Geopolítica del silencio: por qué Argel abandona a sus aliados de ayer
Cuando el miedo a Washington se impone a la ideología: las razones del mutismo de Argel tras la caída de Caracas
El giro de Argel respecto a Caracas no es un incidente aislado, sino el síntoma de una profunda reconfiguración de su doctrina de seguridad nacional. Durante décadas, la diplomacia argelina se apoyó en una red de Estados “pivote” que compartían una visión multipolar y antioccidental. Sin embargo, el colapso económico de Venezuela, transformado en un Estado paria, convirtió a este aliado antes útil en una carga estratégica. Al distanciarse del epílogo humillante del régimen de Maduro, Argelia intenta proteger su propia imagen internacional, evitando verse arrastrada por la caída de un modelo político que se ha convertido en la antítesis de la estabilidad.
Por otra parte, el regreso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos ha actuado como un poderoso catalizador de esta prudencia. El mensaje enviado por la operación contra el dirigente venezolano es claro: la protección soberana ya no es una garantía absoluta frente al poder de intervención estadounidense. Para los responsables argelinos, el riesgo de una confrontación directa con Washington se ha convertido en una línea roja. Este pragmatismo de supervivencia empuja al palacio de El Mouradia a sacrificar sus principios ideológicos de “solidaridad revolucionaria” para garantizar una forma de neutralidad benevolente por parte de la Casa Blanca.
La economía también desempeña un papel decisivo en este abandono. Argelia, cuyos ingresos dependen casi exclusivamente de los hidrocarburos, necesita imperativamente tecnologías e inversiones estadounidenses para modernizar su sector energético en declive. La llegada de gigantes como ExxonMobil al suelo argelino marca una dependencia económica creciente respecto a Estados Unidos. En este contexto, seguir apoyando públicamente a regímenes hostiles a Washington sería un suicidio económico. El silencio sobre Venezuela es, por tanto, el precio a pagar para asegurar los contratos que mantienen al país bajo respiración financiera asistida.
En el plano regional, este perfil bajo refleja una soledad diplomática creciente. Argelia observa con inquietud el debilitamiento de su red de influencia: la caída de Bashar al-Assad en Siria y el debilitamiento del eje iraní privan a Argel de sus tradicionales apoyos. Esta erosión de las alianzas deja al país cara a cara con un Marruecos cuya diplomacia ofensiva y alianzas de seguridad —en particular con Israel y Estados Unidos— modifican el equilibrio de fuerzas en el Magreb. Al abandonar Caracas, Argel intenta torpemente no aparecer como el último bastión de un mundo en vías de desaparición.
El expediente del Sáhara marroquí es sin duda el punto donde esta vulnerabilidad resulta más palpable. Caracas era uno de los pocos apoyos vocales del Polisario en América Latina. Al perder este relevo, Argelia ve reducirse drásticamente sus opciones diplomáticas. El temor a que el Congreso estadounidense endurezca su postura, en particular mediante la clasificación del Polisario como grupo terrorista, paraliza cualquier intento de protesta. La abstención argelina en el Consejo de Seguridad sobre las resoluciones favorables al plan de autonomía marroquí confirma que el miedo a desagradar a Estados Unidos prevalece ahora sobre la defensa de sus propios protegidos.
Finalmente, esta geopolítica del silencio revela una profunda crisis de identidad en el seno del aparato del Estado argelino. Incapaz de renovar su discurso heredado de la Guerra Fría, el régimen se ve obligado a una pasividad humillante para evitar el aislamiento total. Este mutismo no es una estrategia de discreción calculada, sino el reflejo de una transición sufrida hacia un mundo en el que la retórica soberanista ya no basta para ocultar la fragilidad de las alianzas. Argel no solo abandona a sus aliados; parece abandonar, por necesidad, los propios pilares de su doctrina diplomática histórica.
