Opinión

Ecuador, de paraíso a Estado casi fallido

Captura de un video difundido por la oficina de prensa de la presidencia de Ecuador que muestra al presidente de Ecuador, Daniel Noboa, anunciando el estado de emergencia para todo el país, incluido el sistema penitenciario, tras la fuga del líder de la mayor banda de narcotraficantes de una prisión en Guayaquil (suroeste), en Quito, el 8 de enero de 2024 (Foto de Handout / Presidencia Ecuador / AFP)
photo_camera Captura de un video difundido por la oficina de prensa de la presidencia de Ecuador que muestra al presidente de Ecuador, Daniel Noboa, anunciando el estado de emergencia para todo el país, incluido el sistema penitenciario, tras la fuga del líder de la mayor banda de narcotraficantes de una prisión en Guayaquil (suroeste), en Quito, el 8 de enero de 2024 (Foto de Handout / Presidencia Ecuador / AFP)

No hace aún tanto tiempo que su parte de la Amazonía y el tesoro de sus Islas Galápagos conformaban los principales atractivos de Ecuador, lo que, unido a una capital como Quito, con uno de los más bellos y mejor conservados centros históricos de la época colonial, hacían del país uno de los más atractivos de Iberoamérica. 

  1. La lacra del crimen organizado

A pesar de que también tuvo su parte de maldición, esa que reza que los países que hallan la riqueza del petróleo en su subsuelo terminan arruinados y con la sociedad descoyuntada, Ecuador capeó bastante bien ese temporal, al tiempo que el incontenible avance del narcotráfico, el narcoterrorismo, y, en definitiva, el crimen organizado, no se fijaban demasiado en el país. 

La lacra del crimen organizado

Todo eso cambió radicalmente a raíz del acuerdo de La Habana entre el Gobierno colombiano del presidente Santos y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). No todos terminarían aceptando aquella paz que ponía fin a una de las más largas y sangrientas guerras entre un Estado y una organización que abandonó progresivamente sus presuntos ideales de crear una sociedad justa e igualitaria para convertirse en una banda criminal en la que primaban el robo, la extorsión y el saqueo. 
Parte de los que no aceptaron aquel acuerdo y se escindieron encontraron en Ecuador una plataforma de almacenamiento, procesamiento, embalaje y expedición hacia Estados Unidos y Europa de las grandes cantidades de droga producidas en Colombia, Perú e incluso Bolivia.  Las bandas se multiplicaron y las cárceles se poblaron de los delincuentes que la policía detenía y los jueces condenaban. Así nacieron y se desarrollaron hasta veinte grupos, cada uno con sus propios signos distintivos, pero con el denominador común de hacer gala de una inusitada violencia, tanto que hicieron fracasar a los últimos tres Gobiernos de Ecuador en sus programas de contención de esta plaga. 

Los Choneros, los Lobos, los Lagartos o los Tiguerones son los que se han hecho con las mayores parcelas de poder, que se disputan entre sí con enorme violencia, método de fuerza que también emplean contra la población a la que extorsionan, secuestran o asesinan si no se avienen a sus chantajes. 

La inseguridad se ha extendido a la práctica totalidad del país, que ha visto cómo aumentaba exponencialmente cada año el número de homicidios (7.878 en 2023, récord histórico), al tiempo que crecía también exponencialmente la salida precipitada hacia el exilio forzoso de quienes dejaban atrás sus negocios y viviendas a cambio de conservar la vida y tratar de rehacerla en otro país. España cuenta con un elevado número de inmigrantes con estas características, que podrían escribir una voluminosa historia conjunta del horror al que han sido sometidos ellos mismos y sus familias.

El creciente poder de las bandas criminales se manifestó con todo su descaro con el asesinato del candidato presidencial Fernando Villavicencio. Querían así demostrar que son las que tienen el control real del país. Algo que se negaba a reconocer el candidato que al final se alzó con la máxima magistratura de la nación, Daniel Noboa, el mayor empresario del país, cuyo triunfo electoral se cimentó en sus dos grandes promesas: sanear la economía y, sobre todo, restablecer la resquebrajada seguridad del país. 

Noboa no ha cumplido aún los dos meses en el cargo y se ha visto asediado ahora por la ofensiva de las bandas, especialmente los Choneros de Adolfo Macías, alias “Fito”, y los Lobos, dirigidos con mano de hierro por Fabricio Colón Pico, alias “El Salvaje”, ambos fugados de las cárceles supuestamente de máxima seguridad en las que purgaban sus penas, pero en las que gozaban de todas las comodidades posibles, y desde las que dirigían sin problemas aparentes la actividad criminal de sus sicarios en todo Ecuador. 

Que el presidente haya declarado a su país “en estado de conflicto armado interno”, y haya decretado el despliegue del Ejército para la caza y captura de los dirigentes de estas bandas, permitiendo el empleo de los medios necesarios por contundentes que sean precisos, demuestra dos cosas: que Noboa no está dispuesto a que el Estado pierda esta guerra, y que empieza a planear sobre Ecuador la sombra del controvertido presidente salvadoreño, Nayib Bukele. Este, además de haber puesto en marcha el mayor penal de América para encerrar bajo condiciones severas a las decenas de miles de integrantes de las maras, no ha tenido empacho en hacer caso omiso del respeto a los derechos humanos de los delincuentes, lo que, si bien ha sido severamente criticado por numerosas organizaciones políticas y civiles, puede garantizarle holgadamente sin embargo una renovación de su mandato presidencial casi por aclamación. 

Las bandas ecuatorianas han sido infiltradas y son también tributarias de los grandes cárteles mexicanos, especialmente los de Sinaloa y el de Jalisco Nueva Generación, cuyo ámbito de actuación abarca ya gran parte del continente. Es por ello por lo que el presidente Noboa se ha visto confortado por el apoyo ofrecido no sólo por el Departamento de Estado norteamericano sino también por sus homólogos de Brasil, Chile, Colombia y Perú. Parecen, pues, haber tomado conciencia de que todo el continente puede devenir fallido si no se ataja el enorme poder del crimen organizado, que ya se ha infiltrado en la práctica totalidad de las instituciones, desde los partidos políticos a las Fuerzas Armadas pasando por los jueces y la Policía.