China ruge y enseña los dientes
Pero cualquier observador que haya contemplado semejante despliegue ha de concluir que “eso” solo lo puede organizar y financiar una megapotencia muy segura de sus no menos gigantescas ambiciones y de sus capacidades para alcanzarlas.
Precedido tal acontecimiento por una cumbre de líderes de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), el doble evento tenía un objetivo indiscutible: desafiar a Occidente, y especialmente a su líder, Estados Unidos, y mostrarle que la descarnada pugna ya en curso, sin descartar una conflagración en el futuro inmediato, conforma ya una poderosa coalición de países.
Tanto en la cumbre de la OCS en la populosa y moderna Tianjin como en el desfile de Pekín, el invitado especial fue el presidente ruso, Vladímir Putin. Pero, además, si en la primera brilló asimismo el líder de India, Narendra Modi, en el segundo evento el presidente Xi Jinping dio un protagonismo especial a su homólogo de Corea del Norte, Kim Jong-un.
Modi rezumaba optimismo y sonrisas en todos los encuentros bilaterales o de grupos a los que acudió. El líder del país más poblado del mundo se resarcía así del varapalo asestado por el presidente Donald Trump, que le ha castigado con aranceles especialmente brutales por haber hecho pingües negocios comprando el petróleo barato de Rusia y revendiéndolo después, dejando, pues, sin gran parte de su efecto práctico las sanciones impuestas a Rusia por su agresión a Ucrania.
En cuanto al líder norcoreano, su recibimiento y el ensalzamiento de trato que le dispensó Xi Jinping, le resitúa algún peldaño más arriba de lo que estaba en la escena internacional. Su paseo milimetrado hasta la tribuna en compañía de Xi y Putin transmitía una imagen de sólida alianza de tres potencias nucleares de cara a los retos que se avizoran.
Pero, junto a la veintena larga de dirigentes de otros tantos países, el verdadero protagonista de estos cinco días de celebraciones ha sido sin duda alguna el presidente chino. Xi Jinping ha proyectado en todo momento la imagen de líder del bando rival de Occidente, aupado casi a la condición de “dios”, especialmente en las imágenes de su revista a las 45 columnas del Ejército Popular de Liberación y su discurso de Estado, en el que proclamó al mundo la alternativa entre cooperación o confrontación, entre la paz o la guerra, dejando bastante claro que China encabeza una parte del mundo que comporta casi la mitad de la población total y el 40 % de su PIB, recordando a la vez a todos que el gran paso adelante de la nación china es “imparable”.
La espectacular coreografía del desfile, en el que, junto a la severísima disciplina y despliegue milimétrico de sus soldados, se exhibieron ingenios y armas de ultimísima generación, quiso inspirar -y a fuer que lo consiguió- la doble sensación de temor a los que osen enfrentársele y de seguridad a los que opten por buscar la protección de la hiperpotencia china.
También reivindicó el papel de China en la II Guerra Mundial, al pretextar el 80º aniversario de la rendición de Japón para celebrar tan magna parada militar. A este respecto, además de cuestionar el actual “injusto orden internacional”, dominado por los países occidentales, Xi quiere no sólo cambiarlo, sino también que la humanidad admita que la contribución de China en víctimas civiles y militares (35 millones) de aquella guerra fueron un tributo en absoluto conocido y por tanto no debidamente reconocido por el resto de la humanidad. En esa contabilidad, China reivindica que aquella conflagración comenzó en realidad en 1931 con la invasión japonesa de la región de Manchuria, rebautizada por los nipones como Manchukuo. Y que, si el mundo se liberó del nazismo, el fascismo y el imperialismo (japonés), ahora el país pobre y atrasado que era entonces China ha quemado etapas a toda velocidad hasta convertirse en un temible y poderoso adversario.
Por supuesto, sin aludir al comunismo como sistema totalitario, Xi dejó implícito el mensaje de que el país que él llama a liderar el mundo antes de rebasar la mitad de este siglo XXI, necesita de una voluntad como el granito y una mano férrea, o sea las suyas, para culminar ese proyecto, para el que es imprescindible la unidad incólume y sin fisuras de toda la nación.
Por cierto, no pasó desapercibida la conversación -¿micrófono abierto al descuido?- entre Putin, Xi y Kim Jong-un sobre la posibilidad de ellos mismos de vivir hasta los 150 años e incluso alcanzar la inmortalidad. Desde luego y a tenor de su comportamiento, no caben muchas dudas de que van a poner para ello todos los medios posibles y precisos a su alcance.

