Los tres son Estados soberanos, pero también mantienen entre sí un alto grado de dependencia derivado de la proximidad geográfica, la competición regional y la convergencia de intereses

Rusia, Turquía e Irán: el “Gran Juego” de las potencias revisionistas

Vladimir Putin, Ebrahim Raisi y Recep Tayyip Erdogan - PHOTO/FILE
Vladimir Putin, Ebrahim Raisi y Recep Tayyip Erdogan - PHOTO/FILE

Este documento es copia del original que ha sido publicado por el Instituto Español de Estudios Estratégicos en el siguiente enlace.

  1. Introducción
  2. Aspectos comunes de Rusia, Turquía e Irán
  3. La influencia de la geopolítica en las relaciones entre Rusia, Turquía e Irán
  4. Rusia y Turquía. Entre la competencia y la cooperación
  5. Rusia e Irán. Una percepción común de la amenaza
  6. Turquía e Irán. Una gestión razonable de las desavenencias
  7. Gaza como oportunidad para unas potencias revisionistas
  8. Conclusiones

Rusia, Turquía e Irán son Estados que tienen una visión geopolítica expansiva y entienden que la mejor forma de garantizar su estabilidad interna y el equilibrio regional es a través del control de los espacios geográficos que los rodean. Se trata de una concepción de la seguridad que hunde sus raíces en la historia y que se basa en la disconformidad con el reparto del poder en un orden internacional que consideran injusto y con el que no se sienten cómodos. Los tres son Estados soberanos, pero también mantienen entre sí un alto grado de dependencia derivado de la proximidad geográfica, la competición regional y la convergencia de intereses. El problema se presenta cuando los espacios, que cada uno de ellos considera, están dentro de su área de influencia coinciden con los de sus vecinos, lo que da lugar a diferentes comportamientos de competición o cooperación en el mar Negro, el Cáucaso o Asia central, así como en el norte de África u Oriente Medio. Los actuales conflictos en Ucrania y Palestina les habrían dado una oportunidad histórica de asociarse y adquirir un papel protagonista en el tablero de ajedrez del nuevo orden global, algo que hasta ahora se les había negado y que ahora tienen una buena oportunidad de conseguir.

Introducción

Hace años, el pensador norteamericano Robert Kaplan escribió un libro titulado La venganza de la geografía, en el que afirmaba que el poder de una nación y su estrategia de seguridad están ligados a la geografía, y que es el uso de la geografía el que sostiene la prosperidad y favorece la expansión de su influencia. Este sería el caso de Rusia, Turquía e Irán, tres Estados para quienes solo el control de los espacios geográficos naturales que los rodean garantiza la estabilidad interna y el equilibrio regional. El problema se presenta cuando los espacios que cada uno de ellos considera que están dentro de su área de influencia coinciden con los de sus vecinos.

Rusia, Turquía e Irán son tres Estados cuyo comportamiento en el orden internacional se ajusta bastante bien a una concepción esencialmente realista de las relaciones entre potencias con aspiraciones geopolíticas. Los tres son Estados soberanos, pero también mantienen entre sí un alto grado de dependencia derivado de la proximidad geográfica, la competición regional y la convergencia de intereses.

La soberanía la entienden como la capacidad que tiene cada uno de ellos para hacer frente a sus propios problemas de seguridad en función de su poder nacional medido en términos de tamaño, demografía, riqueza y poder militar. Su comportamiento viene así definido desde la perspectiva del interés nacional; es decir, en función de la cantidad de poder que cada uno de ellos tiene respecto a otras potencias tanto a nivel regional como global. Cuanto más tengan de estos factores, más poderosas son.

De esta manera, la diferente actitud de enfrentamiento o cooperación que asumen en los escenarios geográficos del mar Negro, el Cáucaso o Asia central, pero también en el norte de África u Oriente Medio responde a una concepción de la seguridad que hunde sus raíces en la historia y que se basa en la disconformidad con la distribución de poder en un orden internacional que consideran injusto y en el que no se sienten cómodos.

En cada momento, o circunstancia histórica, cada uno ha buscado incrementar su poder nacional normalmente imponiéndose a sus vecinos, también, si ello no es posible, cooperando con ellos. Sus políticas nacionales son esencialmente geopolíticas y se basan en el principio de que el único nivel «adecuado» de seguridad consiste en ser dominantes en los espacios geográficos en los que compiten o, si ello no es posible, formar alianzas de circunstancias para evitar que cualquiera de los otros lo sea.

Esto no quiere decir que el enfrentamiento sea el estado natural permanente entre ellas, ni que la competición se limite exclusivamente a los espacios geográficos colindantes, o al terreno militar, pero sí que cada una define pragmáticamente la estrategia que mejor sirve a sus intereses, con frecuencia a costa de las otras. De esta manera, Rusia, Turquía, e Irán pueden decidir la conveniencia de usar, o no, la fuerza y el mejor momento para hacerlo en función de la importancia que dan a sus intereses nacionales en cada escenario geográfico. Ello hace que la confrontación haya sido una constante de su historia, y también que la guerra entre ellas pueda surgir en cualquier momento.

No obstante, como Estados pragmáticos, su política esta movida por el interés nacional más que por la ideología, por lo que son capaces de aliarse entre sí siempre que entiendan que el coste de oportunidad que ello supone es aceptable y hacerlo tanto con carácter temporal como geográfico.

Aspectos comunes de Rusia, Turquía e Irán

Cuando analizamos estas tres potencias y las comparamos en términos geopolíticos, Rusia resulta más poderosa. Su extensión geográfica es diez veces la de Irán y veinte la de Turquía. Su población de ciento cuarenta millones de habitantes es muy superior a la de los otros dos países, que solo alcanza los 85 millones cada una. También en términos económicos Rusia es más rica que los otros dos países, con un producto interior bruto en términos de poder adquisitivo tres veces superior al de Irán, y vez y media el de Turquía. Si nos referimos a los aspectos militares, y descontamos el desgaste producido por la guerra en Ucrania, las fuerzas armadas rusas equivalen en términos cuantitativos a la combinación de las de Turquía e Irán. También la industria militar rusa es mucho más potente que la de los otros países, aunque la de Turquía está creciendo fuertemente en los últimos años y tiene algunas áreas de especialización donde son punteros tecnológicamente, como sería el caso de los drones.

Es decir, en términos puramente cuantitativos, Rusia tiene algunas de las características de una gran potencia, si bien su participación en la guerra de Ucrania, la debilidad de su demografía y su incapacidad de acceder al dominio de las tecnologías más avanzadas hacen que también se la pueda definir como una potencia en declive, a medida que su poder militar y económico se resiente y se va alejando de las grandes potencias dominantes globales que son los EE. UU. y China.

