El Sáhara marroquí y la mala conciencia de la izquierda española
- Franco murió en su cama
- La izquierda huérfana del dictador
- España de rodillas frente a la dictadura marroquí!
Existen ciertos fenómenos relacionados con las dinámicas de conflictos de carácter político, que están tan profundamente impregnados de representaciones e posicionamientos irracionales –como lealtades fanáticas, odios proyectados o idealizaciones colectivas– que escapan por completo al análisis político puro y se vuelven difíciles de comprender sin recurrir al enfoque psicoanalítico, mediante conceptos precisos como las ensoñaciones, los fantasmas, la transferencia o la pulsión de muerte, que iluminan las dinámicas inconscientes del poder.
El concepto freudiano de transferencia psicológica parece en este sentido, perfectamente aplicable al campo político como espacio de lucha por el poder, en la medida en que permite comprender no solo la relación emocional y simbólica entre los líderes políticos y sus partidarios, sino también las dinámicas de miedo, odio e idealización entre el opresor y sus víctimas. Freud describió la transferencia como un desplazamiento inconsciente de sentimientos y deseos originalmente dirigidos hacia figuras parentales, hacia otra figura, aquí el líder político, que se convierte así en el objeto de identificaciones, proyecciones y emociones intensas por parte del grupo.
La transferencia constituye por tanto una dinámica psicológica inconsciente, en la que las emociones reprimidas ligadas a figuras pasadas (a menudo parentales) se desplazan hacia otra persona en el presente. Así, la transferencia consiste en un desplazamiento de antiguos sentimientos inconscientes de figuras pasadas hacia un nuevo objeto relacional, es decir, hacia una nueva persona en una relación específica. La dinámica de la transferencia funciona en este tipo de casos como una repetición inconsciente de esquemas relacionales antiguos, notablemente ligados a la familia, reproduciendo a nivel político conflictos emocionales (odio, lealtad, rivalidad). Esta dimensión psicoanalítica ayuda a analizar las luchas de poder no solo como juegos tácticos, sino como combates psíquicos en los que deseos inconscientes y mecanismos de defensa se expresan y se reescenifican en las masas y las élites.
Este concepto parece particularmente eficaz para aprehender un fenómeno singular ligado a las dinámicas del conflicto político, más precisamente cuando una entidad política pierde la ocasión de vencer o vengar a su opresor, mientras este desaparece en total impunidad, es ahí donde un proceso inconsciente de transferencia puede efectivamente producirse hacia un nuevo opresor fantaseado. En este caso, la entidad proyecta sobre este nuevo actor político las emociones, resentimientos y traumas no resueltos ligados al antiguo opresor.
Esta transferencia inconsciente actúa como una repetición psíquica, donde las heridas históricas y políticas no curadas se despliegan bajo forma de proyecciones sobre una nueva figura de autoridad. Esto puede generar dinámicas de miedo, desconfianza, e incluso resentimiento renovado, a menudo irracionales, alimentados por el trauma colectivo y la no resolución de la justicia. Este esquema psicoanalítico explica por qué ciertas sociedades o grupos políticos continúan viviendo conflictos y una hostilidad dirigida contra nuevos adversarios políticos, incluso si estos últimos no reproducen necesariamente los mismos actos que el antiguo opresor.
Este fenómeno también puede situarse en el marco del trauma político, donde la ausencia de reparación y de reconocimiento del pasado violento mantiene un estado de sufrimiento colectivo, reconstituyendo así un vivero emocional disponible para una transferencia sobre un nuevo “opresor”. Esta dinámica está ampliamente estudiada en las cuestiones de justicia transicional, memoria colectiva, trabajo de duelo político, o la mala conciencia ligada a una neurosis de angustia colectiva.
La izquierda española, en su relación ambivalente con Marruecos y la cuestión del Sáhara, ofrece un caso ejemplar de mala conciencia política resultante de una violencia interiorizada. Procedentes de una historia marcada por el fracaso en vencer plenamente al franquismo y en imponer una justicia completa sobre sus crímenes, algunas fuerzas de la izquierda viven esta impotencia como una deuda impagada, transformada en autoagresión psíquica, donde la culpa se vuelve contra sí misma.
El dictador Franco, cabe recordarlo, agonizaba tranquilamente cuando se produjo la Marcha Verde, Marruecos celebra la recuperación de sus provincias saharauis mientras el Caudillo deja una España traumatizada, y una democracia que se construye sobre una ley de amnistía donde los crímenes franquistas nunca serán juzgados. Alabargada por su mala conciencia interiorizada, la izquierda española produce en el corazón de su cultura política una carga insuperable de resentimiento y vergüenza, inmediatamente externalizada por un fervor catártico hacia el conflicto del Sáhara y una transferencia neurótica hacia el Reino de Marruecos.
