El conflicto indo-pakistaní: la historia interminable

Desde la partición de la India británica y el nacimiento de la India y de Pakistán la relación entre ambos Estados se ha caracterizado por el conflicto; la disputa por Cachemira permanece como su gran instigador. Este enfrentamiento tiene además las dimensiones nuclear, convencional y terrorista que interaccionan entre sí.
La disputa permanente no solo ha incidido en las difíciles relaciones entre ambos vecinos, es además uno de los principales causantes de la interminable guerra de Afganistán, de ella se deriva uno de los mayores peligros de proliferación nuclear que existe en el mundo, actúa como catalizador del terrorismo radical islámico, condiciona enormemente los sistemas de alianzas regionales, está desviando recursos y atención de Nueva Delhi e Islamabad y está obstaculizando seriamente el desarrollo económico de ambas partes, sobre todo de Pakistán.

La emergencia de Asia y el nuevo orden global que de ello se deriva están devolviendo la atención y el protagonismo a esta interminable contienda.

Introducción, una panoplia de conflictos

Vivimos tiempos de tensiones crecientes en la geopolítica global. La atención del mundo se dirige cada vez más hacia Asia. A pesar de los conflictos y rivalidades, dicho continente ha sabido aprovechar la Pax Americana tras la Segunda Guerra Mundial para impulsar su crecimiento económico. Por sucesivas olas de desarrollo, primero Japón, después los tigres asiáticos (Corea del Sur, Taiwán, Singapur y Hong Kong), a continuación, China y, en la actualidad, el sur y el sudeste asiáticos, Asia se ha ido modernizando y reclamando su lugar en el mundo. Las tendencias apuntan a que el siglo XXI podría ser el siglo de Asia1.
El enconado conflicto indo-pakistaní está condicionando gravemente la geopolítica regional, lastrando las economías de ambos Estados, en mayor medida la de Pakistán, podría torpedear la definitiva emergencia de Asia y su cuarta ola de desarrollo y siempre sobrevuela la amenaza de que un grave incidente o situación incontrolada pudiera desencadenar una hecatombe nuclear.

Desde que la partición de la India británica en 1947 llevó a la creación de estos dos Estados independientes, los conflictos y el enfrentamiento militar han sido una característica constante de la relación entre la India y Pakistán. Ambos han librado cuatro guerras convencionales (1947, 1965, 1971 y 1999) y se han producido numerosas escaramuzas armadas y disputas militares. El conflicto de Cachemira es el punto central de todos estos conflictos, con la excepción de la guerra indo-paquistaní y de liberación de Bangladesh de 1971, que dio lugar a la secesión del Pakistán oriental (actualmente Bangladesh).

Ambos Estados han desarrollado programas nucleares, ha hecho su aparición el terrorismo y los incidentes armados de menor entidad se han vuelto recurrentes. Además, está el delicado tema del reparto del agua del Indo, río que vertebra Pakistán y es esencial para su subsistencia.

Ha habido varios intentos de mejorar la relación, especialmente las cumbres de Shimla (1972), de Lahore (1999) y de Agra (2001), pero la disputa por el glaciar de Siachen entre 1984-2003, la intensificación de la insurgencia en Cachemira en 1989, el desarrollo de los programas nucleares, así como la guerra de Kargil de 1999 han sido sucesivos obstáculos en el camino del apaciguamiento indo-paquistaní. Algunas medidas de fomento de la confianza han conseguido reducir las tensiones y en todo momento han jugado un papel importante las presiones internacionales.

Si la India cuenta con la ventaja de su tamaño, su demografía —un sexto de la población mundial— y su economía en pleno desarrollo, Pakistán disfruta de una posición geopolítica privilegiada en la intersección del subcontinente indio con Oriente Medio y Asia Central, así como del interior de la República Popular China con el océano Índico y el golfo Pérsico. La intensa hostilidad entre los Gobiernos de Nueva Delhi e Islamabad ha impedido la construcción de infraestructuras transfronterizas para conectar la India con Asia Central y Oriente Medio que beneficiarían enormemente a todas las partes.

Ambos Estados tienen además serios problemas para su gobernanza. Nueva Delhi tiene que lidiar con los graves problemas de índole social y económica de su inmensa población, con una violencia periódica de origen étnico y religioso, así como con los poderosos Gobiernos de sus diversas regiones. Pakistán está pasando por una gravísima crisis económica que ha detenido su crecimiento, es un país artificial e inestable que integra cinco territorios muy distintos con fuertes tensiones entre sí y con un control muy limitado sobre extensas partes de dos de estas entidades territoriales, Baluchistán y Khyber Pakhtunkhwa; sufre las consecuencias internas del radicalismo islámico, ha padecido una prolongada guerra civil y no ha conseguido someter las Fuerzas Armadas al poder civil. Un problema añadido ha sido la disputa casi permanente en Pakistán entre el poder militar y el civil y una agencia militar de inteligencia (Inter- Services Intelligence) bastante autónoma que ha favorecido las soluciones militares sobre las diplomáticas y dificulta conocer las verdaderas responsabilidades en las actuaciones pakistaníes.

En la actualidad, el nacionalismo en expansión, que los Gobiernos atizan por cuestiones de índole interna, está obstaculizando los esfuerzos de apaciguamiento, un proceso que, no obstante, ambas potencias regionales necesitan tanto para aprovechar todo el potencial de la cuarta ola de desarrollo asiático, como para encontrar su posición en el nuevo orden global y regional. La omnipresencia de China, la retirada de las tropas norteamericanas de Afganistán y el reordenamiento nuclear global están marcando la agenda geopolítica del subcontinente.


