Mali se debate entre Rusia y Estados Unidos para hacer frente a la ofensiva yihadista
El aislamiento regional de Mali sitúa al país a merced de los yihadistas, mientras Rusia y Estados Unidos buscan el dominio del Sahel
- Salida de Francia
- Aislamiento internacional
- Estrategia de bloqueo económico
- Estados Unidos entra en escena
La complicada situación en la que se encuentra Mali constituye un fiel reflejo de la inestabilidad que vive la región africana del Sahel, escenario de violentos enfrentamientos desde hace años. La ofensiva de las milicias yihadistas del Grupo de Apoyo al Islam y a los Musulmanes (JNIM) y del Frente de Liberación de Macina, vinculados a Al Qaeda, amenaza seriamente a Mali y, por extensión, al resto del Sahel.
La situación no es nueva: Mali viene siendo un foco de inestabilidad desde comienzos de la década, desde que la junta militar liderada por Assimi Göita tomara el poder mediante un golpe de estado, en 2020.
Mali, un país de 24 millones de habitantes, sin salida al mar, sin reservas de hidrocarburos y con minas de oro situadas en la región fronteriza con Senegal, se ha convertido en una parte más del complicado tablero del Sahel, en el que se entremezclan los intereses de las grandes potencias.
Salida de Francia
Para entender lo que está sucediendo en la actualidad, hay que repasar lo que ha sucedido en el país durante los últimos años. Tras la llegada al poder de la junta militar comenzó un proceso de autoaislamiento por parte de Mali que ha llevado al país a su situación actual, a merced de los yihadistas.
La lucha contra el terrorismo yihadista recayó durante los últimos años en las Fuerzas Armadas francesas, con el apoyo militar de sus aliados entre los países del Sahel. Una ofensiva que se inició en 2014, con el nombre de Operación Barkhane, dirigida por el general de división Bruno Guibert y representada en Mali por el coronel Jean-Bruno Despouys.
Sin embargo, las disensiones con Francia tras el golpe de estado de Mali provocaron que, en febrero de 2022, los franceses anunciaran la retirada de sus tropas, que se hizo efectiva a partir de agosto de ese año. En noviembre de 2022, el presidente francés Emmanuel Macron anunció el fin de la Operación Barkhane en el Sahel.
No solo eso: en diciembre de 2023 también abandonó Mali la Misión Multidimensional Integrada de Estabilización de las Naciones Unidas en Mali (Minusma), que estaba en el país desde 2013. Y el régimen de Göita incidió en el aislamiento regional, al salirse del G-5 Sahel y de la Comunidad Económica de los Estados de África Occidental.
Aislamiento internacional
Este aislamiento internacional propiciado por el propio régimen militar de Mali se le ha vuelto en contra, ya que carece de aliados en la región a los que acudir ante el avance de los yihadistas.
El apoyo de Rusia, escenificado en el grupo de mercenarios Afrika Corps, sucesores del Grupo Wagner y controlados directamente por el Ministerio de Defensa de Mali, es lo único que les sostiene ante el avance de los grupos afines a Al Qaeda. Pero es difícil que estos alrededor de 3.000 mercenarios puedan reemplazar de forma satisfactoria a los más de 15.000 efectivos que desplegaron los franceses durante la Operación Barkhane.
Unos mercenarios que, además, están más pendientes de controlar las minas de oro del complejo de Loulo-Gounkoto, fronterizo con Senegal, que de hacer frente a la amenaza yihadista, que busca controlar la región e instaurar un pseudocalifato, como ya hicieron en partes de Irak y Siria en 2014.
Estrategia de bloqueo económico
Los grupos yihadistas que operan en Mali siguen una clara estrategia de ahogamiento económico. El país, sin salida directa al Atlántico ni reservas energéticas propias, depende de la importación de combustibles por carretera desde países vecinos como Senegal o Costa de Marfil.
Por tanto, la ofensiva yihadista se centra en cortar las comunicaciones por carretera con los países que aprovisionan a Mali de combustible, provocando un ahogamiento de la actividad económica que ni siquiera el apoyo de Rusia, en combustibles y armamento, está logrando superar.
La situación se complica aún más por las disensiones internas en el seno de la junta militar, que han provocado la salía, el mes pasado, de una serie de altos cargos, entre los que se encontraba el jefe del Estado Mayor.
El avance de los yihadistas y el bloqueo económico han provocado que varios países hayan solicitado a sus ciudadanos que abandonen Mali, y que importantes empresas logísticas como la francesa CGM CMA o la multinacional MSC se planteen abandonar sus actividades económicas en un país que cada vez es más inseguro.
Desde Francia, las informaciones periodísticas apuntan a la inminente caída de la capital de Mali, Bamako, en manos de los yihadistas. Aunque sobre el terreno, otros medios apuntan que desde Francia se está ofreciendo una imagen mucho más negativa que la real sobre la situación de Mali. Una visión que podría tener su explicación en el cada vez mayor enfrentamiento entre el país africano y Francia: la junta militar decidió cortar la cooperación antiterrorista con Francia y expulsar a varios diplomáticos franceses de su territorio.
Estados Unidos entra en escena
Por su parte, y dentro de su política de intervención en los conflictos armados allá donde se produzcan, la Administración Trump también quiere hacerse presente en el Sahel y, concretamente en Mali.
El subsecretario de Estado estadounidense, Christopher Landau, habló recientemente con el ministro de exteriores de Mali para tratar temas de seguridad y felicitó a las fuerzas armadas del país “por su lucha contra los militantes extremistas”.
El apoyo de Estados Unidos a la junta militar, obviando cuestiones como su legitimidad en el poder, el respeto a la democracia o a los derechos humanos, forma parte de la estrategia de pragmatismo implantada por el presidente estadounidense para recuperar el espacio perdido en el Sahel frente a Rusia, tras la salida de Francia del escenario.