“El querido hermano” es la última novela del escritor cordobés Joaquín Pérez Azaústre. En ella se adentra en la relación entre Antonio y Manuel Machado para dibujarnos, pese a lo contado, un escenario en el que el amor fraternal triunfa

Pérez Azaústre: “Inventar un enfrentamiento entre los Machado es una indignidad”

Joaquín Pérez Azaústre cerraba el 2022 con dos importantes noticias: sus novelas “La larga noche” (Almuzara) y “El querido hermano” (Galaxia Gutenberg) ganaban el Premio de Novela de Jaén y el de Málaga, respectivamente. Ambas vieron la luz en este 2023 a punto de terminar. “El querido hermano”, que narra el viaje de Manuel Machado a Francia tras enterarse de la muerte de Antonio, va ya por la 3ª edición y ha conseguido dos galardones más: Libro del año de la revista Publishers WeeKly y Premio Cuadernos del Sur a la Novela del año.

Detrás de esta obra hay también muchas horas de investigación. Los datos y hechos reales se van alternando con situaciones y diálogos ficticios; páginas en las que se enlazan el estilo periodístico y el poético, pues no olvidemos que el autor es también un gran poeta, ganador de premios tan prestigiosos como el Adonáis o el Loewe. Con él habló Atalayar en el Café Comercial, uno de los sitios favoritos de este cordobés afincado en Madrid. En este mágico lugar de tertulias y encuentros literarios, defendió el amor fraternal de los Machado por encima de todo y todos, por eso no duda en afirmar que “inventar un enfrentamiento entre los hermanos es sólo una indignidad interesada”. También nos habló de la España que cada uno representó, de París, de sus personajes, de ese viaje que va más allá de un simple trayecto, de la muerte, e incluso de la amnistía.

1939. Burgos. Guerra Civil. A Manuel Machado le comunican la muerte de su hermano Antonio en Francia y comienza su viaje para darle el último adiós. Así comienza “El querido hermano”. ¿Pensaba que ese viaje novelado le iba a llevar dónde le está llevando?

La idea de esta novela la he acariciado siempre. Recuerdo una primera conversación con Pere Gimferrer sobre ella hace muchos años, sería 2004, cuando publiqué mi novela “América”. Pero no me planteé escribirla hasta 2019, tras obtener la Beca Leonardo de la Fundación BBVA por el proyecto de novelar el viaje de Manuel Machado hasta Collioure, al conocer la noticia de la muerte de Antonio, que no se había contado, pero también la relación entrañable de hermandad total en la literatura entre los dos hermanos. Cuando vino la pandemia, me agarré a su escritura como a una tabla de salvación. El mejor destino ha sido tener la poesía de los dos hermanos en mi vida y escribir sobre ellos.

Tercera edición y estupendas críticas. Antonio Lucas comentó: “Pérez Azaústre devuelve el sitio al olvidado.” Si Antonio Machado no hubiera muerto en el exilio, ¿cree que el lugar literario que ha ocupado uno y otro sería el mismo?

A ver, cuando comienza la guerra, en 1936, Antonio Machado ya es el gran poeta. A su altura sólo está Juan Ramón, y Lorca, claro, aunque pertenece a la generación siguiente. Si hubiera vivido, seguramente habría ocupado el mismo lugar o mejor, porque habría tenido tiempo de escribir más, y su obra destaca por su solidez y su coherencia. Así que probablemente el paso del tiempo, la evocación y la distancia, si hubiera sobrevivido en el exilio, le podría haber hecho escribir algún libro extraordinario más. Otra cosa es que el dramatismo de su muerte, en el penoso camino hacia el exilio, casi sin poder cargar con su propio cuerpo, lo convirtiera en símbolo de la España derrotada. Sucede igual con Lorca que, al ser más joven, habría tenido más tiempo de escribir grandes obras.

