La situación geográfica le da a España un gran valor geoestratégico, con todo lo positivo si sabe jugar bien esa baza, y lo negativo de recibir el impacto de crisis aparentemente lejanas

Rusia-Ucrania: posibles consecuencias para España y sus ramificaciones con el norte de África

AP/VADIM GHIRDA - Militares ucranianos caminan mientras comprueban los cuerpos de los civiles en busca de trampas explosivas, en el suburbio de Bucha, Ucrania, anteriormente ocupado por Rusia, el sábado 2 de abril de 2022

Soplan vientos complicados en Europa y el mundo. La actual crisis del Este no termina de resolverse y todo apunta a que, suceda lo que suceda, las secuelas durarán años o décadas. La apuesta rusa sin dudas no contribuirá a que Occidente recupere la confianza, si es que algún día la tuvo, en un país que cada día parece más heredero de la Unión Soviética o incluso del imperio zarista. Tal vez porque su aspiración es algo parecido a una mezcla de ambas épocas. Pero lo que no puede negarse es que el alcance de las consecuencias de lo que aun hoy, mientras escribimos estas líneas, está por suceder, todavía no podemos calcularlo. Aunque todo apunta a que será determinante y que contribuirá a una nueva configuración del mundo en lo que al panorama geopolítico se refiere.

Y aunque en España haya quien considere que Ucrania, el Donbás y Rusia nos quedan muy lejos, no debemos dejarnos llevar por ese espejismo. Las consecuencias se sufrirán en esta esquina del Mediterráneo tanto o posiblemente más que en cualquier otra parte. Se ha repetido en numerosas ocasiones que los conflictos de un modo u otro están interconectados, los vasos comunicantes entre estos son frecuentes, y por uno de esos vasos suelen correr las consecuencias económicas. 

Algo que no se puede dejar de lado es que la situación geográfica de España le proporciona un carácter geoestratégico fundamental, con todo lo positivo que ello conlleva si se sabe jugar bien esa baza, y con lo negativo a la hora de recibir el impacto de crisis aparentemente lejanas. Ante el panorama descrito, la longeva alianza entre la antigua Unión Soviética y Argelia, mantenida y reforzada posteriormente por Rusia, cobra una importancia vital en el escenario actual.

Soldados ucranianos en sus tanques en Bucha, en la región de Kyiv, Ucrania el 2 de abril de 2022

Si bien es cierto que la cooperación en materia militar ha sido el eje tradicional de las relaciones entre ambos países, las relaciones económicas han ido sufriendo una discreta evolución al amparo de prioridades e intereses comunes. El origen de estas relaciones se remonta a la época soviética, a pesar de que en los primeros momentos de la independencia de Argelia la Unión Soviética se mostró cauta. Un claro ejemplo de esta postura inicial son las declaraciones de Nikita Khrushchev al primer presidente de una Argelia independiente, Ahmed Ben Bella: “Nosotros no podemos mantener una segunda Cuba; ustedes tienen un buen socio, el General de Gaulle, manténgalo”.

Una década después, Argelia, a pesar de mantenerse entre el grupo de países “no alineados”, ya mantenía unas muy buenas relaciones con Moscú, las cuales se manifestaban principalmente en el suministro de material militar soviético en el contexto de las fuertes tensiones con Marruecos. Para finales de los años 70, el 90% del material bélico argelino era de origen ruso.

Pero las relaciones entre ambos Estados fueron más allá de la mera adquisición de sistemas de armas. La Unión Soviética contribuyó al desarrollo del sector minero argelino y financió la apertura de centros de formación y universitarios a los que acudieron no sólo jóvenes argelinos, sino procedentes de otros países árabes y africanos. El resultado fue que gran cantidad de ingenieros y profesionales de toda índole, incluyendo oficiales del Ejército se beneficiaron de la formación proporcionada por los soviéticos, y ello vino acompañado además de un importante intercambio cultural en forma de matrimonios mixtos y aprendizaje del idioma.

