Gustavo de Arístegui: Análisis geopolítico 6 de febrero

A continuación, se presenta el análisis de la actualidad global, estructurado en temas clave para una comprensión clara y directa, seguido de un resumen de la cobertura en los principales medios de comunicación

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  1. Introducción
  2. EE. UU.-Irán: Omán, negociaciones bajo la amenaza de la fuerza
  3. Rusia-Ucrania-EE. UU. en Abu Dabi: intercambio de prisioneros y guerra por otros medios
  4. New START: la arquitectura de contención nuclear entra en zona de sombra
  5. Arabia Saudí-EAU: un divorcio anunciado que se libra sobre Yemen
  6. Groenlandia: consulados occidentales y despertar tardío en el Ártico
  7. Cuba: asfixia energética selectiva y ayuda condicionada
  8. Activismo de flotilla y extrema izquierda: el obsceno doble rasero moral
  9. Rusia: agresión, cinismo y guerra híbrida
  10. Rack de medios
  11. Comentario editorial

Introducción

La jornada del 6 de febrero de 2026 concentra, como en un prisma, las grandes tensiones del sistema internacional: un Irán terrorista obligado a negociar en Omán por puro miedo a la fuerza estadounidense; una Rusia que intenta blindar sus anexiones ilegales mientras se sienta en Abu Dabi a hablar de “paz”; una arquitectura de control de armas nucleares al borde del vacío con el vencimiento de New START; un Golfo fracturado por el divorcio saudí‑emiratí que desangra Yemen; un Ártico que deja de ser periferia para convertirse en tablero central; y un cerco económico cada vez más sofisticado sobre el castrismo, orientado a estrangular al régimen sin abandonar al pueblo. 

Todo ello se produce en un clima de degradación moral en el que la extrema izquierda y sus activistas de flotilla gritan contra Israel y “Occidente”, mientras guardan un silencio clamoroso ante la masacre de decenas de miles de iraníes a manos del régimen de los ayatolás y relativizan la agresión rusa a Ucrania. Ante este paisaje, la única posición intelectualmente honesta y estratégicamente sensata es una defensa firme de la democracia liberal, un atlantismo sin complejos, máxima dureza con el terrorismo yihadista y el expansionismo ruso‑iraní, y una crítica frontal a los extremismos y a la impostura moral de buena parte de la izquierda radical.   

EE. UU.-Irán: Omán, negociaciones bajo la amenaza de la fuerza

Hechos  

En Mascate, capital de Omán, se celebra la primera gran ronda de negociaciones de alto nivel entre Estados Unidos e Irán desde los ataques estadounidenses de junio de 2025 contra instalaciones nucleares iraníes. A la mesa se sientan el ministro iraní Abbas Araghchi y el enviado especial estadounidense Steve Witkoff, acompañado por Jared Kushner, con un formato inicialmente limitado al expediente nuclear que Teherán ha intentado blindar frente a cualquier discusión sobre misiles balísticos y proxies terroristas, pero que Washington y varios mediadores árabes han logrado ampliar. La reunión llega tras un enero marcado por la brutal represión del régimen de los ayatolás —con decenas de miles de muertos en las calles—, por incidentes militares como el derribo de un dron Shahed por un F‑35C estadounidense y por un despliegue significativo de medios norteamericanos en la región. La Administración Trump ha dejado claro que prefiere la diplomacia, pero mantiene todas las opciones militares sobre la mesa, y altos cargos del Tesoro hablan ya de élites iraníes “sacando el dinero del país” como ratas que abandonan un barco que se hunde.   

Implicaciones  

Irán no llega a Omán como un interlocutor “de igual a igual”, sino como un régimen terrorista acorralado que teme, con razón, un ataque selectivo capaz de desencadenar la implosión interna que tanto teme Jamenei. Intentó reducir las conversaciones a un mero ajuste técnico nuclear precisamente para evitar que se cuestionen los pilares de su poder: el programa de misiles, la red de Hizbollah, Hamas, hutíes y milicias chiíes en Irak y Siria, y su uso sistemático de la violencia teocrática contra su propio pueblo. La presencia de Kushner, arquitecto de los Acuerdos de Abraham, revela que Washington no está pensando solo en límites nucleares, sino en un eventual encaje regional que vincule la cuestión iraní con la seguridad de Israel y la normalización con el mundo árabe suní.   

