Haftar está dispuesto a poner fin a una ofensiva que se demora desde abril

A las puertas de la capital libia

photo_camera REUTERS/GORAN TOMASEVIC - Un combatiente leal al gobierno libio respaldado por las Naciones Unidas (GNA) dispara un rifle sin retroceso de 105 mm durante los enfrentamientos con fuerzas leales a Khalifa Haftar en las afueras de Trípoli, el 25 de mayo de 2019

Libia aparece en el diccionario como acepción del término ‘caos’ desde que una discutida operación internacional provocase indirectamente la caída de Gadafi, sin un plan de contingencia establecido para ese escenario. Casi una década después, parece que se está viviendo el asalto final sobre la capital libia, Trípoli. Al frente de esta campaña se encuentra el general Jalifa Haftar, un hombre que ha sabido buscar su momento y rehacerse a sí mismo. Fue un personaje importante durante la etapa de Gadafi, del que acabó perdiendo la confianza hasta el punto de llegar al exilio. Durante los comienzos de la revolución libia, su experiencia y apoyos entre los restos del ejército libio fueron vistos, interna y externamente, como una esperanza dentro del sinfín de grupos terroristas y milicias que desgajaban el estado norteafricano. Legitimado internamente por la Cámara de Representantes que se trasladó a Tobruk e, internacionalmente, por una comunidad internacional que veía con buenos ojos esta nueva cámara legislativa. Con la creación en 2016 del Gobierno de Acuerdo Nacional (GNA) en torno a la persona de Fayez Sarraj, con el apoyo de Naciones Unidas y la Unión Europea, el viejo general fue perdiendo parte del gran protagonismo que había recuperado tras la caída de Gadafi. 

Jalifa Haftar

Desde la creación del gobierno de unidad, la situación interna libia ha estado muy lejos de mejorar. Sin una capacidad real de ejercer el poder estatal en gran parte del territorio y ante la necesidad de apoyarse en milicias islamistas principalmente de la región de Misrata, el apoyo internacional – casi en exclusividad político hasta ahora – ha sido insuficiente para que Sarraj se impusiera a la Libia que se gobierna desde Tobruk pero que lidera Jalifa Haftar. De forma sostenida, Haftar ha ido ampliando su control territorial sobre el país, se ha hecho con la principal fuente económica de Libia al controlar las zonas de extracción petrolífera y ha ido tejiendo, de nuevo, importantes apoyos internacionales antes de rodear la capital libia para su ataque final a mediados de este año. De esta forma, la solidez del antiguo general de Gadafi ha conseguido poner de su parte a Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí, Rusia e, incluso, Francia. Este último, junto con Estados Unidos, ha bloqueado e impedido la condena ya fuera de Naciones Unidas o de la Unión Europea a la ofensiva que se cierne sobre Trípoli. En el otro lado, la Libia encabezada por Fayez Sarraj tiene el apoyo de Naciones Unidas, Qatar y, principalmente a Turquía, cuyo reciente papel en la región mediterránea está dejando serias heridas. Algunas nuevas y otras que parecían cerradas.

El Ministro de Defensa turco, Hulusi Akar (izq.), conversa con el Presidente del Consejo Presidencial de Libia, Fayez al-Sarraj, durante su reunión paralela al Foro de Doha de 2019.

La creciente relación entre Turquía y el GNA coincide con el repunte de la ofensiva del Ejército Nacional de Libia (LNA) para hacerse con la capital. Pero coincide también con varias disputas que está manteniendo Turquía en aguas mediterráneas. Por un lado, la explotación no autorizada que está llevando a cabo en aguas de la Zona de Exclusividad Económica chipriota, lo que ha elevado la tensión en la región y se ha llegado a tratar en la pasada cumbre de la OTAN en Londres. A su vez, y aprovechando la debilidad que presenta la situación del GNA, Erdogan ha logrado un memorando de entendimiento con el gobierno de Sarraj, en el que delimitan de forma bilateral unas aguas que también afectan a la isla griega de Creta. El Consejo Europeo ya ha emitido un informe en el que avisa de que este acuerdo atenta contra el derecho del mar. Aparte de Chipre, Grecia, Libia y Turquía, Egipto está viendo con preocupación la postura turca sobre el Mediterráneo, lo que afianza su apoyo al gobierno de Jalifa Haftar. Libia se convierte, como también le ha pasado a Siria, en un nuevo escenario donde las potencias regionales e internacionales pugnan por pequeñas victorias que afiancen sus intereses en la región.

No obstante, el acuerdo firmado entre el GNA y Turquía, y que fue publicado por el parlamento turco, desvela cómo Turquía pretende apoyar militarmente al gobierno de Trípoli. En el acuerdo Turquía se presta a una profunda cooperación en materia de seguridad y defensa que incluye la formación, maniobras conjuntas, transferencia de armamento y, si es necesario, el despliegue militar en territorio libio. Con esto último, el presidente turco busca disuadir a Haftar de la continuación de la ofensiva, llegando a asegurar que el despliegue de tropas turcas podría ser inmediato si Trípoli así lo solicita. Debido a esta situación, el resto de países han comenzado a alinearse y se han sucedido escenas diplomáticas entre los principales aliados de ambas partes. Se ha podido ver al presidente de la Cámara de Representantes de Tobruk en Egipto o a diferentes líderes del GNA con sus homólogos turcos, incluida una reunión de los propios Fayez y Erdogan. La posibilidad de la presencia turca en territorio libio coincidiría con la presencia rusa a través de la compañía Wagner del lado del LNA, reproduciendo de nuevo la situación que se vive en la vecina Siria. 

Libia

Jalifa Haftar, lejos de frenar la ofensiva sobre Trípoli, se ha propuesto endurecerla y, para ello, ha continuado la movilización de tropas desde Bengasi hasta el frente de combate. El pasado jueves, en una declaración televisada, el general instaba a las milicias que apoyan al GNA a deponer sus armas ante lo que denominó la ofensiva final sobre Trípoli – aunque también se incluyen las ciudades de Misrata y Sirte –. La intensificación de los enfrentamientos en torno a la capital, aunque sin que haya avances o retrocesos ostensibles, se ha complementado con bombardeos sobre Misrata. La aviación del LNA, no sin pérdidas, ha estado atacando los envíos de armamento que se han realizado desde Turquía para abastecer a las milicias islamistas que tienen Misrata como bastión desde 2011. Además, se han producido bombardeos en las cercanías del aeródromo de esa localidad. En los últimos días, se ha hecho si cabe más presente la preocupación internacional sobre lo que pasa en Libia, hasta tres drones de diferentes países, Italia, Turquía y Estados Unidos, han sido derribados en territorio libio. Será necesario esperar aún para ver si la ofensiva de Haftar obtiene avances sólidos, si Turquía acepta finalmente arriesgar medios humanos en evitar la caída de Trípoli o si los esfuerzos de Francia, Italia o Alemania por una salida política a la situación tienen respuesta en alguna de las partes. No da la sensación de que un Fayez al-Sarraj al que apoya Naciones Unidos o que un Jalifa Haftar que controla casi en su totalidad el país vayan a ceder en sus posiciones. El primero considera que su derrota supondría un varapalo que la comunidad internacional no estará dispuesta a permitir llegado el caso y el segundo, cree que la estabilidad que proyecta la gran cantidad de territorio que controla supone un valor añadido para ser tenido en cuenta en el futuro político de Libia.  
 

Más en Política