Por el contrario, la no participación en la guerra en Ucrania de Turquía e Irán, su mejor demografía y un mayor crecimiento económico en los últimos años, a pesar de la crisis actual en Turquía y las sanciones a Irán, ha hecho que el peso geopolítico en términos absolutos de ambas se acreciente y disminuya su diferencia en términos relativos con Rusia. Esta mayor nivelación de las tres potencias tiene un reflejo natural en las relaciones de poder entre las mismas.

Si hacemos un análisis en términos geopolíticos e intentamos identificar algunos de los rasgos comunes que caracterizan a estas tres potencias podríamos destacar los siguientes. En primer lugar, las tres tienen una visión mesiánica de sí mismas y creen que están llamadas a jugar un papel fundamental en el devenir de la historia.

En segundo lugar, se trata de tres potencias revisionistas que se consideran víctimas del orden liberal y, por tanto, lo cuestionan. Desde posiciones distintas, piensan que tal como está concebido, les perjudica. Alguna directamente lo rechaza, como sería el caso de Irán, al entender que se trata de un orden dictado por Occidente del que se le ha excluido, hasta el punto de verse relegada al estatuto de «paria».

Otras como Rusia buscan crear, en conjunción con China, un orden alternativo en el que el poder internacional esté mejor repartido y en el que los Estados Unidos ya no sean la potencia dominante. Finalmente, Turquía no cuestiona abiertamente el orden liberal; más bien piensa que, en la actual situación de incertidumbre, puede beneficiarse del mismo aprovechando las oportunidades que le ofrece la competición entre las grandes potencias.

En tercer lugar, los tres Estados tienen un fuerte componente ideológico en su comportamiento internacional y están dirigidos por líderes autoritarios. También los tres tienen ambiciones expansionistas. Estas son bien de carácter geopolítico buscando extender su influencia en las regiones periféricas —lo que Rusia denomina su «extranjero próximo»—, bien de carácter ideológico como sería el caso de Irán, que trata de extender la influencia del fundamentalismo islámico de corte chiita en Oriente Medio y Asia central, o bien una combinación de ambas como sería el caso de Turquía con una deriva cada vez más islamista, pero también con ambiciones geopolíticas en áreas vecinas que un día pertenecieron al Imperio otomano y considera que siguen estando dentro de su esfera de influencia.

En cuarto lugar, las tres potencias están dispuestas a emplear la fuerza para avanzar en sus intereses bien de manera directa, bien a través de actores delegados —los llamados proxis—, o bien utilizando con carácter oportunista estrategias híbridas, como sería el caso de Rusia con el empleo de la compañía Wagner en Siria, Libia o el Sahel, o Turquía utilizando a Azerbaiyán como actor delegado frente a Armenia, en su intento de imponerse en el Cáucaso.

Finalmente, las tres son potencias pragmáticas, capaces llegar a acuerdos con potencias antagonistas y de aliarse entre ellas en determinados escenarios y, al mismo tiempo, competir en otros.

La influencia de la geopolítica en las relaciones entre Rusia, Turquía e Irán

Si bien las tres potencias tienen modelos geopolíticos con numerosos rasgos en común, cada una de ellas presenta características propias que la diferencian de las otras. Rusia siempre ha tenido una vocación imperial y siempre se ha considerado una de las naciones elegidas por la providencia para llevar a cabo un proyecto mesiánico: el de servir de intermediario entre Oriente y Occidente, convirtiéndose al mismo tiempo en garante de los derechos de los pueblos eslavos.

Su historia se ha caracterizado tradicionalmente, por una política expansionista basada en la utilización de la fuerza para conquistar los inmensos espacios que se extienden desde Europa occidental hasta el Pacífico. Durante siglos la expansión se ha dirigido hacia el sur hasta llegar a las montañas del Cáucaso y las cordilleras de Asia central; hacia el este hasta alcanzar el océano Pacífico y hacia el norte hasta encontrarse con las aguas heladas del océano Ártico. Sin embargo, la expansión rusa hacia el oeste ha tenido el inconveniente de la falta de obstáculos naturales que le sirvan de frontera natural y de chocar con potencias europeas que históricamente han sido poderosas. La concepción geopolítica rusa en esta región se ha basado en apoyarse en la creación de zonas de amortiguamiento, los llamados «estados tapón», que impidieran la confrontación directa con unos Estados centroeuropeos siempre recelosos del expansionismo ruso.

La geopolítica rusa desde sus orígenes como Estado responde, por tanto, a la búsqueda de fronteras seguras. Pero esta expansión no ha sido pacífica, sino profundamente agresiva1. Desde los tiempos de Pedro el Grande auténtico artífice de la nación rusa, los dirigentes rusos han proclamado reiteradamente la necesidad de usar la fuerza en el interés de la prosperidad y la grandeza de Rusia, aunque ello supusiese mantener a la nación en un estado perpetuo de guerra.

En este sentido, la visión del Estado ruso ha sido fundamentalmente geopolítica, utilizando en su beneficio las ventajas que le confieren su geografía —con abundancia de ríos caudalosos que transcurren dirección norte sur y sur norte y que favorecen la penetración—, y las características de su áspero clima, que le ha protegido en momentos críticos de las invasiones europeas. También la estepa euroasiática ha sido una vía de comunicación natural y de expansión hacia y desde la Siberia oriental y el océano Pacífico.

Esta actitud rusa obedece a un comportamiento geopolítico que los teóricos realistas como John Mearsheimer consideran el normal de las grandes potencias: primero se expanden regionalmente y luego lo hacen con carácter global y al hacerlo se enfrentan con otras potencias hasta entonces dominantes2. El apogeo de la expansión Rusia tuvo lugar durante la Guerra Fría y su final, con la mengua geográfica consiguiente, supuso un profundo trauma para un Estado ruso que siempre se había considerado una potencia global.

Por tanto, su geopolítica contemporánea ha ido dirigida a la reconstitución en la medida de lo posible de los espacios perdidos. La Unión Euroasiática, que Rusia va a impulsar a partir de la segunda década de este siglo responde a este propósito regenerativo en el que se combinan países centroasiáticos, históricamente pertenecientes al mundo túrquico y, en menor medida, iranio, como es el caso de Kazajistán, o Kirguistán, con otros europeos como Bielorrusia. En este experimento político, Ucrania juega un papel determinante para evitar un excesivo desplazamiento del centro de gravedad ruso hacia Asia. Otro tanto ocurre con el Cáucaso, que Rusia entiende pertenece a su extranjero próximo y, por tanto, se encuentra dentro de su zona de influencia.

El problema de un diseño tan ambicioso es que Rusia no tiene el suficiente peso geopolítico para acometer la recomposición de su espacio de influencia sin chocar con sus vecinos Turquía e Irán, por lo que sus ambiciones geopolíticas superan a sus propias posibilidades de éxito. Un PIB discreto en comparación con otras grandes potencias y una población en franco declive demográfico, hacen que solo su capacidad militar y nuclear, y sus recursos naturales, principalmente energéticos, le permitan mantener sus aspiraciones de potencia global, una condición que vendrá determinada por el resultado de la guerra en Ucrania.