Perspectivas y escenarios  

El escenario más probable en el corto plazo es un Irán que intenta ganar tiempo, ofrecer concesiones cosméticas y presentarse como víctima ante una izquierda occidental dispuesta a tragarse cualquier relato si va contra Washington e Israel. El único freno real al régimen sigue siendo la amenaza creíble de ataques quirúrgicos al corazón del aparato revolucionario y nuclear; si esa amenaza se diluye, Teherán volverá a las andadas. El mejor escenario pasa por un acuerdo extremadamente robusto en verificación, misiles y proxies, acompañado de presión interna y regional; el peor, por una escalada mal calculada que desembocara en un conflicto abierto en el que el verdadero perdedor, una vez más, sería el pueblo iraní y la estabilidad de todo Oriente Medio.   

El enviado especial de EE. UU. para Oriente Medio, Steve Witkoff, habla con Jared Kushner mientras esperan la llegada del presidente estadounidense Donald Trump al aeropuerto de Teterboro en Teterboro, Nueva Jersey, EE. UU., el 13 de julio de 2025 - REUTERS/ KEVIN LAMARQUE
El enviado especial de EE. UU. para Oriente Medio, Steve Witkoff, habla con Jared Kushner mientras esperan la llegada del presidente estadounidense Donald Trump al aeropuerto de Teterboro en Teterboro, Nueva Jersey, EE. UU., el 13 de julio de 2025 - REUTERS/ KEVIN LAMARQUE

Rusia-Ucrania-EE. UU. en Abu Dabi: intercambio de prisioneros y guerra por otros medios

Hechos  

En Abu Dabi ha concluido la segunda ronda de conversaciones entre Ucrania, Rusia y Estados Unidos con el primer intercambio de prisioneros en cinco meses, 314 combatientes en total, y el compromiso de seguir reuniéndose. A la mesa han acudido figuras de primer nivel de seguridad e inteligencia, lo que indica que no se trata de mera escenografía. Paralelamente, se reabre un canal de diálogo militar de alto nivel entre Washington y Moscú, mientras el Kremlin filtra nuevas demandas maximalistas —incluida la pretensión de que se reconozca su soberanía sobre territorios ilegalmente anexados— y lanza ataques masivos contra la red energética ucraniana justo en la víspera de las conversaciones.   

Implicaciones  

El intercambio de prisioneros es un alivio humano indiscutible, pero no debe nublar la realidad de fondo: Rusia utiliza la mesa de negociación para legitimar sus conquistas y ganar tiempo, no para corregir la agresión. Pretende convertir sus anexiones en un “hecho consumado” bendecido por la comunidad internacional, violando el principio básico de que la fuerza no da derecho a territorio. La reanudación del diálogo militar con Estados Unidos es positiva como mecanismo anti‑escalada, pero Moscú ya ha demostrado sobradamente que combina la diplomacia de salón con los misiles sobre infraestructuras civiles.   

Perspectivas y escenarios  

Para Ucrania, el riesgo es doble: ser empujada hacia un acuerdo que congele una ocupación inadmisible o quedar sola si parte de Occidente cede ante la fatiga y el chantaje energético. La única vía coherente con el derecho internacional y con un atlantismo serio es sostener a Kyiv política, militar y financieramente hasta que cualquier compromiso excluya la legitimación de anexiones y ofrezca garantías de seguridad reales. Cualquier “paz” que consagre la conquista rusa será un armisticio de camino a la próxima agresión, en Ucrania o en otro punto del flanco oriental.

Delegaciones de Estados Unidos, Rusia y Ucrania participan en la segunda ronda de conversaciones trilaterales en Abu Dabi, el 4 de febrero de 2026 - Emiratos Árabes Unidos del Ministerio de relaciones Exteriores/ via REUTERS
Delegaciones de Estados Unidos, Rusia y Ucrania participan en la segunda ronda de conversaciones trilaterales en Abu Dabi, el 4 de febrero de 2026 - Emiratos Árabes Unidos del Ministerio de relaciones Exteriores/ via REUTERS

New START: la arquitectura de contención nuclear entra en zona de sombra

Hechos  

Con la expiración de New START, el mundo se queda por primera vez en más de medio siglo sin un marco legal vinculante que limite los arsenales nucleares estratégicos de Estados Unidos y Rusia ni mecanismos sólidos de verificación recíproca. Moscú insinuó que podría seguir respetando de facto los límites si Washington hacía lo propio; la Casa Blanca, por su parte, ha hablado de la necesidad de un tratado “nuevo y mejor” que incluya a China.   

