El conflicto bélico ha ido evolucionando de tal manera que los cálculos más optimistas hablan ya de su prolongación hasta verano de 2023 o incluso comienzos de 2024

Primer aniversario de la guerra de Ucrania: la victoria imposible

AP/VADIM GHIRDA - Un hombre y un niño en bicicleta se encuentran con el cuerpo de un civil tirado en una calle en el suburbio de Bucha, Ucrania, anteriormente ocupado por Rusia, el sábado 2 de abril de 2022

Hace hoy un año nos despertábamos con la noticia del inicio de la invasión de Ucrania por parte de Rusia.

A pesar de los movimientos del Kremlin, de la inusual acumulación de fuerzas, municiones, equipos y pertrechos de todo tipo, no fueron pocos los analistas que negaron la posibilidad de una agresión armada, más bien fue una gran mayoría la que no dio credibilidad a esa opción, quiero pensar que llevados por ese “wishful thinking” que a todos alguna vez nos hace confundir nuestros deseos con la realidad.

El problema surge cuando algunos de los que negaban las intenciones de Rusia, después de ver cómo sus tropas entraban en Ucrania, pasaron a justificar la agresión culpando al país agredido de provocar la situación y no dejar a Putin otra salida. Podemos utilizar el símil de: “La culpa es de ella por llevar la falda muy corta”. Pero bueno, esa es otra historia. La realidad es que doce meses después estamos inmersos en una guerra cuyo fin no se adivina cercano.

Para describir la situación un año después de desatadas las hostilidades hemos de remitirnos a uno de nuestros artículos anteriores, cuyo título era “Una victoria imposible”. Porque hoy más que nunca se constata esa afirmación. Y esta se sustenta en que ninguno de los dos países en liza puede alcanzar lo que ellos mismos han declarado que son sus objetivos estratégicos. Este hecho en sí mismo, el de proclamar a los cuatro vientos los objetivos finales y sus “líneas rojas”, puede ser considerado un error, pues es una forma de auto obligarse a alcanzar unas metas que tal vez sean imposibles. Pero esta conclusión, a la que también llegamos tiempo atrás, nos dirige inexorablemente a una pregunta: ¿entonces, a dónde nos lleva esta guerra?

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La respuesta no es fácil, pues si algo hemos aprendido durante este último año es que todo puede cambiar mucho más rápidamente de lo que imaginamos. Pero sí podemos tratar de esbozar algún escenario posible que no se alejará mucho de la realidad.

El conflicto ha ido evolucionando de tal manera que los cálculos más optimistas hablan ya de su prolongación hasta verano de 2023 o incluso comienzos de 2024. Lo que inicialmente se planteó por parte de Rusia como una “Operación Militar Especial” rápida y corta en el tiempo se ha transformado en una guerra que como poco va a durar casi dos años.

Evidentemente este primer error de cálculo de Moscú le va a suponer unos costes en todos los sentidos que a día de hoy pocos pueden imaginar. El fracaso de estos primeros planes no es solo achacable a un deficiente planeamiento y ejecución de las operaciones, sino a un exceso de confianza. Y desde luego es atribuible a la valentía y arrojo de los ucranianos que, durante las primeras semanas de la guerra, con sólo sus propios medios y una ayuda exterior muy escasa lograron frenar el avance de las tropas rusas en diversos frentes, especialmente en dirección a Kiev, con todo el simbolismo que ello conlleva.

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Se ha de señalar que, en los primeros compases de la invasión, la ayuda occidental a Kiev fue tímida y escasa, con honrosas excepciones. En esa primera fase de la guerra primaba la incertidumbre y la prudencia por el temor a la posible reacción rusa. La agresividad de su dialéctica y las continuas referencias a líneas rojas frenaron el apoyo de Occidente, especialmente cuando Moscú hizo mención expresa a la amenaza nuclear. 

Hoy día nos parece un hecho lejano y casi olvidado, pero durante un tiempo la carta nuclear estuvo sobre la mesa, y casi ningún analista se atrevía a descartar el uso de esta por parte de Moscú. Incluso se detectaron movimientos dentro de la propia Rusia que parecían indicar que se estaban preparando para ello.

Pero como ha sucedido durante todo este año, esa amenaza se fue diluyendo junto con las supuestas líneas rojas establecidas por el Kremlin. Tanto esa como el tabú de los ataques sobre Crimea o incluso sobre suelo ruso han sido superados, al igual que el temor a no disponer del gas ruso, algo que se asumió y se dio por descontado allá por el mes de septiembre. 