Con el paso del tiempo los restos de esta influencia de la URSS se han ido disipando, siendo cada vez más inusuales. Sin embargo, los profesionales formados de este modo raramente constituyeron parte de la élite del país. Sólo por poner un ejemplo, la presidencia de Sonatrach, empresa petrolífera fundada en 1963, fue regularmente ocupada por ingenieros formados en EEUU. Mientras tanto, en las Fuerzas Armadas, la presencia de oficiales de alta graduación formados en la antigua URSS era significativamente alta. El actual jefe de Estado Mayor, Said Chengriha, se formó en la academia de Voroshilov en la década de los 70, y su predecesor, Ahmed Gaid Salah, fallecido en 2019, erigido en hombre fuerte del país tras las últimas revueltas populares (Hirak) y muñidor de la salida de Bouteflika, también se formó en la Unión Soviética. De ello se concluye que, de todos los centros de poder argelinos, es en las Fuerzas Armadas donde la influencia Soviética perdura más en el tiempo.

Para llegar a un completo entendimiento de las relaciones ruso-argelinas en toda su complejidad, más allá de los mitos que hablan de una alianza inquebrantable, es imprescindible fijarse en tres sectores clave: el energético, el económico y comercial y el armamentístico, y, además en dos asuntos fundamentales, su postura geopolítica común y la posición rusa ante el Hirak. Este texto tiene por objeto centrarse en el sector energético.

Fotografía de archivo del general argelino Said Chengriha

En lo que se refiere al petróleo, las relaciones entre Argelia y Rusia pueden reducirse a las relaciones entre el Kremlin y la OPEP, las cuales están condicionadas por dos realidades contradictorias coexistentes: por un lado, un pulso constante alimentado por el papel que se atribuye a la organización en la caída de la URSS, cuando en los años 80 aumentó considerablemente la producción provocando una bajada de precios que socavó aún más la maltrecha situación de la Unión Soviética. Y, por el otro, el fantasma del ingreso de Rusia en la misma. Desde 1993 Rusia ha participado en las reuniones de la OPEP reafirmando al mismo tiempo su independencia; pero la imprescindible confianza que se requiere para una participación plena nunca se ha materializado.

No se debe perder de vista un dato muy importante y que condiciona el comportamiento de Rusia en muchos escenarios, relacionándolos además con sus aspiraciones a medio-largo plazo en el área del Ártico, tomando en consideración que para que a Moscú la extracción de petróleo en esta región le sea rentable, el precio del barril crudo debe situarse por encima de los 80 dólares. Mientras esto sea así, para los intereses rusos el diálogo con el resto de los países productores y el intercambio de información es más que suficiente. Sin embargo, hasta la eclosión de la actual crisis de Ucrania esto no ha sido así, con precios que se han llegado a situar por debajo de los 50 dólares debido a la caída de la demanda por la COVID-19 y la crisis subyacente que ha creado, incrementando las habituales tensiones entre la organización y Rusia. Pero es evidente que al menos en lo que se refiere al crudo la situación ha cambiado, y del mismo modo sucede con el gas. 

Sede de la empresa estatal de energía Sonatrach en Argel

Argelia es, al igual que Rusia, uno de los principales productores de gas, y ambos tienen como cliente principal a Europa. Esto, aunque a primera vista puede parecer que los convierte en competidores, los transforma en aliados. Aunque en los últimos años haya estado dando pasos para la explotación del gas de fracking, para lo cual ha contado incluso con el apoyo de compañías norteamericanas, Argelia ha demostrado cierta ansiedad a la hora de multiplicar sus prospecciones en busca de este codiciado recurso y de explotar los ya hallados, lo que la ha llevado a relajar la legislación con la intención de atraer inversión foránea procedente de Europa y EEUU, pero también de Rusia. Como ejemplo de esto último, se puede argumentar el protocolo de colaboración firmado en 2020 entre Sonatrach y la compañía rusa Lukoil, aunque también es cierto que el mismo aún no se ha materializado en nada concreto.