Los hermanos representaban las dos Españas, pero en su libro escribe que Manuel se ve obligado a permanecer en Burgos y adherirse al Alzamiento, “poco se sabe de las auténticas razones que lo llevaron a hacerlo y del peligro que corrió su vida”. ¿Fue más circunstancial que ideológica la motivación de Manuel?

Yo creo que, por un lado, Manuel Machado está ya muy desengañado de la República por su deriva soviética. Deja de escribir por eso en “La Libertad”. La recibió con alegría, componiendo un himno para la República que recita en el Ateneo de Madrid el 26 de abril de 1931, con música de Oscar Esplá. Pero la República entonces está más cerca ya de la izquierda radical que de una democracia liberal, que es en lo que cree Manuel Machado. Cuando es detenido en Burgos y pasa dos días encarcelado, llegándose a temer por su vida, eso precipita su adhesión al bando nacional. Tampoco creo que muy entusiasta, pero no totalmente impostada. Él entonces ya se siente más conservador.

Recordando aquella España, ¿considera que las dos Españas vuelven a estar presentes? ¿Qué habrían pensado los Machado de la amnistía?

Eso es imposible saberlo, pero podemos aventurar algunas cosas. Existe una carta no ya de Manuel, sino de Antonio Machado, a su último amor, Guiomar, un nombre que esconde el de la poeta Pilar de Valderrama. En esa carta le comenta, hablando de la República, que de los independentistas catalanes no se puede esperar nada, porque no les importa nada el futuro de la República, sino sólo utilizarla para propia su causa. Es decir: sólo ellos mismos. Ese razonamiento creo que podría aplicarse hoy enteramente.

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Se ha potenciado una imagen distante, ideológica y literaria, de los dos hermanos. Usted dibuja una relación de admiración, respeto y amor. ¿Dónde está la balanza?

En la verdad. En las cartas que se escribieron, en las obras de teatro que escribieron juntos, en cómo se cuidaron siempre el uno al otro, empezando por la época juvenil en París, hacia 1899, que narro en la novela. No existe ni el más mínimo testimonio ni dato alguno que evidencie ni siquiera un superficial alejamiento entre los dos hermanos. No vuelven a comunicarse tras la primera semana de la guerra, como tantas otras familias rotas, porque se cortan las comunicaciones y las líneas telefónicas. Pero más allá de eso, tratar de inventar un enfrentamiento entre ellos, cuando todas las evidencias que tenemos hasta 1936 prueban justamente lo contrario, sólo es una indignidad interesada.

¿Es cierta la imagen de juerguista, alegre y vividor de Manuel, y triste, apocado y solitario de Antonio?

No del todo. Antonio tiene una parte fiestera sobre todo en su primera juventud en Madrid, porque frecuenta mucho el mundo del teatro, que siempre les apasionó a los dos, y llega a debutar en una obra con su amigo Ricardo Calvo. También en París, con su hermano Manuel, en 1899, podríamos decir que se soltó bastante el pelo. Y Manuel, por otro lado, que, por supuesto, era un gran compañero nocturno, tenía también un caudal subterráneo muy profundo, que es donde se encuentran siempre estos dos hermanos.

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No falta en estas páginas París en el recuerdo ¿Qué significó está ciudad para los Machado?

La alegría de vivir la juventud en la poesía, en ese gran París finisecular sobre el que aún planea la muerte de Verlaine, la poesía simbolista y el caso Dreyfuss. Fueron muy felices.

“Qué me entierren en París” es el título de un poema suyo y también de una antología. ¿Por qué ese deslumbramiento un tanto nostálgico?

Significa justo lo contrario a la nostalgia o la melancolía: es una celebración, es plantarle cara a la muerte y a la desolación de vivir mediante la alegría, la plenitud, la escritura y el amor. Es un poema juvenil, pero me sigo reconociendo en el entusiasmo y esas ganas.

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Volvamos a “El querido hermano”, al personaje Pemán, abogado, poeta, periodista político… y amigo de Manuel Machado. Hay quienes dicen que lo trata con mucho cariño, ¿por algún motivo?