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Se puede considerar que tanto el momento de la aceptación de que Europa no dispondría del gas ruso para pasar el invierno, como la desaparición de la amenaza nuclear son los hitos que han marcado la posición y acciones de occidente. Fue precisamente ese momento, cuando se tuvo consciencia de que la baza nuclear había salido de la ecuación (algo en lo que China tuvo mucho que ver), el que ha determinado la naturaleza de la ayuda occidental. Tras unos momentos iniciales tibios, el cambio hacia el envío de material puramente defensivo, las declaraciones de que a pesar de sus peticiones “a Ucrania se le suministrará en cada momento la ayuda que se considere que necesita”, la llegada de los HIMARS… la falta de credibilidad de las amenazas rusas y su obstinación nos han llevado al punto en que por primera vez se ha puesto en marcha un plan para proporcionar a Ucrania material eminentemente ofensivo que le puede ayudar a recuperar, al menos en parte, el territorio perdido.

La evolución de la situación ha puesto a Rusia, o más concretamente a su dirección política, en una difícil posición en la no puede permitirse una retirada. Incluso aunque esta se produjera con cierta ganancia territorial, todo lo que no sea ocupar y controlar de facto los cuatro “oblast” anexionados mediante sendos referéndums de dudosa o nula legitimidad, sería considerado un absoluto fracaso y provocaría un terremoto interno de difícil gestión, pues todo el esfuerzo y el coste material y principalmente humano se entenderían como desmedido para lo logrado. Pero, por otro lado, también Occidente se ha estado desangrando y sufriendo las consecuencias de su ayuda a Ucrania, tanto en el plano económico como en el energético. Y, actualmente, viendo además la inmovilidad de Rusia en sus intenciones y postulados, que claramente podrían hacerse extensivos a otros territorios fuera de Ucrania como Moldavia u Osetia del Sur, la solución pasa únicamente por una derrota militar sin paliativos de Rusia. Una derrota que asegure que nada similar pueda volver a ocurrir durante décadas. Se da así la paradoja de que, si inicialmente esa era una de las intenciones de Rusia, degradar a Ucrania de tal modo que dejara de ser una amenaza, ahora las tornas han cambiado y es esa la forma en que afrontan este enfrentamiento las naciones europeas y EE. UU.

En cierto modo el conflicto se ha internacionalizado al menos en el plano de los intereses, y algo que se da por descontado es que ello provocará un conflicto largo en el tiempo.

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Esto, a pesar de todo, puede que forme parte también de la estrategia rusa, pues cuanto más se alargue el conflicto más probabilidad hay de que los movimientos sociales internos de los países occidentales favorables a Rusia (que los hay) o contrarios a asumir costes o sacrificios de ningún tipo por prestar ayuda a Ucrania aumenten en número y poder y puedan provocar desde situaciones de descontento social hasta cambios de gobierno. Esa baza es casi con seguridad una de las principales herramientas que aún le quedan a Rusia.

Aunque a ojos del gran público parezca lo contrario, las consecuencias para Rusia tras un año de guerra son extremadamente graves. Las bajas sufridas, teniendo en cuenta muertos y heridos pueden estimarse en más de 80.000. Las perdidas de material militar alcanzan a más de la mitad del total de los carros de combate modernos que se encontraban operativos al comienzo de la guerra, las de blindados se cuentan por miles, unidades de élite como las VDV han sido diezmadas. Tal es la situación que el Kremlin se vio obligado a ordenar una movilización forzosa de 300.000 hombres, y la tristemente famosa PMC “Wagner” ha tenido que recurrir a reclutar personal en las cárceles para poder reponer bajas. A lo anterior ha de unirse la pérdida reputacional de la industria militar rusa por el pobre desempeño de los equipos que fabricaba, algo que ya está afectando a las exportaciones de material, ya de por sí tocadas por las dificultades de acceder a ciertos componentes imprescindibles a causa de las sanciones. El efecto de estas, en el campo militar tiene su máximo ejemplo en la necesidad de acudir a Irán para adquirir sistemas que Rusia ya no puede fabricar.