Implicaciones  

Sin techos ni inspecciones, crece el riesgo de malentendidos, sospechas y planes basados en el peor escenario posible. Nadie tiene interés económico real en una nueva carrera armamentista, pero la ausencia de reglas fomenta la tentación de desplegar más cabezas en sistemas ya existentes y de probar nuevos vectores. El mensaje a los Estados no nucleares es devastador: las potencias que predican contra la proliferación son incapaces de mantener sus propios compromisos de contención.   

Perspectivas y escenarios  

Un entendimiento informal que mantenga los límites mientras se negocia un acuerdo sucesor sería, hoy, el mal menor. Lo razonable, en clave realista, sería avanzar hacia un marco que incorpore a China y, con el tiempo, a otras potencias nucleares, sin permitir que Moscú use el dosier nuclear como palanca para que se le perdone Ucrania. Renunciar a todo límite, en cambio, nos devolvería a una lógica de “equilibrio del terror” mucho más compleja, con más actores, más tecnología y menos reflejos de contención que en la Guerra Fría.   

<p paraid="1752123622" paraeid="{10619cdb-999b-4dac-929f-c217e93b5f16}{6}">Misiles hipersónicos antibuque YJ-20 durante un desfile militar para conmemorar el 80 aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial, en Beijing, China, el 3 de septiembre de 2025 - REUTERS/ MAXIM SHEMETOV</p>
Misiles hipersónicos antibuque YJ-20 durante un desfile militar para conmemorar el 80 aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial, en Beijing, China, el 3 de septiembre de 2025 - REUTERS/ MAXIM SHEMETOV

Arabia Saudí-EAU: un divorcio anunciado que se libra sobre Yemen

Hechos  

Riad y Abu Dabi escenifican ya sin tapujos una rivalidad profunda por el control del sur de Yemen y por la forma de gestionar el vecindario del Mar Rojo y el Cuerno de África. Arabia Saudí acusa a los Emiratos de armar y respaldar a fuerzas secesionistas que amenazan su seguridad fronteriza; EAU replica retirando unidades de contraterrorismo y defendiendo su red de aliados locales. La disputa se prolonga en Sudán, Somalia y Libia, donde cada uno respalda actores distintos.   

Implicaciones  

Lo que durante años se vendió como una “pinza” unitaria frente a Irán y las primaveras árabes se revela ahora como lo que era: una convergencia táctica entre dos visiones muy diferentes del orden regional. Arabia Saudí, con una frontera de 1.800 km con Yemen, no puede aceptar un mini‑Estado armado y alineado con Abu Dabi en su flanco sur; EAU ha hecho de la política de proxies su forma de multiplicar influencia. El gran perdedor es Yemen, convertido en tablero de rivalidad intra‑Golfo además del enfrentamiento con los hutíes pro‑iraníes.   

Perspectivas y escenarios  

A corto plazo, es probable una rivalidad fría, sin choque directo, pero con guerras subsidiarias más cruentas en Yemen, Sudán y el Sahel. Para Occidente, el mensaje es claro: no se puede seguir externalizando la seguridad del Mar Rojo a actores que compiten entre sí sin exigir una hoja de ruta seria en materia de integridad territorial, lucha contra el yihadismo y contención de Irán. El riesgo es que la fractura del Golfo debilite aún más el frente común frente al expansionismo iraní y la penetración ruso‑china.   

El presidente francés, Emmanuel Macron, a la derecha, y el presidente de los Emiratos Árabes Unidos, el jeque Mohamed Bin Zayed - AP/THOMAS PADILLA
El presidente francés, Emmanuel Macron, a la derecha, y el presidente de los Emiratos Árabes Unidos, el jeque Mohamed Bin Zayed - AP/THOMAS PADILLA

Groenlandia: consulados occidentales y despertar tardío en el Ártico

Hechos  

Francia y Canadá inauguran consulados de carrera en Nuuk como gesto político inequívoco de respaldo a la soberanía danesa y al derecho de los groenlandeses a decidir su futuro, frente a las ambiciones abiertamente anexionistas que Trump ha expresado en varias ocasiones. La maniobra se suma a una presencia creciente de actores occidentales en la isla, mientras crece la preocupación por la competencia con Rusia y China en el Ártico.   

