Un recorrido por algunas películas inolvidables del Mare Nostrum

Mediterráneo, sesión continua

Argel - PHOTO/PIXABAY
Argel - PHOTO/PIXABAY

Es interesante hacer un recorrido por algunas de las más famosas películas ambientadas en países de la costa mediterránea, tanto del norte de África como del sur de Europa, desde un punto de vista evocador que nos hace adentrarnos en el sueño de todas esas escenas que habitamos.

Lo primero es “Argel”, porque quien sobrevive al pozo amenazante de sus baños, que son sus calabozos y tinieblas con su voz de oración, ya casi puede resistirlo todo. Lo sabía bien Cervantes y lo supo también Charles Boyer/Pépé le Moko, en el clásico dirigido por John Cromwell en 1938: un hábil ladrón de joyas francés, refugiado en ese laberinto de la Casbah, conoce a una turista francesa que le hace recordar lo bien que sabe el champán en París. 

La película es una variación de la francesa, filmada un año antes; aunque, sobre todo, es el descubrimiento para el mundo de esa belleza austríaca conocida como Heddy Lamarr, que además de protagonizar el primer desnudo integral para el cine descubrió a su vez, al mundo, el invento del wifi. Muchos años después, en 1966, tras la guerra de la independencia argelina, Gillo Pontecorvo rodaría en la verdadera Casbah, con algunos de los guerrilleros -o de los terroristas, desde el bando francés- argelinos interpretándose a sí mismos, “La batalla de Argel”. Pero con “Argel” empezó todo porque alguien pensó que sería una buena idea inspirarse en esa película de encanto pintoresco para ambientarla en el café de Rick Blaine, en “Casablanca”, y concienciar al público de la necesidad de tomar parte en la Segunda Guerra Mundial. Ingrid Bergman no es tan guapa como Hedy Lamarr y no inventó un sistema de comunicación, pero tiene en sus ojos esa gravedad de Europa derramada en sus cenizas como los libros quemados de Stefan Zweig.

Cine - PHOTO/PIXABAY
Cine - PHOTO/PIXABAY

¿Qué es el Mediterráneo, sino la historia unida de África y Europa desde Ulises? Pero también la Costa Azul en “Atrapa un ladrón”, de Alfred Hitchcock, 1955, antes de que Grace Kelly se asomara al Palacio Grimaldi. Grace saliendo del mar con ese resplandor blanco de sus muslos, esos cuerpos dorados que soñara Camus en las playas de Orán. Es decir: además de la recia gravedad del relato de guerras y conflictos, piratería y barbarie, también hay cierto lujo sensorial en el Mediterráneo. Es fácil observarlo en más películas, como “Suave es la noche”, esa cinta de 1962 basada en la novela de Scott Fitzgerald en la que Jason Robards interpreta a Dick Diver, un psiquiatra que por salvar la cordura de su mujer está dispuesto -y lo consigue- a empeñar la suya, entre esa nebulosa amanecida de dry martinis al alba, en la Costa Azul, con una de las melodías más románticas de Henry Mancini, que siempre nos consigue emocionar cuando vuelve en la voz de Tonny Bennet.

También es lujo el cine del Mediterráneo: ¿o no lo es el crucero de “Muerte en el Nilo”, en 1978, con Peter Ustinov/Hércules Poirot? Y si tiramos de Egipto, sobre todo es “Sinuhé, el egipcio”, otra geografía de los sueños. Porque, si en “Muerte en el Nilo” tenemos esa belleza juvenil y rotunda de la muy hermosa Olivia Hussey, en “Sinuhé” encontramos a Gene Tierney en la plenitud de su belleza -estamos en 1954-, en esta película dirigida, al igual que “Casablanca”, por Michael Curtiz. Y mucho después “La momia”, en 1999, que era en realidad otra manera de celebrar la sombra, el sombrero y el látigo del inmortal doctor Indiana Jones, que no se acaba nunca. Pero es que el Mediterráneo es también “Zorba, el griego”, con Anthony Queen e Irene Papas, la pasión y la razón, el orden o la fiesta de todos los sentidos, filmada íntegramente en Creta, bajo la sombra cárdena del minotauro.

De todos estos títulos, y también de otros muchos, podemos extraer la pasión de un paisaje, esa fuerza de olivos y de vides que han trenzado la tierra desde que Telémaco corría por las costas de Ítaca pidiéndonos noticias de su padre. Pienso también en “Ulises”, interpretado por Kirk Douglas, con Silvana Mangano recreando, a la vez, a Circe y a Penélope. Somos griegos, somos europeos, somos mediterráneos porque es otra manera de mirar el mundo. Quizá por eso me gusta una película que se llama sencillamente así: “Mediterráneo”, dirigida por Gabrielle Salvatores. Ganó el Oscar a la mejor película extranjera en 1992. El argumento es poderoso: en 1941, justo un año después de que Italia se una a Alemania contra los aliados, un pequeño destacamento de soldados italianos es destinado a una pequeña isla griega, en el Egeo, durante cuatro meses, en labores de observación. Pero observan tanto la naturaleza, vegetal y humana, que acaban olvidando que están en una guerra, se integran en el paisaje sensual de la isla y se enamoran de las muchachas griegas. 

Malta - PHOTO/PIXABAY
Malta - PHOTO/PIXABAY

Algo de esto es el Mediterráneo, y se ve bien en esta cinta que encara el belicismo de otra forma: la manera que tiene la belleza desnuda del amor de imponerse a toda mezquindad, a ese salvajismo que ha asolado siempre nuestras costas. Mediterránea es Malta, donde se rueda “Gladiator”, más otra parte en Marruecos, o “La mandolina del capitán Corelli”, en 2001, que es también una fábula de romanticismo con Penélope Cruz en el esplendor no de su belleza, sino de su juventud, que es otra cosa. El cine es una manera de asomarnos a otras vidas, de atravesar escenas que también nos nombran a nosotros, nos aluden, toman la conciencia del recuerdo. Vivimos en el cine, en todas las películas que alguna vez veremos juntos. Porque, como a Rick Blaine en “Casablanca”, siempre nos quedará París. Pero nos amaremos en el Mediterráneo.

Joaquín Pérez Azaústre (Córdoba, 1976) es escritor. Su última novela es “El querido hermano” (Galaxia Gutenberg, 2023, Premio Málaga) sobre los poetas Manuel y Antonio Machado. Dirige el podcast “No eran molinos. Clásicos de Literatura Española” en RNE.

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