Opinión

Prolongar la guerra en espera de Trump

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Es un secreto a voces que tanto el israelí Benjamín Netanyahu como el ruso Vladimir Putin apuestan por el triunfo de Donald Trump en las elecciones presidenciales de noviembre en Estados Unidos. Ambos estiman al actual inquilino de la Casa Blanca, Joe Biden, nocivo para sus propios intereses y no pierden ocasión de discutirle con hechos su hipotética estrategia de apaciguamiento. 

Quedan, pues, como mínimo once meses dramáticos, puesto que en espera de su deseada vuelta al poder de Trump, las respectivas guerras de Gaza y Ucrania van a intensificarse al máximo, como ya han anunciado sin ambages ambos líderes. Y es evidente que ese recrudecimiento dramático de las operaciones de aniquilamiento y destrucción van a modificar también sustancialmente el mapa geopolítico antes de que Trump vuelva a convertirse en el hombre más poderoso del mundo.

Tanto Netanyahu como Putin confían en que Trump termine sorteando los impedimentos que la décimo cuarta enmienda de la Constitución opone a su reelección. No tardaremos mucho en saberlo. Después del fallo del Tribunal Supremo de Colorado y de la decisión de la secretaria de Estado de Maine declarando a Trump “no apto” para presentarse a las primarias de su partido, y de que los estados de Michigan y Minnesota opinaran justo lo contrario, será el Supremo de Estados Unidos el que dicte sentencia final e inapelable. Será en todo caso una sentencia inédita, sin jurisprudencia previa al respecto, puesto que nunca se había dado el caso de un presidente de la nación que hubiera cometido actos de insurrección en el ejercicio de su cargo tras haber jurado la Constitución.   

Si el veredicto del Supremo (nueve jueces vitalicios, tres de ellos nombrados por el propio Trump) le fuera favorable, su nominación como candidato del Partido Republicano estaría fuera de toda duda, no en vano los sondeos le conceden hasta un 65% de las intenciones de voto. Una ventaja que repetiría también, obviamente sin ser tan aplastante, en su enfrentamiento final con un Joe Biden que aparece cada vez más cansado y sobrepasado.  

Mientras todas estas hipótesis se confirman o no, Netanyahu por un lado y Putin por el suyo aprovechan para acentuar su empeño en alcanzar sus principales objetivos. El primer ministro israelí seguirá, pues, reduciendo a escombros la Franja de Gaza. Para Netanyahu el descubrimiento de la inmensa red de túneles construidos por Hamás y la conexión de éstos con instalaciones subterráneas bajo edificios públicos como hospitales, escuelas o universidades, es evidencia y motivo más que suficientes para arrasar todo ello, y desoír y resistirse a los llamamientos a treguas, que también exigen no pocos familiares de los secuestrados aún en poder de Hamás.  

Paralelamente, Netanyahu ha dado la orden al Mossad de liquidar a todos los altos cargos de Hamás y en especial a todos los responsables del asalto, los secuestros y  la carnicería causados el 7 de octubre. Además de la docena de mandos intermedios asesinados en los casi tres meses transcurridos, el primer alto responsable en ser “definitivamente neutralizado” ha sido Saleh al-Arouri, vicepresidente del buró político de Hamás y comandante del ala militar del grupo en Cisjordania. El dron que lo liquidó en la oficina que utilizaba en Beirut quiere ser la prueba a los ojos del mundo de que Israel no parará hasta consumar su venganza.  

Consciente también de que Israel está perdiendo la batalla del relato ante la opinión pública internacional, Netanyahu se apresta asimismo a hacer frente a una batalla judicial decisiva en el Tribunal Penal Internacional. Allí habrá de afrontar la acusación de “genocidio del pueblo palestino”, promovida por el Gobierno sudafricano. Va a constituir el episodio más importante de su hasbara, el conjunto de campañas de diplomacia pública, medios internacionales, universidades y foros de todo tipo, en que Israel ha querido explicar la “verdad” de sus políticas realizadas frente a los palestinos. Para ello está conformando un temible equipo de abogados, cuyo representante más destacado sería el norteamericano Alan Dershowitz, veterano en el arte de culpabilizar a todo aquel que ose apreciar “excesos” o “abuso de poder” en las actuaciones de Israel respecto del pueblo palestino.  

Y, en cuanto al presidente de Rusia, ha bastado que el Congreso norteamericano retire el apoyo a que Biden envíe más fondos a la Ucrania de Zelensky, para descargar un diluvio de fuego sobre todo el país. El líder del Kremlin ha modificado además la táctica de sus ataques, de manera que ahora satura las defensas ucranianas con el envío masivo de drones antes de lanzar sus misiles simultáneamente sobre decenas de objetivos en todo el territorio ucraniano.  

Si la resistencia ucraniana no recibe con urgencia nuevos suministros en armas y dinero, será difícil que pueda resistir las nuevas oleadas que lancen las fuerzas rusas, que parecen haber recompuesto sus filas a pesar de las numerosas bajas sufridas.  

Trump se harta de repetir que él terminará la guerra de Ucrania de un plumazo. Putin cree saber que ese final no sería otro que el reconocimiento de las conquistas rusas y algo más, a cambio en el mejor de los casos de la mitad del país al oeste del Dniéper a lo sumo, para la Ucrania que quiere formar parte de la Europa libre.