Tengo un gran respeto por mis personajes, pero también distancia con ellos, para poder sentirme libre al escribir. Como vivimos en esta corrección ideológica paralizadora, que en el fondo no es sino una autocensura, motivada por el miedo a la cancelación, hay quien se sorprende al ver en mi novela a Pemán como personaje, con más luces que sombras, y además ayudando a Manuel Machado. Pemán fue un buen poeta, un buen dramaturgo y un excelente articulista. El otro día lo hablaba con Anson, después de celebrar a Pablo Neruda y Rafael Alberti. El gusto lector no puede ser sectario, no es sano ni bueno, ni justo, ni noble, tachar de la lista a los autores en virtud de su ideología.

Otro personaje (ficticio) es Raúl, el joven falangista que conducirá el coche hasta Francia. En una escena dicen que la vida está en los libros. ¿Qué sería de la suya sin leerlos ni escribirlos?

Raúl hace un viaje geográfico al llevar en el coche hasta Collioure a Manuel Machado y a Eulalia, su mujer; pero también tiene su propio viaje interior, porque va entrando en el mundo de los dos hermanos y también, tímidamente, en sus obras poéticas. Raúl nos hace entrar a nosotros también en la intimidad del coche, pero representa a ese lector verdaderamente libre que puede acercarse a la obra de ambos hermanos sin prejuicios. En cuanto a mi vida sin libros, ahora mismo me cuesta trabajo imaginarlo, pero supongo que encontraría otras maneras de contar historias, por ejemplo, el cine, que siempre ha estado muy presente en mi vida.

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En “Atocha 55”, sobre los asesinatos de los abogados laboralistas, “La larga noche”, centrada en Manolete, y “El querido hermano”, la muerte está presente. ¿Qué relación tiene con la muerte?

Ni buena ni mala, lo normal: cuanto más lejos, mejor. En estas novelas hay una intención de recuperar momentos importantes de nuestra historia reciente desde una orilla no sectaria, porque la literatura, y la narrativa en concreto, aún pueden ofrecernos espacios de convivencia y diálogo que ya no son posibles en la política.

Hablamos de narrativa, pero usted es también poeta y cuenta con grandes premios como el Adonáis, el Loewe, el Gil de Biedma… ¿Para cuándo un nuevo poemario?

Tengo uno acabado, pero no sé si me apetece publicarlo aún. Sigo escribiendo poemas, sobre todo a mi hijo y a momentos de intensidad, de vuelo o de elegía. Y seguiré.

Hace años, en una entrevista a nuestro querido Félix Grande, le pedí que recordase algunos versos y citó a Machado, Antonio: “Hoy es siempre todavía”. Cerremos con un poema, un poeta, una canción, una palabra…

Será un placer. Escojo este poema de Manuel Machado, que tituló “Ecos” y parte del verso de Antonio “¡Chopos del camino blanco, álamos de la ribera!”. Está escrito después de la muerte de Antonio y también de su madre, Ana Ruiz. Me sobrecoge por su sencillez y por el hondo duelo. A partir del verso de Antonio, Manuel nos estremece:

¿Qué tiene ese verso, madre,

que de ternura me llena,

que no lo puedo decir

sin que el corazón me duela...?

¡Chopos del camino blanco, álamos de la ribera! 
¿Qué tienen, madre, qué tienen

estas palabras que suenan

tan adentro de mi pecho, 
y tan lejos y tan cerca...? 
¡Chopos del camino blanco, álamos de la ribera! 
¿Qué dicen, sin decir nada...?

Sin contar nada, ¿qué cuentan?

De estas palabras sencillas

¿qué puso Antonio en las letras? 
¡Chopos del camino blanco, álamos de la ribera! 
Cuando en mis labios las tomo

hasta mis oídos llegan...

¿por qué lloro sin consuelo? 
y ¿por qué lloro sin pena?

¡Chopos del camino blanco, álamos de la ribera!

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