Antecedentes, una independencia envenenada

La partición de la India británica en 1947 (figura 1) dio lugar a varios Estados: los dominios de la India y de Pakistán, Ceylán y Birmania (la actual Myanmar). Londres favoreció la fragmentación de lo que había sido la joya de su corona para premiar a los musulmanes indios que le habían sido más leales y contribuido con tropas a la Segunda Guerra Mundial; conservar un mayor control sobre los territorios independizados, siguiendo el principio de «divide y vencerás»; así como por temor a unas tensiones interreligiosas que no sabía cómo controlar. De esa manera, la Liga Musulmana que aspiraba a una nación basada en el islam según la «Teoría de las Dos Naciones» consiguió imponerse sobre el Congreso Nacional Indio que promovía la independencia no violenta de una India unificada, donde tuvieran cabida todas las religiones, los idiomas y las etnias del subcontinente.

La partición del subcontinente se hizo pues sobre la base de la religión, los territorios de mayoría musulmana para el dominio de Pakistán y el resto para la Unión India. El contexto de gran violencia en que se realizó generó la pérdida de hasta dos millones de vidas humanas y produjo el desplazamiento de más de una decena de millones de personas. ACNUR estima que 14 millones de hindús, sijs y musulmanes fueron desplazados durante la partición, la mayor migración en masa en la historia de la humanidad2.

Paradójicamente, el Imperio británico, que por medio de una burocracia moderna y una extensa red de ferrocarriles había logrado la mayor unidad e integración que la región había conocido en su historia, dejó en su partida la frontera más indeleble, una profunda cicatriz que el tiempo parece no querer borrar.
La India emergió como una nación plural y no confesional con una mayoría hindú y una amplia minoría musulmana, mientras que Pakistán se terminó convirtiendo en una república islámica. Tras la independencia, las dos grandes naciones del Asia meridional establecieron relaciones diplomáticas, pero la violenta partición y numerosas reclamaciones territoriales obstaculizaron su entendimiento. Por su parte, la India nació con una clara vocación pacifista y de no alineamiento en las disputas entre grandes potencias que la debilitó inicialmente tanto frente a Pakistán como a China.


Cachemira, siempre Cachemira

Después de siglos de dominio hindú y budista, en el siglo XV, el Imperio mogol incorporó la región, convirtiendo la población al islam. En el siglo XVIII, llegaron las invasiones afgana, sij y punyabí. A mediados del siglo XIX la compañía británica de las Indias Orientales tomó el control de Cachemira y la vendió al maharajá hindú de Jammu, constituyéndose así el principado de Jammu y Cachemira3 de mayoría musulmana, con importantes minorías hindús y sij y un complejo mosaico territorial étnico-religioso.


Tras la partición de la India británica en agosto de 1947, Jammu y Cachemira, así como algunos otros principados, permanecieron como territorios independientes a los que se aconsejó que se incorporaran a uno de los dos dominios (figura 1). El maharajá Hari Sing decidió no unirse a ninguno de ellos. Sin embargo, pronto surgieron revueltas populares y, a principios de octubre, grupos armados con el apoyo encubierto del dominio de Pakistán y la intervención de milicias pastunes tomaron el control de algunos distritos fronterizos. A finales de dicho mes, alarmado por la situación, Hari Sing pidió apoyo militar a Nueva Delhi que vinculó dicho respaldo militar a la incorporación de Jammu y Cachemira a la India. El maharajá aceptó.


Primera guerra indo-pakistaní (1947-1948): Cachemira queda dividida

El Gobierno indio trasladó tropas a Cachemira, pero Pakistán se negó a reconocer la incorporación del principado a la India. La guerra acabó con un acuerdo de alto el fuego auspiciado por la ONU y firmado en enero de 1949. La línea de separación de fuerzas, que se conoce como Línea de Control (LoC, por sus siglas en inglés) determinó el reparto territorial (figura 2), dos tercios del principado quedaron bajo control indio (valle de Cachemira, Jammu y Ladak) y uno bajo control pakistaní (Cachemira Azad y Gilgit- Baltistán). La resolución del Consejo de Seguridad convocaba a un referéndum en el que la propia población del territorio disputado debía decidir sobre su futuro que nunca se ha realizado.


Segunda guerra indo-pakistaní (1965), ¡ahora o nunca!

En las primeras décadas de la Guerra Fría, Pakistán contó con el apoyo de Estados Unidos por constituir con Turquía e Irán el cinturón de contención de la URSS por el sur, lo que le permitió contar con Fuerzas Armadas superiores a las de la India en todo menos cantidad. Además, la reciente guerra chino-india de 1962 había puesto de relieve las debilidades militares de Nueva Delhi y obligaba a la India a dedicar un esfuerzo prioritario en ese frente. Las Fuerzas Armadas indias iniciaron un importante programa de reforma y desarrollo, así que con el tiempo la ventaja militar pakistaní se fue desvaneciendo. Islamabad contaba además con el respaldo de Pekín.
 

Pakistán y la India mantenían otras controversias fronterizas. En 1956, la India terminó haciéndose con el control del Rann de Kutch, una región estéril en el Estado indio de Gujarat, y en enero de 1965 patrullas pakistaníes comenzaron a realizar incursiones en dicho territorio. En agosto, la débil respuesta india animó a Islamabad a pasar a la ofensiva en la región de Cachemira. El día 6 de septiembre la India contraatacó más al sur, cerca de Lahore. Pakistán consiguió detener la embestida enemiga con muchas bajas por ambas partes, un intenso enfrentamiento aéreo y una de las batallas de tanques más importantes después de la Segunda Guerra Mundial. De nuevo con el apoyo de la ONU y bajo presión de soviéticos y norteamericanos, ambos países acordaron un alto el fuego. En 1966, India y Pakistán firmaron un acuerdo en Tashkent (en la antigua URSS) para resolver sus problemas de manera pacífica.


