¡Más madera, es la energía!

Gonzalo Gómez/Mundo Negro

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Pie de foto: El sector energético africano, entre la tradición y las renovables

No son pocos los foros de corte económico en los que se celebra el intenso crecimiento del África subsahariana y las inmensas posibilidades que ofrece para los negocios. Y pocas cosas hay más relacionadas con el buen funcionamiento del sistema económico preponderante que la disponibilidad de suministros de energía abundantes, estables y baratos. Sin embargo, cuando se les pregunta al respecto, la mayoría de los que protagonizan esos encuentros también se ponen de acuerdo: África tiene un problema, y –añaden– un potencial inmenso para solucionarlo. La propia Agencia Internacional de la Energía (AIE), que en 2014 publicó un informe especial sobre el continente, afirma que en la actualidad el sector energético es más un obstáculo para el desarrollo de la región que un factor que favorezca la prosperidad económica y social.

La pobreza de los suministros energéticos africanos contrasta con la amplitud de sus recursos. África, y de manera más concreta, África subsahariana atesora enormes posibilidades tanto en energías renovables como en combustibles fósiles. De hecho, la AIE afirmaba en su extenso análisis sobre las realidades y las perspectivas del sector energético en la región que un 30 por ciento de los descubrimientos mundiales de petróleo y gas en los últimos años se ha producido en África subsahariana.

Pero la realidad emborrona la perspectiva que hace soñar a millones de personas con formar parte de una clase acomodada, al tiempo que estimula los viejos apetitos por los recursos africanos. Cerca de 625 millones de subsaharianos no tienen acceso a la electricidad, y muchos de los que sí lo tienen experimentan frecuentes cortes en el suministro como parte de su rutina, lo que concede un relevante papel a los generadores de diésel o gasolina, necesarios en tantos lugares.

La energía más utilizada por los africanos sigue siendo la que se genera con leña y carbón vegetal. La gran mayoría de la madera se corta para el autoconsumo: con ella se avivan los fuegos con los que cuatro de cada cinco africanos cocinan. La AIE cree que en 2040, lejos de disminuir la utilización de estos combustibles, habrán aumentado un 40 por ciento, presionando aún más a los bosques, que difícilmente podrán ser protegidos de unas prácticas fuera de control y al margen del sistema económico formal que, llegado el caso, pudieran ejercerse desde dentro del sistema.

Pie de foto: Incendio en un tanque petrolífero en el sudeste de Nigeria.

Leña y carbón vegetal, a menudo disimulados por el protagonismo mediático de grandes infraestructuras y descubrimientos, son la realidad en el día a día de los usos de la energía en África. Una realidad que se construye con la gigantesca inversión de tiempo y esfuerzo físico que dedican, de manera desproporcionada, mujeres y niños.

Dejando a un lado el cambio climático, en el que influyen, el uso de las cocinas de madera y carbón acarrea la más perversa de las consecuencias: su contaminación provoca la muerte de 600.000 personas al año, siendo la segunda causa de muerte prematura en África, por detrás del sida.

Sin ánimo de abrumar con datos, pero en la búsqueda de unos números que retraten la situación actual del África subsahariana en cuanto a los usos de la energía, llama la atención que dos terceras partes de la energía total en la región se utilicen en el sector residencial, frente al 20 y 25 por ciento que emplean, respectivamente, los países desarrollados y los –mal llamados– países en desarrollo. Se trata de una cifra que nos habla de un consumo focalizado en la satisfacción de necesidades básicas y no del que hace girar la manivela del sistema económico a través del consumismo. Así, la energía final dedicada al transporte (11 por ciento) o a usos productivos industriales, agrícolas o de servicios (21 por ciento) es muy baja en comparación con la de otros continentes.

Son números generales que no sirven, sin embargo, para explicar las enormes desigualdades que existen dentro del continente. Si miramos el número de coches por cada mil habitantes, por poner un ejemplo emblemático de consumo, habría que diferenciar entre Sudáfrica, que se acerca a la media mundial (110 frente a 130, aunque todavía muy por debajo de los 700 de Estados Unidos o los casi 500 en Europa), y la inmensa mayoría de países africanos, que no llegan a los 20 vehículos.

Pie de foto: Un voluntario de la Fundación bode Edun repara una farola en el distrito de Oshodi, Lagos.

