Sunníes y chiíes en Arabia Saudí, una convivencia difícil

Alejandro Martín Iglesias

El clérigo Nimr al-Nimr fue ejecutado el pasado enero en Arabia Saudí. Era una de las voces más importantes de la comunidad chií en el país y uno de los principales críticos de la monarquía.

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Los chiíes de Arabia Saudí son tan sólo una pequeña parte de la población (del 10 al 15%), concentrada en la zona de Al-Ahsa, próxima geográficamente a Bahrein. Por sus creencias religiosas, han sido históricamente discriminados en su propia tierra por las autoridades en el ámbito educativo, laboral y judicial. También en lo que respecta a la libertad de culto. Las tensiones religiosas han generado, por lo tanto, tensiones políticas y graves conflictos que se han agravado desde el comienzo de las “primaveras árabes” de 2011. Éstas tuvieron su repercusión en las protestas bahreiníes, donde intervinieron fuerzas policiales saudíes, lo cual condujo a la solidarización de los chiíes de Al-Ahsa con este pequeño país vecino donde predomina esta confesión. El conflicto no tardó en exacerbarse y propagarse a tierras saudíes.

La ejecución de al-Nimr, sentenciado desde 2014 y acusado de delitos de terrorismo y conspiración, tuvo lugar junto con la de otras 46 personas, cuyos cargos eran muy similares. Desde que recibiera un disparo en una pierna durante las protestas, la popularidad del clérigo no había hecho más que aumentar entre los suyos, especialmente entre los más jóvenes. La reacción de la comunidad internacional ante lo que se ha considerado una acción injusta y arbitraria no se hizo esperar. Pero este acontecimiento tan sólo ha sido el último de una serie de hechos violentos relacionados con la población chií que se han vivido en el Reino del desierto durante los últimos años. Representa el fracaso de ambas confesiones para llegar a un entendimiento, así como un punto de inflexión en la guerra no tan soterrada que actualmente libran Riad y Teherán por la hegemonía ideológica y regional.

¿Ideologías irreconciliables o conflicto sectario?

Aunque haría falta acudir a los orígenes de la historia islámica para explicar el enfrentamiento entre las dos grandes ramas del islam, no hace falta ir muy atrás en el tiempo para conocer el caso saudí. La monarquía de Saud pudo ser fundada gracias a un pacto entre un poder político, representado por la dinastía regente, y un poder religioso, el de los ulemas adeptos a la corriente islámica wahabí. El wahabismo, como corriente rigorista y literalista del islam sunní que es, se muestra muy intolerante con otras ramas del islam y contraria a todo aquello que no comparta su visión monolítica de la religión. Y el islam chií es diametralmente opuesto a dicha visión.

El wahabismo asume un estricto tawhid, o monoteísmo, una creencia firme en que Dios es uno y nada es igual a él. Sin embargo, los chiíes adoran a santos y visitan las tumbas de los familiares de Mahoma en Medina, en busca de la intercesión ante Dios. Para el wahabismo, nada ni nadie puede interceder ante Dios en nombre de los hombres, por lo que los chiíes no son más que mushrikin, o politeístas. Los ulemas wahabíes han monopolizado desde siempre puestos privilegidos en la burocracia estatal y en los medios de comunicación, desde donde propagan sus mensajes discriminatorios al resto de la población. Sin embargo, la población chií saudí nunca ha tenido acceso a puestos de responsabilidad en la administración pública.

Entre la inclusión y el desapego

La difícil integración de la minoría chií en un proyecto nacional ha sido una cuestión candente desde el estallido de la revolución iraní en 1979. Desde entonces, las sospechas de afiliación trasnacional siempre han estado detrás de cualquier activismo político chií. Se les ha acusado de deslealtad al estado, de quintacolumnismo al servicio de Irán. Sin embargo, las orientaciones han sido diversas entre sus principales figuras. Hassan al-Saffar, religioso exiliado en 1979, apostó por una política conciliadora y de acercamiento a la autoridad. Para él, la cercanía con figuras tales como el ayatolá al-Sistani de Iraq no era incompatible con querer formar parte de la nacion saudí y respetar a sus autoridades. Por otra parte, la actitud de al-Nimr fue ambivalente. Combinaba unos discursos incendiarios con un firme rechazo a la idea de una “internacional” chií bajo bandera iraní. Su retórica podría considerarse populista. Encajaba en un papel de mártir, de representante de la gente común y de sus demandas sociales, muy común en la tradición chií.

Los monarcas saudíes, para nada ajenos a los problemas internos, también han puesto de su parte para mejorar la convivencia. Los reyes Fahd y Abdallah impulsaron reformas parciales y amnistías para presos durante los años noventa. Pero sus intentos no han mejorado sustancialmente la situación. La necesidad de un “contrato social”, en palabras del investigador Toby Jones, ha llevado a la monarquía a celebrar una serie de encuentros para crear un sentimiento nacional que englobe a toda la población, por encima de creencias y lealtades tribales. Se ha llegado a fijar un día nacional, y en los momentos de mayor relajamiento, incluso se ha permitido la conmemoración de la festividad chií de la ashura, así como cierta libertad de expresión en mezquitas y en publicaciones escritas, siempre bajo un estricto control. Sin embargo, esto ha provocado el enfado de las autoridades wahabíes.

Las contradicciones de la monarquía y el futuro de los chiíes saudíes

Oscilando entre la inclusión y la represión, la política saudí no parece encontrar una hoja de ruta a seguir. La necesidad de proporcionar una mayor libertad a un espectro de la población minoritario pero relevante, con tal de mantener la estabilidad y la paz dentro de sus fronteras, choca contra el importante apoyo oficialista que proporcionan las autoridades religiosas wahabíes, tan intolerantes como siempre frente a cualquier atisbo de islam que no siga las directrices de la ideología oficial.

Es difícil considerar a la población chií una amenaza directa para los monarcas, en tanto que sus protestas y cuestionamientos surgen más bien del descontento y de la frustración social, de reclamar unos derechos ciudadanos que deberían ser reconocidos y no lo son. Que tanto gobernantes como gobernados tengan en el fondo unos intereses comunes de convivencia estable constituye, por lo tanto, una situación paradójica. Sin embargo, poco es lo que parece saber un ciudadano de a pie sobre sus compatriotas chiíes, más allá de la visión negativa que de ellos ofrecen los medios.

Ante un panorama incierto para el país, es difícil saber si la política del rey Salman contribuirá a mejorar o a empeorar la situación, o si tal vez la ignorará en favor de otros asuntos considerados más acuciantes. Pero mientras la ideología wahabí continúe siendo un fundamento del estado, el cambio será muy difícil, por no decir imposible.

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