Tercera guerra indo-pakistaní (1971), Bangladesh se independiza de Pakistán

La división territorial de Pakistán y la posición dominante de Pakistán Occidental, donde se encontraba la capital, terminaron desencadenando en marzo de 1971 una guerra civil en Pakistán Oriental con una brutal represión desde Islamabad. El movimiento rebelde obtuvo el apoyo de la India que acogió a unos diez millones de refugiados, no dejando de escalar las tensiones entre Nueva Delhi e Islamabad. Pakistán contaba con el apoyo norteamericano y chino, la India con el soviético. Los militares indios esperaron al invierno para iniciar la guerra, cuando el terreno seco haría más fácil las operaciones y los pasos del Himalaya estarían cerrados por la nieve, evitando cualquier intervención china.

El 3 de diciembre las Fuerzas Armadas pakistaníes lanzaron un ataque aéreo preventivo, lo que no impidió que el Ejército indio penetrara profundamente en Pakistán Oriental, obteniendo la rendición de su Ejército el día 16. En la frontera occidental y en el mar también se produjeron enfrentamientos con la conquista de unos 14.000 km2 de territorio pakistaní terrestre y clara ventaja naval india. La guerra llegó a su fin con el nacimiento de Bangladesh, quedando Pakistán muy debilitada frente a la India.

Al año siguiente se firmó el Acuerdo de Simla, en el que ambas partes se comprometieron a no utilizar la fuerza por cuestiones fronterizas. La India devolvió a Pakistán el territorio que había capturado durante la guerra con miras a crear una «paz duradera» y para afirmar que no tenía ambiciones territoriales. En 1976 se restablecieron las relaciones 

comerciales y diplomáticas y parecía que ambos países habían emprendido el camino de una cierta reconciliación.


El arma nuclear entra en la escena

Desde un principio, la política nuclear india gravitó en torno a sus relaciones con China que en 1964 había realizado su primer ensayo nuclear. En 1974, desoyendo las presiones internacionales, Nueva Delhi respondería dando el mismo paso. El primer ministro Zulfiqar Ali Bhutto reaccionó afirmando que Pakistán tendría que desarrollar su propio arsenal, aunque para costearlo el país «tuviese que comer hierba»4. Sin embargo, su país no realizaría sus primeros ensayos hasta mayo de 1998, medio mes después de que la India realizara sus segundas pruebas nucleares, convirtiéndose ambos Estados en potencias nucleares de facto5. En agosto de 1999, el Gobierno de la India dio a conocer que sus armas nucleares eran exclusivamente para la disuasión y que la India seguiría una política de no primer uso. El Gobierno de los Estados Unidos impuso sanciones de inmediato tanto a India como a Pakistán, intentando aislarlos de la comunidad internacional.
Una preocupante derivada de la dimensión nuclear de Pakistán es la falta de solidez de su Estado y sus antecedentes en los tráficos nucleares ilícitos con Corea del Norte, Irán y Libia6. Sin embargo, la India, a partir de 2008 y a pesar de no ser parte del Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares, ha ido dando pasos muy importantes para su integración y aceptación como potencia nuclear por la comunidad internacional.


Afganistán enturbia la situación geopolítica y mantiene a Pakistán en el mapa

La relación afgano-pakistaní estuvo marcada desde sus inicios por la disputa en torno a la línea Durand que divide el territorio pastún en dos y delimita su frontera común. En los 70, la cada vez mayor influencia de Moscú —aliado de Nueva Delhi— en el Gobierno de Kabul incitó a Islamabad a apoyar encubiertamente a las facciones islámicas de Afganistán hostiles al poder establecido. El punto álgido llegó con la invasión soviética de Afganistán (1979-1989). Estados Unidos y sus aliados se unieron a Pakistán para derrotar a los soviéticos por medio del apoyo a los muyahidín. La ciudad pakistaní de Peshawar, junto a la frontera afgana, se convirtió en el cuartel general de la insurrección y, al final de la guerra, allí nacería también Al Qaeda. En Pakistán proliferaron las madrasas o escuelas coránicas que introdujeron en el país versiones radicales del islam.


Al retirarse los soviéticos del país vecino la guerra continuó, aunque con una intensidad menor. Pakistán quedó transformado: proliferaban las armas y las milicias y la moral de victoria dio alas al islamismo radical que desde 1979 —año de la revolución iraní— había conseguido una gran implantación en Oriente Medio7. El modelo de insurrección, que tanto éxito había demostrado en Afganistán se probaría entonces en Cachemira.

El islamismo radical echó raíces en amplios sectores de la sociedad. El país abrazó la ideología nacional de defensa de su identidad musulmana, quedando el Ejército como su principal garante. Por su parte, la economía que gracias al apoyo norteamericano había crecido más rápidamente que la de la India perdió su impulso y a partir de la década de los 90 se vio superada por la de su vecino (figura 3), con graves consecuencias para la aspiración pakistaní de mantener la paridad estratégica con la India.

En Pakistán también encontró su cuna el movimiento talibán que terminaría haciéndose con el poder en Kabul en 1996 y que acogería en su territorio a Al Qaeda. Tras el 11-S con la intervención norteamericana en Afganistán, Islamabad se convirtió, de nuevo, en un aliado necesario de Washington. Desde entonces la relación entre Estados Unidos y Pakistán tiene una dimensión contradictoria, los norteamericanos necesitan la colaboración pakistaní, pero reprochan a estos que en los territorios tribales fronterizos con Afganistán encuentren santuario los enemigos del Gobierno afgano y de las tropas norteamericanas. En 2008, nació el término AfPak que ponía de relieve que para resolver el problema afgano había que abordar simultáneamente la relación con Pakistán en sus múltiples dimensiones ideológica, política, de gobernanza, económica y de seguridad8.