Predicciones e inversión

La AIE, que en su informe establecía una serie de predicciones hasta 2040, prevé que dentro de cinco años comenzará a descender el número de personas sin acceso a la red eléctrica en África subsahariana. Además, el organismo visualiza como escenario más probable un sistema energético que, en líneas generales, se expandirá con rapidez y será más fiable. No obstante, la Agencia insiste en que se necesitarán inversiones y reformas para que se convierta en un agente de inclusión económica y social.

Por otra parte, la AIE duda de que los más pobres, especialmente en las comunidades locales, logren tener acceso a fuentes energéticas no tradicionales en las próximas décadas. Además, la Agencia se une a la gran mayoría de expertos medioambientales que pronostican que el continente estará –de hecho ya lo está en la actualidad– en la primera línea de los impactos del cambio climático, pese a su escasa aportación a las emisiones globales. Sus efectos repercutirán en el sector energético –influirán en todo, en realidad– y, por ejemplo, los cambios en los patrones de lluvia afectarán inevitablemente al sector hidroeléctrico.

Desde luego, ya sea la AIE, el Banco Mundial (BM) o la misma Unión Africana (UA), las grandes instituciones internacionales que se han pronunciado al respecto coinciden en que África necesitará una gran inversión en infraestructuras, mantenimiento y tecnologías si quiere aprovechar sus potencialidades energéticas. La cuestión no es tan sencilla como en ocasiones se presenta. La AIE reconoce que es un verdadero reto conseguir que los descubrimientos de gas y petróleo se conviertan en productivos y generen ingresos públicos. Luis González Reyes, de Ecologistas en Acción y coautor del libro En la espiral de la energía, ha estudiado las relaciones entre energía y economía y se muestra escéptico con las posibilidades que ofrece este desarrollo: “Las inversiones que se requieren son enormes, y las empresas del ramo, que serían las inversoras naturales, están fuertemente endeudadas, incluso más que la media de las grandes multinacionales. Además, su necesidad de dar fuertes dividendos les obliga a centrarse en una política a corto plazo más que en inversiones a futuro, que es lo que haría falta para rentabilizar los yacimientos”, afirma.

La recomendada financiación de proyectos mediante alianzas público-privadas es una solución que ofrece ciertos riesgos para los Estados africanos, que podrían acabar asumiendo deudas demasiado pesadas.

Un ejemplo elocuente de inversiones difícilmente amortizables son las que se dirigen a la energía nuclear. La AIE desprecia las posibilidades de que otros países africanos se sumen a Sudáfrica en la generación de energía con reactores nucleares, pese a que algunos como Kenia, Namibia, y Ghana sí lo han planteado. La inversión necesaria, unida al desarrollo de marcos regulatorios y técnicos, complican su progresión. En relación con Sudáfrica, que anunció recientemente nuevos acuerdos nucleares, Michael O’Brien, director de Greenpeace África, se preguntaba en diciembre de 2014, en las páginas de New African, “¿Por qué se querría gastar tanto dinero, habiendo además incurrido en déficit presupuestario durante los últimos cinco años, en un sistema de energía como el nuclear en el que, incluso si usas los reactores desde el principio, vas a obtener tu primer vatio de energía dentro de 10 o 15 años, y eso en el caso de que se cumplan los plazos?”. O’Brien afirmaba que el interés de algunos países africanos en la energía nuclear no tiene nada que ver con necesidades técnicas, sino con intereses corporativos en combinación con modelos de gobierno corruptos.

En todo caso, más allá de la capacidad de inversión que puedan absorber los sistemas de generación de energía africanos, es importante prestar atención a qué y a dónde se dedica esta energía. El informe de la AIE ofrece un dato revelador: dos de cada tres euros se destinan a proyectos cuyo fin último es la exportación. Se trata de un hecho significativo que ilustra bien el papel que aún hoy juega África como fuente de materias primas –energía en este caso– y no como un espacio para su procesamiento o consumo. Según González Reyes, esto ocurre desde hace siglos y no parece que se pueda revertir en breve. El ejemplo de Nigeria es paradigmático ya que, a pesar de sus grandes reservas de hidrocarburos y de su crecimiento macroeconómico, mantiene a gran parte de su población en condiciones míseras y con lugares como el Delta del Níger gravemente contaminados.

Pie de foto: Un hombre marcha, el pasado 14 de mayo, contra el proveedor de energía sudafricano ESKOM por cortes en el suministro.

Recomendaciones para el futuro

El exhaustivo análisis de la AIE sobre la energía en el continente establece una serie de recomendaciones orientadas a impulsar la economía. No en vano, las empresas africanas identifican, según la Agencia, que la poca fiabilidad de los suministros es el mayor obstáculo para el crecimiento de sus negocios, más allá del acceso a financiación, la corrupción o la burocracia.

