El 2033 en Jerusalén
Una convocatoria cuya invitación formal el propio Papa ha reconocido que aún no ha sido cursada, sobreentendiéndose que el éxito en la celebración de semejante efeméride dependerá en gran medida de la voluntad de Israel. Pero, en todo caso, su anuncio compendia uno de los principales propósitos de su pontificado: la unidad de los cristianos.
El Papa no se detiene en las muchas disquisiciones acerca de la certeza de la fecha. Es tradición fijar la crucifixión de Jesús de Nazaret cuando contaba 33 años de edad, y que estos se contaban a partir del año 1 de la Era Cristiana, fijado por el monje escita Dionisio el Exiguo en Roma en el siglo VI, cuando estableció la fecha de la Navidad, o sea del nacimiento de Cristo, el 25 de diciembre del año 753 de la fundación de Roma, coincidente por lo tanto con el año 1 de nuestro calendario.
El viaje a Turquía y Líbano del papa agustino Robert Francis Prevost Martínez ha sido, pues, extraordinariamente abundante en su simbología, y producirse en un momento tanto de una gran convulsión en todo Oriente Medio, como de un cuestionamiento de la espiritualidad, coincidiendo con la resignada diáspora cristiana de un territorio en el que los cristianos están asentados desde casi esos dos mil años a los que alude el Papa.
Recordemos al respecto que los cristianos dejan de ser perseguidos a partir del Edicto de Milán del 313, en realidad un acuerdo de los emperadores romanos de Oriente, Licinio, y Occidente, Constantino, por el que se otorga a todos los ciudadanos del imperio la libertad de practicar cualquier religión, incluida la cristiana. Apenas diez años antes Diocleciano provocó una de las mayores carnicerías por la negativa de los cristianos a adorar a los dioses paganos, incluido el propio emperador. Su inmediato sucesor, Galerio, no tuvo tiempo de trocar persecución por tolerancia, y fue Constantino el que, tras derrotar a Majencio en la batalla del Puente Milvio en 312, abriría definitivamente las puertas a que el cristianismo iniciara su libre predicación y expansión universal.
No mucho más tarde, en el año 325 se celebraría en Nicea, la actual Iznik, a unos cien kilómetros de la actual Estambul, el primer concilio, en el que se adoptó la esencia del credo, compartido hoy por católicos, ortodoxos y protestantes. El actual Papa ha hecho coincidir su primer viaje con el 1700º aniversario de aquella decisiva reunión de obispos, que alumbraría lo que se conocería como Cristiandad.
De su escala turca caben destacar dos visitas con importante significado político y religioso. La primera, realizada apenas llegaba a Ankara, al mausoleo del presidente Ataturk, que puede interpretarse como una forma de recordar que la Turquía moderna se asienta sobre una base jurídica secular. La segunda, a la emblemática Mezquita Azul de Estambul, en donde no asistió a ningún acto litúrgico ni tampoco rezó. Fuentes vaticanas muy cercanas al papa señalan que “León XIV traza así una frontera interreligiosa precisa: que el respeto mutuo no implica la confusión de ritos”. Una manera de recordar también a las autoridades turcas, y por ende a los demás países musulmanes, el principio de la libertad de conciencia y el respeto a las prácticas de cada religión. Esa libertad y ese respeto sustentan a su vez la posibilidad misma de que se establezca y celebre el diálogo interreligioso.
Como señalaba en Le Monde el especialista en cuestiones político-religiosas, François Mabille, León XIV ha adquirido y mostrado en este viaje “estatura de árbitro”, con un estilo diplomático basado más en el Derecho Internacional que en la afiliación religiosa. A este respecto, la etapa libanesa de su viaje ha sido especialmente significativa. “Ha marcado un hito en la historia del Líbano”, decía el presidente del país, Joseph Aoun, quién añadía en una entrevista al diario L´Orient-Le Jour: “Ha expresado un mensaje de esperanza y de paz”. En efecto, el Papa, con un lenguaje sumamente cuidadoso, pedía el cese de los ataques y las hostilidades: “Las armas matan, mientras que la negociación, la mediación y el diálogo construyen. Elijamos, pues, todos la paz como nuestro camino a seguir”.
Según la Constitución libanesa, redactada en 1926 e inspirada en la de la III República Francesa, y reconducida al final del Protectorado de Francia, cuando los cristianos suponían el 50 % de la población del Líbano, el presidente del país debe ser un cristiano; el del Parlamento un musulmán chií, y el primer ministro, un musulmán suní. La alteración de esa división poblacional, además de las complicadísimas relaciones con Israel y Siria, dieron lugar tanto a una larga y cruenta guerra civil (1975-1990) como a la entrada en tromba en el tablero político y militar de Hezbolá, convertido en uno de los principales tentáculos de Irán en su obsesión por destruir a Israel. Dominador del lenguaje de los textos sagrados, León XIV hizo una velada alusión a la negativa a desarmarse de Hezbolá cuando pidió “desarmar los corazones para que entren los nuevos enfoques que rechacen la mentalidad de la venganza y la violencia, superar las divisiones políticas, sociales y religiosas, y abrir un nuevo capítulo de reconciliación y de paz”.
Cuando los cristianos, especialmente maronitas, han disminuido considerablemente su número en el Líbano, el Papa les ha respaldado como “ciudadanos de pleno derecho en estas tierras del Levante”, lo que ha animado a no pocos cristianos que allí quedan a que reconsideren sus intenciones de emigrar, marchándose del país cuando existe tanto sufrimiento. Palabras de ánimo que el Papa ha extendido implícitamente a los cristianos de Siria, apenas el 20 % de los que había antes del estallido de la guerra civil contra el régimen de Bashar Al-Assad. También a los menos de 300.000 que aún quedan en Irak, después de que más de un millón haya emprendido el camino del exilio desde las dos guerras del Golfo que acabaron con Sadam Husein y la enorme destrucción del país.