Implicaciones  

El paso francés y canadiense tiene valor de señal, pero llega tras décadas de negligencia europea en un territorio donde Moscú y Pekín han avanzado en infraestructuras, influencia económica y operaciones de desinformación. Si la UE se limita a clavar banderas y plantar consulados sin aportar seguridad, inversión seria y alternativas de desarrollo, volverá a perder frente a quienes no distinguen entre diplomacia, negocio y despliegue militar. Los groenlandeses tienen derecho a quejarse de los abusos del pasado danés, pero también a que se les diga la verdad: Rusia y China no vienen a “liberarles”, sino a explotar su posición y sus recursos.   

Perspectivas y escenarios  

Para Europa, Groenlandia es una prueba de madurez estratégica: o integra de verdad el Ártico en su pensamiento de seguridad, con presencia material y no solo retórica, o seguirá dependiendo de Estados Unidos incluso cuando Washington se muestre dispuesto a cruzar líneas rojas con aliados. Es el momento de respaldar sin ambigüedades la soberanía danesa y, al mismo tiempo, escuchar y acompañar las legítimas aspiraciones de autonomía groenlandesa frente al oportunismo de terceros.   

Las escasas poblaciones de Groenlandia están en la costa y separadas cientos de kilómetros entre sí. La más cercana a la base es Qaanaaq, de unos 600 habitantes que dista 104 kilómetros - PHOTO/Wikipedia dominio público 
Las escasas poblaciones de Groenlandia están en la costa y separadas cientos de kilómetros entre sí. La más cercana a la base es Qaanaaq, de unos 600 habitantes que dista 104 kilómetros - PHOTO/Wikipedia dominio público 

Cuba: asfixia energética selectiva y ayuda condicionada

Hechos  

Washington ha endurecido su cerco al régimen castrista combinando un embargo energético cada vez más estricto —incluyendo presión sobre terceros países que suministran petróleo— con paquetes de ayuda humanitaria dirigidos al pueblo cubano. La idea central es clara: cortar el oxígeno económico al aparato mafioso‑militar que gobierna la isla y, a la vez, mitigar el impacto sobre la población más vulnerable. Mientras tanto, México busca fórmulas para seguir enviando combustible sin exponerse a represalias comerciales de Estados Unidos.   

Implicaciones  

Utilizar el petróleo como palanca contra una dictadura que ha vivido décadas de renta ideológica y de transferencias de sus aliados es una estrategia legítima si se orienta a acelerar la caída del régimen y no a eternizar su victimismo. El castrismo, heredero directo de una casta militar‑partidaria, ha convertido a Cuba en un laboratorio de control social y en plataforma de exportación de represión hacia Venezuela y Nicaragua; no merece contemplaciones. Que el gobierno de Sheinbaum dedique más energía a mantener con vida al castrismo y a sus aliados del mar de fondo bolivariano que a recuperar territorios mexicanos capturados por los cárteles es, sencillamente, una aberración política y moral.   

Perspectivas y escenarios  

Si la combinación de embargo energético y ayuda dirigida se gestiona con inteligencia, coordinación con aliados y canales limpios hacia la sociedad civil, puede acelerar la descomposición del régimen sin provocar un colapso humanitario incontrolable. El riesgo está en que terceros países se presten a hacer de salvavidas del castrismo por afinidad ideológica, debilitando la presión y alargando la agonía de un sistema agotado. La opción coherente con un atlantismo firme es clara: ni un respiro político ni económico al castrismo mientras no haya transición real.   