El comportamiento expansionista de Rusia le ha llevado históricamente a la confrontación con Turquía e Irán, potencias vecinas, creando un estado de conflicto casi permanente, en el que Rusia tradicionalmente se ha impuesto. Sin embargo, hoy en día, la situación ha cambiado. La guerra en Ucrania permite a Turquía e Irán, que también tienen intereses en las mismas áreas fronterizas, aprovechar la actual situación de una mayor debilidad rusa, para avanzar sus posiciones en regiones que tradicionalmente han estado bajo influencia rusa.

En este sentido, el comportamiento geopolítico de Turquía e Irán obedece a lo que podríamos llamar «el despertar de las potencias medias»3. En el caso de Turquía, su posición a caballo entre Asia, África y Europa le permite influir fuertemente en el Cáucaso, Asia Central, los Balcanes, y Oriente Medio y aprovechar las oportunidades que proporciona la situación de desorden del sistema internacional para convertirse en una potencia regional dominante, capaz de competir en términos equilibrados con Rusia y ventajosos con Irán.

En los últimos años, Turquía ha venido desarrollando una política inteligente de expansión —que la guerra en Ucrania ha acentuado4—, basada en la explotación de conflictos y la generación de tensiones, así como en el aprovechamiento de los vacíos de poder producidos por la retirada de otras potencias como Rusia, Estados Unidos, o Francia, de determinadas áreas geográficas.

Para ello ha utilizado instrumentos de poder cuestionables pero exitosos, como sería el empleo de un doble juego en la OTAN para un escenario como Ucrania, donde su papel es cuando menos controvertido. Dentro de este concepto estaría igualmente, la utilización con fines geopolíticos de su «poder blando» —como ocurriría con su intermediación en el acuerdo para la exportación del grano de Ucrania a través del mar Negro—, la alianza con Rusia en determinados momentos en el escenario de Siria, o la utilización de Estados delegados como Azerbaiyán para avanzar sus intereses en el Cáucaso.

La geopolítica tradicional turca diseñada en la época de Kemal Ataturk, basada en el principio de «paz en Turquía, paz en el mundo»5, ha sido sustituida por un cierto neoimperialismo, cuya finalidad última sería la reconstrucción en los mayores términos geográficos posibles del antiguo Imperio otomano.

Ello ha supuesto un vuelco en la política exterior del partido AKP del presidente Erdogán, la cual se basaba a principios de siglo en el principio «cero problemas con los vecinos», con la que Ankara pretendía ampliar la influencia de Turquía construyendo vínculos comerciales, fomentando la democracia y enfatizando su identidad islámica6. Sin embargo, desde la década de 2000, esta política se ha vuelto más autoritaria en lo interior y más asertiva internacionalmente. Ahora Turquía considera, en expresión del que fuera ministro asuntos exteriores Ahmet Davutoğlu7, que posee una «profundidad estratégica» como país de Oriente Medio, los Balcanes, el Cáucaso, Asia Central, el Caspio, el Mediterráneo, el Golfo y el Mar Negro, lo que le permite implementar una política exterior multidireccional y reclamar un papel central en la política global.

La doctrina de profundidad estratégica, convertida en la guía de actuación de la política exterior del AKP, contempla una Turquía que puede ejercer simultáneamente influencia en todas estas regiones y reclamar un papel estratégico global. Turquía debe desarrollar una política proactiva acorde con su profundidad histórica y geográfica, amplificada por su legado otomano. Esta doctrina desarrollada en toda su amplitud coloca a Turquía en rumbo de colisión con sus vecinos ruso e iraní.

Igualmente, su estrategia conocida como «de la Patria Azul»8 iría encaminada a expandir la influencia turca en la región y la finalidad última sería que Turquía domine el Mediterráneo y recupere el poder comercial y marítimo que una vez tuvieron los otomanos. Esta estrategia expansionista representa, además de una visión ampliada de las fronteras marítimas de Turquía en el Mediterráneo, un intento de reposicionar al país como potencia marítima. En este sentido, y según la narrativa de sus creadores, los intereses geopolíticos turcos estarían esencialmente llevados por motivaciones geopolíticas y en su núcleo residiría el descontento turco con Occidente.

Por otra parte, Turquía cuenta con un activo geográfico de gran importancia geopolítica como son los estrechos del Bósforo y los Dardanelos, unas vías marítimas vitales que conectan los mares Negro y Egeo y a través de las cuales pasan cientos de millones de toneladas de carga cada año. Su control le fue otorgado por la Convención de Montreux de 1936 y la guerra entre Rusia y Ucrania ha aumentado extraordinariamente su valor estratégico.

Pero las ambiciones turcas no acaban allí. El presidente Erdogán pretende proyectar aún más el poder de Turquía, especialmente en Medio Oriente, donde la reducción de la presencia estadounidense y la debilidad rusa han dejado un vacío que Ankara espera llenar. Ello supone un cambio asertivo en la política exterior turca dirigido a ampliar su huella militar y diplomática.

Turquía ha lanzado en los últimos años intervenciones militares en países como Irak, Libia y Siria; suministrado drones a socios como Etiopía y Ucrania; construido escuelas islámicas en el extranjero y utilizado a Azerbaiyán como «un actor delegado» en su disputa con Armenia sobre la región de Nagorno-Karabaj9.

En lo que respecta a Irán, su geopolítica está condicionada por la historia que es el elemento fundamental para entender su relación con el resto del mundo. Irán nunca ha aceptado convertirse en un Estado clientelar de nadie, ni estar dominado por potencias extranjeras. Incluso durante la época del Sha de Persia, Irán procuró mantener su soberanía y convertirse en un verdadero socio —no un cliente— de Estados Unidos. En ese sentido, la revolución de 1979 y las cuatro décadas de agravios contra Estados Unidos que siguieron son los motores que impulsan la visión del mundo de Irán, un país que considera a Occidente como irremediablemente imperialista y como un elemento a batir10, por encima de cualquier discrepancia que pueda tener con sus vecinos ruso y turco.

A pesar de los intentos de la República Islámica de distanciarse del pasado preislámico del país y del Irán del sha Reza Pahlavi, la República Islámica continúa una tradición profundamente arraigada e históricamente condicionada por la voluntad de independencia estratégica iraní, que es la que impulsa su comportamiento internacional. Tres factores de esta tradición son particularmente importantes para entender la relación de Irán con sus vecinos Rusia y Turquía, así como con el resto del mundo: Irán siempre resistió ferozmente la dominación extranjera; Irán a menudo buscó un aliado benevolente fuera de la región para apoyar su soberanía; e Irán siempre ha deseado ser visto como una potencia seria que merece el respeto de sus vecinos.

