Un gallego volverá a poner a Bolivia en el mapa

<p>El senador centrista y candidato presidencial Rodrigo Paz, del Partido Demócrata Cristiano (PDC), habla en el escenario durante una celebración tras los resultados preliminares el día de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, en La Paz, Bolivia, el 19 de octubre de 2025 - REUTERS/ CLAUDIA MORALES&nbsp;</p>
El senador centrista y candidato presidencial Rodrigo Paz, del Partido Demócrata Cristiano (PDC), habla en el escenario durante una celebración tras los resultados preliminares el día de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, en La Paz, Bolivia, el 19 de octubre de 2025 - REUTERS/ CLAUDIA MORALES 
Se lo intentaron cargar, arguyendo que no es “un verdadero boliviano”, por haber nacido en Santiago de Compostela en 1967

En efecto, Rodrigo Paz nació en la capital de Galicia por haberse refugiado allí sus padres, a los que el general y dictador René Barrientos exilió a la fuerza. Luego la familia residiría en otros países hispanoamericanos antes de volver a Bolivia en 1982. Pero, dos años antes, en 1980, el entonces dictador Luis García Meza, había ordenado un atentado masivo contra Jaime Paz y sus compañeros políticos en el exilio, ataque del que el único superviviente fue precisamente el padre del actual presidente electo de Bolivia.  

El país recuerda aún que, tras volver del exilio forzoso, Jaime Paz Zamora desempeñó la máxima magistratura del país entre 1989 y 1993, en la que el Bolivia logró sobreponerse con gran esfuerzo a la brutal crisis de deuda que asolaba entonces a todo el continente. Su hijo, Rodrigo Paz Pereira, líder del Partido Demócrata Cristiano (PDC), será investido como presidente de la nación el próximo 8 de noviembre, tras vencer en una histórica segunda vuelta -es la primera vez que eso sucede- al expresidente Jorge “Tuto” Quiroga, respaldado por su Alianza Libre (AL). Un resultado de 54,57 a 45,43% tan abultado que el propio Quiroga reconoció su derrota antes de la finalización del recuento, en una muestra de que la Bolivia que ha despedido a la izquierda encarnada por el Movimiento al Socialismo (MAS) es ya historia, triste pero ya pasada.  

Veinte años de gobiernos de Evo Morales y Luis Arce han dejado al país exhausto: fuerte caída de las exportaciones de gas por falta de inversiones; inflación anual superior al 23 %, dramática escasez de combustibles, subvencionados hasta agotar las reservas del país en dólares, y una dramática huida del capital extranjero, constituyen  la herencia de estas dos décadas de giro radical a la izquierda con la nacionalización de los recursos energéticos, la ruptura con Estados Unidos, y la estrecha alianza de Bolivia con la Venezuela chavista, la Cuba castrista, aderezada además con un intenso estrechamiento de lazos de dependencia con China, Rusia e Irán.  

Contra la específica prohibición constitucional de representarse, Evo Morales, el amerindio impulsor de este enorme viraje, pretendió volver a ser candidato, lo que al no conseguirlo amenazando a los jueces que se pronunciaron en su contra y a favor de la legalidad constitucional, le movió a intentar paralizar el país con huelgas generales, boicot a los medios y vías de transporte y asaltos a los bienes de producción.  

A tenor de los resultados registrados en las dos vueltas electorales, parece meridianamente claro que los doce millones de bolivianos (votó casi el 90 % del censo electoral) quieren olvidar la pesadilla castro-bolivariana-masista, y volver a contar en el mapa geopolítico de Iberoamérica. Así lo ha prometido Rodrigo Paz, y así también ha jurado respetarlo desde la oposición Tuto Quiroga.  

Aun cuando el estado de las finanzas públicas heredadas del socialismo es más que lamentable, el nuevo presidente ha prometido que, pese a los ajustes, se mantendrán las prestaciones sociales; no así la insostenible subvención a los combustibles. Habrá, según sus palabras, “capitalismo para todos”, basando éste en una política de apertura al sector privado, acogotado por los socialistas, y una fuerte reducción del gasto público, especialmente el destinado a comprar voluntades y el no menos lacerante de remunerar miles de chiringuitos inútiles, bajo los que se han cobijado durante estos últimos veinte años militantes y paniaguados del MAS.  

El nuevo giro hacia el centro derecha de Bolivia le ha granjeado de momento el reencuentro con Estados Unidos, cuyo secretario de Estado, Marco Rubio, se apresuró a calificar el cambio como “una oportunidad de transformación del país tras dos décadas de mala gestión”. Una reacción que se produce casi simultáneamente al incremento de la presión militar norteamericana sobre la tiranía venezolana del presidente usurpador, Nicolás Maduro, y de la ruptura de la cooperación de EE. UU. con la Colombia de Gustavo Petro, a quién Washington también califica de “jefe del narcotráfico”, equiparándolo con el chavista. El giro es tanto más radical cuanto que, so pretexto de la lucha contra el tráfico de drogas, Estados Unidos ha derramado durante varias décadas decenas de miles de millones de dólares sobre Colombia.  

El cambio boliviano se produce asimismo a pocos días de la segunda vuelta de las elecciones legislativas de medio mandato en Argentina, en donde el peronismo-kirchnerismo ha revivido hasta amenazar seriamente la legislatura, y sobre todo la presidencia de Javier Milei, al que tanto el presidente Donald Trump como el Fondo Monetario Internacional han prometido cuantiosas ayudas financieras para evitar precisamente la vuelta al poder del fascismo populista fundado por Juan Domingo Perón, y encarnado en los últimos años por CFK, Cristina Fernández de Kirchner.  Todo ello parece desmentir rotundamente la predicción de algunos analistas de ocasión que pronosticaban que Trump se desentendería en esta su segunda legislatura de lo que ocurriera al sur del río Grande.