Volviendo de nuevo la mirada a lo que sucede en el este de Europa, y las implicaciones de estas relaciones, se pueden establecer inicialmente dos escenarios:

Por un lado, la diversificación de la inversión rusa fuera de la órbita de los países que en un momento dado puedan prestarse a secundar las sanciones que se le impongan por sus acciones en Ucrania supone un movimiento inteligente que puede ayudar a Moscú a sortear en parte las consecuencias de estas; teniendo en cuenta la mentalidad rusa y cómo se han ido gestando los hechos no es descartable, sino más bien probable, que todo forme parte del mismo plan. Por otro lado, el afianzarse en las relaciones económicas y especialmente en el sector energético en un país tradicionalmente de su órbita que tanto le debe y que necesita de su apoyo en su pugna con Marruecos por ser la potencia regional dominante, teniendo en cuenta su papel como segundo suministrador de gas a Europa. Rusia no sólo puede usar a Argelia como elemento disruptor de las políticas de EEUU en el norte de África, las cuales se apoyan principalmente en Rabat, sino que en cierto modo puede hacerse con el control de casi el 90% del suministro de gas que necesita el continente europeo.

Logotipo de la empresa Gazprom

Para entender mejor de qué manera Europa está vinculada a los intereses rusos, cabe extenderse en describir su emplazamiento energético actual. Es importante tener en cuenta que Europa carece de fuentes no renovables propias, lo que la ha llevado a hacerse con toda una red de gasoductos que convierten a Rusia es su proveedor con un 40%. Dicho de otro modo, Moscú es prácticamente el suministrador único de todo el gas en países como Suecia o Finlandia, y de más de la mitad en países de Centroeuropa.

La expansión energética rusa en el continente europeo empezó con el South Stream, un gasoducto que en 2018 podría haber exportado 63.000 millones de metros cúbicos al año a Europa occidental, trazando su recorrido bajo el Mar Negro desde el puerto ruso de Beregovaya hasta Bulgaria. El objetivo de esta construcción era precisamente poder prescindir de Ucrania como país de tránsito, sin embargo, esta iniciativa no se llegó a llevar nunca a cabo, culpando a la Unión Europea por no haber autorizado dicho plan. Después del South Stream llegó la ampliación del North Stream, que duplica su capacidad anterior con 12.000 km de gasoducto y 55.000 millones de metros cúbicos de gas al año. Gracias a esta infraestructura que cruza el mar Báltico, Rusia pretendía asegurar la dependencia de Alemania, la principal abastecida.

Siguiendo a Rusia, el segundo proveedor de gas en la Unión Europea es Noruega con un 34,1% (Eurostat, 2016), mientras que el tercero –y el de mayor suministro para España, con un 59% del gas, y otros vecinos como Portugal, Italia o Francia– es Argelia. Este país se posiciona además como el noveno exportador de gas del mundo, aparte de haberse convertido en un socio estratégico para la Unión Europea al fraguar una relación de interdependencia. No obstante, esta posible alternativa al gas ruso representa un obstáculo elemental: la limitación en las infraestructuras actuales que le impide llegar por vía subterránea al centro del continente. Este no es el único desafío que presenta el gas argelino, ya que su conflicto con Marruecos ha provocado que se cierre el gasoducto Magreb Europa, desde donde llegaba el 74% del gas que España recibía, quedando la infraestructura del Medgaz como la única alternativa en la actualidad.

Por lo tanto, Europa se queda sin muchas más opciones para abastecerse, teniendo en cuenta que el gas procedente de Irán y Azerbaiyán que circula a través de Turquía, además de contar con un porcentaje pequeño y de verse afectado por las sanciones a Irán y por las disputas entre Turquía y Grecia por los yacimientos de gas, no cuenta con una infraestructura del todo consolidada para ello.

El jefe de la Política Exterior de la Unión Europea, Josep Borrell, pronuncia un discurso durante un debate sobre el papel de la UE y la situación de seguridad de Europa tras la invasión rusa en Ucrania, en el Parlamento Europeo en Estrasburgo, este de Francia, el miércoles 9 de marzo de 2022

Si se toman en consideración las consecuencias que la guerra entre Ucrania y Rusia tienen para el suministro de gas a Europa, es importante analizar qué países son los que pueden verse más afectados en un escenario en el que se cierre el gasoducto proveniente de Rusia. Finlandia y Letonia estarían a la cabeza al comprar el 94% y el 93%, respectivamente. Por su parte, Estonia, con un 79%, y Bulgaria, con un 77%, se encontrarían también ante una situación delicada. Sin embargo, lo que más preocupa es el impacto que esto puede llegar a tener en la economía más importante del continente, Alemania, ya que se posiciona como el principal cliente de Gazprom.