Por otra parte, el movimiento talibán desarrolló una rama pakistaní que en 2004 provocó una insurgencia y después degeneró en una cruel guerra civil que se extendió de 2007 a 2017.

Lógicamente, la India ha mantenido en Afganistán posiciones opuestas a las de Pakistán. Especial relevancia adquirió el atentado suicida contra la embajada india en Kabul el 7 de julio de 2008 que mató cincuenta y ocho personas y donde el servicio de inteligencia pakistaní fue acusado de haber participado.


Conflicto del glaciar de Siachen (1984-2003)

El glaciar de Siachen (figura 2), una región inhabitable que abarca unos 2.300 km2 y tiene una altura media de 5.400 metros sobre el nivel del mar, terminó convirtiéndose en elemento de discordia como consecuencia de la vaga demarcación de dicho territorio en el Acuerdo de Karachi de julio de 1949, que determinaba el reparto de Jammu y Cachemira. A la India le preocupaba que a través de dicha región Pakistán pudiera ganar acceso al paso del Karakorum, que facilita la comunicación entre Pakistán y China. En 

abril de 1984, el Ejército indio decidió desplegar fuerzas en la zona del glaciar, adelantándose a las del país vecino, y ocupó los puntos de paso. Pakistán volvió a lanzar asaltos en 1987 y 1989. No está claro que dichas operaciones hayan tenido realmente sentido estratégico alguno, más allá de la afirmación nacionalista.


Operación Brasstacks (1986-1987)

En el invierno de 1986-1987 las Fuerzas Armadas indias llevaron a cabo unas maniobras militares de cuatro meses de duración cerca de la frontera pakistaní que supusieron la mayor movilización de tropas en el subcontinente con la participación de 600.000 hombres. Por su parte, Pakistán respondió con una gran movilización y la realización de ejercicios militares. La tensión se disparó hasta marzo de 1987, poniendo Pakistán sus instalaciones nucleares en máxima alerta. Se temió por la posibilidad de una guerra nuclear.


Guerra de Kargil (1999)

Al acabar el siglo XX, la escalada de las tensiones debidas a las actividades separatistas en Cachemira con apoyo de Pakistán, así como la realización de ensayos nucleares por ambos países en 1998, llevó a una atmósfera cada vez más beligerante. En un intento por distender la situación, en febrero de 1999 ambos países firmaron la Declaración de Lahore, prometiendo buscar una solución pacífica y bilateral al conflicto de Cachemira. No obstante, durante los meses de aquel invierno, el Ejército paquistaní infiltró fuerzas irregulares tras la LoC en el sector de alta montaña de Kargil en Cachemira y ocupó los puestos indios abandonados durante los meses invernales. Desde allí amenazaba la carretera que une la extensa y escasamente poblada región circundante con el resto de la India. En mayo de 1999, el Ejército indio lo descubrió y pasó a la ofensiva respaldado por su Fuerza Aérea, lo que le permitió recuperar muchos de los puestos ocupados. En julio, bajo presión internacional y al precio de muchas bajas, la Fuerza pakistaní se retiró de la parte restante.

Terrorismo

Kargil fue la última guerra propiamente dicha entre ambos ejércitos. Con el cambio de siglo se transformó también la lógica del conflicto indio-pakistaní de la primacía del enfrentamiento convencional a un conflicto con tres planos interrelacionados: el nuclear, el terrorista y los numerosos incidentes fronterizos, con un sostenido esfuerzo diplomático para buscar el apaciguamiento. En 2001 se convocó una cumbre en Agra, pero las conversaciones no se llevaron a cabo. En 2004, con un nuevo Gobierno en vigor en la India, ambos países acordaron prorrogar la prohibición de los ensayos nucleares y establecer una línea telefónica directa entre sus secretarios de Relaciones Exteriores para evitar malentendidos que pudieran conducir a una guerra nuclear. Siguieron otras incitativas que, sin conseguir grandes avances, al menos evitaron que las múltiples disputas, que no dejaban de surgir entre ambas potencias asiáticas, llegaran a enfrentamientos mayores.

Los ataques terroristas hicieron su aparición también en la India propiamente dicha. El 24 de diciembre de 1999 fue secuestrado un vuelo de Indian Airlines en ruta desde Katmandú a Nueva Delhi. El ataque del 13 de diciembre de 2001 contra el Parlamento de la India fue el atentado más dramático perpetrado presuntamente por terroristas pakistaníes. La situación llevó a ambas naciones al borde de un enfrentamiento nuclear en 2001-2002. Los esfuerzos internacionales facilitaron el enfriamiento de las tensiones. El 18 de febrero de 2007 se produjeron los atentados con bomba del Samjhauta Express. Al menos sesenta y ocho personas resultaron muertas. Entre el 26 y el 29 de noviembre de 2008 la ciudad india de Bombay sufrió una serie de doce atentados terroristas perpetrados por diez miembros de una organización terrorista islamista. La India recriminó que, dada la complejidad de los ataques, los autores «debían haber contado con el apoyo de algunos organismos oficiales de Pakistán».


Insurrección en Cachemira e incidentes militares

El final de la ocupación soviética de Afganistán impulsó la insurrección en Cachemira, donde arraigaron la violencia, la represión y el odio. Los grupos propakistaníes Hizbul Mujahideen (HM) y Lashkar-e-Taiba (LeT) terminaron dominando la lucha en oposición a las fuerzas de seguridad indias y a guerrillas de signo contrario. 

