Opinión

Sahel: una nueva fase llena de dudas

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Este mes, Europa celebra seis meses desde el inicio de la guerra de Ucrania, sin saber cuándo terminará. Mientras esto ocurría, en África y más precisamente en el Sahel, la guerra contra el terrorismo que se vive allí entró en una nueva fase: el 15 de agosto Francia abandonó definitivamente Mali, recolocando sus fuerzas en la vecina Níger. Este gesto pone fin a nueve años de intervención francesa iniciada para prevenir la caída de Bamako en manos de los yihadistas a petición del gobierno maliense. Desde entonces la situación no ha mejorado, pues el yihadismo sigue presente en Mali, expandiéndose por la región dando signos de fuerza y resiliencia. Políticamente la misión ha tenido un coste, pues por mucho que París diga que relocaliza sus fuerzas, a nadie se le escapa el hecho de que salen expulsadas por la junta militar que rige Mali, aliada de Moscú y hostil a cualquier ayuda francesa y europea. De hecho, se puede argumentar que la intervención francesa en Mali ha sido un fracaso, pues no consiguió sus objetivos de acabar con la amenaza terrorista y estabilizar Mali. La relocalización de fuerzas a Níger reaviva temores sobre la posibilidad de que los yihadistas vuelvan a poner a Bamako contra las cuerdas.

Los temores aumentan cuando se tiene en cuenta que, a fecha de hoy, la inestabilidad en los dos países que más sufren la amenaza terrorista –Mali y Burkina Faso- la situación está empeorando con 4,817 muertos en ambos países entre enero y junio, convirtiendo este año en el más sangriento desde el 2013. En ambos países las filiales de Al-Qaeda JNIM y Ansarul Islam están expandiendo su área de operaciones hacia zonas más urbanas, atacando en Mali objetivos cercanos a la capital como la base militar de Kati residencia del presidente Assimi Goïta -a 15 kilómetros de la capital Bamako- y las bases militares de Kolokani y Douentza también próximas a la capital mientras que en Burkina Faso los terroristas, que controlan las zonas rurales de las regiones de Sahel y Centro Norte, fronterizas con Níger y Mali, aíslan las ciudades de dichas regiones además de destruir cualquier presencia estatal en la zona. Estas muestras de fuerzas por los grupos yihadistas indican con certeza que están explotando la retirada francesa para lanzar una ofensiva con el objetivo de desestabilizar a los gobiernos de ambos países, mal augurio para el futuro de la región.

Con este escenario, cabe preguntarse si es lógico la presencia francesa se mueva a Níger. Si bien es cierto que la frontera oeste de Níger -allí donde se une con Mali y Burkina Faso- es el epicentro de la lucha antiterrorista también lo es el hecho de que al contrario que Mali y Burkina Faso, la situación geográfica de Níger la aleja de los dos países antes descritos como epicentros de la lucha antiterrorista. Burkina Faso, donde como hemos descrito la situación está empeorando, está a caballo entre el Sahel y el África Occidental, limitando al sur con estados costeros como Costa de Marfil, Ghana, Benín y Togo. La llegada al poder de un grupo yihadista en Uagadugú supondría muy probablemente expandiría la amenaza yihadista hacia el Atlántico, poniendo en riesgo el tráfico marítimo en la zona. Habrá que ver cómo evoluciona la situación en lo que queda de año y el que viene para ver si la decisión de París de relocalizarse en Níger fue acertada. También habrá que ver la evolución de la situación en Mali y Burkina Faso, especialmente en el primero, donde la presencia de mercenarios rusos del Grupo Wagner se ha caracterizado más por sus atrocidades que por su eficacia a la hora de acabar con el yihadismo.

En conclusión, mientras la guerra de Ucrania continua en Europa, celebrando este mes seis meses desde su inicio, al sur del continente, en el Sahel, una nueva fase se abría en la lucha antiterrorista. Francia relocalizaba su presencia militar en Níger, dando fin así a nueve años de presencia en Mali. Tal acción se hace en un momento donde la amenaza antiterrorista en Mali y Burkina Faso está cobrando fuerza, con las filiales de Al Qaeda expandiendo sus operaciones hacia zonas urbanas y causando un gran número de bajas, muy probablemente orientadas a tomar el control de ambos países. En este aspecto, la relocalización a Níger del dispositivo militar francés puede cuestionarse, pues Níger no una posición geoestratégica tan importante en la lucha antiterrorista como Burkina Faso, limítrofe con el Sahel como con la costa atlántica africana. Una caída de Burkina Faso en manos de los yihadistas expandiría la amenaza terrorista hacia la costa, empeorando con ello la seguridad de la región. Lo que ocurra a lo largo del 2022 y el año que viene dirá si la decisión francesa fue acertada o no y si la amenaza terrorista se expande o no. Sólo entonces podremos evaluar si el Sahel seguirá siendo una amenaza a las puertas de Europa o no.