Franco murió en su cama
La muerte del dictador Francisco Franco en su cama el 20 de noviembre de 1975, dejó una huella profunda en el imaginario político de la izquierda española pos-transición. Para numerosos militantes, sobre todo aquellos que padecieron su dictadura, esta muerte apacible suscitó un amargo sentimiento de decepción e injusticia, así como de impotencia y humillación. Que el dictador que gobernó España con puño de hierro durante casi cuatro décadas concluyera sus días en la serenidad de su cama, encarnó la más intolerable de las impunidades, particularmente para las víctimas de su régimen, que anhelaban un juicio o condena previos, en lugar de verle concluir en paz su existencia como Dios manda.
Para muchos que lucharon contra el régimen franquista, la forma en que Franco exhaló su último aliento —pese a abrir paso a la transición democrática— simbolizó el fracaso de la resistencia activa y la impotencia para enjuiciar los crímenes del franquismo. La muerte tranquila del Caudillo marcó el cierre de una era, pero dejó heridas abiertas y preguntas sin respuesta sobre la memoria histórica y la justicia en España.
A diferencia de numerosos dictadores del siglo XX que fueron derrocados, juzgados o ejecutados por revoluciones, invasiones o presiones populares —como Benito Mussolini, Adolf Hitler, Fulgencio Batista, Anastasio Somoza, Nicolae Ceaușescu, Manuel Noriega o Slobodan Milošević—, el dictador español pudo conservar el poder absoluto durante casi 40 años hasta su muerte plácida en su lecho tras una larga agonía, lo que constituyó para la izquierda española un choque traumático y frustrante que despertó sentimientos complejos de profunda decepción y ardiente deseo de venganza.
No olvidemos que, en el mismo mes de la muerte de Franco, tuvo lugar la Marcha Verde, tras la cual España se retiró del Sáhara Occidental. Estos dos eventos revistaron un significado particular en la cultura política de la izquierda española y marcaron profundamente su percepción del conflicto sahariano.
A partir de la segunda mitad de los años setenta, la izquierda española se encuentra atrapada en un maniqueísmo simplista que opone arbitrariamente dos momentos percibidos de manera trágica: la vulnerabilidad del régimen franquismo frente a la fuerza de la monarquía marroquí –el golpe magistral del Rey Hassan II y la lenta agonía del General Franco, la salida de España del Sáhara y la entrada de Marruecos, finalmente el fin de un siglo de lucha contra la dictadura y el inicio de una construcción retorica sobre la lucha armada por un Sahara libre !
La articulación, con un intervalo de dos semanas entre la Marcha Verde (6 de noviembre de 1975) y la muerte de Franco (20 de noviembre de 1975), fue vivida en el imaginario político español como un momento clave trágico casi mítico, en el que se cierra de manera amnésica el ciclo franquista mientras se abre una nueva escena histórica doblemente centrada en la transición democrática, así como en la redefinición de las relaciones con Marruecos y la cuestión del Sáhara.
La coincidencia temporal de estos dos eventos mayores contribuirá en efecto a forjar un verdadero paradigma fundador para la izquierda española pos-transición, estructurado en torno a tres elementos interdependientes: el descubrimiento de un pueblo saharaui (nunca mencionado en los archivos históricos del PCE ni del PSOE), la identificación con la lucha contra el imperialismo a través de una conexión emocional con la situación en el Sáhara, y la percepción del rey Hassan II como una figura autoritaria ejemplar susceptible de representar un nuevo adversario político, que reemplaza en el inconsciente de la izquierda el espectro del indestronable Franco, aquel dictador que falleció en paz y absoluta impunidad.
La izquierda huérfana del dictador
Tras casi cuarenta años de franquismo, la izquierda española quedó huérfana de aquel dictador que definía profundamente su identidad política, con esta pérdida paradójica de un enemigo estructurante, pierde su antagonista principal, cayendo así en un vacío identitario traumático. En consecuencia, el nuevo campo político de adversidad le resultó demasiado plano, puesto que tenía que someterse a los mecanismos del consenso político impuestos por la lógica de la transición democrática.