La guerra de Ucrania ha sido, en este sentido, una excelente oportunidad para devolver al régimen de los ayatolás a la escena internacional como jugador geopolítico importante en Oriente Medio y, en menor medida, en Asia central. Irán ha sabido aprovechar muy bien sus cartas recomponiendo sus relaciones con Rusia, China e, incluso, con Arabia saudí su competidor geopolítico y religioso en el mundo musulmán, con quien llegó a un acuerdo propiciado por China y «fríamente calculado»11 para el establecimiento de relaciones diplomáticas.

Rusia y Turquía. Entre la competencia y la cooperación

Las relaciones entre Rusia y Turquía han sido tradicionalmente competitivas llegando en numerosas ocasiones a la confrontación. La expansión de Rusia hacia el mar Negro se hizo a costa de Turquía con la que ha mantenido trece guerras, desde mediados del siglo XVI hasta principios del siglo XX. No es de extrañar que durante el periodo de la Guerra Fría, las relaciones entre ambas potencias fueran de abierta hostilidad, si bien Rusia, más poderosa militarmente, se encontraba en una posición dominante en las regiones limítrofes en el mar Negro, los Balcanes, el Cáucaso y Asia central donde sus intereses convergían con los turcos.

Desde el fin de la Guerra Fría, las relaciones entre Turquía y Rusia han oscilado desde la competencia geopolítica hacia una cooperación interesada que ha permitido que, a pesar de los desacuerdos, ambas potencias hayan seguido estrategias paralelas de cooperación que les ha proporcionado beneficios mutuos. Este sería el caso de la central nuclear de Akkuyu, una construcción faraónica financiada por una empresa rusa en suelo turco, que se inauguró en 2023 en plena invasión de Ucrania y que está previsto que en 2026 proporcione el 10 % del consumo eléctrico de toda Turquía12.

Otro ejemplo destacado de esta política cooperativa serían los acuerdos para la adquisición por parte de Turquía del sistema de defensa antimisiles S-400. Esta compra coincide con la voluntad turca de lograr una mayor autonomía estratégica frente a Occidente en la industria aeroespacial y de defensa a través de la diversificación en la adquisición de sus sistemas de armas13, al tiempo que satisface sus necesidades de seguridad.

No obstante, no parece ser del interés de Ankara desarrollar excesivamente sus relaciones con Rusia, para evitar una dependencia incómoda. En la guerra Rusia- Ucrania, Turquía ha buscado un difícil equilibrio entre ambos países, sin mostrar demasiados escrúpulos en «mantener un pie en cada campo»14 y gestionar en su beneficio el desgaste de Rusia.

Turquía ha suministrado material militar crítico para la defensa ucraniana, como son los temibles drones de combate Bayraktar Tb2, apoyado la votación en la Asamblea General de la ONU que condenaba la invasión rusa, prohibido el paso de todos los buques de guerra por los estrechos turcos y bloqueado su espacio aéreo a los aviones rusos con destino a Siria.
Pero también, en sentido contrario, Turquía se ha opuesto a las sanciones occidentales a Rusia debido a sus propias necesidades energéticas y ha mantenido abiertas las puertas al turismo ruso. Esta posición ambivalente le ha permitido posicionarse como mediador en el conflicto y utilizar su poder blando para ayudar a negociar un acuerdo para suministrar cereales ucranianos a los mercados globales15.

Esta relación ambivalente entre Rusia y Turquía tiene una dimensión estratégica adicional en las regiones periféricas, donde la cambiante situación en el mar Negro, el Mediterráneo oriental y el Medio Oriente, ha obligado a ambos países a asumir nuevas posiciones geopolíticas. Rusia ha seguido una política de seguridad en sus fronteras, buscando el control de las áreas situadas en su extranjero próximo, pero manteniendo los costos y los riesgos en un nivel manejable. Su política asertiva ha venido acompañada de una estrategia de «amistad» asimétrica que ha permitido a Rusia, por medio de unas mayores relaciones de interdependencia, evitar el surgimiento de un bloque de Estados vecinos liderados por Turquía, en su contra.

Por su parte, Turquía se presenta como una potencia revisionista que está sabiendo aprovechar muy bien las oportunidades que le proporciona el actual desconcierto del orden internacional para equilibrar sus asimetrías en las relaciones bilaterales con Rusia y lograr una mayor independencia en los asuntos internacionales. Ello se ha traducido en un mayor afán intervencionista en las regiones que pertenecieron al antiguo Imperio otomano y que Turquía entiende que siguen formando parte de su esfera de influencia16.

El resultado es que Rusia y Turquía pueden llegar a acuerdos en el mar negro para la exportación de granos y, al mismo tiempo, ser rivales geopolíticos en regiones vecinas. El Mediterráneo oriental, la región del mar Negro y el Cáucaso meridional son las zonas donde los intereses rusos y turcos más intensamente convergen y compiten. Siria sería el campo de pruebas por antonomasia de esta competición, con los dos países respaldando a bandos opuestos. Rusia apoya al gobierno del presidente Assad, mientras que Turquía ha ocupado una franja fronteriza del norte del país, a lo que se opone el gobierno de Damasco.

Ello no ha impedido que ambos Estados hayan sido capaces, junto con Irán, de ponerse de acuerdo en el proceso de paz lanzado en Astaná en enero de 2017 para poner fin a la guerra en Siria, siendo el apoyo a la integridad territorial de Siria el terreno común para el consenso. Sin embargo, las preocupaciones de seguridad de Turquía, que se han traducido en la ocupación de una amplia zona fronteriza en el norte han impedido transformar este limitado espacio de acuerdo en una gestión efectiva de la seguridad colectiva en la totalidad del país. A pesar de esta dificultad, los diálogos de Astaná no se han abandonado y siguen siendo fundamentales para gestionar la inestable situación en Siria.

En cualquier caso, el gobierno turco es consciente de los riesgos de unas relaciones polarizadas con Rusia, en un contexto en el que la cuestión kurda y la división entre islamistas y laicos plantean importantes obstáculos para la realización del potencial estratégico de Turquía y suponen un serio inconveniente para sus aspiraciones de convertirse en la potencia regional dominante.

Otro tanto ocurre en Libia, donde ambas potencias apoyan a contendientes opuestos; Rusia apoya al general Khalifa Hafter y a la Cámara de Representantes de Tobruk que domina la región oriental de la Cirenaica, mientras Turquía lo hace con el gobierno de unidad nacional del presidente Dbeibah que controla la Tripolitania, incluyendo la capital Trípoli.

Al mismo tiempo, Turquía muestra una creciente inclinación geopolítica eurasiática orientada hacia las repúblicas en Asia Central y en el Cáucaso (Azerbaiyán) con las que Turquía tiene una afinidad histórica, étnica y lingüística y que, sin embargo, han formado parte hasta fechas recientes de la zona de influencia rusa.