Entre 2001-2002, como respuesta a los ataques del Parlamento indio y de la Asamblea Legislativa de Jammu y Cachemira, se produjo la mayor concentración de tropas a ambos lados de la LoC. Las tensiones disminuyeron tras la mediación diplomática internacional y la retirada de fuerzas en octubre de 2002.

Después del 11-S, Pakistán empezó a retirar su apoyo a los grupos insurrectos y en 2004 Islamabad y Nueva Delhi iniciaron el Proceso de Diálogo Compuesto, lo que redujo significativamente el número de víctimas. Sin embargo, a partir de 2008, en respuesta de la represión violenta de las protestas pacíficas, se produjo una nueva ola de militancia en Cachemira9. El número de incidentes en la región ha sido enorme hasta convertirse en una rutina. Pakistán acusa a la India de no respetar los Derechos Humanos más básicos, Nueva Delhi culpa a Islamabad de estar detrás de la insurrección popular y de los ataques terroristas.

En 2008 se produjo una gran demostración de fuerza como consecuencia del ataque terrorista de Bombay. Pakistán puso su fuerza aérea en alerta y movió tropas a la frontera india. La tensión se calmó en poco tiempo y Pakistán retiró sus tropas de la frontera. En la segunda década del siglo XXI han proliferado los incidentes fronterizos con algunas bajas y un número reducido de fuerzas implicadas.


Insurgencia en Beluchistán

La insurgencia en la provincia pakistaní de Beluchistán nació tras la independencia y ha permanecido como una de las grandes preocupaciones de seguridad del país. Recientemente ha causado tensiones con la India a la que Islamabad ha acusado de apoyar a grupos militantes y a las organizaciones terroristas como el Ejército de Liberación de Beluchistán. El río Indo vertebra y da vida a Pakistán, un país en amplias zonas superpoblado, con estrés hídrico y una necesidad creciente de agua. Además, el país ha creado un sistema de canales —uno de los más extensos del mundo— que permite la irrigación de 190.000 km2. No obstante, como se puede ver en la figura 4, el Indo y sus principales afluentes discurren por territorio indio, en gran parte de Jammu y Cachemira, antes de llegar al país vecino.

Tras la partición, Pakistán sintió su medio de vida amenazado. El asunto fue objeto de intensas disputas hasta que el 19 de septiembre de 1960, auspiciado por el Banco Mundial, ambos países firmaron en Karachi el Tratado de Aguas del Indo que regula la distribución del agua del río Indo y sus afluentes, correspondiendo a la India el 16 % y a Pakistán el restante. Establece para la India regulaciones detalladas en proyectos de construcción sobre los tres ríos occidentales, lo que, sin embargo, no ha aliviado los temores pakistaníes de que la India pueda crear inundaciones o sequías en Pakistán, especialmente en tiempos de guerra.

Desde entonces el Tratado ha sido respetado, lo que no ha impedido que, tras el ataque de Uri de 2016, la India amenazara con revocarlo. El primer ministro Narendra Modi declaró que «la sangre y el agua no pueden fluir juntos»10. Hasta ahora, tales amenazas no se han materializado. Sin embargo, la India decidió reiniciar el proyecto de Tulbul en el río Jhelam, en el valle de Cachemira, que anteriormente se había suspendido en respuesta a las objeciones del Pakistán.


Situación actual

En 2014, la llegada del carismático Narendra Modi al poder supuso una transformación bastante profunda de las relaciones y los equilibrios regionales. Modi está decidido a situar a la India en el lugar que le corresponde entre las superpotencias. En marzo de 2019, la India lanzó con éxito un misil antisatélite, entrando en el exclusivo club de las potencias aeroespaciales, junto con Estados Unidos, Rusia y China. De la mano del determinado primer ministro ha venido también un ascenso del nacionalismo hindú11.

La nueva ambición india ha hecho que Nueva Delhi se haya sacudido definitivamente su tradición de no alineamiento. El principal impulsor de la redefinición de su papel geopolítico es la emergencia de China que está amenazando el status quo de Asia meridional: la Nueva Ruta de la Seda china, con sus infraestructuras en todos los puntos cardinales de la India, está creando en Nueva Delhi una sensación de cerco; el creciente interés de Pekín por el Índico y la construcción de una base militar en Djibuti le inquieta; el Corredor Económico China-Pakistán, uno de las principales ramales de la Nueva Ruta de la Seda china y su reforzada cooperación militar enturbian inevitablemente la relación indo-pakistaní12. Si bien Pakistán sigue siendo un problema táctico a corto plazo, es China la que se está convirtiendo cada vez más en el parámetro decisivo de la modernización de la defensa india13. Además, los incidentes fronterizos entre Pekín y Nueva Delhi, en 2017 en Doklam y 2020 en Aksai Chin, han dado un salto cualitativo, intensificándose así la tensión fronteriza entre ambos.

Nueva Delhi ha respondido a todo ello incorporándose al Diálogo de Seguridad Cuadrilateral, una iniciativa de seguridad que agrupa a Estados Unidos, Australia, Japón y la India con el objetivo de contener a China, y al Corredor de Crecimiento Asia-África, una iniciativa conjunta con Japón que pretende competir en dicho espacio con la Nueva Ruta de la Seda china. Además, la creciente importancia del océano Índico está forzando a la India a desarrollar una poderosa fuerza naval, a construir bases militares en dicho espacio marítimo y a formalizar acuerdos con otras potencias con presencia en el Índico (figura 5).


Sin embargo, la tensa relación estratégica no impide que los dos gigantes asiáticos sigan manteniendo una relación ambivalente de rivalidad y cooperación, esta última sobre todo en el ámbito económico, donde China se ha convertido en el principal socio comercial de la India.