Es así como la izquierda española postfranquista encontró en el conflicto del Sáhara bien más que una causa justa a defender entre otras en el mundo, un verdadero campo alternativo de adversidad política, animado por sus supuestos ángeles y demonios e impregnado de todos sus ingredientes románticos : la población saharaui que encarna en el antiguo Sahara español, un pueblo oprimido en busca de libertad, un Marruecos simbolizado por el régimen autoritario y reaccionario de Hassan II, que se convierte en el enemigo perfecto e idóneo para suceder al espectro franquista, mientras que un frente separatista respaldado por una Argelia progresista y revolucionaria, encarna la imagen romántica de guerrilleros idealizados, que emergen de las dunas del desierto, portando en su lucha armada por la libertad la memoria de una extrema izquierda, aún enferma de aquella sangrienta Guerra Civil entre buenos y malos.
Esta configuración fantasmagórica permitió a la izquierda en España, canalizar su energía militante reprimida, reconstruir una nueva identidad antagónica y proyectar inconscientemente sobre la escena magrebí sus propias aspiraciones revolucionarias insatisfechas, transformando una cuestión geopolítica compleja en un espejo emocional e ideológico de su propia lucha inacabada y frustrada contra la dictadura.
Esta dinámica psicopolitica encuentra una de sus escenificaciones más emblemáticas en la imagen, difícil de borrar de la memoria política española, de Felipe González, entonces joven líder del PSOE, vestido con una daráa sahrauí durante su visita a los campamentos de Tinduf el 14 de noviembre de 1976, donde vino a mostrar su apoyo al polisario, prometiendo que su partido estará a su lado, y afirmando su convicción de que “el Frente polisario representa el guía recto hacia la victoria final del pueblo saharaui”, un gesto simbólico que condenso la proyección romántica de la izquierda española sobre la causa saharaui, construyendo un nuevo horizonte de adversidad política.
Los socialistas tanto como los comunistas en España, al mismo tiempo que ignoraban que el clima patriótico que suscitó la Marcha Verde en Marruecos, implicaba una apertura hacia la oposición y una promesa de democratización política, idealizaban una Argelia percibida como revolucionaria y progresista frente a un Marruecos dictatorial y reaccionario,
En el poder y a partir de 1982, el PSOE, primero con Gonzalez, más tarde con Zapatero y últimamente con Sánchez, supo cómo operar un lento giro pragmático que le condujo al abandono del referéndum de la ONU, en favor de una autonomía bajo la soberanía marroquí. Mientras los socialistas demostraron el coraje de superar el romanticismo pos-franquista hacia un realismo geopolítico, los comunistas y sus derivados de la izquierda radical (IU, Podemos, Sumar…) permanecieron anclados en el ideal tercermundista, repitiendo ciegamente los eslóganes obsoletos de la tesis separatista promovida por Argelia.
La retirada de España del Sáhara percibida como huida vergonzosa, así como la recuperación de Marruecos de sus provincias del sur, vista como como ocupación agresiva e ilegal, estimularon una nueva conciencia en la izquierda española sobre la causa justa de un supuesto pueblo saharaui que lucha por su libertad, integrando esta causa en un discurso ideológico más amplio de oposición sistemática al perfecto adversario autoritario, reaccionario y expansionista, que es Marruecos.
El PSOE, huérfano de Franco, supo trascender en poco tiempo sus proyecciones emocionales iniciales sobre el Sáhara para adoptar una visión madura y realista, que prioriza las buenas relaciones con Marruecos. Frente a ello, las fracciones de la extrema izquierda se encerraron en un tercermundismo anacrónico, defendiendo un polisario idealizado como representación fantasmada de su propio sueño frustrado de lucha por la libertad, repitiendo eslóganes vacíos en nombre de una legalidad internacional fetichizada y un purismo anticolonial erróneo y estéril.
Prisionera de su mala conciencia histórica, la extrema izquierda perpetúa así un combate simbólico vano, que consiste en proyectar su propia historia de lucha contra la dictadura sobre la imagen idealizada de una banda separatista armada, ilustrando perfectamente el mecanismo de transferencia, que revela cómo los deseos reprimidos contra el dictador Franco se transforman de forma alucinatoria en odios proyectados sobre un adversario de reemplazo, que no es más ni menos que un país amigo e un imprescindible socio.
España de rodillas frente a la dictadura marroquí!
En un encuentro entre delegaciones del PCE y el polisario en Madrid en 06-9- 1977, el líder comunista Santiago Carrillo declaró que “el pueblo saharaui combate por un derecho elemental: la libertad e independencia de su patria. Así, aunque ni nosotros, ni el pueblo español somos responsables, nos consideramos moralmente obligados a hacer todo lo posible para reparar la falta cometida por anteriores Gobiernos españoles”. Esta declaración de Carrillo revela precisamente una transferencia inconsciente de culpabilidad reprimida ligada a dos traumatismos superpuestos: el abandono del Sáhara durante la agonía de Franco y la «muerte tranquila» del dictador sin justicia.
