Opinión

Geopolítica de la ingratitud

Puesto fronterizo entre Argelia y Marruecos - PHOTO/FILE
photo_camera Puesto fronterizo entre Argelia y Marruecos - PHOTO/FILE

La deriva del poder político-militar, Tebboune-Chengriha, viene marcada desde la creación del país en 1962. Momento en el que Argelia, además de abrazar el comunismo, adoptaría la ideología de tabula rasa rindiendo culto a la ingratitud hacia Marruecos, quien tanto había sacrificado por la independencia.

Allá por 1884, el sultán Mulay Abderramán apoyaba incondicionalmente a Abdelkader, un insurrecto apodado el Emir quien luchaba contra la ocupación francesa acabando refugiándose en Marruecos. No contentos, los galos provocaron la Batalla de Isly. La derrota infligida conllevaría a la firma del Tratado de Maghnia (1845), por el cual Francia anexionaba territorios marroquíes a su Departamento argelino que, años después, ampliaría con la ocupación de áreas de Bechar, Tuat y Sáhara Oriental. Este debilitamiento del sultanato traería consigo, más tarde, el protectorado francés que compartiría luego con España cediéndole Río de Oro (Sakia al-Hamra), al sur de Tarfaya.

Pero el apoyo marroquí continuó con el difunto rey Mohamed V, quien rechazó en 1956 la oferta de Francia de devolver los territorios anexionados si dejara de apoyar al FLN (Frente de Liberación Nacional argelino), quienes tenían su cuartel general en la ciudad marroquí fronteriza de Oujda, disponiendo de armamento y de talleres de munición. Rechazada la propuesta, el difunto Hassan II, acordaría en julio de 1961 con el jefe provisional de la futura República de Argelia, Ferhat Abbas, su devolución cuando obtuviese la independencia. Mientras, De Gaulle aseguraba que “desde los inicios de los tiempos, nunca ha habido una entidad (política), ni una fuerte razón para la soberanía de Argelia”. De hecho, esta región beréber fue fenicia y romana en épocas remotas; también perteneció al imperio cherifiano de Marruecos, al imperio otomano y a Francia.

El rey Mohamed V (1957) y el rey Hassan II (1961), pronunciaron sendos discursos ante la Asamblea General de la ONU; y desde lo alto de la tribuna, defendieron la independencia de Argelia. Lo que contrasta con la intervención de Tebboune (19-09-23) quien, desde la misma tribuna, pedía amputar la soberanía del Reino de Marruecos sobre sus Provincias del Sur.

Es más, Marruecos, que había utilizado el fútbol para apoyar a Argelia, fue sancionado por la FIFA, en 1958, por haber disputado varios partidos con el FLN como muestra de su apoyo inquebrantable a la causa argelina; hoy este país lo utiliza para impedir la participación en la CAN 2022 cerrando su espacio aéreo a la selección marroquí. Por si fuera poco, en la reciente CAN 2024 de Costa de Marfil, los aficionados argelinos quemaron la camiseta del combinado marroquí, y celebraron masivamente en las calles de Argel su eliminación en los octavos. Lo curioso es que toda concentración humana había sido prohibida, desde hace años, por la dictadura militar argelina por miedo al Hirak. De hecho, ni siquiera se permitió la manifestación contra Israel por el genocidio de Gaza ni la celebración de su 5º aniversario de este 22 de febrero pasado.

Cabe señalar que en los inicios de la independencia argelina había una entente, Marruecos-Argelia, que auguraba un Magreb árabe unido y próspero, una vez expulsado el colonizador francés. Sin embargo, el giro se produjo con la marcha de Ferhat Abbas cuando vio a Ben Bela (quien declararía que las fronteras heredadas fueron un “regalo de Francia”) echarse a los brazos del Soviet y que, luego, el golpista Boumediane instalaría la casta de delincuentes que hoy gobierna un país convertido en el hazmerreír del mundo árabe.

El caso es que Marruecos todavía no ha recuperado sus territorios pese a la Guerra de las Arenas (1963) donde el Ejército argelino, apoyado por Egipto y Cuba, salió humillado en palabras del propio presidente al mando, y, posteriormente, de la boca del propio Boumediene y de Bouteflika, y lo demás es de mala novela de ficción. El Ejército marroquí llegó a 10 Km de Tinduf y, al norte, en posición avanzada de 80 km en dirección a Argel. Avance interrumpido por el alto el fuego firmado en Bamako, capital de Mali. País éste que acaba de romper sus relaciones con Argelia acusándola de promover el terrorismo en el Sahel.