Mientras la India intenta marginar a Pakistán, sin desdeñar motivos de nuevas tensiones tanto en Cachemira como en el delicado asunto de la relación con la minoría musulmana interna, el primer ministro pakistaní, Imran Khan, quiere trasmitir una imagen dialogante. No obstante, su control de los asuntos del país es limitado, ya que las Fuerzas Armadas siguen teniendo mucho poder. Por otra parte, Islamabad se debate entre una situación económica alarmante y la relevancia estratégica ganada por el deseo norteamericano de abandonar Afganistán. Antes de la crisis del coronavirus, que está afectando muy gravemente a Pakistán, el crecimiento económico había caído de un 5,8 % en 2018 a un 1 % en 2019 (figura 6). La India, sin embargo, crecía en 2019 al 5 % y Bangladés, sin tantas cargas estratégicas, al 8,2 %14.

Nacionalismo hindú

El subcontinente indio se ve sacudido por un renovado ascenso del nacionalismo religioso y étnico y el reforzamiento de los partidos políticos y movimientos que representan las diversas identidades dentro de los Estados. En el caso de la India, el actual partido en el poder, BJP, y su líder intentan resolver desde el nacionalismo hindú una serie de problemas, algunos pendientes desde la independencia en 1947: la excesiva fuerza de las regiones frente al Estado central, dando lugar a un mercado y una Administración demasiado fragmentados, el dominio de las identidades religiosas y étnicas regionales sobre la identidad india común, el terrorismo islamista que se supone instigado por Pakistán, el estatuto de Cachemira y las tensiones y conflictos entre hindúes y musulmanes15. Esta situación incide en Pakistán, donde como respuesta ha generado también olas de nacionalismo interno.


Cachemira, la crisis de Pulwama y cambio de estatuto regional (2019)

Desde 2016, atizada por el auge del nacionalismo y con gran participación de jóvenes, la situación en Cachemira se ha tensado aún más con frecuentes tiroteos y protestas. En febrero de 2019, el ataque suicida de Pulwama (figura 2) produjo la crisis más aguda de la relación indo-pakistaní en dos décadas. En ese año las 3.000 violaciones de la LoC supusieron un repunte muy importante, aunque el número de víctimas mortales (280) se redujo en relación con 201816.

En el atentado de Pulwama, del que Jaish-e-Mohammed (JeM) se atribuyó la responsabilidad, murieron cuarenta paramilitares indios. En respuesta, la aviación india cruzó la LoC para bombardear un supuesto campo de entrenamiento JeM en Balakot, Pakistán. Islamabad respondió con ataques aéreos contra objetivos en el lado indio de la LoC, derribando un MiG-21 indio. Fue la primera vez que la India atacaba a Pakistán propiamente dicho desde 1998 y que la Fuerza Aérea india realizaba una operación ofensiva contra Pakistán desde la guerra de 1971. Las tensiones disminuyeron después del 1 de marzo, cuando Pakistán devolvió el piloto indio derribado.

Para echar más leña al fuego, el entonces ministro de Carreteras y Recursos Hídricos de la India, Nitin Gadkari, declaró que toda el agua que fluye actualmente hacia Pakistán en los tres ríos orientales se desviará para diversos usos a Punjab, Haryana y Rajasthan. La situación estaba muy condicionada por las cercanas elecciones generales de mayo y el primer ministro Modi hizo de este enfrentamiento una parte importante de su mensaje de campaña17.

Más polémica aún ha sido la decisión del Gobierno indio que en agosto de ese año revocó los artículos 370 y 35-A de la Constitución del país, suprimiendo la autonomía de la que gozaba el Estado de Jammu y Cachemira y escindiendo de la región la zona de Ladakh, de mayoría budista, que se convirtió en otro «territorio de la unión». Los citados artículos permitían a Jammu y Cachemira disponer de su propia legislatura estatal, cuyas leyes restringía la residencia permanente y la propiedad de la tierra de la región a los habitantes de Cachemira. Revocar dichos artículos es visto por muchos cachemires como un intento de cambiar la demografía del territorio de mayoría musulmana18. La decisión vino acompañada de una fuerte represión y levantó olas de nacionalismo tanto en la propia región de Cachemira, como en las sociedades india y pakistaní, limitando la capacidad de maniobra del gobierno pakistaní y añadiendo un obstáculo más a las relaciones entre Islamabad y Nueva Delhi. El resentimiento de los cachemires alcanzaba su máximo histórico19.


Dimensión nuclear

La dinámica geopolítica global está debilitando los diques que se oponen a la proliferación nuclear. Tres países: Turquía, Irán y Arabia Saudí representan su mayor amenaza. Además, hay rumores de que Pakistán pudiera estar colaborando con Arabia Saudí en dicho sentido20. La emergencia de Asia y las nuevas ambiciones de sus potencias están llevando a una carrera de armamentos regional y a una militarización de sus relaciones internacionales. Así, de 2014 a 2018 el 40 % de todas las compras 

mundiales de armas se destinaron a dicha región. En 2018 se observaron niveles significativos de rearme nuclear por parte de Pakistán, China e India. Si bien China ha invertido en expandir y diversificar su arsenal nuclear, tanto India como Pakistán han aumentado la cantidad de material de fisión, lo que podría conducir a un aumento relevante del número de armas nucleares en la próxima década21. China, cuya motivación principal es medirse con su gran rival norteamericano, mantiene un programa de desarrollo de misiles balísticos activo y diverso, mejorando sus fuerzas de misiles en número, capacidad y tipo. Las inversiones actuales en misiles chinos indican que Pekín está reestructurando sus fuerzas de misiles para restablecer la disuasión y lidiar con un nuevo entorno de amenazas posiblemente más hostil22. No obstante, el número de cabezas nucleares chinas es unas veinte veces menor que el de Estados Unidos y el de Rusia, por lo que, sin una significativa reducción por parte de estos, el volumen de la fuerza nuclear china tenderá a crecer exponencialmente.

