Se firmó la paz, pero la guerra sigue en África Oriental

Soldados congoleños de las Fuerzas Armadas de la República Democrática del Congo (FARDC) - REUTERS/ GRADEL MUYISA
Soldados congoleños de las Fuerzas Armadas de la República Democrática del Congo (FARDC) - REUTERS/ GRADEL MUYISA

Paz en papel, guerra en Kivu: el M23 avanza y miles huyen a Burundi

Fue el pasado 4 de diciembre que, apadrinadas por el presidente Donald Trump, Ruanda y la República Democrática del Congo firmaban en Washington la paz que presuntamente ponía punto final a más de tres décadas de conflicto. Una guerra que ha superado a lo largo de ese tiempo el millón de muertos y desaparecidos y ha provocado el mayor desplazamiento de la historia de la humanidad, con campos de refugiados que albergan más de dos millones de personas.  

La intervención “pacificadora” de Trump quería evidenciar el fracaso colectivo europeo, especialmente de franceses, británicos y belgas para poner fin a una guerra interminable, consecuencia directa inmediata del genocidio de los tutsis en Ruanda en 1994. Más de 800.000 tutsis perecieron a manos de la mayoría hutu, que también masacró a los de su propia etnia opuestos a aquella matanza programada. Después, la guerra se ha prolongado y ramificado, implicando a la práctica totalidad de la zona tropical del continente.  

Ahora el principal problema al que se enfrenta esa “paz trumpista” es a su capacidad para hacer cumplir los acuerdos impuestos tanto a Paul Kagame, presidente de Ruanda, como al de la RDC, Felix Tshisekedi. La firma del acuerdo de paz no ha dotado a Kinshasa de poder real para controlar lo que ya es una región escindida de hecho del país, un Congo muy desestructurado. Y Ruanda, mentor y alimentador del rebelde Movimiento 23 de marzo (M23), tampoco quiere renunciar a sus verdaderas ambiciones en la región de los Grandes Lagos: lograr que las enormes riquezas minerales de Kivu no emigren en bruto a China o Estados Unidos, sino que sean procesadas en Ruanda, convirtiendo a este país entonces en una de las potencias más ricas del continente africano.

Las fuerzas de paz de las Naciones Unidas registran detalles de las armas recuperadas de los militantes de las Fuerzas Democráticas para la Liberación de Ruanda (FDLR) después de su rendición en Kateku, una pequeña ciudad en la región oriental de la República Democrática del Congo (RDC), el 30 de mayo de 2014 - REUTERS/ KENNY KATOMBE
Las fuerzas de paz de las Naciones Unidas registran detalles de las armas recuperadas de los militantes de las Fuerzas Democráticas para la Liberación de Ruanda (FDLR) después de su rendición en Kateku, una pequeña ciudad en la región oriental de la República Democrática del Congo (RDC), el 30 de mayo de 2014 - REUTERS/ KENNY KATOMBE

Estados Unidos ejerce una fuerte presión sobre Kigali, que se ha desarrollado en diferentes fases a lo largo de todo 2025. A principios de año impuso sanciones a Ruanda cuando el M23 se hizo con el control total de Goma y Bukavu, que solo fueron levantadas cuando en junio Kagame se avino a celebrar y concluir las conversaciones que llevarían al acuerdo de paz, finalmente firmado cinco meses después en la capital norteamericana.  

Sin embargo, no habían pasado siquiera cuatro días de la solemne ceremonia de la firma en Washington que Kigali relanzó la ofensiva en Kivu del Sur, hasta hacerse con el control de la estratégica ciudad de Uvira. Además de sacudir de nuevo el tablero geopolítico y ser acusado por Trump de violar el acuerdo de paz, la ofensiva ordenada por Kagame ha tenido otra consecuencia dramática: la estampida de más de 200.000 refugiados al vecino país de Burundi, que ya se había desbordado por el goteo de inmigrantes, hartos de la violencia que apenas había cesado tras el presunto alto el fuego. Tanta es la inestabilidad que se ha apoderado del pequeño país de Burundi que la Oficina de la ONU para los Refugiados (ACNUR) ha pedido una desesperada ayuda de emergencia de 35 millones de dólares para paliar la miseria y el hambre de esta nueva oleada de desheredados.  

A la vista de la experiencia pasada, nadie salvo Estados Unidos puede intermediar con posibilidades de éxito en este nuevo estallido, pero ni eso parece garantizar un fin definitivo de las hostilidades. De hecho, los agentes de la principal superpotencia instalada ya en África, o sea China, ya se están encargando de difundir el mensaje de que Washington “busca hacerse con las inmensas riquezas mineras del subsuelo de la región”, rescatando los viejos clichés del anticolonialismo. En realidad, son ya varias las empresas norteamericanas que poseen derechos consolidados de extracción y explotación en la RDC, acordados formalmente con Kinshasa. Y esos yacimientos de tierras raras, litio, tantalio o coltán están situados geográficamente en territorio congoleño. La posición de Kagame y Ruanda sería entonces la de obstaculizar no solo el proyecto estadounidense, sino incluso desgajar tales yacimientos de la soberanía congoleña. Un envite de gran envergadura que puede suscitar la cólera de Trump, pero que al tiempo pone a prueba su poder y su fuerza, una vez que Washington, con los ataques contra los islamistas del Daesh en Nigeria, ha decidido irrumpir de nuevo en África, si es que alguna vez llegó a estar verdaderamente ausente.