La victoria de Azerbaiyán en la reciente guerra de Nagorno-Karabaj de 2023, en gran medida gracias al apoyo de Turquía, hubiera sido impensable antes de la guerra de Ucrania, dado que Rusia nunca hubiera consentido una penetración turca tan agresiva en un territorio que siempre ha considerado bajo su influencia y donde, hasta la guerra de Ucrania, se había mostrado ferozmente hostil ante cualquier intento de penetración de potencias vecinas.
La pasividad rusa estaría favoreciendo las intenciones turcas de buscar un papel más importante en el Cáucaso y Asia Central, estableciendo relaciones más estrechas con los Estados formados por pueblos túrquicos, sobre lo que Ankara tiene cierta ascendencia consecuencia de unos orígenes comunes.

Igualmente, Turquía podría desempeñar un papel más relevante en Afganistán después de la retirada de Estados Unidos17, donde buscaría ocupar el hueco dejado por estos. Por lo tanto, la recreación de un espacio túrquico controlado por Ankara puede ser uno de los motores intelectuales, ideológicos y geopolíticos de su acción exterior en los próximos años.

De ser así, se pondría en primer plano la naturaleza competitiva, si no conflictiva, de las relaciones turco-rusas. Al final, una gran parte del mundo turco también forma parte del espacio postsoviético. Es probable que el giro de Turquía hacia Eurasia, si se implementa geopolíticamente, la colocaría en rumbo de colisión con Rusia, con repercusiones que se sentirían en diferentes regiones, con distintos formatos y distintos grados de intensidad.

No obstante, ni Rusia ni Turquía tienen interés en que la competición alcance niveles peligrosos, por lo que ambos países han desarrollado un sistema de control de daños basado en el diálogo de alto nivel, el aislamiento de las cuestiones conflictivas y el mantenimiento de la cooperación, especialmente en Siria y Libia, donde Ankara y Moscú tienen enfoques diferentes18.

Se trata de mantener abiertos los canales de comunicación para que las ambiciosas políticas expansionistas de Turquía en detrimento de Rusia resulten gestionables por ambos Estados y no escalen peligrosamente. En cualquier caso, como rival geopolítico, Turquía aprovechará cualquier debilidad de Rusia para avanzar sus intereses en aquellos escenarios en los que compiten.

Rusia e Irán. Una percepción común de la amenaza

En lo que respecta a las relaciones entre Rusia y la República Islámica de Irán, se trata de dos países que han sido históricamente antagonistas y cuya compleja relación ha convertido la guerra de Ucrania, en una asociación de conveniencia19. Si el presidente Vladimir Putin ha resucitado las ambiciones imperiales de Rusia, Irán aparece como un área que tradicionalmente ha formado parte de su esfera de influencia. Rusia nunca ha visto a Irán como un igual sino como un país a controlar, tal y como pretendió hacerlo la Rusia imperial.

Sin embargo, el nuevo contexto internacional ha alterado en los últimos tiempos esta visión rusa casi «paternalista». Ambas potencias comparten intereses geopolíticos, pero, sobre todo, una oposición mutua al orden mundial dominado por Estados Unidos, del cual se sienten excluidos y el cual entienden que amenaza su identidad y seguridad. Esta percepción común de la amenaza se ha convertido en los últimos años en el pilar fundamental de la convergencia ruso-iraní y se ha traducido en una relación cada vez más sólida entre ambos países.

Desde que lanzó su invasión a gran escala de Ucrania en febrero de 2022, Moscú ha profundizado drásticamente su cooperación con Irán. A cambio de los drones de combate iraníes y otros equipos militares, Rusia ha intensificado su apoyo defensivo a Teherán, incluyendo la asistencia a sus programas de misiles y espacial20. Al mismo tiempo, Rusia e Irán colaboran estrechamente en áreas como la desdolarización de sus economías y el comercio en otras monedas internacionales.

Rusia se opuso a la denuncia norteamericana en agosto de 2018 del Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA) —comúnmente conocido como acuerdo nuclear con Irán— que ha supuesto la reintroducción de sanciones contra el programa nuclear de Irán. Rusia ha dejado de presionar a Irán para lograr avances en las conversaciones nucleares, creando un escudo de facto para el estatus casi nuclear de Irán. Con esta actitud, Moscú parece haber llegado al convencimiento, especialmente en su sector más duro, de que un Irán con capacidad nuclear sería menos peligroso que un Irán cercano a Occidente.

En sentido inverso, Rusia también es objeto de sanciones norteamericanas y europeas como reacción a la anexión de Crimea. La amenaza común de las sanciones ha proporcionado una razón justificada para que Moscú y Teherán profundicen sus vínculos, dando lugar a una asociación estratégica flexible, más que una alianza formal, ya que Rusia no quiere enemistarse con países como Israel o los Estados del golfo Pérsico.

Esta asociación pragmática estaría impulsada no por ideología sino por agravios y su finalidad última sería la de enfrentarse a Occidente.

Esta creciente asociación va en la línea de una visión geopolítica de Irán que se viene gestando desde que el presidente Raisi asumió el cargo en 2021. Los líderes iraníes, guiados por el lema revolucionario de «ni Oriente ni Occidente»21, han tratado tradicionalmente de evitar volverse dependientes de cualquier potencia o bloque. Pero desde 2023, ese equilibrio estratégico se ha inclinado fuertemente hacia una relación cada vez más estrecha con Moscú, alentado por la guerra en Ucrania 22.

Irán ha ayudado a consolidar la posición de Rusia en Medio Oriente desde el comienzo de su participación en la guerra civil siria en 2015, en un escenario geográfico en el que ambos países apoyan al presidente Assad. En Siria, Rusia e Irán han encontrado una causa común al oponerse, en un esfuerzo combinado, a las fuerzas estadounidenses que se encuentran estacionadas en el noreste del país con la misión de evitar un resurgimiento del Estado Islámico, apoyar a las fuerzas kurdas afines y frustrar las ambiciones iraníes y rusas.

Por otra parte, está también en el interés nacional de Rusia mantener unas buenas relaciones con Irán. Ello está directamente relacionado con el notable tamaño de la población musulmana de Rusia y la capacidad de Teherán de influir en los veinte millones de musulmanes que allí habitan, una cifra que se ha duplicado en el lapso de tres décadas.

Rusia necesita evitar que esta población se radicalice y que Irán pueda provocar revueltas políticas y sociales entre diferentes sectores de su población musulmana.

A Moscú también le interesa evitar que el enfrentamiento entre chiíes y suníes en el mundo árabe se extienda a su territorio y buscaría el apoyo de Irán para impedir que su territorio se convierta en un campo de batalla en la lucha entre diferentes corrientes religiosas. Como afirma el presidente ruso Vladimir Putin «las relaciones entre Rusia e Irán son multifacéticas y multilaterales» y esto se refiere «a las cuestiones de estabilidad en la región y a nuestros esfuerzos conjuntos para combatir el terrorismo, incluso en Siria»23.

