aggiornamento doctrinal adecuado a los tiempos modernos. A estas estructuras puramente religiosas, hay que añadir el conglomerado de cofradías religiosas del islam popular, muy numerosas en Marruecos y que representan un poder real de convocatoria; y las diferentes familias de los jerifes descendientes de la hija del Profeta, Fátima, casada con el cuarto califa Ali Ibn Abi Talib. El entramado religioso musulmán en Marruecos es por lo tanto muy abultado, y el futuro Emir de los Creyentes debe mantener con él una relación muy especial. Las cualidades personales, éticas y morales, del Príncipe Heredero juegan un papel importante a la hora de ser aceptado como Comendador de los creyentes.

En una palabra, utilizando una frase muy manida “la sucesión está atada y bien atada”, sin sorpresas, ni intrigas palaciegas. Lo único verdaderamente interesante será el ver hasta donde el futuro Rey introducirá nuevas reglas, acordes con los tiempos que corren.