En el plano económico es una realidad que las sanciones estaban mal diseñadas y que no han provocado el efecto deseado, o al menos con la inmediatez esperada y requerida. Pero poco a poco van mermando la capacidad económica de Rusia, llegando Putin a reconocer en su discurso de hace dos días un cierto decrecimiento económico. Por el momento, las ventas de petróleo y gas a países como China e India han paliado la situación, pero esa solución no es infinita en el tiempo y, por el contrario, lo que es una realidad es que Rusia ha perdido el mercado europeo, y no sólo para el gas, seguramente por décadas.

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El aislamiento internacional, a pesar de que hay quien lo niega por el apoyo que aun recibe de los “BRICS” y algunos otros países, es otro hecho. Y esos apoyos no dejan de ser poco más que algo simbólico, pues poco apoyo efectivo pueden proporcionarle. Se observa un interesante intento de acercamiento a la India, algo para tener en cuenta dada la rivalidad cada vez mayor de este país con China, que hasta ahora se pretende vender como el gran apoyo de Rusia, tal vez porque en el Kremlin comienzan a entender que el apoyo chino no es tal y que el gigante asiático está jugando a su propio juego, un juego en el que una Rusia lo suficientemente debilitada, que no desahuciada, sea la mejor opción para sus intereses.

La pérdida de control en sus áreas tradicionales de influencia es otro hecho indiscutible, y en el Cáucaso y Asia central hay movimientos que así lo corroboran. De hecho, podría decirse que la CSTO es una organización muerta de facto. Incluso Serbia está dando la espalda a Rusia centrada en su objetivo de pasar a formar parte de la UE.

Como vemos, la aventura ucraniana, por más que ciertos medios o elementos traten de vender lo contrario está siendo hasta ahora un absoluto fracaso para Rusia. Su narrativa y argumentario no se sostienen, y sólo ha logrado, por un lado, aumentar los kilómetros de frontera con países de la OTAN y una unidad en Occidente que hasta hace un año era poco menos que una ensoñación.

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Pero no nos equivoquemos; aún no se puede dar por vendida la piel del oso, y nunca mejor dicho. Rusia aún tiene cartas que jugar. Una de ellas, probablemente la más peligrosa al tiempo que lo más probable, es alargar el conflicto hasta la extenuación. A muy largo plazo esa situación jugaría en su favor y tendría efectos muy negativos en Europa, los cuales redundarían en una disminución de los apoyos a Ucrania, bien por falta de apoyo internos en las sociedades, bien por falta de capacidad. Esta opción sin embargo no está exenta de riesgos pues, aunque de momento no se contemple como factible esa prolongación en el tiempo del conflicto, también podría provocar una desconexión irreparable en el Kremlin y el pueblo ruso, llegando a un posible cambio de régimen. 

Al mismo tiempo, Rusia sigue teniendo capacidad para generar movimientos, no sólo en el interior de Europa sino en zonas como el Sahel (mediante la acción de sus activos de Wagner) que provoquen la desestabilización en el continente y obligue a atender frentes que ahora mismo están inactivos. Por otro lado, el Ártico sigue siendo una baza para Rusia. Y no solo porque puede llevar a cabo acciones unilaterales que sin ser una agresión a ninguna de las naciones árticas ponga a éstas en un aprieto, sino porque la posición y actitud de China muy probablemente tenga mucho que ver con el uso de la ruta del norte y el control o uso compartido de alguno de los puertos rusos en esa costa.

Cuando analizamos las posibilidades de Rusia no debemos centrarnos solo en el teatro de operaciones ucraniano. Moscú al igual que Occidente sabe que se está jugando mucho más y que sus mayores opciones de salir airosos se encuentran fuera de éste. Además, y, por último, se ha de mencionar otro factor clave: el factor del día después.

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La reconstrucción y la reparación de todos los daños y males causados por la guerra serán algo duro y costoso, especialmente para Ucrania, pues es su territorio el que está quedando devastado. Pero hay un elemento esencial, y es que Ucrania contará con el apoyo de todos los que ahora le han ayudado militarmente. La pregunta es: ¿quién ayudará a Rusia a recomponerse?

En definitiva, una intervención pensada para unos días o semanas ha llevado al mundo a una guerra mucho más larga, de final aún incierto y cuya evolución nos ha situado de nuevo en un enfrentamiento de bloques, de diferentes modos de entender la democracia, la sociedad y hasta la vida. Por el momento, sin que éste sea directo y de alta intensidad, no obstante, debemos estar atentos porque la situación puede cambiar sin que tengamos tiempo a darnos cuenta. 

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