Ambos países entienden que los grupos yihadistas radicales como el Dáesh, los insurgentes radicales suníes y los extremistas wahabíes representan una amenaza para la estabilidad interna en Siria, pero también en Irán y Rusia. De hecho, en enero de 2015, ambos países firmaron un acuerdo militar para combatir juntos el terrorismo, en el que se estipula que intercambiarán entrenamiento de personal militar y permitirán el uso recíproco de instalaciones portuarias para sus fuerzas navales24.

Puede esperarse que las amenazas comunes a la estabilidad y seguridad, acentuadas por la guerra de Ucrania, faciliten una relación más profunda entre Irán y Rusia, de manera que cuanta mayor presión se ejerza sobre Irán, mayor incentivo tendrá Moscú y Teherán para desarrollar una relación de codependencia que se consolide en todos los ámbitos. En este sentido, Irán ya no necesitaría imperativamente mantener relaciones diplomáticas y sobre todo comerciales con Occidente, porque habría encontrado en Rusia una alternativa satisfactoria.

En cualquier caso, si la historia sirve como advertencia, Irán aún debe desconfiar de las intenciones de Rusia y así como la República Islámica cree que no puede fiarse de los Estados Unidos, también permanece un sentimiento de cautela con respecto a Rusia, profundamente arraigado en la memoria colectiva de las élites iraníes25. Parece razonable que Rusia e Irán procedan con prevención colaborando en aquellas regiones donde ambas potencias tienen intereses comunes, pero también evitando las áreas de tensión donde carecen de sinergias.

Turquía e Irán. Una gestión razonable de las desavenencias

Pero junto a las relaciones de Rusia con Turquía e Irán también es necesario, para una visión completa, entender las que existen entre Irán y Turquía, dos países que representan el anverso y el reverso de una misma moneda. Además de compartir una frontera de 534 kilómetros que no ha cambiado desde 1639, ambos tienen intereses contrapuestos en algunas de las regiones geopolíticas más volátiles del mundo como son el Oriente Medio, el Cáucaso y Asia Central.

Como descendientes de imperios con historias hegemónicas y herederos de grandes civilizaciones que frecuentemente se enfrentaron entre sí, Turquía e Irán se sienten profundamente descontentos con un orden internacional que entienden ha subestimado su importancia como potencias regionales relevantes.

Sus relaciones históricas han estado marcadas históricamente por la sospecha mutua, el conflicto y la competencia y, en los tiempos modernos, han vacilado entre la cooperación y el conflicto, principalmente debido a las tensiones sobre Siria, Irak y el Cáucaso Meridional26.

La revolución iraní de 1979 ha acentuado las tensiones y diferencias como consecuencia de las ambiciones de Teherán de cambiar el orden regional y por la percepción iraní de Ankara como un aliado de Occidente y, por tanto, un Estado potencialmente hostil. También en el aspecto religioso, ambos países están enfrentados por la deriva ideológica desde las elecciones de 2002, del Partido Justicia y Desarrollo que gobierna Turquía, de raíces suníes opuestas al chiismo militante de Irán.

En la competición entre ambos Estados, Turquía tiene mejores bazas para convertirse en una potencia local dominante, dada su plena integración en el sistema económico mundial, su mayor poder económico y militar y su densa red de alianzas empezando por la OTAN. Por el contrario, Irán se encuentra aislado debido a las sanciones internacionales relacionadas con su programa nuclear y la hostilidad norteamericana.

No obstante, la guerra de Ucrania y el realineamiento de las grandes y medianas potencias están cambiando esa situación. Ambos Estados cuentan hoy en día con gobiernos pragmáticos que han sido capaces de cooperar especialmente en cuestiones energéticas y en la forma de abordar el problema kurdo27. Las prioridades divergentes en política exterior y los intereses en conflicto no han impedido que Turquía e Irán hayan sido capaces de compartimentar sus relaciones a la hora de gestionar razonablemente las cuestiones geopolíticas y económicas controvertidas aislándolas de aquellas en las que sus intereses convergen. Prueba de ello es la firma el 29 de noviembre de 2021, por parte de los presidentes de Irán y Turquía con ocasión de la 15.ª cumbre de la Organización  de  Cooperación  Económica  celebrada  en  Turkmenistán,  de  un «memorando para la mejora integral de las relaciones bilaterales»28.

Este acuerdo va en la dirección de la política del presidente iraní Ebrahim Raisi: «Los vecinos primero», cuyo objetivo sería reducir las tensiones entre Irán y sus países vecinos más inmediatos, como Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos (EAU). Por su parte, también responde a la «ofensiva de encanto» regional que el presidente Erdogán estaría buscando con Egipto, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos29.

A pesar de la voluntad de los dos países de trabajar en «una hoja de ruta para una cooperación integral a largo plazo»30, las realidades que determinan la dirección y la dinámica futuras de las relaciones bilaterales son más complejas. El hecho de que Irán y Turquía hayan logrado evitar la confrontación basándose en el principio de gestionar razonablemente las desavenencias bilaterales, no significa necesariamente que la lista de desacuerdos sobre los asuntos regionales sea corta.

En la guerra civil siria, que se ha convertido en un «conflicto congelado», los dos países tienen posiciones opuestas, aunque han manejado su relación razonablemente bien, especialmente en lo que se refiere al destino de la provincia noroccidental de Idlib, el último gran bastión rebelde, que sigue siendo una manzana de discordia entre ambos países. Las ofensivas militares de Turquía en el norte de Siria desde octubre de 2017 han reforzado los patrones de competencia entre Irán y Turquía, de manera que las milicias respaldadas por Irán se han venido enfrentando con las fuerzas respaldadas por Ankara por el control de la provincia de Idlib.

Más allá de su antagonismo en Siria, Ankara y Teherán también tienen otros intereses superpuestos. Ambos actores están preocupados por la presencia estadounidense en Siria, a la que se oponen. Ankara ve el continuo apoyo de Estados Unidos a los kurdos en el norte de Siria como un obstáculo a sus esfuerzos por impedir una autonomía dominada por el Partido Unión Democrática y las Unidades de Protección Popular (YPG), que Turquía considera un grupo terrorista y una extensión del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK)31.

Para Irán, aliado del presidente Assad, el objetivo de su política exterior sería expulsar a Estados Unidos de la región. Las fuerzas militares norteamericanas concentradas alrededor de la frontera sirio-iraquí se ven como una amenaza al acceso terrestre iraní a Siria a través de Irak.

Algo parecido ocurre en el norte de Irak —en particular el disputado distrito de Sinjar— que sigue siendo un foco de inmensa rivalidad geopolítica entre Irán y Turquía. En Sinjar, Irán estaría utilizando «por delegación» a sus representantes chiitas para afianzar su presencia militar, mientras que Turquía utiliza la excusa de combatir al Partido de los Trabajadores del Kurdistán (reconocido como organización terrorista por Estados Unidos, la Unión Europea y Turquía) para controlar la región.

