El levantamiento en Irán entra en una fase crítica
La insurrección nacional en Irán ha entrado en una fase decisiva y sangrienta. Lo que comenzó como protestas masivas contra el colapso económico y la represión política se ha transformado rápidamente en uno de los enfrentamientos más violentos entre la población y la teocracia gobernante en décadas
En los últimos días, el régimen ha abandonado cualquier apariencia de contención, desatando una fuerza letal a una escala que revela miedo más que fortaleza.
En tan solo dos días, miles de manifestantes fueron masacrados, según información recopilada en hospitales, centros de medicina forense, testimonios presenciales y relatos de familias de todo el país.
Aunque el balance consolidado de víctimas mortales se anunciará más adelante, la brutalidad de este breve periodo por sí sola subraya la determinación del régimen de aplastar la insurrección a cualquier precio. Las calles, las morgues y los centros de detención se han convertido en escenarios de trauma colectivo, en particular para la juventud iraní, que constituye la columna vertebral de las protestas.
Junto a las matanzas, la represión ha alcanzado proporciones estremecedoras. Más de 50.000 personas han sido detenidas en todo el país desde el inicio del levantamiento, tras oleadas de redadas nocturnas en viviendas, lugares de trabajo y barrios enteros. Las detenciones suelen ser arbitrarias, y muchas personas son arrestadas simplemente por encontrarse en zonas de protesta. El propio poder judicial del régimen ya ha admitido en el pasado que decenas de miles fueron detenidos durante levantamientos anteriores, lo que refuerza la preocupación de que las cifras actuales puedan aumentar aún más. El acceso inter
nacional a las prisiones sigue bloqueado, lo que hace imposible cualquier verificación independiente.
A pesar de esta represión, la insurrección no ha retrocedido. Por el contrario, ha continuado expandiéndose tanto geográfica como políticamente. Un factor decisivo ha sido el papel de la Organización de los Muyahidines del Pueblo de Irán (OMPI o MEK) y su red nacional de Unidades de Resistencia. Estas unidades constituyen la única fuerza organizada sobre el terreno capaz de sostener las protestas en condiciones de violencia extrema, apagones de Internet y detenciones masivas. Lejos de ser espontánea o carente de liderazgo, la insurrección refleja años de organización clandestina, coordinación y preparación política.
Las Unidades de Resistencia han desempeñado un papel central en mantener vivas las protestas noche tras noche, romper el clima de miedo impuesto por el régimen y atacar símbolos de la represión. Sus actividades han permitido que las manifestaciones persistan incluso después de las masacres, transformando protestas aisladas en una revuelta nacional sostenida. Esta dimensión organizada explica por qué el régimen ha dedicado enormes recursos a demonizar al OMPI, al tiempo que intenta desviar la atención pública hacia falsas alternativas.
Una de esas maniobras de distracción ha sido la renovada promoción de narrativas monárquicas. Reza Pahlavi, hijo del depuesto Sha, ha estado realizando un intenso lobby en Washington, buscando el respaldo de Donald Trump y de su entorno político. Hasta ahora, estos esfuerzos no han producido ningún resultado tangible. Más importante aún, están completamente desconectados de la realidad dentro de Irán.
Para fabricar la ilusión de un apoyo monárquico, imágenes de protestas sin relación han sido manipuladas deliberadamente mediante la adición de audio, ediciones selectivas y subtítulos engañosos, con el fin de sugerir falsamente que las multitudes corean consignas a favor de Reza Pahlavi. Estas tácticas juegan directamente a favor de los mulás: buscan desanimar a los manifestantes, sembrar confusión y diluir la claridad de las reivindicaciones del levantamiento. Esto no es simplemente desinformación; es el robo de una insurrección. Resulta especialmente preocupante que muchos de estos vídeos manipulados hayan sido rastreados hasta Iran International, un canal satelital financiado por la familia real saudí, lo que plantea serias preguntas sobre agendas políticas impuestas desde el exterior a una revuelta popular.
La realidad sobre el terreno es inequívoca. Los miles de personas asesinadas eran, en su inmensa mayoría, jóvenes iraníes —estudiantes, trabajadores y titulados en paro— que han crecido bajo el dominio clerical y rechazan todas las formas de dictadura. Sus consignas no dejan lugar a dudas: se oponen tanto a la tiranía religiosa como a la autocracia monárquica. Lo que exigen es una república, basada en la soberanía popular, el pluralismo político y las libertades fundamentales. Los intentos de presentar la insurrección como una añoranza del Sha no solo son falsos, sino que constituyen un insulto a la memoria de quienes han pagado con su vida.
Irán se encuentra ahora en una encrucijada histórica. La magnitud de las matanzas, las detenciones masivas y la persistencia de una resistencia organizada apuntan a una confrontación que no puede resolverse mediante la represión ni el engaño. Sea cual sea el desenlace inmediato, un hecho ya es evidente: esta insurrección no trata de reformar el sistema ni de restaurar el pasado. Se trata de poner fin a la dictadura en todas sus formas y de establecer una república democrática elegida por el propio pueblo iraní.
