Cuarenta años después, Europa debe seguir siendo la solución
Para España, aquella adhesión colmaba el ansia de encontrar el antídoto definitivo a su muy deteriorado cuadro clínico general.
Fue José Ortega y Gasset quién, en Bilbao en 1910, en una sola frase diagnóstico y prescribió el tratamiento curativo: “España es el problema, Europa la solución”. Pero, hubimos de atravesar desde entonces tres cuartas partes del siglo XX sufriendo graves trastornos, violentos accesos de fiebre, y periódicos agravamientos de nuestra salud general. La Guerra (In)Civil, seguida de la durísima posguerra y una larga dictadura fueron los episodios que mayores cicatrices y secuelas dejaron en el muy infectado organismo general de España.
La avalancha de corresponsales que llegaron a nuestro país con ocasión de la muerte de Francisco Franco tenía un indisimulado motivo oculto: ser testigos de otro brutal enfrentamiento entre españoles, con el que escribir crónicas y relatos en los que, en última instancia, se demostrara que España estaba incapacitada genéticamente para desempeñarse como un país normal y democrático, sin recurrir a la faca, la cuchillada o el paseíllo por incompatibilidad ideológica.
Apartados del primer plano del concierto internacional de naciones desde el Congreso de Viena de 1815, los españoles no lo tuvieron fácil para lograr su integración en Europa. Desde la creación misma del Mercado Común Europeo (MCE) en 1957, el entonces régimen franquista ya presentó su candidatura, que naturalmente fue rechazada al exigir como condición sine qua non un sistema político democrático, es decir de libertad. Pese a ello, y a haber sido excluida del maná de los fondos del Plan Marshall, que ayudaron de manera determinante a la reconstrucción de Europa, España dio pequeños pasos por adaptarse todo lo posible a las estructuras económicas europeas, alineación que experimentaría el impulso definitivo a partir de la denominada Transición, el acelerado proceso pacífico de reconciliación y cambio político, que tanto decepcionaría a quienes esperaban que los españoles se enzarzaran en otra guerra civil, y tanto asombraran a las cancillerías de todo el mundo al demostrar que se puede transitar de una dictadura a una democracia sin derramamiento de sangre. No obstante, conviene no olvidar que el que salpicó gravemente en aquellos años (1975-1986) fue el terrorismo de los que no aceptaban precisamente que España podía vivir y progresar en libertad y unida, principalmente ETA, pero también algunas otras siglas apegadas al secuestro, la extorsión y el bombazo.
Todas esas tragedias fueron literalmente arrolladas por el entusiasmo que despertó en los españoles su incorporación de pleno derecho a Europa, admitiendo con esa expresión que, aun cuando geográficamente no nos habíamos movido de sitio, España se había desgajado moral y económicamente del continente.
En poco tiempo, los españoles contemplaron, pero sobre todo vivieron, una transformación gigantesca del país, desde su innegable prosperidad económica y el consiguiente avance conjunto de su sociedad, hasta la articulación del país merced al desarrollo de infraestructuras viarias que en muchos casos llegaron a superar, por su modernidad, a las implantadas desde hacía años en el resto del ámbito comunitario.
El desmantelamiento de industrias obsoletas provocó, ciertamente, tragedias sociales, pero sus damnificados pudieron comprobar también que el país en conjunto, y el club europeo, acudían en su ayuda sin dejarles a la intemperie. Lo mismo ocurrió con la atrasada agricultura española, que gracias a la Política Agrícola Común (PAC) se modernizó sacando al campesinado de su tradicional pobreza, y multiplicando el emprendimiento agroalimentario hasta colocar a España a la cabeza de tan importante y necesaria industria.
Por si fuera poco, la entrada en vigor del Tratado de Maastricht el 1 de enero de 1993 y el mercado único; la del Tratado de Schengen, con su correspondiente libre circulación de personas, bienes y capitales (1995), y la adopción del euro como moneda única europea (2002), han ido modulando y conformando una sociedad europea sin fronteras, envidiada, y también asediada, por quienes la ven más como una competidora demasiado poderosa que como una potencia estabilizadora de las numerosas tensiones que asolan al mundo.
En esa transformación no solo política sino sobre todo social, es determinante el papel que está jugando el Programa Erasmus, hasta el punto de que ya son 200.000 los estudiantes españoles que se han hecho verdaderamente “europeos” por haber cursado una parte de su formación universitaria en otro país de la Unión.
Tal es el prestigio adquirido por el programa, que impulsara decisivamente en su día el comisario y vicepresidente español de la Unión Europea, Manuel Marín, que los británicos han decidido reintroducir ese intercambio de estudiantes pese a que aún no han revertido el brexit. También es verdad que esa visión más ancha y europea facilita la marcha de no pocas privilegiadas cabezas a otros países europeos más dinámicos a la hora de proporcionarles un empleo y una remuneración dignos.
Acostumbrados a lo largo de la historia a un permanente estado de guerra, los europeos actuales, españoles incluidos claro está, pueden estar experimentando un cierto hartazgo de tranquilidad e incluso de molicie. Véase al respecto la desigual diligencia entre países miembros en la aplicación y destino de los fondos NextGeneration, el último gran proyecto continental para meter a Europa en la nueva era de la digitalización y la inteligencia artificial, y donde España no se ha distinguido precisamente por haberlos invertido e la manera más adecuada.
Si los fundadores de una Europa unida y próspera demostraron una genial visión de futuro, seguida después por generaciones de europeos que aspiraron a que Europa se erigiera incluso como la gran tercera potencia del mundo, además de Estados Unidos y la Unión Soviética, los que hoy rigen las instituciones europeas se han visto desbordados por la pujanza de estos norteamericanos, pero también de una China incontenible.
La carrera por ocupar el mejor espacio geopolítico está dejando atrás a Europa, que ya no tiene ninguna empresa en la lista de las primeras veinte del mundo, un termómetro que marca su decadencia, acentuada con los últimos grandes conflictos de alcance planetario. Bruselas, en tanto que capital de la UE, debiera asumir cuanto antes que nuestro amigo y aliado tradicional, Estados Unidos, ha roto el denominado vínculo trasatlántico. Y que, ante tal situación, ha de hacer frente a la agresividad de Rusia, que demuestra cada día su nula disposición a un acuerdo negociado para poner fin a su guerra de destrucción y conquista de Ucrania.
Por supuesto, la solución europea no pasa por volver al mosaico de estados del pasado; ya sería el acabose si, además, alguna de esas naciones se desmembrara en estaditos confederados. Por el contrario, haría falta más Europa, pero con la exigencia de liderazgos de verdad, que terminen con la mediocridad actual y la abundancia de reuniones y comunicados vacíos y repetitivos. Líderes que pongan en primer plano los grandes capítulos, desde la defensa común a la innovación tecnológica; de la autosuficiencia energética a la alimentaria, pasando por el apoyo decidido al mantenimiento del libre comercio. Y, desde luego, ya que nadie renuncia a su propia agenda internacional, sí una fuerte coordinación exterior que evite la creciente irrelevancia europea en las mesas en que se decide el destino del mundo, mientras asistimos a pugnas personales por intentar ocupar el mejor lugar del proscenio.
Es un dilema decisivo, para Europa y para España. O bien abandonan su interés por lo superfluo, cuando no lo dañino so capa de políticas woke tan costosas como ineficaces, o bien la falta de avances integradores podrían poner término a la UE, el mejor proyecto de asociación libre y voluntaria de hombres y naciones que no sabían vivir de otra forma que en guerra de unos contra otros.