Igualmente, en la región del Cáucaso donde el statu quo cambió a favor de Turquía y Azerbaiyán después de las guerras de Nagorno-Karabaj en 2020 y 2023, saldadas con victoria azerí, se considera que tanto Ankara como Teherán compiten por una mayor huella económica y geopolítica.

Turquía apoya a Azerbaiyán un país con el que comparte importantes lazos históricos, étnicos y lingüísticos, mientras que Irán apoya a Armenia como una forma de evitar un contagio nacionalista en la zona norte del país cuya población es mayoritariamente azerí. En cualquier caso, Irán tiene un margen de maniobra geopolítico más limitado al norte de su frontera, donde Turquía ha logrado imponerse militarmente utilizando a Azerbaiyán32.

En este escenario, el pragmatismo político ha llevado a Teherán a aceptar la llamada
«Iniciativa 3+3», una propuesta presentada por Ankara que incluye a los tres países del sur del Cáucaso junto con Turquía, Irán y Rusia y que tiene como objetivo «abordar los desafíos regionales sin la intervención de potencias transregionales y occidentales»33. Parece que tanto Turquía como Irán estarían dispuestos a alinearse con Rusia en la configuración de la dinámica regional en el sur del Cáucaso sin interferencia occidental.

En cualquier caso, aunque Irán y Turquía puedan tener demasiadas diferencias geopolíticas y ambas busquen imponerse en regiones en las que sus intereses colisionan, ambas potencias consideran que sus desacuerdos pueden manejarse diplomáticamente. Cabe suponer que seguirán interesadas en mantener su estrategia pragmática de compartimentación, para evitar que las divergencias de intereses a nivel regional terminen por dañar irreparablemente el núcleo de las relaciones bilaterales y las ponga en rumbo de colisión.

Gaza como oportunidad para unas potencias revisionistas

No cabe duda que el comportamiento geopolítico futuro de estas tres potencias dependerá mucho de la evolución de la guerra en Ucrania, pero también de Palestina donde las tres defienden intereses propios, si bien con distintos grados de intensidad y de convergencia.

El país más comprometido es Irán, un Estado que ha respaldado a Hamás, el grupo terrorista que ha gobernado Palestina desde 2007, bajo el principio de que los palestinos han sido tratados «con injusticia histórica»34. Irán es un conocido partidario de los grupos militantes opuestos a Israel en el Medio Oriente, a los que proporciona entrenamiento, armamento y apoyo logístico. También Irán estaría detrás de cualquier decisión del grupo militante libanés Hezbolá de atacar a Israel lo que, de ocurrir, intensificaría aún más el conflicto en Palestina.

El apoyo de Irán a una amplia red de milicias y grupos armados en Medio Oriente, en el que se incluirían los grupos palestinos, tendría como objetivo consolidar su influencia en el Líbano, Siria, Irak y Yemen, así como en Gaza. Se trataría de crear una alianza fuertemente descentralizada conocida como «eje de resistencia»35, el cual incluiría a todos los grupos militantes que se han dedicado a oponerse al derecho de Israel a existir, principalmente Hamás en Palestina, Hezbolá en el Líbano y el movimiento hutí en Yemen.

Por otra parte, la guerra en Palestina favorecería a los intereses geopolíticos de Irán de romper los Acuerdos de Abraham, firmados en agosto de 2020 por Israel, Emiratos Árabes Unidos y Estados Unidos. Irán se opone firmemente a estos, porque entiende que van dirigido directamente contra él, su influencia, o sus intereses regionales.

Irán entiende que el cese de estos acuerdos debilitaría la posición norteamericana en Oriente Medio, al tiempo que revalorizaría la iraní. No es de extrañar que el tres de octubre, apenas cuatro días antes de que Hamás lanzara su ataque contra Israel, Alí Jamenei, líder supremo de la República Islámica, caracterizara el establecimiento de relaciones de los países árabes con Israel como una «apuesta perdida»36.

En ese sentido, la estrategia iraní aparentemente estaría teniendo éxito, al permitir a Teherán capitalizar las cambiantes circunstancias regionales y el creciente sentimiento antiisraelí en el mundo musulmán desencadenado por la invasión de Gaza tras los ataques del siete de octubre. Incluso Arabia Saudí, país que es el principal objetivo de los acuerdos de Abraham, se habría visto obligado a cambiar su posición favorable a los mismos, al afirmar su príncipe heredero, Mohamed bin Salman: «La firme posición del reino de apoyar la causa palestina»37, alejándose de la posibilidad de llegar a un entendimiento con Israel.

Al mantener una doctrina bien elaborada de «negación plausible»38 en cualquier responsabilidad por los ataques de Hamás, Teherán ha evitado la participación directa en este conflicto, lo que de probarse tendría consecuencias devastadoras, ya que podría ser considerado como una declaración de guerra contra Israel.

Por ello, si bien la República Islámica amenaza regularmente con borrar a Israel del mapa y apoya a las milicias de Hamás que han atacado al Estado judío, le va a ser difícil lograr el suficiente consenso social —como le gustaría al régimen y a quienes lo apoyan—, en una sociedad iraní cada vez más secular, si el argumento es que hay que apoyar a los palestinos únicamente porque son musulmanes.

No obstante, independientemente de la opinión pública, Irán seguirá defendiendo la causa palestina y al mismo tiempo utilizará el «eje de resistencia» formado por grupos militantes apoyados por Teherán y actores estatales aliados y perfeccionado por la república islámica durante las últimas cuatro décadas, como el elemento fundamental de su estrategia para oponerse a Occidente, los Estados enemigos árabes y, principalmente, Israel39.

En el caso de Rusia, este país siempre ha defendido su decisión de mantener los vínculos con ambas partes en el conflicto entre Israel y Hamás, si bien Moscú estaría reajustando su política exterior para acercarse a Hamás, como pone de manifiesto la visita de dirigentes de este grupo a Moscú, en octubre de 2023.

Rusia siempre ha mantenido unas relaciones estrechas con Hamás, una organización a la que nunca ha reconocido como grupo terrorista, sin que ello suponga que haya sido una marioneta de Moscú. Tampoco hay pruebas de que Rusia haya apoyado a Hamás en la planificación o ejecución de su ataque sorpresa contra Israel en octubre de 202340.

Igualmente, Rusia se ha apresurado a criticar la invasión israelí de Gaza, si bien sigue siendo reacia a cortar por completo los lazos con Israel.

La actitud pro-Palestina que Rusia ha adoptado últimamente, algo impensable hace unos años, indica un esfuerzo por alinearse con la corriente principal árabe favorable a Hamás, como una forma de mejorar su posición en la región. El conflicto en Gaza permite a Moscú hacerse un hueco en el proceso de paz de Oriente Medio, del que estaba excluido y volver a la escena internacional en el escenario crítico de Palestina del que, con la invasión de Ucrania, había sido expulsado.

Al mismo tiempo, la actitud rusa refleja la preferencia por una relación más estrecha con Teherán y sus aliados en la región, entre los que se incluye Hamás, como una forma de mantener a Irán como uno de los principales proveedores de armas de Rusia para la guerra en Ucrania.