Dada su debilidad relativa en el ámbito convencional y sus aspiraciones de ganar el estatus de potencia global, Nueva Delhi persigue el objetivo de igualar el arsenal nuclear chino —en 2018 la India tenía entre 130 y 140 cabezas nucleares, China más de 290—, lo que pone una enorme presión en los programas nucleares indios. El objetivo principal de las armas nucleares no es el despliegue real, sino más bien una disuasión para mantener el statu quo entre India, por un lado, y China y Pakistán por otro. La India es el único país del mundo que se enfrenta a dos oponentes con armas nucleares en sus fronteras. Al igual que Nueva Delhi, Pekín también aplica una política de no primer uso, lo que implica el empleo de armas nucleares solo en caso de un ataque nuclear y no como defensa contra fuerzas convencionales23. La India dispone de la tríada nuclear como parte de su doctrina de «disuasión mínima creíble».

La inferioridad pakistaní ha incidido en que su doctrina nuclear «de primer ataque», aunque este solo se iniciaría «si y solo si» las Fuerzas Armadas de Pakistán fueran incapaces de detener una invasión de la India. Lógicamente, esta fuerza también se utilizaría en respuesta de un ataque nuclear contra Pakistán, cuyas bases nucleares son verdaderas fortalezas subterráneas.

La adquisición por la India de sistemas de defensa antimisiles rusos, estadounidenses e israelíes y los frecuentes ejercicios militares a lo largo de las fronteras paquistaníes para practicar doctrinas de guerra limitadas crean alarma en Pakistán. Además, la creciente capacidad militar convencional de la India, junto con su doctrina Cold Start, que le ofrece flexibilidad para organizar grandes ataques convencionales, ha llevado a Pakistán a desarrollar una estrategia de respuesta asimétrica basada en armas nucleares tácticas de bajo rendimiento. A su vez, la India ha tratado de socavar la estrategia de Pakistán haciendo hincapié en su disposición a desplegar armas nucleares estratégicas más potentes si Islamabad recurre a las armas atómicas, incluso en el caso de que utilice armas nucleares tácticas en un modo «limitado» en su propio territorio contra el avance de las tropas indias. Nueva Delhi también ha explorado el posible uso de «ataques quirúrgicos». La disputa es más bien de naturaleza psicológica e intimidatoria y se basa en la ambigüedad, pero eleva inevitablemente las tensiones y lleva al primer plano la estrategia nuclear24.


Afganistán

En 2018, dieciocho años después de haber enviado fuerzas al país para derrocar a los talibanes y destruir a Al Qaeda, Estados Unidos decidió negociar su retirada de Afganistán. Washington aceptó conversaciones directas con los talibanes sin un alto el fuego o la presencia del Gobierno afgano, y buscó garantías de que Afganistán no albergará a Al Qaeda u otros grupos extremistas después de que las fuerzas occidentales se vayan. La colaboración de Pakistán en las negociaciones resultó esencial25. A partir de febrero de 2019 también se han producido conversaciones intraafganas. Tanto los talibanes como el Gobierno aspiran a ser el poder político dominante en el país después de la retirada de Estados Unidos 


El 29 de febrero de 2020, representantes de Estados Unidos y de los talibanes firmaron un acuerdo en el que estos últimos acordaron impedir que terroristas utilizaran Afganistán para amenazar a los Estados Unidos o a sus aliados. De conformidad con el acuerdo, Washington convino en reducir primero sus fuerzas de aproximadamente 13.000 a 8.600 en un plazo de ciento treinta y cinco días, y luego retirar totalmente todas las fuerzas restantes en los siguientes nueve meses y medio, condicionado a que los talibanes se adhirieran al acuerdo.

Los acuerdos de paz hasta la fecha hacen más para acelerar una retirada de Estados Unidos y de sus aliados que crear unas condiciones que puedan conducir a una paz duradera y segura. Los talibanes siguen comprometidos con su ideología y tienen buenas razones para negociar, pero sin buscar una paz real26.

Islamabad se juega mucho en el proceso de paz afgano. Si los talibanes son legitimados al formar parte del Gobierno de Kabul, se eliminará un elemento de fricción importante en sus relaciones con Washington que acusa a Pakistán de apoyar a los talibanes, siendo Estados Unidos el principal donante extranjero de Pakistán y uno de sus mayores mercados de exportación. Además, el proceso de paz ha brindado al Gobierno pakistaní la oportunidad de cooperar con los funcionarios estadounidenses.
Nueva Delhi ve a los talibanes demasiado dependientes de Pakistán y no los desea ver en el Gobierno afgano. Teme igualmente que el país pueda convertirse en un santuario para los grupos armados que actúan en territorio indio.


Papel de los actores externos

Las tres principales potencias geopolíticas de la actualidad, Estados Unidos, China y Rusia, siempre se han implicado en las relaciones indo-pakistaníes, apoyando a una u otra parte y procurando evitar una escalada excesiva. Durante la Guerra Fría, Washington encontró en Islamabad un aliado importante contra la URSS; desde la guerra chino-india de 1962, Pekín estrechó sus relaciones con Pakistán, lo que ha llevado a que se le denomine «el Israel chino», el único contratiempo ha sido el terrorismo islamista antichino con base en Pakistán; en contrapartida, Nueva Delhi, a pesar de su posición de no alineamiento, siempre ha mantenido estrechos vínculos con Moscú27, que en la actualidad sigue siendo su principal proveedor de armamento.Los programas nucleares de ambos países llevaron a su distanciamiento de la superpotencia norteamericana y a la imposición de sanciones. Además, Estados Unidos ha visto con gran preocupación que un país tan inestable como Pakistán posea armas nucleares, lo que ha dado lugar a una relación ambivalente de antagonismo y relación necesaria. Desde el despliegue de tropas de Estados Unidos en Afganistán esta ambivalencia se ha acentuado al convertirse Pakistán en socio imprescindible de la operación militar norteamericana y santuario de sus enemigos.