Queda reflejado por tanto que la demostrada dependencia energética del continente europeo, principalmente respecto a Rusia, convierten a Europa en rehén de sus necesidades, dejándola en manos de una potencia cuya economía depende a su vez de los ingresos que percibe por el suministro de petróleo y gas. Es una espiral que podría considerarse endiablada en las actuales circunstancias, pues mientras que se imponen durísimas sanciones a Rusia por la invasión de Ucrania, países como Alemania continúan comprando el gas ruso ayudando de ese modo a sostener su economía. Del mismo modo, Rusia, en cuya mano estaría la posibilidad de crear serias dificultades, no ya a la población de gran parte de Europa especialmente en invierno, sino a su propia industria, no podría cesar la venta de gas en represalia por las sanciones por su necesidad de dichos ingresos. Es aquí precisamente donde entran los otros intereses que alimentan el conflicto de Ucrania. 

A todo esto, debe sumarse que la situación económica de Rusia no es precisamente la mejor. Por un lado, está su excesiva dependencia de las exportaciones de recursos energéticos. Por otro, ateniéndose a su PIB per cápita, en 2020 se situaba en el puesto 67 del ranking con 8.846 euros, lo que indica que sus habitantes gozan de un nivel de vida no muy favorable en relación con el resto de los 196 países. Si se tienen en cuenta otros datos como el Índice de Desarrollo Humano o IDH, que elabora las Naciones Unidas para medir el progreso de un país, éste sitúa a Rusia en el puesto 52.

Por ello, cualquier competidor en el suministro de petróleo, pero principalmente de gas en el mercado europeo, podría provocar efectos devastadores en la economía rusa, y es aquí exactamente donde entra Ucrania en la ecuación, ya que es el acercamiento a la OTAN, pero principalmente a la UE, el que motivó los enfrentamientos de 2014, por lo que la posterior ocupación de Crimea y el este del Donbás tienen mucho más trasfondo geoeconómico que de otra índole.

Planta de tratamiento de gas de Krechba, a unos 1.200 km al sur de Argel

Como puede observarse en el gráfico, toda la zona este de Ucrania, así como la zona del mar Negro más próxima a la península de Crimea, albergan importantes yacimientos de todo tipo de recursos, principalmente, una vez más, el gas.

En un hipotético escenario donde interactuaría una Ucrania libre de las presiones de Moscú con la UE y con un horizonte de pertenencia a la misma, a medio plazo es evidente que la posibilidad de poner sobre la mesa el suministro de gas y petróleo sería una variable fija por los beneficios que obtendría para Ucrania y por lo que significaría en término de diversificación de suministradores para la UE. En esa hipotética situación sólo un elemento quedaría como claro perdedor: Rusia. Si a ello le unimos la posibilidad de un futuro ingreso en la Alianza Atlántica, el panorama para Moscú sería insostenible.

Poniendo en contexto todo lo anterior, es más sencillo encontrar una explicación más sólida a lo que está ocurriendo en Ucrania. Los elementos principales que se observan del conflicto son la retórica nacionalista, la apelación a los sentimientos patrióticos con el regreso a tiempos pasados mejores y la unificación de todos los pueblos rusos, la OTAN como organización agresiva que no cumple con sus compromisos y pretende anular a Rusia llegando a sus fronteras, y la motivación económica fundamentada en la posibilidad de perder cantidades ingentes de ingresos y la dependencia energética de varios países. 

La pregunta que concierne ahora responder es cuáles pueden ser los posibles daños colaterales. Para ello, si dejamos a un lado las posibles derivadas del conflicto en sí, con el peligro de llegar a una escalada que involucre a la OTAN como organización en el peor de los casos, no se puede obviar el impacto de esta situación en el norte de África y por ende en España.