Un automóvil viaja en La Habana después de que el presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, anunciara que su gobierno implementaría un plan para enfrentar la escasez de combustible a medida que Estados Unidos se mueve para bloquear el suministro de petróleo, en La Habana, Cuba, 5 de febrero de 2026 - REUTERS/ NORLYS PEREZ
Un automóvil viaja en La Habana después de que el presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, anunciara que su gobierno implementaría un plan para enfrentar la escasez de combustible a medida que Estados Unidos se mueve para bloquear el suministro de petróleo, en La Habana, Cuba, 5 de febrero de 2026 - REUTERS/ NORLYS PEREZ

Activismo de flotilla y extrema izquierda: el obsceno doble rasero moral

Hechos  

Una nueva flotilla “solidaria” se organiza para intentar romper el cerco de seguridad en torno a Gaza, con el apoyo entusiasta de la galaxia de la extrema izquierda occidental, viejas y nuevas ONG militantes y los habituales “activistas” profesionales. Los mismos entornos que se movilizan con entusiasmo para este tipo de gestas mediáticas guardan silencio ensordecedor frente a la masacre sistemática de iraníes en las calles de Teherán, frente a las ejecuciones masivas, la tortura y la represión del régimen de los ayatolás.   

Implicaciones  

La obscenidad moral de esta izquierda radical histriónica y exhibicionista es difícil de exagerar: convierten la causa palestina en un escenario para su narcisismo político, pero no gastan una pancarta por las mujeres iraníes asesinadas, por los disidentes colgados de las grúas o por los estudiantes torturados. No son “pacifistas”; son militantes selectivos, obsesionados con demonizar a Israel y a Occidente mientras encuentran excusas o se limitan a mirar hacia otro lado ante la barbarie yihadista. Ese doble rasero no solo insulta a las víctimas del régimen iraní; también perjudica a los propios palestinos, porque reduce su tragedia a munición en la guerra cultural contra las democracias liberales.   

Perspectivas y escenarios  

Hay que decirlo con claridad: quienes se suben a estas flotillas de pacotilla, mientras callan ante la teocracia asesina de Teherán y ante el terror de Hamas, no están del lado de los derechos humanos, sino del lado de una narrativa ideológica que selecciona víctimas por conveniencia. Las democracias serias deben recuperar el relato: defender sin complejos la seguridad de Israel, la dignidad de los civiles palestinos y los derechos de los iraníes, y señalar el chantaje emocional y la impostura de una extrema izquierda que ha perdido cualquier brújula moral.   

Un buque de la Armada israelí llega al puerto de Ashdod, después de que Israel interceptara algunos de los buques de la Flotilla Global Sumud que pretendían llegar a Gaza y romper el bloqueo naval de Israel, en el sur de Israel, el 2 de octubre de 2025 - REUTERS/ AMMAR AWAD
Un buque de la Armada israelí llega al puerto de Ashdod, después de que Israel interceptara algunos de los buques de la Flotilla Global Sumud que pretendían llegar a Gaza y romper el bloqueo naval de Israel, en el sur de Israel, el 2 de octubre de 2025 - REUTERS/ AMMAR AWAD

Rusia: agresión, cinismo y guerra híbrida

Hechos  

Mientras negocia en Abu Dabi, el Kremlin continúa atacando infraestructuras civiles ucranianas, operando campañas de ciberataques y desinformación contra países europeos —incluida Italia— y tratando de explotar cada fisura en el frente occidental. La máquina propagandística rusa vende las conversaciones como reconocimiento de sus “nuevas realidades territoriales” y presenta a Ucrania como responsable de cualquier bloqueo.   

Implicaciones  

Rusia no es un “interlocutor difícil”; es hoy un agresor sistemático que combina guerra convencional, terror energético, ciberataques y manipulación informativa para desestabilizar democracias y erosionar el orden liberal. Quien siga hablando de “errores por ambas partes” o de “comprender las preocupaciones de seguridad” de Moscú, mientras hay ciudades ucranianas bombardeadas y millones de desplazados, participa objetivamente de esa campaña de blanqueamiento. Putin pretende demostrar que se puede invadir, anexar, deportar niños y luego exigir que se le trate como garante de la estabilidad.   

Perspectivas y escenarios  

La respuesta occidental debe seguir siendo mucho más dura: sanciones afiladas, apoyo militar sostenido a Ucrania, refuerzo del flanco oriental y combate sin complejos a la propaganda rusa en redes, medios y foros internacionales. Cualquier gesto de debilidad será leído en el Kremlin como invitación a seguir avanzando. La lección de Georgia, Crimea y el Donbás es clara: cuando se concede a Moscú una esfera de impunidad, la utiliza hasta el límite.   