Cuando Carrillo afirma que «ni nosotros ni el pueblo español somos responsables», expresa una denegación formal de culpabilidad directa, pero en el contexto psicopolítico pos-franquista, esto suena como una defensa contra el auto-reproche colectivo: la izquierda no supo «vencer o castigar» a Franco durante sus últimas semanas, mientras el Sáhara fue abandonado sin combate.
Por su parte Julio Anguita antiguo secretario general del PCE, en una entrevista con el canal de televisión Telemadrid en el 15-11-2010 describió el régimen marroquí como despótico, especialmente en relación con la cuestión del Sáhara Occidental, acusando a la monarquía marroquí de actuar como un poder feudal que se apropia de los excedentes del pueblo saharaui, criticando la entrega española del Sáhara y recomendando boicots económicos contra Marruecos para presionar a este régimen autoritario” es evidente que esta declaración de Julio Anguita se inscribe en el mismo mecanismo psicopolítico de transferencia inconsciente que la de Carrillo, transfiriendo la culpa reprimida franquista hacia Marruecos mientras proyecta un deseo revolucionario sobre los saharauis
En el mismo orden de declaraciones catárticas, Pablo Iglesias, ex vicepresidente segundo del Gobierno de España y uno de los fundadores de Podemos en un mitin en Las Palmas de Gran Canaria en mayo 2023 dijo «Es un error que España se pone de rodillas frente a la dictadura marroquí y traicione la dignidad del pueblo saharaui” La descripción de Pablo Iglesias de una España "arrodillada" ante la "dictadura marroquí" evoca efectivamente un sentimiento obsesivo de impotencia y humillación, recordando el supuesto vergonzoso abandono del Sáhara Occidental en 1975 por los Acuerdos de Madrid. Esta retorica representa la misma transferencia psicopolítica que desplaza la culpa histórica reprimida por el abandono franquista del Sáhara (1975) hacia el Estado marroquí, proyectando sobre las milicias del polisario el deseo reprimido de resistencia heroica que los comunistas de España no pudieron asumir entonces hasta la victoria final.
El espectro del franquismo persiste en el imaginario político de la esfera comunista, resucitando la figura de Franco cada vez que surge el tema del Sáhara marroquí, como demostró la vicepresidenta Yolanda Díaz, líder de Sumar y Segunda Vicepresidenta del Gobierno español, al calificar a Marruecos de "dictadura" en 16 abril de 2023 durante una entrevista con el canal de televisión La Sexta, en crítica al giro del Gobierno de Sánchez sobre el Sáhara marroquí: “soy consciente de que claro que hay que tomar con seriedad a nuestro vecino Marruecos, pero también hay que saber que Marruecos es lo que es, una dictadura". No hace falta preguntarse por la razón de esta insistencia en la 'naturaleza' del régimen marroquí –escrita a las claras en su Constitución–, ni por la razón de esta disponibilidad impulsiva a insultar al vecino del sur y a exhumar el fantasma del verdadero dictador cada vez que surge el tema del Sáhara, puesto que aquí no hay razón alguna, sino emociones reprimidas y mecanismos inconscientes ligados al trauma de ver al dictador Franco expirar plácidamente en su cama, mientras Marruecos recuperaba legal y pacíficamente sus provincias saharianas.
Impregnada de una pulsión de muerte interiorizada, la extrema izquierda española oscila entre la idealización masoquista del polisario y el odio al franquismo transferido contra Marruecos, lo que genera una neurosis crónica de angustia que impide toda resolución madura. A pesar de las profundas transformaciones socioculturales y geopolíticas acaecidas en el contexto regional e internacional durante los últimos cincuenta años, parece que el mecanismo de culpabilidad e interiorización de la derrota moral, así como de transferencia inconsciente del odio, no dejará de alimentar una mala conciencia colectiva en las nuevas generaciones del comunismo español, especialmente cuando se trata del Sáhara marroquí.
Aquellos que no han captado el sentido de la muerte pacífica de Franco en su cama, no pueden comprender la complejidad de las relaciones entre España y Marruecos a lo largo de medio siglo. De la misma manera, aquellos que creen que los pueblos siguen sus intereses en lugar de sus pasiones no han entendido nada del siglo XX, como subrayaba Raymond Aron.