Como se ha expuesto en la sección inicial de este documento, Argelia, país de vital importancia para España por su proximidad, su influencia en el control de los flujos migratorios, su imprescindible colaboración en materia antiterrorista y por ser nuestro principal suministrador de gas, es un país al que podemos considerar de la órbita de Rusia. Por el contrario, Marruecos, clave también para España desde el punto de vista geopolítico, económico y de seguridad, puede decirse que no sólo pertenece a la órbita de EEUU, sino que es “socio preferente” de este país, aunque al mismo tiempo ambos sean enemigos declarados. La cuestión irresuelta del Sáhara Occidental, que dio un giro inesperado con el claro posicionamiento de EEUU a favor de las tesis de Marruecos y otro más sorprendente aún con el cambio en la posición de España, tiene enfrentados a ambos países desde hace décadas. Pero mayor aún es el enfrentamiento soterrado entre ambos por erigirse como la potencia regional hegemónica del norte de África. Esas tensas relaciones han sufrido un deterioro patente en los últimos años, llevando al inicio de una carrera armamentística local, la cual debería preocupar seriamente a nuestro país.

El secretario de Estado de Estados Unidos, Antony Blinken (izquierda), se reúne con el primer ministro de Marruecos, Aziz Akhannouch (derecha), en la capital, Rabat, el 29 de marzo de 2022

Todo esto señala que, en el contexto actual, Rusia habrá de emplear todos sus recursos para seguir combatiendo al bloque occidental más allá de sus fronteras y de las de Ucrania. Sea cual sea el desenlace del enfrentamiento actual, éste seguirá activo en otros escenarios como ya sucedió durante los años de la Guerra Fría. Y en el norte de África se aúnan una serie de factores que lo convierten en el escenario perfecto. Por todo lo expuesto, las ramificaciones del conflicto apuntan a que, debido al interés de Rusia en aumentar su presencia e influencia en África, delegue el control del suministro de gas a Europa a Argelia, que es un país afín y a su vez enfrentado a Marruecos, fiel aliado de Estados Unidos, y que podría llevar además a una presencia más frecuente de buques, y un hipotético acceso a los puertos argelinos que le permitiera asegurar su presencia en el Mediterráneo. Por otro lado, instigar el enfrentamiento entre Argelia y Marruecos, financiando y armando a la primera para que a su vez transfiera equipos y armas al Frente Polisario sería otra forma de enfrentarse a EEUU y de frenar su afianzamiento en el norte de África. 

Aunque la posibilidad de que Argelia en un momento dado cortara la venta de gas a Europa es remota o prácticamente imposible en cualquier escenario que se plantee, una disminución en el flujo de este sí es posible, y esa simple disminución podría tener efectos devastadores tanto para nuestro país como para todo el continente. Es importante destacar también que Rusia es un maestro en el juego de la desestabilización y son numerosas las acciones conocidas llevadas a cabo para influir en procesos electorales europeos, mediante la creación, instigación y financiación de movimientos antisistema y prorrusos dentro de sociedades occidentales, por lo que en la actual situación un objetivo fundamental para Rusia será volver a crear toda la disensión y discordia posible en el seno de la UE, lo cual es un lastre a la hora de la toma de decisiones dentro de la Unión. Y en los últimos años se ha demostrado que uno de los factores más influyentes y desestabilizadores es la inmigración irregular. Además, fomentar la inestabilidad en el norte de África y en el Sahel provocará entre otras cosas un nuevo flujo masivo de inmigrantes hacia Europa, cuya puerta de entrada será sin duda España.

Estos son sólo algunos ejemplos de una posible deriva que podría tener el actual conflicto entre Rusia y Occidente. Porque, aunque la guerra se está librando en suelo ucraniano, las razones de esta trascienden mucho más allá de Kiev, Mariúpol o Járkov. Y las consecuencias que de esta pueden derivarse, incluso aunque cesen las hostilidades, pueden tener como epicentro a nuestra zona natural de influencia y de cuyo desarrollo y estabilidad dependemos.

Artículo publicado originalmente en Global Affairs and Strategic Studies (GASS) de la Universidad de Navarra

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