El sector energético subsahariano debería recibir, según la AIE, más de 355.000 millones de euros, además de aumentar la cooperación regional y mejorar la gestión tanto de los recursos como de los beneficios. En este sentido, es clave que las ganancias fiscales se utilicen productivamente y para mejorar las deficiencias de las infraestructuras esenciales. La corrupción vinculada al petróleo y afines es hoy una desgracia ampliamente documentada en los países con más recursos.

La AIE subraya la importancia de la reducción de riesgos que deben afrontar los inversores para que sus proyectos sean más competitivos que en otras partes del mundo. Haría falta saber si esta limitación del riesgo de pérdidas no se traducirá en deudas asumidas por los ciudadanos a través de Estados poco responsables. “Yo creo que lo que África debería hacer es apostar por la soberanía energética”, opina González Reyes.

La AIE es consciente de que el suministro en las zonas rurales tendrá que desarrollarse a través de pequeñas redes que operen fuera del sistema eléctrico. Invertir en ellas será fundamental para reducir la brecha entre las muy numerosas comunidades rurales y las ciudades. Es un hecho, además, que la tradicional energía centralizada es cara y difícil de mantener en territorios como los africanos, con enormes distancias entre poblaciones generalmente mal comunicadas. Las energías renovables –solar y eólica, fundamentalmente– se adaptan a estas circunstancias con costes de mantenimiento relativamente bajos.

La energía, por sectores

Bioenergía

La leña y el carbón vegetal son las fuentes de energía más usadas en África. A medida que suben los ingresos desciende su utilización, pero lo hace lentamente. En todo caso, no se espera que su uso vaya a declinar en las próximas décadas y será difícil la promoción de una gestión más sostenible de los bosques.

Hidrocarburos (petróleo y gas)

A pesar de los recientes descubrimientos –muchos de ellos en el mar y por tanto más difíciles de obtener– se requerirán grandes cantidades de capital e infraestructuras para hacerlos productivos. África subsahariana es un significativo exportador de crudo, pero las variaciones en su precio se han dejado sentir en los países más ricos en este recurso. La AIE prevé que la extracción comenzará a decaer en unos años (2020 será el pico histórico), al tiempo que aumentará la demanda interior.

Carbón

Su principal productor, Sudáfrica, intenta reducir su dependencia, pero aún es relativamente barato en un contexto en el que las tarifas eléctricas son caras. Las minas más accesibles, cercanas a Johannesburgo, comienzan a agotarse y el cambio climático –muy relacionado con las emisiones que libera el carbón– ya traspasó el umbral de la puerta. En 2040 el petróleo habrá adelantado al carbón como segundo combustible más utilizado en África subsahariana.

Nuclear

Tres de las diez grandes reservas mundiales de uranio están en África subsahariana. Varios países quieren aventurarse, siguiendo a Sudáfrica, en la energía nuclear, pero las inversiones que demanda, en un marco de menor crédito disponible, complican su desarrollo.

Renovables

Son las energías de las que todo el mundo habla por su potencial y pertinencia. África disfruta de gigantescas posibilidades entre hidroeléctrica, solar, geotérmica y eólica. Se están planteando grandes infraestructuras para la primera de ellas, no exentas de problemas, ya que requieren desplazar comunidades y reducir, en ocasiones, la disponibilidad del agua para otros usos como el agrícola. En el oriente despunta la geotermia, sobre todo en Kenia y en Etiopía. En cuanto a la energía solar, hay planes para grandes proyectos, pero es más competitiva fuera de red o en pequeñas redes, donde es la principal alternativa al diésel o la gasolina. En gran parte del continente disfrutan de más de 320 días de sol al año.

África subsahariana comienza a desarrollar sus grandes recursos en energías limpias. De hecho, la AIE espera que la mitad del crecimiento de la generación eléctrica en 2040 vendrá de las renovables. Sin embargo, autores como González Reyes dudan de que se llegue a producir una transición basada en las tecnologías actuales, teniendo en cuenta que para su implantación se requiere mucho petróleo de extracción barata, necesario para poder realizar desde los muros de las presas a la construcción de los molinos. En este contexto, la propia AIE predice ya un descenso de la extracción del crudo a pocos años vista. “Habrá transición hacia las renovables, pero en formatos tecnológicos más sencillos y de menor potencia que los actuales”, concluye González Reyes.

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