La guerra de Kargil en 1999 facilitó el acercamiento indio-norteamericano, después de que el final de la Guerra Fría hubiera suprimido el mayor obstáculo. En la actualidad, la emergencia de China ha eliminado las reticencias de no alineamiento de Nueva Delhi que estrecha sus relaciones estratégicas con Washington. Además, desde que Trump llegó a la presidencia la relación se ha visto fortalecida. Hay empatía entre ambos líderes, estando la relación entre las dos mayores democracias del mundo más focalizada al ámbito de seguridad28.

Rusia sigue manteniendo buenas relaciones con la India, pero está ensayando un medido acercamiento a Pakistán; cierta sintonía en Afganistán lo está facilitando. Las apuestas diplomáticas de las tres potencias globales suponen un juego de difíciles equilibrios.

Conclusión

La traumática independencia de la India y de Pakistán en 1947 y su disputa por Cachemira han condicionado unas relaciones marcadas por el conflicto recurrente y la desconfianza. Tradicionalmente, Nueva Delhi contó con el respaldo de Moscú e Islamabad con el de Washington y Pekín. Hasta finales del siglo XX dominaron las guerras convencionales, cuatro en total, una de las cuales, la de 1971, separó a Bangladesh de Pakistán, dejando a Pakistán sensiblemente debilitada frente a la India.


En la década de 1980, la guerra afgano-soviética introdujo profundos cambios en la región. Islamabad temía que un aliado de Nueva Delhi afianzara su posición en Afganistán, un país que le era hostil porque cuestionaba la validez como frontera de la Línea Durand que divide el territorio pastún entre ambos vecinos. Pakistán entrenó y armó, en colaboración con Estados Unidos y sus aliados, a combatientes islámicos de todo el mundo para oponerse a las fuerzas soviéticas. La derrota soviética dio alas al radicalismo y sirvió de fermento para el nacimiento de Al Qaeda en Peshawar, cerca de la frontera afgana.

Pakistán se convirtió en un país inestable, el islamismo radical echó raíces y el Estado reforzó su perfil ideológico en torno a su identidad musulmana, quedando el Ejército como su principal garante; el propio país se vio también amenazado por milicias y grupos terroristas que habían encontrado cobijo en su territorio. El modelo insurrecto afgano fue utilizado en Cachemira contra la India, haciendo su aparición el terrorismo en el conflicto indo-pakistaní.

Muchos han sido también los esfuerzos de acercamiento y las instancias diplomáticas de ambos vecinos para suavizar las tensiones. En todo momento han sido claves las presiones internacionales para evitar que las guerras y disputas fueran a mayores.

El otro vector de transformación del conflicto indo-pakistaní fue el arma nuclear. En 1974 la India respondió a la adquisición en 1964 de esta arma por parte de China, que la había derrotado en la guerra fronteriza de 1962. Esto impulsó, a su vez, el programa nuclear pakistaní. En 1998, ambos países ya disponían de capacidad nuclear. Pakistán se presenta además como un país que ha favorecido la proliferación nuclear y podría volver a hacerlo, su inestabilidad y las tensiones internas refuerzan la gravedad de esta amenaza.

La India siempre ha mantenido una doctrina de no primer uso. Para compensar su debilidad convencional, Pakistán mantiene que, además de responder a un ataque nuclear del enemigo con los mismos términos, empleará armas nucleares tácticas si no es capaz de detener por otro medio una penetración de las fuerzas indias en su territorio. En estos últimos años la dialéctica doctrinal nuclear entre ambos vecinos está adquiriendo un carácter de discusión bizantina, dejando espacio a los malos entendidos y elevando la tensión entre ellos.


El siglo XXI ha conocido innumerables incursiones fronterizas e incidentes militares bajo la sombra de una escalada nuclear. En febrero de 2019, como consecuencia de un ataque suicida en Pulwama (Cachemira), se produjo la crisis más aguda de la relación indo-pakistaní en dos décadas.

El ascenso de China, el reordenamiento del orden nuclear global, la nueva ambición de la India de Narendra Modi y la retirada norteamericana de Afganistán están redefiniendo la geopolítica regional. Nueva Delhi, que aspira a ganar el rango de gran potencia, se ha sacudido su tradición de no alineamiento y está estrechando sus vínculos estratégicos con Washington. El nacionalismo hindú, auspiciado por el propio Gobierno, está creando tensiones en las comunidades musulmanas de la India. Esto, unido al cambio del estatuto territorial de Jammu y Cachemira, ha encendido los ánimos en Pakistán. La decisión de Washington de abandonar definitivamente Afganistán ha devuelto protagonismo a Islamabad, clave para facilitar las negociaciones.

Las derivadas del conflicto Indo-pakistaní son numerosas, devolviéndole relevancia global y regional: está lastrando el desarrollo económico de ambos contendientes, más gravemente el de Pakistán, sirve de catalizador del terrorismo en la región, puede limitar las ambiciones de la India y ralentizar el esperado ascenso de Asia y podría encender la mecha de una panoplia de contenciosos altamente explosivos.

José Pardo de Santayana*
Analista del IEEE
 

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