Opinión

Chile eligió ley y orden

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El resultado de las elecciones en Chile para formar una asamblea constituyente, encargada de redactar la nueva Constitución, ha sido recogido con una casi rara unanimidad de sorpresa y asombro por los medios europeos y americanos adictos a la tendencia “woke”, o sea al nuevo progresismo. Se asombran del aplastante triunfo del Partido Republicano de José Antonio Kast, el derrotado rival de Gabriel Boric en las elecciones presidenciales. Califican poco menos que de sorpresa increíble que el PR, al que se califica alternativamente de ultraderechista y pinochetista, haya obtenido el 35,42% de los votos, que unidos a los 21,07% de la coalición Chile Seguro de centro derecha, suponen 34 de los 51 escaños en juego, más de los tres quintos necesarios para redactar con su impronta la nueva ley fundamental de la nación. Las formaciones agrupadas en Unidad para Chile, que sustentan al actual presidente Boric, se quedaron en el 28,57% y 16 consejeros, cifra tan insuficiente que ni siquiera alcanza los dos quintos que permitirían a la izquierda el derecho de veto. El escaño restante le corresponderá al pueblo mapuche, que ve reducido así a la mínima expresión el protagonismo central que se quiso darle en el primer intento de formar una constituyente, rechazada por el pueblo chileno en el correspondiente referéndum.

Pues, a tenor de los últimos acontecimientos ocurridos en Chile y en todo el continente americano en los últimos años, tales resultados entran dentro de la lógica más absoluta, y hablan bastante bien de la capacidad de juicio y análisis del pueblo chileno. El país ha registrado durante el año largo que lleva Boric en el poder un aumento considerable de la inseguridad, justo en el país que presumía de ser el menos azotado por esa plaga que asola a buena parte de los países iberoamericanos.

La irrupción en tromba del narcotráfico con la consiguiente escalada de la criminalidad, unida a la habitual “magnanimidad” de la izquierda a la hora de decretar indultos para los delincuentes, previa desautorización a los cuerpos policiales encargados de la protección ciudadana, ha sido el principal detonante de este cambio radical en las preferencias del electorado. Unásele el fuerte aumento de la inmigración irregular, con su consiguiente incidencia en la vida de las zonas menos favorecidas de pueblos y ciudades, y tendrán bastante claras las principales causas de este vuelco electoral.

Por si fuera poco, el cultivado pueblo chileno ha tenido también suficientes muestras en los países cercanos para saber adónde conducen revoluciones como la llamada bolivariana. Y, de paso, han podido reflexionar sobre los estallidos sociales, supuestamente espontáneos, que asolaron al propio Chile, como también a Colombia y a Bolivia, y que propiciaron los cambios radicales e incluso revolucionarios, a los que no son ajenos el Foro de Sao Paulo y el Grupo de Puebla, constituidos y diseñados precisamente para alentar la llama del izquierdismo revolucionario neocomunista en América Latina.

Las súplicas del presidente Gabriel Boric

Hay que alabar la rectificación del presidente chileno, Gabriel Boric, al pedir al líder del PR, José Antonio Kast, “que no cometa el mismo error que nosotros”. Boric reconocía así que redactar una Constitución solo para la mitad del país, como él mismo hiciera en un primer intento, no puede conducir más que al movimiento pendular registrado ahora. Y eso porque Chile, afortunadamente, sigue siendo un país de profundas convicciones democráticas, que por fortuna también le permiten cambiar de dirigentes cuando se equivocan. No es el caso de Cuba, Nicaragua o Venezuela, cuyos regímenes demuestran cada día que, una vez implantada una revolución, es irreversible, e imposible de tumbar sus correspondientes dictaduras por pueblos sojuzgados, empobrecidos y sometidos a tiranías implacables.

En efecto, Kast y todos los consejeros de centro derecha y ultraconservadores cometerían el mismo error que Boric si escribieran una Constitución solo para la otra mitad de Chile. Por aplastante que sea la mayoría cosechada, habrán de dialogar a fondo con la izquierda derrotada y con el pueblo mapuche para alumbrar un texto fundamental que enmarque y ampare los derechos de todos.

De lo que no parece haber duda alguna es en que la inmensa mayoría del pueblo chileno quiere ley y orden para su país. Dos conceptos que el izquierdismo ha intentado tradicionalmente ridiculizar o asimilar exclusivamente a dictaduras de derecha. Obviamente, para sustituir el imperio de la ley y orden democráticos por los decretos revolucionarios de la supuesta y omnímoda voluntad popular. Desde luego, estos resultados dejan bastante claro que los chilenos siguen aspirando a un marco político estable, que les permita desarrollar en libertad sus capacidades, y por consiguiente prosperar individual y colectivamente.

Como también es habitual, los medios “woke” se afanarán en descalificar a priori el trabajo de los nuevos constituyentes chilenos, como ya lo hicieron cuando Giorgia Meloni alcanzó la Presidencia del Gobierno de Italia, calificado tal hecho sin ambages como la vuelta del fascismo a Italia. En Chile, será importante que cabezas como la del presidente Boric, que demuestra madurar aceleradamente a medida que se topa con la realidad, dialoguen y pacten con todo el arco de la derecha, tildado de pinochetista por esa ultraizquierda que resuelve toda controversia con ese recurso, tan parecido por otra parte al de franquista o fascista, comodín tan en boga aún a este lado del Atlántico.