Los bomberos trabajan en el sitio de una empresa industrial afectada por ataques nocturnos de drones rusos, en medio del ataque de Rusia a Ucrania, en la región de Poltava, Ucrania, el 6 de febrero de 2026 - Servicio Estatal de Emergencias de Ucrania en la región de Poltava / via REUTERS
Los bomberos trabajan en el sitio de una empresa industrial afectada por ataques nocturnos de drones rusos, en medio del ataque de Rusia a Ucrania, en la región de Poltava, Ucrania, el 6 de febrero de 2026 - Servicio Estatal de Emergencias de Ucrania en la región de Poltava / via REUTERS

Rack de medios

La gran prensa estadounidense y europea se concentra en cuatro vectores: Omán (EE. UU.–Irán), Abu Dabi (Ucrania–Rusia–EE. UU.), el vacío de New START y el creciente choque Arabia Saudí–EAU en Yemen, con el Ártico y Groenlandia emergiendo como capítulo destacado.   

Los medios económicos subrayan el nerviosismo de los mercados por la combinación de riesgo geopolítico (Irán, Rusia) y fragilidad de la arquitectura de contención nuclear, mientras siguen digiriendo las turbulencias tecnológicas y las oscilaciones del Bitcoin como termómetro de confianza y de miedo.   

Los grandes medios europeos resaltan el paso francés en Nuuk como símbolo de un despertar ártico, pero aún se percibe más retórica que musculatura real en la respuesta de la UE.   

El ecosistema mediático ruso intenta presentar las negociaciones de Abu Dabi como una especie de Yalta invertida, donde se consagra una esfera de influencia rusa; la realidad sobre el terreno lo desmiente, pero la narrativa cala en sectores occidentales proclives al relativismo.   

La constelación mediática de la extrema izquierda y del wokismo se vuelca en las flotillas a Gaza y en el enésimo relato de Israel como villano absoluto, con un silencio casi total respecto a la represión iraní y a los crímenes rusos en Ucrania.   

Comentario editorial

Lo que las últimas veinticuatro horas ponen de manifiesto es una batalla abierta por el sentido común en política internacional. De un lado, regímenes como el iraní, el ruso o el castrismo, que viven de la violencia, la mentira y la exportación de inestabilidad; del otro, unas democracias europeas y americanas que vacilan entre la firmeza necesaria y la tentación del apaciguamiento, mientras sectores ensordecedoramente ruidosos de la extrema izquierda tratan de convertir cualquier crisis en una coartada para ajustar cuentas con su enemigo favorito: Occidente.   

No es casual que quienes se suben a las flotillas contra Israel callen ante las ejecuciones masivas en Irán, minimicen la agresión rusa a Ucrania o relativicen las dictaduras de Cuba y Venezuela. Su problema no es la injusticia; su problema es con la democracia liberal, con la economía de mercado, con la OTAN y con todo lo que representan. Por eso son indulgentes con los verdugos cuando no llevan corbata occidental, y despiadados con cualquier error —real o imaginario— de nuestras sociedades abiertas.   

Frente a esa impostura, la línea que defendemos es nítida: atlantismo de corazón, europeísmo convencido, defensa sin complejos de Israel y de las víctimas del yihadismo, rechazo frontal del narcosocialismo chavista y de sus aliados caribeños, firmeza absoluta ante el expansionismo ruso y la teocracia iraní, y cero tolerancia con el wokismo y la cultura de la cancelación que intentan desarmar moralmente a las democracias desde dentro. No se trata de idealizar a nadie —tampoco a Trump—, sino de reconocer que una política exterior realista y firme, que combine diplomacia robusta y capacidad de disuasión, ha logrado más avances concretos en menos de un año que décadas de buenismo.   

Si las democracias liberales quieren seguir siéndolo, necesitan recuperar el orgullo sereno de lo que son: sistemas imperfectos pero reformables, basados en la libertad, la igualdad ante la ley y la protección de los derechos fundamentales. Esa recuperación pasa por llamar a las cosas por su nombre —terrorismo, agresión, dictadura—, por no ceder el relato a la extrema izquierda ni a la extrema derecha, y por entender que en el poliedro de riesgos del siglo XXI no hay espacio para la ingenuidad. O se defiende activamente el orden liberal, o serán Moscú, Teherán, Pekín y La Habana los que escriban las reglas del juego. Y ese mundo sería, sin duda, mucho menos libre, menos próspero y mucho más peligroso.