La nefasta política diplomática argelina está provocando crisis geopolíticas con sus vecinos y más allá. Con Francia, permanentemente; con España, con los Emiratos Árabes Unidos (EAU), con Arabia Saudí que acaba de prohibir toda referencia al Sáhara Occidental como “marroquí”, así como todo mapa incompleto del Reino. La dictadura argelina está enemistada con todo el Sahel (unidos al proyecto transatlántico del rey Mohamed VI), Egipto, Libia, Congo, Sierra Leona, Costa de Marfil, Estados Unidos, etc.

Su manifiesta deslealtad al cerrar el gasoducto Magreb-Europa en medio de la guerra de Ucrania, sin ninguna razón económico-financiera, sino por odio al vecino, la dictadura argelina perdió, además de la confianza internacional, el gasoducto transafricano en favor de Marruecos. De hecho, la prensa argelina está ahora denostando Nigeria y el Níger y todo aquel que trate con Marruecos.

El país totaliza así un grave balance geopolítico que se resume en aislamiento regional, del mundo árabe, de la CEDEAO, de los países del Sahel, y hasta de sus propios aliados (Rusia y China) por su irrelevancia en la escena internacional. Hoy, Argelia se ha convertido en un ente desestabilizador del continente africano y al que nada aporta. Motivos suficientes por los que fue rechazado sin miramientos por el grupo de los BRICS, además de ser un país improductivo que sólo vive de las rentas del gas. 

Con una diplomacia arrastrada por los suelos, la mafia argelina se está preparando para más derrotas como la retirada del expediente del Sáhara de la IV Comisión de la ONU y la expulsión de la fantasmagórica república polisaria de la Unión Africana. Consciente de ello, está intentando sobrevivir a su propia catástrofe involucrando a Sudáfrica; país que, recientemente, ha puesto a De Mistura en un serio compromiso.

Sudáfrica es otro país desagradecido que, desde 2005, está yendo de la mano de la dictadura argelina. Está situado en el África austral y configurado por nueve provincias, una de ellas, Western Cape, con idioma aborigen el “Xhosa”, pide desde hace años referéndum para su independencia al igual que la Cabilia, ocupada por Argelia. Sudáfrica sufrió largos siglos de colonización europea que culminó con un férreo Apartheid y el encarcelamiento de Mandela, convirtiéndose más tarde, este último, en el primer presidente negro del país. En su primer aniversario, como presidente, Mandela resaltó en su discurso (1994) el apoyo incansable del difunto rey Hassan II a la causa anti-Apartheid, destacando su generosidad al armar y financiar a los combatientes sudafricanos y a quien consideró como uno de los “arquitectos del Ejército de Sudáfrica”. En palabras de Mandela, “Rabat fue la encrucijada de casi todos los movimientos de liberación del continente, Mozambique, Angola o Cabo Verde y Argelia”.

En la larga lucha por la independencia de Argelia, Marruecos utilizó todos los medios a su alcance. Fue su soporte político, financiero y militar que ya forma parte de la reciente historia de Argelia, por más que le pese a sus gobernantes, que insisten en olvidar lo mucho que le deben al gran Reino de Marruecos. No era necesario recordárselo, pero su enfermizo odio hacia Marruecos lo justifica con creces. Su ingratitud, huyendo hacia delante, ha llevado al país de crisis en crisis y de provocación en provocación, sumiéndolo en un caos permanente.

Todo aquel que siga su estela estaría abocado al cataclismo. Y, si alguien se cree que el país de los militares ha tocado fondo, se equivoca. Parafraseando la ingeniosa frase de la serie “La que se avecina” de Mediaset, yo diría que en el sótano de los fracasos de Argelia siempre hay una planta más hacia su autodestrucción.

Sabemos que el mundo está lleno de desagradecidos, pero nunca una ingratitud había condicionado la geopolítica regional y la gobernanza de un país incapaz de revertir su tragedia, invirtiendo en su industrialización con miras a lograr el desarrollo económico y la integración regional.