Pero sobre todo, resulta evidente que una nueva guerra en Oriente Medio conviene a Moscú para desviar la atención y los recursos occidentales de Ucrania cultivando nuevos puntos de presión y distracciones globales41. Rusia estaría beneficiándose del cambio de atención occidental de Ucrania hacia Palestina, para tener mayor libertad de acción militar en el Dombás, lo que facilitaría la consolidación de su control territorial sobre las partes de Ucrania que domina y la ocupación de nuevos territorios. La ampliación de los focos de tensión con Occidente al nuevo escenario palestino, obligaría a norteamericanos y europeos a dividir sus esfuerzos de apoyo militar entre dos teatros de operaciones, lo que aliviaría la presión ejercida sobre Rusia en Ucrania.

Finalmente estaría el caso de Turquía, que ha mantenido en el conflicto israelí-palestino una posición inicial más ambigua. Turquía e Israel fueron aliados regionales cercanos durante mucho tiempo, pero la llegada al gobierno del presidente Erdogán deterioró la relación dadas sus críticas abiertas hacia la política israelí con los palestinos. Israel, por su parte, se opuso a los intentos del gobierno de Turquía de favorecer al grupo militante palestino Hamás, con quien Ankara comparte una cierta ideología común, sobre la base doctrinal de los Hermanos Musulmanes.

Este deterioro de relaciones tuvo su punto culminante en 2010 cuando los dos países retiraron a sus respectivos embajadores, después de que las fuerzas israelíes atacaron una flotilla con destino a Gaza que transportaba ayuda humanitaria para los palestinos y que rompió un bloqueo israelí con el resultado de la muerte de nueve activistas turcos.

Sin embargo, en los últimos años, el gobierno turco ha favorecido la reconciliación con Israel, con quien recuperó las relaciones plenas en agosto de 2022, mientras mantenía un apoyo más nominal que real a la causa palestina. Como expresara el ministro de asuntos exteriores turco Cavusoglu a la televisión Haber Global: «El diálogo (con Israel) nos permitirá defender mejor a los palestinos», sin que ello suponga que «Turquía vaya a hacer concesiones»42.
Esta cómoda y ambigua posición de Turquía saltó por los aires con los ataques de Hamás de octubre de 2023, obligando al presidente Erdogán a posicionarse de una manera mucho más enérgica espoleado por una opinión pública mayoritariamente favorable a la causa palestina. Ello ha colocado las relaciones con Israel en una situación de «congelación profunda»43.

En el actual contexto de enfrentamiento en Palestina, los militantes de Hamás, una organización a la que Turquía nunca consideró terrorista, se han convertido en «libertadores que protegen su tierra», mientras que Israel ha pasado a ser un Estado cuyo «ejército se comporta con gran inhumanidad» y sus «desproporcionados» ataques en Gaza son «una masacre» de la que los últimos responsables serían las potencias occidentales44. Ankara ve ahora el apoyo a Hamás como parte de su política de defensa de la causa palestina dentro de una estrategia amplia de liderar el resentimiento antiisraelí que recorre el mundo árabe.

Turquía se encuentra en todo caso en una complicada posición, en la que la necesidad de apoyar a Hamás ha entorpecido sus esfuerzos encaminados a normalizar las relaciones con Israel. De ahí que el presidente Erdogán busque en los esfuerzos diplomáticos para lograr la calma en los enfrentamientos entre las fuerzas israelíes y los combatientes de Hamás, la forma de recuperar y reconciliarse con la causa palestina sin arruinar completamente sus relaciones con Israel.

La solución de dos Estados sería en la visión turca la única manera de desescalar las tensiones y lograr la paz regional. La promoción de esta propuesta, muy popular en el mundo árabe, permitiría a Turquía convertirse en un actor regional destacado replicando el éxito de Ankara en la mediación entre Ucrania y Rusia sobre la exportación de cereales. Al mismo tiempo se atendería a una opinión pública turca que reclama un mayor apoyo por parte de su gobierno a la causa palestina.

Pero será difícil que los esfuerzos de Turquía por encontrar una solución duradera no se vean frustrados si no se logra un compromiso significativo entre ambas partes y ello dependerá en última instancia de la evolución del conflicto y de que Washington y Europa estén realmente interesados en la mediación turca.

Conclusiones

Rusia, Turquía e Irán son Estados que tienen una visión geopolítica expansiva y entienden que la mejor forma de garantizar su estabilidad interna y el equilibrio regional es siendo las potencias dominantes en los espacios geográficos que los rodean. Se trata de una concepción de la seguridad que hunde sus raíces en la historia y que se basa en la disconformidad con el reparto del poder en un sistema internacional que consideran injusto y con el que no se sienten cómodos.

La geopolítica de las tres potencias busca corregir esta situación mejorando su posición relativa en el gran tablero de ajedrez que es el mundo y para ello, sus estrategias convergen o confrontan en los diferentes escenarios en los que coinciden, en función de sus intereses. Como Estados pragmáticos, su política exterior y de seguridad está movida por el interés nacional más que por la ideología, por lo que contemplan los conflictos abiertos en los escenarios de Ucrania y Palestina como oportunidades para aliarse y modificar en su beneficio un orden internacional que rechazan y desafían.

La gran partida, que estas potencias están actualmente jugando, presenta todos los elementos para convertir el sistema internacional en una trampa, siguiendo a Tucídides, para la hegemonía de Occidente, al tiempo que una ocasión histórica para asestarle un golpe, quizá definitivo, y reemplazarlo por un nuevo tablero de ajedrez en el que ejerzan un papel protagonista que hasta ahora se les ha negado y que ahora creen pueden conseguir.

La eventual asociación de estas potencias revisionistas en una estrategia común supone un grave riesgo para un equilibrio internacional ya suficientemente tensionado por el desafío que presenta China y su cuestionamiento por el sur global, lo que podría arrastrar a los Estados Unidos y a Europa a un escenario de guerra imposible de resolver.

Por suerte o por desgracia, no sabemos cómo se resolverá el futuro y si las potencias revisionistas lograrán sus objetivos, pero sí contemplamos preocupados como, desde el fin de la Guerra Fría, el mundo nunca ha vivido momentos tan peligrosos como ahora. El comportamiento de las potencias revisionistas acrecienta la visión negativa del panorama internacional y refuerza la tendencia natural de los individuos, y de las sociedades, al pesimismo. Esto es seguramente así, debido a que el ser humano está preparado biológicamente para intentar sobrevivir a toda costa imaginando lo peor, con el objeto de evitarlo. Al final, siempre será mejor prevenir que curar y mejor contener que combatir, al menos mientras mantengamos la esperanza de que, en un mundo que parece abocado a la guerra, prevalecerá la cordura y no la temeridad.

Ignacio Fuente Cobo*
Analista Principal IEEE

Referencias:

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